Aquel verano en Grove 21. La ferretería
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21. La ferretería

Sasha

En cuanto he visto a Norah cruzar el jardín de su casa he salido a toda prisa.

—¡Norah! —La saludo junto al coche, que está aparcado justo delante del Marilyn. Apenas levanto una mano cuando en realidad quiero salir corriendo y pedirle perdón allí mismo.

Lo hace ella; cruza la calle y se sitúa frente a mí, con la mirada en el asfalto.

—Hola, Sash.

—Norah, yo…

—Lo sé. Josh me lo contó todo. Debes pensar que soy una estúpida.

—Nooo, para nada. Entiendo que Josh para ti es más que un amigo, no tiene nada de malo eso.

—Sí lo tiene, sobre todo cuando para él no es así.

—Lo siento, Norah.

—¿Te gusta Josh? —Me mira fijamente a los ojos—. Porque si es así, debes decírmelo.

—Josh no… A mí no… Me cae genial, pero no lo miro con esos ojos, no es mi tipo. No debes preocuparte por eso, no voy a interponerme en tu primer amor.

—¿Primer amor? —Sonríe, por fin sonríe y lo hace de verdad y con algo de sarcasmo—.

Mi primer amor fue una chica llamada Moana, esa sí que me rompió el corazón.

Llegó a Monterey por el trabajo de su padre.

Era tres años mayor que yo y lo tenía todo: era guapa, exuberante y con esos rasgos tan bonitos hawaianos que quitan el sentido.

Estoy un poco en shock con esta confesión.

—¿Y qué pasó?

—Pues que solo estuvo aquí dos años y, como ya te he dicho, lo tenía todo; hasta otra pareja en Hawai. Un chico que debía medir quince metros por lo menos y que se pasó aquí el último verano, dejándome tocada y hundida.

—¿Nadie sabía que tenía novio?

—Nadie sabía que YO era su novia en Grove. Ahora ya me da igual que la gente sepa que soy bisexual; la primera que no me juzga es mi madre y eso es lo que importa. Pero por entonces aún no se lo había contado a nadie y, por lo que me consta, ella sigue sin hacerlo. Fin de la historia.

—Pues vaya. Siento oír esto. Josh no parece de este tipo de personas.

—No, para nada. Él sabe que yo soy así, jamás me ha juzgado.

Él me quiere, ¿sabes? —Asiento—. Siempre he sabido que no lo hace de esa manera, pero no me digas que no haríamos una buena pareja.

Soy yo la que se confunde y trata de complicar las cosas.

La terapeuta que trata a mi madre me dijo que la falta de la figura paterna hace que deposite en Josh ese reflejo y lo quiera tener a mi lado a toda costa.

—Eso no es malo del todo.

—¡Pues díselo a esa psicóloga! —Suelta una carcajada.

Está más relajada. Vuelve a ser ella, bromea con todo.

—¡Ah! ¿Entonces eres consciente de que no es amor lo que sientes por él?

—Sí, pero vamos, que tampoco me haría gracia que se follara a mi amiga, prefería follármelo yo. No sé, por quitarme esa espina.

—Puedes estar tranquila con respecto a ese tema. —Su mirada no me deja claro si me cree, así que decido cambiar de tema—. ¿Damos una vuelta?

Levanto las llaves del coche y cuando las ve se pone excesivamente contenta, tanto que me abraza y consigue sonrojarme con su efusividad.

Por suerte, mi madre sale con la tarjeta de crédito en la mano, para recordarme que me la había olvidado, y salgo ilesa de ese momento que estaba a punto de romper todos mis cimientos.

***

Dejamos el coche aparcado en la calle donde se encuentra la ferretería.

Me aseguro de que el freno de mano se quede bien puesto, debido a la gran cuesta en la que nos encontramos; de no ser así, a saber dónde iría a parar.

Hasta el banco de al lado de la entrada se encuentra calzado. Hay una señora mayor descansando en él.

—Buenos días, Gladys —la saluda Norah.

—Buenos días, niña. Ya me he enterado de que tu madre va a exponer nuevamente.

—Sí. Ahora mismo está empaquetando como una loca. Vendrá gente importante.

—Todo el pueblo asistirá. Espero que les venda muchas obras a esos ricachones.

—Yo también lo espero.

—¿Quién es tu nueva amiga? —La señora me analiza de arriba abajo tratando de ubicarme.

