Aquel verano en Grove 25. Mariposas
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25. Mariposas

Sasha

¿Que si soy heterosexual? ¿Qué clase de pregunta es esa? ¿Lo soy?

Miro a Norah y quiero darle una respuesta convincente. Me gustaría poder decirle un sí o tal vez un no, pero con firmeza. Sin embargo, esa pregunta desorienta mi mente y vago hasta un recuerdo en el que Sammy se atrevió a sacar sus propias conclusiones poco antes de morir.

—¿Qué tiene de malo Davis? —quiso saber de nuevo mi hermanita. Llevaba todo el día haciéndome preguntas raras. Tenía diez años y yo catorce. Fue poco antes de la tragedia.

—Pues que le gustan mucho los deportes.

—¿Y Tom?

—Uf, que no tiene buen gusto musical.

—¿Y Andrew?

—Por favor, Sammy, Andrew es más tonto que un zapato.

—A mí me gusta Eric, es simpático, podrías salir con él.

—A todas les gusta Eric, pero no sé. No, no es mi tipo.

—Todos te han pedido una cita para ir a comer un perrito caliente a la bolera. Y todos son chicos populares. ¿Te das cuenta? ¡Eso significa que eres de las populares!

—¿Qué quieres decir con eso?

—Pues que las chicas populares van con chicos populares, ya sabes. No es un tópico lo de las animadoras con los del equipo de fútbol americano.

—Pues ni soy animadora ni, por supuesto, estoy interesada en chicos que probablemente acaben cultivando más su cuerpo que su mente.

—¡Lo sabía! Mi experimento ha acabado.

—¿De qué hablas, mocosa?

—Según las estadísticas y viendo los resultados del test. Las mujeres te gustan un sesenta por ciento, frente a un cuarenta que lo hacen los hombres.

—¡No digas bobadas! No me gustan los chicos de mi edad porque son todos imbéciles.

—No, Sasha. Ni los de tu edad ni los mayores. El porcentaje es bajo, tanto en famosos, como en chicos del instituto. Así que, por si no lo sabías, te enamorarás de una mujer.

—Pero ¿de dónde sacas esas cosas?

—Pues de una web.

—¿En serio? ¿Te crees esas mierdas?

—Pues, entre el test y, bueno, que soy tu hermana y te observo, diría que no se equivoca.

Me sentó como una patada en el culo ese comentario.

—¡Vete a la mierda, Sam! ¡No quiero oír tus chorradas!

—Está bien. Ya veo que serás de esas que se casará con un hombre porque la sociedad así lo marca y porque no serás capaz de afrontar tu verdadera identidad.

—¡Que te vayas a-la-mier-da! —Di un portazo y me sentí realmente ofendida ante tal afirmación. Esa que en ese momento me pareció totalmente inverosímil.

—Norah, yo… Pues…

El corazón se me va a salir por la boca antes de poder reconocer esto por primera vez en mi vida ante alguien, pero justo cuando estoy a punto de hacerlo, mi amiga desvía la vista y algo capta su atención.

—¡Oh, no! ¡Es Elery!

Me giro hasta dar con él sentado en la barra, bebiendo algo como cualquier otro cliente. No entiendo el tono de preocupación de Norah.

—Debe haber parado a hacer una pausa. Josh me dijo que estaban a tope de trabajo esta mañana.

—No es eso, Sash. Elery no puede beber. No es que sea un exalcohólico del todo, pero, como mucho, toma una copa de vino blanco o una cerveza. Punto. Su tope está en dos. Tiene terminantemente prohibido tomar bebidas fuertes.

—¿En serio?

—Oigo cómo mi madre siempre le dice que está orgullosa de él. Se toman una copa de vino blanco cuando viene a cenar y el resto de la noche toma soda.

—Pues Mike le está sirviendo un Jack Daniel’s.

—¡Mierda!

Sigo a Norah que se apresura a llegar hasta la barra a toda prisa. Elery tiene el teléfono en la oreja, al parecer no le contestan y eso hace que estampe el teléfono en la barra.

—¿Se puede saber qué demonios haces? ¿No se supone que tendrías que estar trabajando? —Norah se planta a su lado con los brazos en jarra.

Elery la mira y entorna los ojos hacia arriba antes de contestar.

—Necesitaba parar un poco. Por hoy ya he tenido bastante.

—¿Con un Jack Daniel’s paras?

—No me hará daño, créeme, después de la mañanita que llevo.

Sigo detrás de Norah como si fuera una espectadora. Elery ni ha reparado en mi presencia.

—Si a mí no me preocupa que te haga daño. Pero te recuerdo que fuiste tú el que me enseñó qué hacer cuando se tiene un día malo. ¿Lo has olvidado?

El hombre se pellizca el puente de la nariz antes de mirarla de nuevo.

—No lo he olvidado. Solo es que… Lo necesitaba.

Norah le quita el vaso de la mano y lo lanza deslizándolo por la barra hasta el final.

—Lo que necesitas son unas cuantas olas. Habíamos quedado, ¿lo recuerdas?

—Claro que lo recuerdo, pero aún es pronto.

—¿Y pensabas presentarte borracho? Muy maduro por tu parte. Anda que… —Tuerce las cejas señalándome—. Que tu primera clase te la dé un surfero-reportero borracho es el sueño de toda principiante.

