24. Un buen hombre
Megan
Entro en la casa enfurecida y Amber entra detrás de mí. Todo está hecho un desastre, cubierto de sábanas, pintura abierta, herramientas por todos lados. Me detengo a observarlo y siento que todo este caos que yo misma estoy provocando tan solo es el reflejo de mi interior.
—Megan, ¿Estás bien? —Las palabras de Amber salen miedosas, puedo notarlo desde aquí.
—¿Por qué no me habías dicho que Elery está en Grove?
—Iba a hacerlo, Megan, pero no había surgido tampoco la oportunidad.
—¿La oportunidad? ¿La oportunidad? Tú, la reina de pillar al vuelo las oportunidades, me dices que no ha surgido la oportunidad. No seas cínica, Amber.
—Megan, no hagas esto.
—¿El qué? ¿Recordarte que una vez tuviste la oportunidad de acostarte con mi futuro marido y lo hiciste?
—No sigas por ahí.
—Íbamos a casarnos, Amber, se iba a ir a estudiar a Europa y a la vuelta íbamos a empezar una vida juntos, y no te importó.
—Sí me importó, y mucho. Te equivocas. Veinte años después, te sigues equivocando y veo que sigues con la misma actitud de no querer afrontarlo.
—¿Afrontar qué? Mi mejor amiga y mi prometido se iban juntos a Europa y pretendías que me quedara aquí a afrontar ¿qué? ¿A vivir señalada con el dedo por estúpida?
—Megan, han pasado veinte años.
—Lo sé. —Trato de serenarme. Expulso el aire y vuelvo a inhalar con los ojos cerrados antes de seguir—. Lo siento, me he dejado llevar por el enfado con Sasha. Han sido muchas cosas de golpe. No sé si ha sido una buena idea volver a este lugar.
—Claro que lo ha sido, no lo dudes. El destino ha querido que los tres volvamos a coincidir en este lugar, quizá sea el momento de sentarnos uno frente al otro y hablar.
Yo lo hice muchos años después, con Elery.
Se marchó y, en una de esas visitas fugaces a Grove, pudimos sentarnos y aclarar lo sucedido. ¿No te das cuenta? ¡Ha sido el destino!
—¿El destino? —le lanzo la pregunta con todo mi sarcasmo—.
¡No me hables de destino! ¡Ni de Elery! ¡Ni de estas mierdas!
—La miro fijamente y decido que ha llegado el momento de contárselo—.
Perdí una hija, Amber. —Me empieza a temblar la voz, noto como se desgarra mi garganta—.
Apenas tenía diez años, le quedaban días para cumplir los once —sollozo—.
¿Con qué fin el destino me arrebató a mi pequeña?
—Se me quiebra la voz por completo y bajo el volumen, totalmente abatida—. No me hables de destino.
Me rompo. Puedo ver el momento exacto en que la mirada de Amber se paraliza.
El mundo se detiene. La tierra vuelve a dejar de girar bajo mis pies y ya no puedo más, las fuerzas me abandonan de nuevo, pero esta vez no me da tiempo a que las piernas me flaqueen y los brazos de Amber me sujetan.
Tengo tanta rabia, no puedo ni tragar mi propia saliva de lo que me duele el cuello, sollozo mi dolor y Amber le da profundidad a su abrazo, apretándome fuertemente contra ella. No va a soltarme, pese a mi rigidez.
Me mantengo entre sus brazos tratando de controlar lo incontrolable, al principio contra mi voluntad, pero poco a poco siento que no puedo más, quiero que el mundo se quede parado, que mi cabeza pare, quiero bajarme de esta vida.
Voy cediendo, aflojo mi musculatura y le devuelvo el abrazo.
Dejo caer la cabeza en su hombro y aprieto contra mí con tanta fuerza que creo que en cualquier momento va a gritar, pero no lo hace.
Ella acaricia mi pelo y, por extraño que parezca, la misma persona que me causó uno de los dolores más grandes de mi vida, es la misma que está consiguiendo apaciguarme el alma en este momento.
—Siento mucho lo de tu pequeña —me susurra.
No contesto. Permanecemos abrazadas unos minutos hasta que de nuevo empiezo a sentirme incómoda y me separo. Pero Amber no me deja huir, tira de mi mano, me lleva hasta la cocina y me obliga a sentarme.
—¿Tienes infusiones? Si no tienes, cruzo a mi casa y traigo una cajita.
—Tengo. En el mueble de arriba. Fue lo primero que compré. Cuando empecé a dejar los ansiolíticos, los reemplacé por las infusiones de árbol de tila y otras relajantes —le miento un poco.
—¿Hace mucho que dejaste la medicación?
—Apenas unos meses. En realidad, para dormir, cuando ya hace tres noches que no consigo hacerlo en condiciones, tomo algún somnífero.
—Bueno, mientras solo sea de vez en cuando no pasa nada.
—Amber, sigo tomando antidepresivos —le confieso—. Si no, no creo que pudiera seguir adelante.
—Está bien, no pasa nada, no es nada malo. Pero si necesitas algo para dormir, yo tengo…
—No, gracias, más marihuana no.
Eso consigue que una inocente risa se cuele entre nosotras haciendo que el momento cobre otro matiz.
—Ah, ¿no? Y yo que pensaba hacerte fumar uno cada noche —bromea, aunque conociéndola, no creo que sea broma del todo.
—Ayer me pasó algo muy extraño —explico—. Caí rendida en el sofá del vestíbulo y he dormido de un tirón toda la noche y sin medicación.
