Aquel verano en Grove 23. Amiga mía
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23. Amiga mía

Sasha

¿Qué mosca le habrá picado a Elery para salir chirriando ruedas como si fuera un adolescente sin cabeza?

Desde luego no va para nada con él. Tanto Norah como yo nos quedamos estupefactas, pero tampoco le damos gran importancia.

Entramos dentro, y unos minutos después lo hacen mi madre y Amber, que se habían quedado charlando en el jardín.

Nos repartimos las faenas. Al final cuatro personas son ocho manos.

Norah trata de sintonizar una emisora en la vieja radio, pero no le convence nada de lo que escucha, así que cruza hasta su casa y trae un altavoz con bluetooth para poner música desde el teléfono.

Lo primero que suena a todo volumen es una canción de los italianos Maneskin, y no parece entusiasmarles a nuestras madres, así que ambas se van al jardín a crear polvo lijando puertas.

—Tengo una lista de los noventa —le digo a Norah por lo bajo—. Me la pasó Elery, estoy segura de que a nuestras madres les gustará. Yo la he escuchado y es increíble.

—¿Cuándo has estado tú con Elery?

—Lo acompañé a hacer un servicio al faro, y de paso conocí ese increíble lugar.

—¿No querrás ligarte al viejo?

—¿Qué? Nooo, pesada. Qué retorcida eres. Tuve un momento de bajón y él pasó con la camioneta, y no sé cómo, pero acabé en el faro mientras él arreglaba una nevera del restaurante. Es fácil estar con Elery porque no hace falta hablar mucho, y supongo que eso hizo que pudiéramos escuchar música.

—Trae, déjame ver. —Me quita el móvil de las manos—. Llevas apenas unos días y ya te has ganado a todo el mundo.

—A todo el mundo, no. Lily creo que me odia.

Las dos reímos a la vez.

—Lily creo que se odia a sí misma. Ella no cuenta.

—Esta lista de los setenta, ¿también te la ha pasado él?

—Sí.

—Voy a tener que mantener una charla con este reportero loco. ¿Por qué nunca me ha pasado una lista así?

—¿Se la has pedido?

—Es cierto que en la camioneta lleva siempre buenas canciones. Yo le hice descubrir a Katy Perry, ¿sabes?

—Pues tiene muy buen criterio.

—Y yo creyendo que era mi madre la del buen gusto —bromea con sarcasmo—, ahora veo que es él el que cada vez que viene a cenar pone su lista.

—¿Viene muy a menudo?

—Bastante.

—¿De verdad no crees que ellos dos…?

—Mira, yo cuando me voy a dormir no espío lo que hacen cuando se quedan solos en el jardín.

Lo mismo follan como locos en la parte trasera de la casa y ni me entero.

No es mi problema. Si se dan una alegría de vez en cuando, pues mejor para ellos.

Pero ya te digo que él no tiene interés en las mujeres como mi madre.

Tendrías que haber visto a Marion, entonces entenderías el tipo de mujer que le gusta; aunque no acabaron de congeniar, estuvieron varios años juntos.

—Se le ve exigente con las mujeres.

La veo indecisa ante mi comentario, pese a que no he dicho nada malo.

—Esto que voy a contarte no mola nada, pero está bien que lo sepas igual. Tal vez en algún momento te lo explique él también.

—Me estás asustando.

—Elery estuvo casado una vez. No sabría decirte con exactitud la nacionalidad de la mujer, solo sé que vivían en París cuando todo sucedió. Al parecer, él se marchó a cubrir una noticia a El Cairo, donde había habido una revuelta o algo así.

—Vale, ya me imagino el desenlace. Cansada de vivir con un reportero con esa vida tan inestable, la mujer se marchó.

—Ojalá. No fue así, no. Mientras él se encontraba en El Cairo, donde al final la cosa no fue para tanto, hubo un atentado en París.

—Nooo. —Me llevo ambas manos a la boca.

—Sí. Murió mientras él estaba allí, sin poder hacer nada. Ya sabes cómo son estas cosas. Ella le había pedido que no se fuera y él se fue de todos modos. Así que su mujer murió estando enfadada con él. ¿Te imaginas lo que debe pesarle en la conciencia?

—¿Cómo sabes eso?

—Se lo contó a mi madre cuando volvió a Grove con Marion.

—¿Y Marion? ¿Qué pinta aquí?

—Espera, que aún no he llegado ahí.

—¿Hay más?

—Las malas noticias nunca van solas. Resulta que cuando él por fin llegó a París, tuvo que reconocer el cadáver de su reciente esposa. Creo que apenas llevaban unos meses casados.

—Qué horrible momento.

—Eso no es todo. El informe médico le reveló algo que él desconocía: la mujer estaba embarazada.

—¡No me digas! Joder. Pobre Elery. ¡Qué fuerte!

—Ya ves. El pobre estuvo a punto de rendirse.

—¿A qué te refieres con eso?

—Ryan viajó a París para intentar traerlo de vuelta, ya que había entrado en una depresión muy grande y empezó a refugiarse en el alcohol.

—¿Y no pudo traerlo con él?

—No. Se negó de todas las maneras.

—Pobre Ryan también, tener que dejar a tu hermano así en la otra punta del mundo.

—Por aquel entonces, Marion ya había aparecido en la vida de Elery, supongo que su misión fue la de ser su salvavidas y sacarlo de esa situación.

Era psicóloga, bueno supongo que aún lo será.

El caso es que ella cuidó de él, y para cuando aparecieron aquí de nuevo, Elery ya era un hombre recompuesto.

