Aquel verano en Grove 24. Un buen hombre #2
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24. Un buen hombre #2

Las chicas no aparecen en toda la tarde, así que Amber y yo nos dedicamos a pintar las paredes que podemos.

Dejamos todo abierto para que se ventile la casa y que el olor a pintura no sea tan notorio.

No colocamos las puertas de las habitaciones, las dejamos bajo el porche secándose, a punto para que Norah plasme las siluetas cuando ella quiera.

Acabamos exhaustas y llenas de pintura. Menudo torbellino y explosión de sentimientos hoy.

No sé si lo hace el cansancio, pero Amber y yo empezamos a reírnos por cualquier cosa.

¿Que se nos cae la brocha y mancha el suelo y salpica pintura en todas direcciones?

Carcajada que retumba por la casa. ¿Que Amber se apoya en la pared que ella misma acaba de pintar y se mancha toda la espalda?

De nuevo carcajadas. ¿Que decide cruzar hasta su casa y traer una botella de vino y dos copas?

Pues risa asegurada. Hacía tanto que no reía así que hasta una leve sensación de agujetas se anida en mi estómago.

Finalmente, acabamos sacando dos sillas al jardín y no sentamos frente a la fachada de la casa, observando los desperfectos que anotamos mentalmente en la eterna lista.

Descansamos sentadas, cada una con su copa de vino en la mano.

El sol está bajando. Nos pasamos un cigarro, esta vez no es un porro, es tabaco a secas.

Me cuesta recordar la última vez que fumé junto a ella disfrutando de hacerlo.

No me puedo creer que en pocas horas le haya dado unas caladas a un porro y ahora esté compartiendo un cigarro como si fuera algo rutinario en mi vida.

No lo es, dejó de serlo hace mucho, sin embargo, disfruto de este instante, del humo mezclándose con el sabor del vino tinto y de mi mente relajándose.

Sirius se posa en mi regazo y hay calma.

¡Eso es! ¡Calma! En mi cabeza hay paz y no me lo puedo creer.

De fondo se oye The Wallflowers, la canción 6th Avenue Heartache. Acaricio al gato.

— ¡Cómo me gustaba el hijo de Bob Dylan! ¡Qué guapo era! —recuerda Amber con emoción. Se refiere al cantante del grupo que suena y que escuchábamos juntas.

Sonrío. Giro mi cabeza y observo cómo disfruta de la música con los ojos cerrados y balancea la cabeza.

—Amber, quiero pedirte perdón.

Cesa el balanceo, pero no abre los ojos.

—No hace falta, son muchas cosas las que has revivido hoy.

—No es por eso. ¿Te acuerdas de adolescentes, cuando me preguntabas quién ocupaba mi cabeza?

Debí decirte que Elery era ese chico, que siempre fue él y, pese a que nuestro amor fue evolutivo y lo viste venir, no fui sincera contigo.

Te dije que sucedió sin más y no fue así, siempre estuve enamorada de él.

De haberlo hecho, supongo que nos hubiéramos ahorrado muchas cosas.

Ahora sí abre los ojos y, sin levantar la cabeza, reposada en la silla, gira para mirarme.

—Si nos remontamos a esa época, yo también quiero pedirte perdón, porque yo ya lo sabía y fingía no darme cuenta, porque mi obsesión con él iba más allá. Era una obsesión, lo entiendes, ¿verdad? Si Elery me hubiera hecho caso como cualquier otro, hubiera pasado a ser uno más. Ahora lo sé.

—También lo sé.

Me tiende la mano y se la doy. Permanecemos sentadas con las manos unidas.

—Megan…

—¿Qué?

—Elery no es el padre de Norah.

De nuevo, un instante en que todo se detiene a mi alrededor.

No contesto. No añadimos nada más al respecto.

Nos mantenemos en silencio. Siento una sensación de ligereza emocional.

Necesitaba oír eso. Quería oír eso. Y en este precioso momento me atrevería a decir que el aire entra en mis pulmones con más facilidad.

—Gracias, Amber.

—Tenías que saberlo. No voy a arriesgarme a perderte de nuevo.

Aprieto su mano y por primera vez en muchísimo tiempo siento paz. Se me ensancha el alma.

Disfrutamos de unos instantes apretando fuertemente nuestras manos unidas, pero no mucho, ya que alguien reclama nuestra atención.

Desde el otro lado de la calle, los ladridos de Dobby hacen que Sirius salte de mi regazo, clavándome las uñas y, en medio segundo, se sube al que ya podríamos decir que es su árbol.

—Pobrecito, tráelo, lleva todo el día solo.

—Ay, sí, mi bebé —dice dulcemente.

Se levanta y va en busca del perro que entra a toda prisa en mi jardín moviendo la cola a un ritmo vertiginoso. Se acerca hasta mí y pone sus patitas encima para que lo acaricie. Qué bonito es. Tiene una mirada tan dulce que dan ganas de abrazarlo.

—Le has gustado. Ha venido directo a ti.

—Yo creo que venía directo buscando al gato y, al no encontrarlo, se ha conformado conmigo.

—Eso también puede ser.

Nos reímos y el perro insiste en mis mimos, así que él solito se sube en mi regazo de un brinco e intenta lamerme la cara. Casi nos caemos de la silla. Amber pilla mi copa al vuelo antes de que la derrame y me deja disfrutar de ese momento perruno tan gratificante.

—Tú y yo vamos a ser grandes amigos, enano —le hablo al perro.

—Pues mira que no es muy sociable, es más bien un enano cascarrabias, tremendamente territorial y protector.

—¡Qué dices! A Sasha la adora y por lo que veo a mí también.

—Ni mis padres pueden sacarlo a pasear, solo hay otra persona que puede hacerlo… —Suena su teléfono, se lo saca del bolsillo y mira la llamada entrante sin dejar de hablarme. Se cuela un pequeño silencio—. Elery.

—Ya, bueno, siempre se le dieron bien los animales, tenía un don —contesto.

—No es eso. —Gira el teléfono y me lo muestra—. Me refiero a que me está llamando Elery.