26. Confesiones
Megan
Para cuando Amber reacciona y quiere aceptar la llamada, Elery ya ha colgado. ¡Menos mal! No estoy preparada para un momento tan incómodo.
—Después lo llamaré. Supongo que quiere reprocharme que no le haya contado que estás aquí.
—¿Por qué no lo has hecho?
Puedo notar su sorpresa al oírme decir eso.
—Pues por la misma razón por la que aún no te lo había dicho a ti. Además, es Grove, ¿cuánto ibais a tardar en veros?
—¿Puedo pedirte un favor?
—Claro.
—No le cuentes lo de mi hija.
Por un instante se le dilatan las pupilas mirándome y se le traba un poco la lengua intentando decir algo.
—¿El-el qué exactamente?
—Lo de Sammy…
Está claro que esperaba otra cosa.
—Ah, no, claro que no. Ya se lo contarás tú cuando lo creas conveniente.
—Yo no voy a contarle nada. No tengo nada de qué hablar. Lo mejor que podemos hacer es dejarlo todo en el pasado. Que venga, arregle lo que haya que arreglar en el Marilyn y se marche. Somos adultos, no creo que nos cueste ser correctos. Ha pasado tanto tiempo que somos prácticamente desconocidos.
—¿Sientes que yo soy una completa desconocida?
—No, la verdad es que no.
—Pues eso rebate tu argumento. Entiendo que no quieras remover el ayer después de tanto tiempo, pero a la vez es una buena oportunidad para reconciliarte con tu pasado y, sinceramente, creo que os debéis eso.
—No, Amber, no nos debemos nada. Las heridas no se curan poniendo una tirita. Necesitas lavarlas, desinfectarlas y tratarlas durante un tiempo.
—Nunca le diste opción a hacerlo.
—Él eligió su camino y yo el mío.
—No me acosté con él.
Su confesión me deja muda unos instantes.
—¿Qué?
—No me acosté con él nunca, ni aquella vez, ni antes, ni después. Me rechazó, aun estando completamente borracho, y no, no iba a irme a Europa con él.
—¿Por qué me hiciste creer eso?
—Nunca te dije que eso hubiera sido así.
—Tampoco lo desmentiste cuando yo te lo reproché.
—Teníamos un plan. Ya sabes, de esos que solo se me ocurrían a mí.
Si lograba hacerle creer que se había acostado conmigo y tú lo rechazabas, dejaría que llorara en mi hombro y, en cuanto se fuera a Europa, iba a convencer a mis padres para que me dejaran ir de vacaciones a París; allí conseguiría que él se enamorara de mí.
Pero no fue así. No quiso saber nada más de mí, y apenas tardé unos días en darme cuenta de la magnitud de las consecuencias de semejante locura.
Cuando corrí a contarte la verdad, ya te habías marchado, y él también. Os perdí a la vez.
Siento como si me hubieran arrojado a una charca de barro. En vez de salir de ahí, me quedo observando el fango.
Un momento.
—¿Teníamos? ¿Has dicho teníamos?
—No me obligues a decirte esto, Megan. Del mismo modo en que no os he dicho ni a ti ni a Elery que ambos estabais de nuevo en Grove, esto tampoco puedo decírtelo yo.
—¿Tú y Elery planeasteis esto? ¿Con qué fin? ¿Qué ganaba él con todo esto? ¿Quería deshacerse de mí para poder marcharse a Europa tranquilamente?
—Megan, déjalo.
—No lo dejo. Tú has empezado, aunque yo te he dicho que no quería hablar de esto, ahora me lo vas a contar.
—Megan, no.
—¡Megan, sí! Amber, o me cuentas ahora mismo la verdad o ya puedes salir por esa puerta y te juro que esta vez será para siempre.
—No me hagas esto.
—¿Que no te haga el qué? Me destrozasteis la vida.
—No es cierto. La rehiciste y tuviste dos hijas. No digas eso. No ha sido un camino de rosas para nadie.
—Amber. Lárgate.
—Megan, no.
Me dirijo a la puerta de la cocina y con el dedo índice le indico la salida.