—Ella es Sasha. Es la hija de Megan, son los dueños del Marilyn. Seguro que sabes quiénes son.

—¡Dios Santo! Cuando Megan me dijo el otro día que había venido con su hija me imaginé a una niña pequeña. ¿Cuántos años tienes cariño?

—Dieciocho.

—¿Dieciocho? —La señora entrecierra los ojos y no deja de mirarme de arriba abajo.

Norah me hace un gesto con el dedo dando vueltas sobre las sienes, como indicándome que no está bien del todo.

—Bueno, Gladys, vamos a comprar.

En ese momento, Josh y Elery salen de la tienda; bajan ese par de escalones empujándose y riendo, parecen dos adolescentes.

—¿Dónde vais tan alborotados? —se interesa Norah.

—Pues alguien me ha contado que hay un montón de electrodomésticos asesinos. —Me mira sonriendo el hombre.

—Creedme, allí lo más peligroso que hay es mi madre. Así que no la hagáis enfadar, ser agradable no es su fuerte.

—Pero ¿qué dices? Conmigo se portó muy bien. No le hagas caso, es encantadora —le dice Josh a su tío.

La señora está escuchando claramente nuestra conversación y me incomoda un poco. Mientras, va oscilando su mirada hacia cada uno de nosotros.

—Venga, vamos, chico, que hoy quiero salir pronto e ir a por unas cuantas olas.

—¡Me apunto! —dice Josh.

—¡Y yo! —se añade Norah.

—Yo… no. Paso.

—Ven —insiste Elery—, tengo mi vieja tabla y aquí hay tres posibles maestros. ¿Qué más quieres?

Todos me miran, casi obligándome a contestar.

—De acuerdo. Lo intentaré, pero no prometo nada.

Por alguna razón, Elery se pone contento y pasa su brazo sobre mi hombro para zarandearme con alegría. Un gesto simple y de complicidad que, lejos de incomodarme, me hace sentir aceptada y protegida.

En ese mismo instante, la señora Gladys grita:

—¡Santo Dios!

Todos nos giramos hacia ella. Está con la mano en la boca.

—¿Se encuentra bien?

—Esto… Debo marcharme. Tengo que… marcharme.

No le damos más importancia y la mujer desaparece a toda prisa, calle abajo.

Después de que Elery y Josh se suban a la camioneta y se marchen, Norah y yo entramos en la tienda. Nos acercamos al mostrador donde un joven esbelto está con una etiquetadora poniéndole precio a una caja de destornilladores.

—Hola, Liam, ¿está tu padre? —se adelanta Norah.

—¿Qué necesitas?

—A tu padre.

—Muy graciosa. ¡Papá! —grita hacia atrás.

De una puerta trasera aparece el padre de Josh y se pone junto a su hijo.

—Hola, Ryan, mi amiga necesita un par de cosas.

—¿Y no me lo podías pedir a mí? —recrimina el joven.

—No te ofendas, Liam, pero voy de cara al grano y tu padre es un pro .

—Cuando acabes con los destornilladores —le dice el mismo—, etiqueta las bombillas nuevas que han llegado, y las quiero todas enteras cuando termines. —El joven pone los ojos en blanco y se marcha a la trastienda—. Vosotras diréis.

El hombre me mira y me intimida un poco; tengo entendido que es un gruñón y me da respeto tan grandote.

—Pues… Necesito cinta de pintor para el marco de las puertas y una brocha de unos cuatro dedos de ancho.

—¿La cinta es para poner sobre la madera o sobre la pared?

—¿Cómo?

—Tengo varios tipos de cinta —explica—, y depende de cuál elijas, puede que al despegarla arranque la pintura de la pared o te desconche las puertas.

—Oh, no te preocupes. Esas puertas ya están desconchadas, y los marcos también. En ese lugar todo está desconchado.

—¡No exageres! —nos interrumpe Norah—. Solo le hace falta un poco de mimo, en pocos días verás cómo le dais vida.

—¿Cuatro? —recrimino.

—Pero ¿dónde vives que necesite tanto arreglo? —se interesa Ryan.

—En el Marilyn —contesto con rapidez.

—¡Ah! Me alegro de que por fin hayan vendido esa casa. Era una lástima verla cerrada. ¿Vais a hacer uso familiar o vais a intentar poner en marcha el hotel?

