Aquel verano en Grove 23. Amiga mía #2
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23. Amiga mía #2

—Déjala que se marche, tiene que sacar lo que lleva dentro. Norah cuidará de ella —es lo último que oigo antes de desaparecer calle abajo.

Caminamos sin rumbo. Yo voy llorando enfurecida y ella tan solo está a mi lado. De repente, esas bonitas calles se me antojan asfixiantes, a duras penas veo el asfalto bajo mis pies. Las lágrimas mojan mi camiseta y ya van dos personas que nos observan; empiezo a sentirme estúpida.

Poco a poco me voy calmando. Llorar siempre ha sido algo que hago en la intimidad, no entiendo qué me pasa, ¿por qué soy capaz de hacerlo en público?

Cuando logro retener el llanto para tratar de pasar desapercibida, Norah aprovecha para detenerme, tirando de mi antebrazo y colocándome frente a ella.

—¿Qué ha pasado allí? ¿Por qué se te ha girado la cabeza así?

—Es que mi madre es… Es que… Ella…

—Creo que acumulas demasiado, Sash. Sea lo que sea que tienes con ella o contra ella, deberías poder hablarlo, decírselo a la cara. Lo que sea, no creo que lo esté haciendo a adrede. ¿No ves que aún está de duelo?

—¡Y yo también! Cada puto día de mi vida le sigo llorando a mi hermana, cada puto día sigo pensado que me cambiaría por ella, pero no puedo —se me rompe la voz.

—Tu madre no tiene la culpa, Sasha —baja el tono—, ni tú tampoco. Es una situación que nadie desea en su vida, pero no os culpéis la una a la otra y mucho menos a vosotras mismas. Tu hermana no está, pero vosotras sí.

—Creo que mi padre se va a morir, ¿sabes? —suelto sin más—. Y ella lo sigue ocultando.

Norah se queda unos segundos sin habla ante mi repentina deducción.

—No digas eso, Sasha. Tú misma me dijiste que probablemente vayan a separarse.

—He estado analizando su comportamiento, sus palabras cuando hablamos por teléfono, las cosas que me pide que haga por él. Algo le pasa, Norah, y yo estoy aquí con ella, en vez de estar con él.

—Entonces esto es así porque él lo quiere. Tú misma lo has dicho. ¿Es que no lo ves? ¿Quieres culpar a alguien? ¡Culpa a tu padre! Si realmente está enfermo y ha tomado esta decisión de mierda, cúlpalo a él. Pero no te machaques más, no os machaquéis más.

—Mis padres no se quieren —exhalo como último argumento.

—Y eso, amiga mía —me frota el brazo. Es una caricia.

Me ha llamado amiga. Se me detiene el corazón un instante, solo un instante—, tampoco es tu culpa.

Los padres son personas, lo son individualmente, ser pareja no les obliga a que sean un mismo ser.

Quizá tu padre se conforme con ser su compañero de vida y quizá tu madre, no sé, se haya cansado de intentar que cambie.

—No digas bobadas, Norah. Mi padre no necesita cambiar nada.

—Yo creo que todos necesitamos cambiar cosas, mover los muebles de nuestra alma. Yo lo necesito y tú lo necesitas.

Me deja sin palabras con esa reflexión. No parece la misma chica que la noche anterior se había sentido celosa, ni la misma que apareció tras ese perro salchicha mal educado, ni mucho menos la misma chica que me ha hablado de su primer amor sin miedo a ser juzgada.

Norah es un conjunto de versiones y me confunde.

Pero sin duda, oír esas palabras tan desacordes a la idea que me había hecho de ella, hace que me dé cuenta de que, si ya me gustaba antes sin ver esta versión, ahora me encanta, y eso… Eso va a doler. Lo veo venir.

Le sonrío porque estos segundos en los que me he quedado petrificada, con su mano sobre mi antebrazo, y en los que ha conseguido borrarme hasta el habla, me están pareciendo eternos. Su preocupación por mí es sincera.

—Gracias. —Es lo único que alcanzo a decir.

Su reacción no se hace esperar, acorta la distancia y me abraza. Pero no con un abrazo de esos de: «venga, ya está». Lo hace con uno de esos que sirven para apaciguarte el alma, el cuerpo y la vida.

—¿Unas Lagunitas? —me propone en cuanto afloja los brazos.

—¡Por favor!

—Voy escribiéndole a Mike para que nos guarde una mesa.

Observo como teclea el teléfono a toda velocidad, es realmente ágil.

Por lo menos ahora sé que ya no caminamos sin rumbo, no tardo nada en ver el puerto.

Oigo las gaviotas graznar, el sol calienta bastante y trato de respirar lo más hondo que puedo.

Necesito airear mi cabeza. No suelo beber, pero no veo el momento de refrescarme con una de esas cervezas.

***

Mike nos reserva exactamente la misma mesa donde estuvimos el otro día con Josh.

El joven nos recibe con su blanca sonrisa, sus pantalones caídos y la gorra al revés.

No sé si me acostumbro a verle los calzoncillos muy por encima del pantalón, hoy los lleva de dibujos de Los Simpson , para ser exactos.

Eso me hace gracia. Me tengo que obligar a mirarlo a la cara, para que no piense que le estoy mirando el trasero.

Pero incluso cuando no habla de frente, el color amarillo de la calva de Homer Simpson consigue que baje la mirada de nuevo.

—Hola, chicas, ¿qué hay?

—Hola, Mike —saluda Norah. Yo me limito a levantar la mano y la vista, claro—. Estáis muy a tope, ¿no?

—Sí, al parecer la fiesta de anoche no tuvo mucho éxito, el capullo de Denis Walls entró con la camioneta hasta cerca de las rocas y se dedicó a hacer derrapes. ¿Sabes cuánto tardó la poli en llegar? Pues ni tres derrapes.

—¡Menudo capullo!

—El alcohol, una camioneta nueva y un niño de papá, como es Denis, consiguen aguarle la fiesta a cualquiera. No ha madurado. Por más buena universidad que su padre le esté pagando, sigue siendo un imbécil de manual.

—Ya veo. Oye, ¿nos pones dos Lagunitas? —Norah lo corta sutilmente.

—¿Te gustó la IPA, forastera?

—No está mal —contesto haciéndome la dura.

Mike se da un golpe con el puño en el corazón, simulando que le ha ofendido mi comentario. Es muy cómico este chico. Me cae bien.

—Porque eres amiga de Norah, antes de desterrarte, voy a darte otra oportunidad para que la degustes de nuevo, y después hablamos.

—Claro que sí, sumiller de birras.

Norah se ríe con mi sarcasmo y él también.

—Me gusta tu amiga —se dirige a Norah—. Me cae bien. Además, hacéis buena pareja.

Las dos nos miramos y nos sonrojamos a la vez.

—No, Mike, no. Sasha y yo…

—Ella y yo no…

Las dos nos apresuramos a desmentir su insinuación.

—¿No? —pregunta, extrañado—. Juraría que…

—¡Anda! ¡Ve a buscar nuestras cervezas! —Observo como Norah lo apresura, se ha incomodado y no lo ha dejado acabar—.

No se lo tengas en cuenta. Como él es gay, se cree que todo el mundo lo es.

—No digo nada. Sé que espera que lo haga—.

Porque, sé que es una extraña y tal vez anticuada pregunta, pero como ha salido el tema…

—¿Qué quieres saber? —disimulo, como si no supiera la pregunta comprometida que está por venir.

—Es que no lo tengo muy claro.

—¿El qué? ¿Lo que quieres preguntar?

—No, no es eso.

—¿Entonces?

—Si eres heterosexual.