Es entonces cuando Elery se percata de mi presencia y me mira. Lo hace fijamente, como queriendo buscar algo en mis retinas. Sonrío tímidamente. Él aprieta los labios y niega con la cabeza algo indignado. Pero no sé por qué razón.

—Podemos dejarlo para otro día —me atrevo a decir.

—¡Ni hablar! Es más, ¡nos vamos ahora mismo! Hace bastante aire —miente—, es buen momento.

—Puedes enseñarla tú, has sido mi mejor alumna. —Deja de mirarme y le presta atención a Norah.

—¿Yo? No, señor. Por listo y bocazas, Sasha será tu alumna este verano.

—De verdad que por mí no os preocupéis que yo…

—¿Será posible? —refunfuña Elery—. Como si no tuviera bastante con las broncas de tu madre, ahora resulta que eres su versión junior.

—No hablemos de madres, que hoy está el tema calentito. Mejor vamos a hacer surf. A los dos os irá bien.

Eso capta la atención de Elery, que vuelve a posar sus ojos en mí.

—Es que mi madre… —trato de seguir a Norah en la conversación—. No es de dar muchas explicaciones, y eso nos ha causado un momento tenso. Es todo.

Elery suelta algo parecido a un bufido lleno de sarcasmo a la vez que se levanta y juro que, aunque lo haya murmurado entre dientes, he entendido algo como «para variar».

¿Para liar? ¿Para acabar? ¿Qué demonios ha dicho?

Contengo las ganas de preguntarle, ya que es evidente que no está muy receptivo después de que Norah le jodiera los planes de tomarse una copa.

—Está bien. Así es la vida, ¿no? —Levanta los brazos con las palmas de las manos mirando al cielo como si se estuviera resignando a algo—. Pues vayamos a surfear.

Va de camino a la salida del bar. Norah le hace una señal con las manos a Mike para que no nos ponga las cervezas y arrancamos tras él.

—¿Qué le pasa a este? —le pregunto por lo bajo a Norah.

—¡Pues que le he jodido el plan! ¡Yo que sé! Debe haberse peleado con su hermano. Ya nos lo contará Josh en otro momento.

Cuando vamos a subirnos a la camioneta, mi amiga hace algo imprevisible y se sienta directamente en los asientos traseros, cediéndome el del copiloto, y me quiero morir.

No tengo ganas de ir sentada al lado de esta versión de Elery, callado, taciturno, pensativo y con el entrecejo arrugado.

Desde mi posición, puedo notar su enojo.

Se muerde el labio desde dentro. Algo le preocupa.

En cuanto arranca, sube el volumen de la música, deduzco que tratando de bloquear cualquier intento de conversación.

Mi cara de circunstancia es un poema, no sé qué hacer.

Miro por la ventana en un intento por disimular mi incomodidad.

Empieza a sonarme la canción, es una de la lista de reproducción que me compartió.

Everybody Hurts de R.E.M. Comienzo a sospechar que es uno de sus grupos favoritos.

La melodía es triste y no lo juzgo por escuchar una canción así.

Empatizo con lo que está sintiendo. Saber que lleva a sus espaldas la culpabilidad y el dolor de una pérdida, me enternece el corazón. Lo entiendo tanto.

Por un momento, se me humedecen los ojos con la canción.

Trago saliva y disimuladamente llevo un dedo a la comisura de los párpados, como si estuviera apartándome el cabello de la cara, y es entonces cuando me percato de que Elery ha apartado los ojos momentáneamente de la carretera y me está mirando.

Quiero decirle que lo entiendo, que sé exactamente cómo se siente, pero no es el lugar ni el momento.

Además, apenas lo conozco y todo en sí sería raro.

Así que no lo hago. Tan solo intento alzar una sonrisa de esas que no llegan a serlo.

Es algo parecido a un «todo va a estar bien» o «no pasa nada».

Vuelve los ojos un instante a la carretera y, de nuevo, me mira.

Toma aire y lo suelta por las fosas nasales como el que retiene un suspiro durante rato.

Ese gesto es como si lo desinflara. Fuera lo que fuera lo que lo preocupaba, siento que ha decidido apartarlo.

Me devuelve la media sonrisa. Compartimos un instante de complicidad mientras Norah se mantiene callada tarareando la preciosa canción y chateando de nuevo por el móvil, ajena a este extraño, aunque bonito momento.

En cuanto llegamos a su casita, la de las latas de conserva —ahora no puedo dejar de pensar en que era una tienda de eso—, posiciona la camioneta del revés y entra marcha atrás, dejándola preparada para cargar las tablas.

Ambos miramos por el retrovisor y no puedo evitar volver a fijarme en el colgante de la mariposa monarca y en su ala rota.

Algunos de los brillantes naranjas que la conforman han perdido su brillo, sin embargo, otros lo mantienen fuertemente y cada vez que el sol se refleja, es precioso.

No deja de tambalearse y, por inercia, hago el intento de detenerlo para que no se golpee con la luna delantera de la camioneta.

Cuando estoy a punto de tocarla, no obstante, Elery me detiene interponiendo su mano a la mía.

Creo que ha sido un acto reflejo, no debe dejar que nadie la toque.

—Perdón, yo no… Solo quería que no se golpeara.

—No pasa nada. Puedes tocarla, adelante. Solo es un colgante. —Parece ser que se ha arrepentido de su reacción.