Aquel verano en Grove 28. El billar
47%

28. El billar

Megan

No sé por qué siento vergüenza de que mi hija me vea así. No estoy haciendo nada malo, sin embargo, siento que estoy cometiendo un delito por olvidar durante unos instantes mi dolor, que mi hija me odia y que tras este verano la vida nos dará otro vuelco, y vete a saber hasta cuándo.

—No vendré tarde —me excuso.

Mi hija me mira, está bastante sorprendida, no deja de observarme de arriba abajo. No obstante, cuando ya daba por hecho que iba a soltarme algún reproche o algo por el estilo, me sorprende con una sonrisa amable.

—Estás muy guapa, mamá. Diviértete.

¡¿Qué?! ¿Quién es esta chica y que ha hecho con mi hija?

No sé si jugármela tanto después de la bronca tonta de esta tarde, pero lo hago igual; me acerco y le aparto un mechón mojado de la cara.

—Gracias. Tienes la nevera llena y…

—¡Megan! ¡Se va a ir a la universidad! Sabrá cocinar algo sin ti. Además, no está sola. —Amber mira a su hija.

—Claro —se apresura a contestar Norah—. Cocinaremos algo juntas y sacaremos a Dobby a dar un paseo. ¿Verdad, Sasha?

—Esto… Sí, sí. Marchaos tranquilas.

Nos subimos al coche y nos vamos. Lo hago con una extraña sensación. Mi vida estos últimos años se ha limitado a salidas básicas y casi siempre con Alan a mi lado, y esto… está siendo raro y a la vez excitante.

Avanzamos en silencio, como si verdaderamente hubiéramos hecho algo malo. De repente, nos miramos y explotamos a carcajadas.

—¿Has visto la cara de tu hija? —pregunta.

—¿Y la de la tuya?

—No sé por qué dan por hecho que, por ser madres, no tenemos vida —refunfuña Amber.

—No creo que sea eso. En mi caso, no he estado teniendo mucha, la verdad.

—Ya, pero eso no va a ser así a partir de ahora. Esta noche, tú y yo vamos a tener vida propia.

—¡Tú ya la tienes, Amber! ¡Vas a exponer tus cuadros en unos días!

—Y, por supuesto, quiero que me acompañes. Ven, te gustará ver cómo han cambiado la mayoría de nuestros compañeros del instituto. Los que quedan en Grove, claro, y los que han vuelto. —En cuanto dice eso, se arrepiente. Sabe que automáticamente pienso en que Elery es uno de los que ha regresado.

Dejo unos instantes en silencio antes de hablar.

—¿Por qué ha vuelto?

La sorprendo con tal pregunta. No hace falta que diga de quién estoy hablando.

—Creo que eso tú lo sabes mejor yo.

—No, no lo sé.

—Le han pasado muchas cosas en la vida a él también. Uno siempre vuelve allí donde fue feliz. Y no es por ponerle romanticismo, ni que tenga sentido que te lo diga, pero… Cada pocos años, ha ido volviendo a Grove.

Sé por dónde va la cosa. Supongo que Elery le habrá hablado de nuestra promesa.

—Eso no significa nada, toda su familia está aquí.

—Sí, aunque eso es solo un añadido. La vida da muchas vueltas. ¡Verás cuando se entere de que te casaste con Alan! Eso sí que no le va a hacer gracia.

—Pues hoy se ha enterado.

—¿Ya? ¿Te ha visto un rato y ya se ha enterado de que te casaste con el que fue su mejor amigo?

—Dicho así, suena fatal. Pero como tú has dicho, la vida da muchas vueltas.

—Bueno, él también se casó.

—¿Sí? —me intereso demasiado rápido.

—No debería ser yo quien te lo cuente.

—Amber, nosotros ya no tenemos nada que contarnos. No vamos a volver a ser amigos ni nada por el estilo. Eso queda en el pasado. Tampoco es lo que quiero.

Suelta una carcajada que retumba en todo el coche.

—¡No te lo has creído ni tú, que lo has dicho! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Si te tiemblan las piernas cada vez que lo nombro.

Niego con la cabeza y vuelvo a fijar la vista en la carretera.

Cierto es que me intriga saber de su vida, pero no voy a preguntar, ni a pedirle a Amber que me lo cuente. No tiene sentido. ¿Se casó? ¿Lo ha dicho en pasado? Joder. Sí que me intriga, sí.

Amber me guía hasta el local del que me ha hablado. Aparcamos unos metros más allá y accedemos andando. Está justo al lado de la hamburguesería.

—El otro día, cuando estuve en el House Beach, me impactó ver a Brenda en el mismo puesto de trabajo de hace veinte años.

—Sí, con la única diferencia de que ahora el local es suyo.

—Está igual. Bueno, quizá algo más fornida, pero igual.

—Esa lengua viperina no cambia. —Consigue que me ría.

—Yaaa. Me puso en un aprieto delante de Sasha, recordando nuestras visitas al restaurante.

—Deduzco que tu hija no sabe que en Pacific Grove no era con Alan con quien paseabas.

—Mi hija no sabía ni que existía Pacific Grove, ni el Marilyn, ni tú y, mucho menos…, ya sabes.

—Pues Megan, por tu bien, yo se lo contaría; no solo hay una Brenda en este lugar. Además, por experiencia propia, solo puedo decirte que las mentiras no unen. Tú y yo somos el claro ejemplo.

—Lo sé. Pero es que la bola ya es demasiado grande y no sabría ni por dónde empezar.

—¿Qué tal por el principio?

La conversación no se alarga porque justo en ese instante tira de la puerta y la música del local nos envuelve.

—Guau, es precioso.

—Sabía que te gustaría.

