25. Mariposas #2
Ni corta ni perezosa, paso una mano por detrás del colgante y lo sostengo observándolo.
Él acaba de aparcar y, pese a oír sus dos portazos, continúo fascinada con la figura del insecto.
Es tan bonito. Ese pequeño desperfecto de la punta del ala le da un encanto único.
Me encanta cuando los objetos están vividos, pero no pierden su esencia, y, sin duda, este colgante está muy vivido, y me queda claro que él lo aprecia.
Creo que voy a rebuscar en las tiendas de souvenirs a ver si encuentro algo parecido para llevarme.
Me bajo y los espero con la puerta trasera bajada.
Me siento en la caja de la camioneta, dejando mis piernas colgando.
Me gusta este trasto viejo, tiene su propio encanto.
En cuanto los veo cruzar la puerta con ambas tablas, no tardo nada en enlazar que la mariposa que hay dibujada en la nueva tabla es la misma del colgante.
Dudo que alguien que no sea yo se fije en esos detalles, pero a la del dibujo también le falta un trocito en la punta, como si le hubieran dado un mordisco.
Eso consigue que me intrigue mucho más la historia del insecto.
En cuanto Elery esté más receptivo, voy a sonsacárselo.
No es difícil intuir que el valor sentimental irá ligado a su difunta esposa. Seguro que es una bonita historia.
Norah, que es quien lleva la tabla nueva, es la primera en salir. De un salto, me bajo y la ayudo a colocarla. La camioneta tiene unos soportes ya preparados que la chica parece conocer, así que ella se encarga de encajarla y de que quede bien sujeta. Elery carga la vieja.
—Dadme un minuto, que me cambio.
—No necesitas el neopreno. No te hagas el pro.
—Soy un pro con y sin neopreno, y lo sabes —bromea.
Se adentra en la casa y Norah cierra la puerta trasera del vehículo.
Casi como por arte de magia, aparece; ha tardado dos minutos en cambiarse.
Lleva un bañador surfero de palmeritas pequeñas y una camisa desabrochada.
Lleva tatuajes en el brazo derecho, como ya había visto con anterioridad, está entero dibujado.
Ya el primer día que subí en su camioneta descubrí el dibujo de la mariposa en su piel, paralelo al codo, en el pliegue del brazo.
¡Me tiene frita de intriga esa mariposa!
Los demás son tatuajes diferentes. Todo el antebrazo está ocupado por uno tribal y desde el hombro nace otro parecido a un atrapasueños, no sé, algo esotérico.
Estoy segura de que esconde alguno más, pero no me detengo a observarlo.
Vuelvo a ocupar mi asiento de copiloto cuando aparece Josh con la camioneta de la empresa y nos bloquea la salida.
—¿Me estoy perdiendo algo? —nos recrimina.
—Vamos a ver si hay olas disponibles para nosotros —le contesta su tío.
—¿Sin mí? Me manda mi padre para saber si estás bien. Se ha quedado preocupado.
—¿Qué demonios le has dicho?
—Pues nada, que se te ha ido la pinza cuando hemos estado en el Marilyn.
—Luego lo llamo.
—Dice que te tomes el día libre. Ha anulado algún trabajo de hoy y me ha dicho que, si no te ves capacitado, irá él al Marilyn.
—¿Qué te pasa con mi casa? —me intereso.
Todos lo miramos esperando una respuesta.
—No, nada. No es la casa. Soy yo. Me han dado una mala noticia. Es todo. No es culpa de nadie, ni de nada.
—Entonces me voy con vosotros. Iré por mi tabla.
—¡Y por la mía! ¡Me vengo contigo! —De un salto, Norah abandona la camioneta y se sube al otro vehículo con Josh.
—Pe-pero… —intento quejarme.
—No tardaremos nada —me asegura la chica—. Además, ¿con qué piensas bañarte? Traeré un par de biquinis y toallas, así no tienes que ir a tu casa.
—Vale, sí, mejor. Gracias.
Elery me mira. Vuelve a apretar los labios y sube ambas cejas a la vez.
—Si te vas a sentir más cómoda, puedes irte con ellos.
—No, no. Vayamos a la playa. No me incomoda estar contigo.
—Bien.
Y sin mediar más palabras, arranca y salimos rumbo a las olas.
Le ayudo a descargar las tablas. Lo sigo sin rechistar, él debe tener su lugar favorito para esto. Las dejamos sobre la arena, en la orilla, y Elery se sienta sobre una de ellas, con la mirada en el mar.
—Siéntate si quieres. No creo que tarden.
Lo hago en la otra tabla. El mar está ligeramente movido. Si buscaban olas, hoy no van a encontrar muchas. Hay una calma en este lugar que me serena el alma. La luz es diferente, el aire también lo es, e incluso los olores. Respiro hondo. Me gusta.
Es fácil estar cerca de este hombre porque sabe respetar los silencios, supongo que es porque él también los necesita. Sin embargo, aprovecho este momento en que no están Norah ni Josh para resolver una de mis dudas.
—¿Te puedo hacer una pregunta?
—Si es por lo de hoy, preferiría que no lo hicieras.
—No, no es por eso.
—Entonces adelante.
—¿Hay una historia detrás de las mariposas?
Se lo piensa un instante. No me mira. Si lo hiciera, trataría de entender este pequeño silencio.
—En este lugar son icónicas, ya sabes que migran, cruzan medio mundo y eso.
—No me refiero a esas mariposas. —No está entendiendo nada. Consigo que me mire—. Me refiero a esa —le señalo su tatuaje— y a esta —levanto un poco mi trasero de la tabla—, y sobre todo a la del viejo colgante que llevas en la camioneta.