28. El billar #2
Chocamos las botellas, pero yo no añado nada más, aunque también la he echado mucho de menos.
Me he pasado tantos años odiándola, que es sorprendente cómo se ha dado la vuelta ese sentimiento con tan solo tenerla cerca.
Amber nunca fue una amiga excepcional; era celosa, rebelde y le gustaba ser el centro de atención.
Aun así, yo siempre la quise tal y como era, sin embargo, esta mujer con la que comparto la cerveza, poco tiene que ver con esa niñata que llegó a inventarse cosas crueles con tal de salirse con la suya.
Es ella, pero diría que en su mejor versión.
Lo que iba a ser una cerveza se convierte en dos y rápidamente en tres. No tardamos en empezar a dar viajes al baño para ir vaciando la vejiga. La noche está yendo bien y mejora cuando me ofrece jugar al billar.
—Veinte años son muchos sin tocar un palo —me excuso.
—Veinte años son muchos para todo, amiga.
Me ha gustado cómo suena eso.
Mis tiros son algo desastrosos y no es hasta la segunda partida que empiezo a coger confianza y mi cerebro recupera la destreza que tenía empolvada en algún rincón de mi ser.
En cuestión de minutos, los dos primeros hombres que intentan ligar con nosotras, piden jugar una partida y, en menos de cinco minutos, ya los hemos ridiculizado.
Y así sucesivamente con dos parejas más.
El que pierde nos trae una nueva consumición, no es difícil adivinar el estado en el que nos encontramos.
Estamos levantando algo de revuelo; no podemos parar de reír, y es que es cómico ver cómo hay cosas que no cambian.
Por alguna razón, siguen pensando que dos mujeres no saben jugar al billar.
Suenan los Rolling Stones, Start me up , y la cantamos a dúo mientras nos vamos pasando el palo. Y por fin salimos vencedoras de nuevo. Chocamos las manos y cantamos el estribillo más alto.
—¡Jugamos! —alguien alza la voz a la vez que golpea con la moneda en el borde del billar.
Esa voz. Todo enmudece a mi alrededor, dejo de oír la música, a Amber y al mundo.
Me giro y ahí está él. Elery. Sujetando un palo.
Lleva unos tejanos de la marca Wrangler.
Lo sé porque compra esa marca desde que tenía dieciséis años.
El primer par de pantalones se lo compró con su primer sueldo con trabajos de fin de semana.
En la parte de arriba lleva una camiseta blanca que se le ajusta al pecho, el mismo que ha crecido bastante en estos años.
Encima, lleva una camisa de alguna marca deportiva surfera, ya que el logo es una palmera blanca bordada en el bolsillo, es de color azul, oscura, y la lleva abierta y remangada por encima del antebrazo.
Debe estar recién duchado, ya que su cabello luce mojado y se le resbala por la frente; se lo tiene que acomodar detrás de la oreja.
Con ese movimiento, consigue que me llegue su olor.
¿Es posible que alguien utilice la misma fragancia durante veinte años?
¡Definitivamente, sí! La reconocería por más tiempo que pasase.
Nunca le gustó usar perfume caro, de hecho, era de una marca deportiva.
Decía que los olores intensos con nombre de diseñador de moda le saturaban el sentido del olfato y le influían hasta en el sabor de la comida.
Por eso, prefería algo más fresco, más él.
Ha elegido de pareja de juego al joven camarero.
—¡Aceptamos! —se apresura Amber en contestar.
Yo le pellizco el brazo y ella hace ver que no se entera. No me queda más remedio que jugar.
Mis primeros tiros son totalmente inestables; tenerlo cerca no me deja disfrutar como lo estaba haciendo, y eso que trato de no mirarlo. Sin embargo, él no me quita ojo de encima. No le hablo, actúo prácticamente como si no lo conociera.
Amber y el chico no pueden decir lo mismo, ya que se van dando cachetadas en el trasero, bromean y se dan un piquito de vez en cuando.
No puedo evitar sentir envidia al verlos.
No creí que con la edad que tenemos alguien pudiera vivir una relación así, aunque ella diga que no es una relación y claramente estén bastante enamorados.
—Has perdido puntería con los años —Elery intenta burlarse desde detrás de mí.
—En realidad, nunca la tuve. —Tiro y esta vez sí es una buena jugada—. Con nada.
No tiene que ser muy inteligente para darle sentido a ese sarcasmo.
—Al contrario, siempre atinaste bien, pero te falló el tiro final.
Lo miro conteniéndome todo lo que puedo. Vuelvo a tirar y también lo hago bien.
—El tiro final me salió más que bien. Había entrenado bastante.
Se acerca demasiado a mí, casi me roza, puedo notar su calor corporal. Lo está haciendo adrede. Su olor se filtra por mi nariz, lo respiro, me eriza la piel y consigue hacerme fallar.
—Cuando una partida no está acabada, no puede darse ni por ganada ni por perdida. —Su voz es seca y cortante.
Tira una y otra vez hasta que consigue ganarnos. El otro chico apenas ha tirado una vez. Cuando acaba, lanza el palo sobre la mesa con un gesto demasiado brusco. Cuando pasa por mi lado, con voz de desprecio, añade:
—Que no te den la opción a acabar la partida no significa que seas el perdedor. —Y se marcha.
Se va a la otra punta del local y se sienta en la barra solo. Pide algo de beber y Amber corre hacia allí. Yo voy detrás, pero me mantengo a una distancia prudencial para que puedan hablar, aunque los oigo perfectamente.
—¡Ni lo sueñes que vas a beberte eso! —le grita.
—Déjame en paz, Amber. Ya he tenido bastante hoy con tu hija. No tenéis que cuidar de mí, sé hacerlo solo. Creo que ya tengo edad para eso.
—¿Sí? ¿De verdad? Porque no es lo que parece.
—Déjame en paz Amber, vuelve con tu amiga del alma. —Es notoria la burla en esas palabras y me escuece.
—No voy a irme de aquí hasta que sueltes ese whisky . ¿Quieres beber algo? ¡Pídete una cerveza!
—Hoy necesito algo más fuerte.
—¡Lo que necesitas es enfrentarte a ella! ¿No ves que ninguno ha conseguido avanzar con normalidad? ¡Acabemos con esto y dejemos las aguas tranquilas!
—Eso no va a ser posible.
—¿Por qué no?
—Porque ese tren ya pasó hace mucho tiempo.
—¡Y una mierda! No te estoy pidiendo que os perdonéis y os volváis a enrollar como entonces. Ambos tenéis una vida. Pero tenéis que hablar. Créeme. Yo ya lo he hecho, Elery, es necesario. Tú lo necesitas y ella lo necesita.
—¿Para qué? ¿Acaso ha querido saber mi verdad en estos veinte años?
—Cada día de mi vida. —Los sorprendo a ambos acercándome por detrás.
Silencio. No en el local, sino en mi cabeza. Todo se ha congelado con mis palabras, incluso sus ojos lo han hecho sobre mí.