Dentro, es todo de madera, con ambientación ranchera.

Cuernos de vaca y madera oscura por todos lados.

Sombreros de cowboy , mesas altas, un par de billares, máquinas de dardos…

La música está demasiado alta para mi gusto, pero me alegra oír a Bruce Springsteen.

Giro sobre mis talones para observarlo todo.

Me gusta. No recuerdo la última vez que pisé un lugar así.

Algunas miradas se clavan en nosotras cuando cruzamos la puerta, pero pronto se desvían. Eso me ha hecho sentir algo insegura. Lo primero que he pensado es en qué diablos hago aquí.

—¿Prefieres la barra o nos ponemos en una de las mesas altas?

—Prefiero la mesa —le contesto acercándome a su oído para que me oiga bien.

Ella se aparta.

—No hace falta que me grites. La música está alta, pero no tanto. —Se rasca la oreja.

—Perdón.

Me siento como un niño experimentando cosas nuevas. Y no es que sea nuevo para mí estar en un local de ocio, es que creo que ya se me había olvidado, y no he medido bien la tonalidad con la que hablar.

—¿Qué quieres tomar? —me pregunta mientras alza la mano llamando la atención de uno de los camareros.

—No sé. ¿Y tú?

—¿Te hace un Bob Dylan?

—¿Un qué?

—Aquí los cócteles tienen nombres de artistas. Fíjate en la carta que hay sobre la mesa.

La leo por encima y reparo justamente en el que más me llama la atención.

—¿En serio? ¿Quién demonios bebe whisky con soda y kiwi?

—¿De verdad quieres saberlo? Bueno, bebía .

Pongo los ojos en blanco, porque ya veo que hoy todo gira entorno a lo mismo.

—Yaaa, debí imaginarlo. Seguro que es el único en todo el condado.

—Probablemente.

Esta vez, bromear sobre Elery no me ha anudado el estómago, ni molestado, ni nada por el estilo. Supongo que al final me acostumbraré a oír su nombre y a saber de él.

—Holaaa —alguien nos saluda con una tonalidad pícara.

Tengo que girarme para comprobar que es a nosotras a quien saluda. Tardo unos segundos en entender que es el camarero y que no, esa tonalidad no va dirigida a mí, sino exclusivamente hacia Amber.

El chico debe rondar los treinta y muy pocos. Es alto, moreno, con pelo largo anudado como un Samurai, barba bien cuidada de pocos días y tatuado, muy tatuado. No puedo ver el color de sus ojos debido a la luz tenue del local, pero pinta a un color oscuro intenso.

—Hola, Al. Está muy tranquilo esto, ¿no? —Le acaricia el brazo y no me pasa por alto la comodidad con la que el chico acepta la caricia.

—Lo estaba, hasta que has llegado tú, que eres una alborotadora —bromea.

—¿No me digas? —responde ella en el mismo tono. Un momento. ¿Están tonteando?—. Alberto, esta es mi amiga Megan, va a pasar el verano en Grove.

—Encantado, Megan. —Me tiende la mano y se la estrecho—. Será un placer tener a dos mujeres tan bellas por aquí.

Me sonrojo y no sé por qué, ya que no deja de comerse con los ojos a Amber.

—Al, cariño, ¿nos pones…? —Amber me mira esperando a que pida algo.

—Una cerveza. Una Budweiser, si tienes.

—Que sean dos.

—¿No preferís una Lagunita?

—Somos de la vieja escuela, la Bud es la nuestra —le responde Amber guiñándole el ojo al joven.

—¡Marchando! —Antes de irse, se acerca y le susurra algo al oído. Y sí, aunque haya intentado disimular, he visto perfectamente cómo le besaba el cuello.

—¿Alberto? —repito con tonalidad mexicana cuando el chico se ha ido.

—Sí, es mexicano. Montó este local hace cosa de dos años y le va muy bien.

—No solo con el local, por lo que veo. ¿No es muy joven?

—Sí, es un yogurín , tiene treinta y un años, y a todas las féminas locas.

—Ya veo. ¿Tú y él…?

—De vez en cuando. Es imposible resistirse a ese culito enfundado en pitillos Levi’s. Además, es un buen tío.

—Pero, ¿es algo serio?

—No, qué va. Sexo un par de veces a la semana y poco más.

—¡Dos veces a la semana! A mí eso me huele a relación.

—Para nada, solo tenemos sexo y lo pasamos bien. Es muy inteligente y divertido.

—¿Y él lo sabe?

—¿El qué?

—Que no es una relación. Porque no es lo que me ha parecido.

—Bueno, es que es hispano. Es muy pasional, le cuesta controlarse. Nunca lo hemos hablado, supongo que se da por hecho. Aparte, siempre lo hago salir a hurtadillas de casa. Norah no sabe ni que existe. Eso quiere decir algo.

—Sí. Que a ti te da igual, pero que él está flipando. He visto cómo te mira.

—¿Tú crees?

Asiento y ella se queda pensativa.

— Naaah , no creo —insiste—. Soy demasiado mayor para él. Los de su edad suelen salir con chicas más jóvenes.

—Tú misma.

Cortamos la conversación cuando aparece el joven de nuevo con las dos cervezas. Esta vez no puede resistirse y, tras posar las botellas, le pasa la mano por la cintura y la atrae hacia él para darle un beso de esos que hace como veinte años que a mí no me dan.

Cuando se marcha, miro a Amber con ambas cejas alzadas.

—Ups. Puede que esto empiece a parecer una relación —razona.

—¿Puede? —Pongo los ojos en blanco y levanto mi botella para que brindemos.

—Por nosotras. Te he echado mucho de menos —me confiesa.