—Se acabaron las mentiras y los secretos entre nosotras, lo coges o lo dejas —exijo. Su estado de pánico es palpable. Abre la boca como para decir algo, pero la cierra de nuevo y acaba con mi paciencia—. ¡Que te largues!
—Con Alan, lo planeamos con Alan.
Juro por mi vida que, si en este momento me pinchasen, no saldría ni una gota de sangre, ya que se me ha congelado hasta el alma. Necesito volver a sentarme.
Amber me habla o me grita al verme palidecer, no lo sé, pero yo lo único que puedo oír en mi interior, en forma de eco, es el nombre de Alan. Consigue sentarme en la silla y se arrodilla ante mí.
—Megan, por favor. Ha pasado mucho tiempo. Habéis sido felices, lo hizo por amor. Siempre te ha amado por encima de todo. Al final fue el único que consiguió lo que quería y no os fue tan mal.
Un millón de imágenes se pasan fugaces ante mí.
Alan apareciendo en Phoenix tan solo un mes después de mi marcha.
Alan invitándome a pasear. Alan alquilando un piso con dos habitaciones.
Alan pidiéndome matrimonio. Alan sujetando en sus brazos a Sasha cuando nació.
Alan entrando con ella de la mano cuando nació Sammy.
Alan a mi lado cuando la enterramos. Alan siempre ha estado ahí, conmigo.
—Alan es un buen hombre —balbuceo. Tan solo alcanzo a decir eso.
Supongo que, de los mismos nervios, Amber se echa a llorar.
—Sí, lo es. Lo siento, Megan. Te he echado tanto de menos. —Apoya su cabeza en mi regazo.
La miro atónita por la extraña situación que estamos viviendo. No puedo procesar todo esto. Acaricio su pelo. Me parte el alma verla sollozar.
—Ha pasado mucho tiempo —digo—. No vale la pena ya. Levántate, Amber, no estoy enfadada contigo. Creo que siempre lo he estado conmigo misma.
—Necesito que me perdones. No quiero perderte de nuevo.
—Yo también os oculté cosas y, en cierto modo, todo empezó con eso. Pero ¿sabes qué? No me arrepiento; tienes razón, he tenido dos hijas maravillosas y, aunque no lo creas, hubo una época en la que Sasha y yo nos queríamos mucho.
—Os seguís queriendo, es solo que estás de duelo, ambas lo estáis.
—Si yo no hubiera callado, si tú no hubieras sido una joven alocada, si Elery no hubiera sido un cobarde y si Alan no hubiera sido tan arriesgado, yo no hubiera tenido nunca a mi pequeña Sammy y créeme que no cambiaría nada. Ya no.
Nos abrazamos y esta vez es un abrazo sincero, no es forzado.
Megan seca sus lágrimas en mi camiseta y yo permanezco impasible.
No lloro, no me tuerzo de dolor, no quiero matarla, que es lo que debería querer hacer en estos momentos.
Siento una extraña sensación de paz al saber esta versión de la historia de la boca de Amber.
Menuda tarde de confesiones. No cambia nada, pero lo necesitaba casi tanto como el aire que respiro.
Ahora entiendo los momentos en los que Alan aseguraba que él también tenía un lado oscuro.
Ahora entiendo su remordimiento tras la noticia que nos azotó antes de viajar y también el porqué está obligándome a reencontrarme con el pasado.
Y es que Alan, incluso cuando hace algo malo, siempre obtiene un buen resultado, siempre es para mejor.
Lo quiero y lo odio a partes iguales tras saber esto.
Miento, no lo odio. Y seguramente también miento cuando digo que lo amo.
Alan simplemente es un buen hombre, un buen padre y un buen compañero de vida; no voy a enfadarme con él, y menos aún, sabiendo que no tengo la certeza de nada y que el tiempo es relativo.
—¿Te parece dar un paseo por los acantilados como solíamos hacer? —La sorprendo con mi propuesta.
—¿Te parece a ti que tras el paseo vayamos a tomar algo?
Han abierto un nuevo bar, con billar y dardos, ya sabes, como los que había cuando éramos jóvenes.