Roto, porque evidentemente debe estar roto por dentro, pero recompuesto.

—Ahora entiendo su decisión de volver a donde tiene la gente que quiere; después de pasar por tal experiencia, no debe querer que una desgracia lo pille lejos de los suyos nunca más.

—Mi madre me contó que él siempre vuelve por una promesa, y que no tiene nada que ver con su difunta mujer.

—A ver, a ver, me estoy perdiendo.

—Yo tampoco lo entiendo. Pero aquí está. Es una historia muy triste, solo unos pocos la sabemos. Perder a alguien tiene que ser lo peor.

Inconscientemente, se me llenan los ojos de lágrimas.

—Tienes razón, es lo peor, de eso uno no se cura nunca.

—Ay, Sasha, lo siento, no he pensado. Lo siento. No tenía que habértelo contado.

Me seco una lágrima que no he podido controlar e intento alzar algo parecido a una sonrisa.

—Me alegro de que me lo hayas contado. Ahora siento que conecto aún más con él, porque entiendo su dolor. Todos estamos rotos por dentro. Solo tienes que zarandear un poco el corazón para poder oír cómo los pedazos te golpean el alma.

—Jooo, Sasha, qué bonito. —Norah pone su mano sobre la mía y siento calor.

Su tacto me enciende algo que tenía muy apagado.

Reprimo mis ganas de tocarla, pero ella no lo hace; me acaricia las mejillas llevándose los restos de esa lágrima que con anterioridad me había secado—.

Este verano vamos a recomponer un poco esa alma —me susurra.

Lo hace tan cerca que por un momento he tenido la estúpida idea de que iba a besarme.

¿Por qué iba a hacerlo? Yo no le gusto. Ella solo tiene ojos para Josh, aunque a veces no lo parezca.

—¡Necesitamos ayuda! —La voz de mi madre nos saca de ese momento tan extrañamente comprometido en el que nos encontramos.

Norah retira sus manos de mi cara y se pone en pie de un salto. Yo me tomo un segundo para poder soltar el aire que había retenido y hago lo mismo.

Salimos al jardín y nos encontramos con una puerta pintada de blanco apoyada en el árbol y nuestras madres con los brazos en jarra.

—¿Qué hacéis? —pregunto, ya que ambas están con la mirada fija en la puerta.

—Si la casa se llama Marilyn, ¿qué dibujarías en la puerta principal, el logo o la silueta de la actriz? —Amber nos sorprende con esa duda.

—Aquí, la artista —contesta mi madre refiriéndose a Amber, y la apunta con las cejas— quiere hacer un mural psicodélico que evoque a esa época, pero ¿alguien puede decirle que lo psicodélico no tiene nada que ver con Marilyn Monroe?

—A ver, mamá, no te flipes —interviene Norah—. Marilyn es Marilyn. Creo que está claro lo que hay que dibujar.

—Sorpréndenos —la insto.

—Yo haría la silueta de la mujer con esas curvas exuberantes, su pelo tan peculiar y ese lunar. Como si fuera un PNG, ¿me entendéis?

Mi madre tuerce los labios y arruga la nariz. Yo, que sí lo he entendido, busco una imagen así en el teléfono móvil y se la muestro.

—¡Me encanta! ¡Sí, eso!

—¡Ni hablar! —A Amber no le hace ni chispa de gracia—. Yo no pienso hacer eso, atenta contra mi creatividad. —Se cruza de brazos.

—Ya te lo haré yo, Megan. Es muy fácil —se ofrece Norah.

—¿Y por qué no hacemos una silueta diferente en la puerta de cada habitación? Le daría un toque genial —añado a la idea aportando algo.

—¡Sííí! Me encanta.

Creo que es la primera vez que veo a mi madre aplaudir contenta. Está realmente emocionada con este proyecto. Nada que ver con la mujer con la que vivía en Phoenix. Mi padre tenía razón, ambas necesitábamos esto.

Hablando de mi padre.

—¿Has hablado con papá?

Cesa su alegría al instante. Le cambia la cara e incluso hasta la energía, y me sienta fatal que haga eso. ¿Qué pasa? ¿Ha olvidado que tiene un marido?

—Por la noche lo llamaré —dice sin mirarme.

—Voy a llamarlo ahora y voy a pedirle que venga ya. Él debería estar compartiendo esto con nosotras.

No me mira porque sabe que ya estoy enfadada por su reacción. Sé que no lo quiere, pero no hace falta que lo demuestre así. ¡Es mi padre y no quiero que lo excluya de todo esto!

—Vendrá cuando él lo crea conveniente. —Por fin me mira.

—Eso ya lo veremos.

La reto con la mirada y Amber tiene que interceder.

—¡Eh, chicas! ¿Qué pasa? Lo estábamos pasando bien. Acabamos de decidir cómo adornar las puertas. Todo está bien. Tu padre vendrá cuando él quiera venir, tu madre no decide por él.

—¿No? Yo creo que lo hace más de lo que creemos.

—¡Sasha! No me hables así delante de la gente.

—¡No son gente! ¡Ella es tu amiga de la infancia y ni siquiera me lo habías dicho! Encontré una foto, ¿sabes? ¿Por qué nunca me habías hablado de este lugar? ¿Cuántas cosas más me escondes? ¡¿Qué me escondéis?! —grito enfurecida.

Mi madre enmudece con los ojos vidriosos y, antes de que Amber me suelte la chapa, me doy media vuelta y me marcho. Norah sale detrás de mí y su madre frena a la mía cuando intenta retenerme.