—¿En el viejo sofá chéster?
—Sí.
—Pues con lo incómodo y duro que era, ya tiene mérito la cosa, ya.
—Lo sé. Pero así ha sido. Hacía años que no dormía de un tirón sin tomarme la pastilla mágica.
—Bueno, al final, Pacific Grove te está haciendo bien y, aunque ahora no lo veas, a las dos os hará bien. Sasha guarda mucha rabia dentro. La manera en la que ha explotado hoy por nada la ha delatado. Habéis vivido una situación que os ha roto como familia. ¿Y Alan? ¿Cómo lo lleva?
Oír su nombre de los labios de Amber me hace retroceder en el tiempo.
—He besado a Alan.
—Pero Amber, es el mejor amigo de Elery, así no conseguirás que se fije en ti.
—Claro que sí, es una buena táctica, ya verás. Ponerlo celoso lo hará reaccionar.
—Conseguirás que se acaben enfadando entre ellos, no me parece una buena idea.
—¿Lo dices porque te gusta Alan?
—Sabes que no.
—Ah, bueno, porque esto es pactado. No digas nada, pero él lo hace con la misma intención. Darte celos, a ver si reaccionas y te das cuenta de que bebe los vientos por ti.
—Pues no lo ha conseguido. ¿Os morreáis sin gustaros? ¿Solo para provocar celos? Yo no podría.
—Yaaa, claro. Vas a tener que contarnos algún día quién es el misterioso chico que ocupa tus pensamientos.
—Luke Perry —confesé, quitándole importancia.
—Ya bueno, ese también ocupa los míos. No sé por qué no me lo cuentas, soy tu mejor amiga. ¿No se lo habrás contado a Elery y a mí no? Últimamente habláis mucho.
—Esto… Necesita ayuda con…
—¿Con un bizcocho? Que yo sepa es lo que mejor se te da.
Se pasó con el comentario, y yo empezaba a no dejarme mangonear tanto.
—Hay muchas cosas que se me dan bien, Amber.
—No te ofendas, Megan. Es solo que no se me ocurre de qué podéis hablar Elery y tú.
—Pues de muchas cosas. Es un tío muy listo, es gracioso y con muchas inquietudes.
—A ti también te gusta, ¿verdad?
—¿Qué? ¡No! —mentí lo mejor que pude.
—De todos modos, no creo que le gustes, me habría dado cuenta.
—¿Qué insinúas? ¿No puedo gustarle a un tío como Elery?
—No he dicho eso, es solo que Alan pega más contigo y está loco por ti desde los doce años.
—Ya, bueno, pero te mete la lengua a ti. Su táctica ha sido fallida. Alan es solo mi amigo, no lo veo con esos ojos.
—Pues ya me dirás a quién ves así.
—Anda, vamos, que llegamos tarde a clase.
Miro a Amber después de tener ese flashback y sacudo la cabeza para deshacerme de ese recuerdo.
—Alan nos mantiene en pie a los dos. Yo no he estado muy presente estos últimos años. Es un buen hombre.
—Creo que ya me has mencionado eso varias veces. Antes era un buen amigo, ahora es un buen padre. Hay cosas que no cambian por lo que veo.
—¿Qué insinúas? Tuve una hija con él, no lo habría hecho de no haberlo querido. Es un hombre maravilloso.
Veo como arruga el ceño ante mis palabras. ¡Mierda! Se queda pensativa.
No me gusta que insinúe que Alan sigue siendo eso bueno para mí que yo nunca he querido. Porque sí, lo quiero, de una forma no tan romántica, sino más madura, más correcta. Lo quiero. Y quizá debería dejar de tener que reafirmarme esto tan a menudo.
—¿Quieres que hablemos de Elery?
—¿Quééé? ¡Nooo! Amber, el pasado dejémoslo en el pasado.
—Pero es que resulta que estamos en el presente, ¿sabes? Y que los tres estamos en Grove, y pronto estaremos los cuatro.
—No metas a Alan en esto.
—Alan se metió solo cuando decidió que, en vez de dejar que las aguas se calmaran, iría detrás de ti a conseguir su cometido.
—No lo juzgues, es…
—Sí, un buen hombre. Eso ya lo has dicho, pero a veces los hombres buenos también tienen un lado oscuro.
—Eso dice él, pero no lo conoces de nada, tú solo conocías a aquel joven, ahora es aún mejor.
—No te digo que no. Es solo que…
—Déjalo, Amber. ¿Podemos no hablar de esto ahora?
—Comamos algo juntas.
Y eso hacemos. Es extraño este amor-odio que siento hacia Amber.
Sin embargo, tenerla cerca de nuevo me hace sentir menos sola y, en cierto modo, querida.
Desde que he llegado, no ha dejado de estar pendiente de mí, ya no busca ser ella el centro de atención.
La nueva Amber poco tiene que ver con la que dejé en este lugar.
No puedo perdonarle lo que hizo en el pasado, tampoco quiero que se excuse veinte años después.
Lo mejor que podemos hacer es dejar el pasado en el pasado.
Eso sí, lo de volver a toparme con Elery no sé cómo voy a gestionarlo.
Y a Alan debería llamarlo más y exigirle que venga cuanto antes, por el bien de Sasha.
Aunque me siento tan bien sin él, que eso me causa un sentimiento de culpabilidad enorme. ¿Cómo puedo no echarlo de menos?