Lo mejor de todo es que hay gente de nuestra edad, estaremos tranquilas.
Tiene una terraza con vistas al mar y un caminito que baja hasta la arena, por si quieres volver a meter los pies en el mar.
¿Recuerdas dónde estaba el Beach House, el local donde comíamos aquellas hamburguesas?
—Sí, claro, estuve con Sasha el otro día.
—Pues está al lado. Te gustará.
—Me parece una genial idea. Me encantaría meter los pies en el mar.
—Y a mí jugar un billar. ¿Has olvidado cómo fingíamos no saber jugar para ganar a los chicos?
—¡Cómo hacerlo!
Este recuerdo nos hace sonreír a las dos, aunque no creo que por la misma razón.
—¿A ver, parejita, podéis dejar de meteros la lengua hasta la garganta para que podamos jugar al billar?
Yo me encontraba sentada en la moqueta verde del billar y Elery estaba pegado a mí, de pie entre mis piernas. Nos besábamos apasionadamente, y eso siempre levantaba comentarios.
Ryan tiró una moneda en mitad del tablero y retó a su hermano.
—A ver si eres tan bueno jugando como moviendo la lengua con los pantalones a punto de explotar.
Elery se miró la entrepierna y se sonrojó al instante.
Trató de taparse la notoria erección con ambas manos, pero estaba claro que ya todos habían visto su reacción a nuestro beso.
Siempre fuimos una pareja envidiable por nuestra pasión desmedida y nuestros besos perfectos que surgían en cualquier momento.
—¿Podemos jugar nosotras? —Amber me guiñó un ojo.
—Bueno, pero para hacer equipos igualados cada una de vosotras tiene que ir con uno de nosotros.
—Creo que Megan y yo podemos hacerlo bien juntas.
—Pero ¿acaso sabéis jugar?
Elery se mantenía callado; sabía de sobras que sí sabíamos jugar, pero su hermano no tenía ni idea, ya que al ser mayor que nosotros no solía formar parte de nuestro grupo.
Ryan nos cedió el palo burlón.
—Está bien, chicas, vosotras lo habéis querido. Podéis empezar, os dejo romper con el primer tiro.
Amber me miró tratando de aguantaste la risa.
Elery se acomodó en un taburete, sabiendo que estaba a punto de presenciar un espectáculo, y fui yo la que me dispuse a empezar.
Rompí el triángulo de bolas con tanta fuerza que, con esa misma tirada, dos bolas fueron al agujero ante la mirada de estupefacción de Ryan.
—¡Eso ha sido la suerte del principiante! —se burló incrédulo.
Entonces le pasé el palo a Amber y empezó el baile.
Ni un solo tiro lograron hacer, ya que entre las dos fuimos metiendo nuestras bolas y pasándonos el palo.
Cada vez que lo hacíamos, chocábamos las palmas de las manos.
Ryan se avergonzaba y Elery bebía a morro de su botella, orgulloso de lo que acababa de ver.
—Esa es mi chica, Ryan, no la subestimes nunca; creo que es la persona que mejor sabe guardar secretos del mundo entero. Nunca dejará de sorprenderme. —Tiró de mí y volvió a besarme con pasión.
Poco iba a imaginar él que, efectivamente, acabaría por guardar el mayor de los secretos, ese del que jamás sería conocedor.
—Dame un minuto, que me cambio.
—Vengo contigo, que ya me veo venir que vas a bajar con un jersey de vieja y unas deportivas.
Lejos de sentirme ofendida con ese triste, pero cierto comentario, dejo que suba conmigo a mi habitación. Una escena que se había repetido tantísimas veces en nuestra adolescencia. Dobby lo hace también; es muy gracioso con esas patitas tan cortas.
Es como un déjà vu. Amber removiendo mi armario y criticando todo lo que ve.
—No. No. Esto ni hablar. No.
—No sé qué esperas encontrar.
—Desde luego no la camiseta de Luke Perry.
Nos reímos a la vez.
—No, esa la tiene ahora Sasha. Encontramos un montón de mi ropa vieja y se la ha querido quedar toda.
—¡Dios mío! ¡Es igual que tú! No sabía que podía heredarse el mal gusto por la ropa.
—Ja-ja. Muy graciosa. —Pongo los ojos en blanco.
—Ya lo tengo. —Saca un vestido negro, sencillo, largo y de tirantes.
—Un básico nunca falla. Es lo más bonito que vas a encontrar.
—Espera. —Saca una camisa blanca de manga corta. Otro básico—. Ponte esto.
—¿El vestido o la camisa?
—Ambos. Pero por orden, que eres capaz de ponerte primero la camisa.
Niego con la cabeza, pero le hago caso. Siento un poco de vergüenza porque mi cuerpo no se conserva como el suyo, pero ella no parece reparar en eso.
En cuanto me pongo la camisa encima del vestido, empiezo a abrocharla desde abajo.
—Pero ¿qué haces? ¡Ni se te ocurra!
—¿Perdona? ¿Es un error abrochar una camisa? ¿Desde cuándo?
Se acerca a mí y, en vez de abotonarla, lo que hace es hacer un nudo bajo mi pecho con ambos extremos de la camisa, dejándola abierta como si fuera un complemento del vestido.
—Ahora sí.
Me miro en el espejo. Con un simple gesto ha hecho que un vestido insulso se vea moderno y desenfadado.
—Yo… Yo ya no me suelo vestir así.
—¿Bromeas? ¡Tú nunca te has vestido así! Porque siempre has tenido un pésimo gusto para la ropa. —Se ríe—. Pero mírate, estás muy guapa.
Y tiene razón. Me miro y ese pequeño cambio en la manera de llevar las prendas hace que me vea mejor. Amber tiene un don, y no solo para la pintura, sino para verse siempre bien, así que le haré caso.
—Me gusta. Me veo rara, pero me gusta.
—¿Te gusta? ¡Estás buenorra que te cagas! ¿Verdad, Dobby?
—¡Calla!
Con las sandalias hay poco que hacer, ya que solo he traído unas, pero por suerte son negras y esto no le quita nada de estilo al conjunto.
—Suéltate el pelo.
—No, que sé cómo sopla el viento en los acantilados y es muy molesto.
—Megan…
—¿Qué?
—Suéltate el pelo.
—De acuerdo. —Vuelvo a poner los ojos en blanco y ella se siente victoriosa.
Cuando acabamos, cruzamos a su casa. Le pone comida al perro y lo deja dentro.
Luego baja con un vestido de color lila muy de su estilo hippie , largo hasta los pies.
Parece una ninfa. Se ha recogido en un moño la mitad del pelo, el resto lo ha dejado suelto; lo tiene larguísimo.
Está preciosa como siempre, y lleva algo en las manos.
—Siéntate aquí —me ordena.
Le hago caso y me siento en una de las sillas de su salón. Es entonces cuando veo lo que va a hacer.
—No necesito eso.
—Tú calla. Solo es rímel y algo de color de labios. Mira, son tonalidades suaves. Te verás bien, como si no fueras maquillada.
—¿Y esto?
—Esto es un corrector de ojeras. No te muevas, es solo un poquito.
—¿Un poquito? Para tapar mis ojeras vas a necesitar un par de botes.
—No seas exagerada, sigues siendo preciosa, y las ojeras se pueden disimular con una gotita.
Lo cierto es que apenas me pone producto, un poco de rímel y un poco de color en los labios y el resultado es increíble. Soy yo, sin parecer Morticia. Sonrío al verme en el espejo.
—¡Vámonos!
Salimos de la casa cogidas del brazo, como si no hubieran pasado veinte años, como si esa misma tarde no hubiéramos hecho confesiones tardías, como si estuviera recordando —aunque sea por momentos— como se siente una siendo feliz.
En cuanto cruzamos la puerta del vallado de la casa, sin embargo, ambas nos detenemos a la vez, con la mirada justo en la misma dirección.
El corazón me bombea fuerte al ver a lo lejos una camioneta rojiza desaparecer calle abajo.
Aprieto la mano de Amber sobre mi antebrazo y, antes de que podamos decir nada, oímos al otro lado de la calle:
—¿Es esa mi madre?