—Esto… —No sé ni qué contestar cuando Norah se interpone.

—Aquí nadie ha vendido nada, el Marilyn es suyo, de su familia.

—¿Cómo? —La cara de sorpresa de Ryan es todo un poema—. ¿De quién? ¿Quién eres tú, jovencita?

—Soy la hija de Megan, la nieta de Claire y Morgan.

—¡Santo Dios! —La voz de una mujer bajita, que se une a la ecuación, nos sorprende a todos. Sin duda es la mujer de Ryan, ya que se apoya en su antebrazo como si estuviera sujetándose—. ¿Eres la hija de Megan?

Tanto la mujer como el hombre me miran de arriba abajo, con los ojos bien abiertos.

—¿Tu madre ha vuelto? —se interesa Ryan.

—La gente viene y va, no sé qué os sorprende tanto —se inmiscuye Norah—. Estarán aquí todo el verano, ya tendréis tiempo de saludar a Megan.

—Creo que deberías avisarle. —La mujer hace un intento por susurrarle al marido, pero todos la oímos con claridad.

No estoy entendiendo nada. La situación es rara, pero para eso está Norah, para romper el momento.

—Vale, Ryan, ¿nos das la cinta esa y la brocha? Tenemos prisa.

—Esto… sí, sí. Venid.

Seguimos al hombre por los pasillos.

Al final me da dos tipos de cinta y un par de brochas. He decidido comprar un rodillo más, para así poder hacer uso yo también, ya que al parecer mi madre solo contaba con ella misma.

Pago con la tarjeta que llevaba en el bolsillo trasero y nos vamos.

—Da recuerdos a tu madre, dile que venga a vernos.

—Se los daré. Creo que estuvo aquí el otro día, no coincidiríais.

—Tal vez no la reconocí, hace mucho que se marchó.

—No te preocupes, que yo le mando vuestros saludos.

Quiero salir de ahí cuanto antes; la madre de Josh no ha dejado de analizarme en todo el rato, me ha repasado tan bien que estoy segura de que ya ha adivinado hasta el número del pie que calzo.

—¿A dónde vamos ahora? —pregunta Norah en cuanto cierra la puerta del coche.

—Creo que primero debería llevarle esto a mi madre.

Sé que no urge y que podríamos dar una vuelta sin problemas, pero estoy inquieta; algo no me cuadra en todo esto, y mi instinto me dice que vuelva al Marilyn.

—De acuerdo, no cabreemos a tu madre, así te dejará el coche más a menudo. Conduces bien, ¿sabías?

—Claro que lo sé. Aunque prefiero conducir el Prius de mi padre; es más moderno. Este no lo había conducido todavía.

—¿Nooo?

—No. No sé, nunca me dio por pedírselo. Es que mi madre y yo no tenemos una relación… Ya sabes. Desde lo de Sammy ella y yo no…

—Ya, pero nunca es tarde. No me parece una mala mujer, creo que todos nos equivocamos. Además, mira la mía. ¡Por Dios! ¡Si es la equivocación andante! —bromea y consigue hacerme sonreír.

—Supongo que tienes razón, mejor no cabrearla. Vamos a llevarle esto.

Norah trastea el equipo de audio hasta que consigue hacer sonar la música de su teléfono a través de bluetooth .

—¿Te gusta Katy Perry? —quiere saber.

—Sí, está bien, aunque prefiero a Taylor Swift. A ambas las escucho a menudo.

—¡Qué me vas a contar! ¡Soy una Swiftie! Pero ahora me apetece Katy.

No sé si es por la emoción del momento o porque hacía mucho tiempo que no me permitía salir de la burbuja de dolor, pero decido bajar la cuesta hasta el final y dar una vuelta por la carretera costera antes de dirigirme hasta el Marilyn.

La voz de Katy en la canción de Roar se mezcla con la de Norah que canta con el codo apoyado en la ventanilla.

Yo estoy exactamente igual, pero con las manos en el volante.

Sin duda, este va a ser un momento que siempre voy a recordar.

Directo a la caja de recuerdos de este extraño verano.

La miro con el rabillo del ojo. Está feliz, el aire la despeina por completo y no puedo dejar de pensar en lo preciosa que está. ¡ Es preciosa!

Mi corazón bombea con fuerza.

—Yo te guío —me dice al darse cuenta de que no sé exactamente hacia dónde me dirijo—. En cuanto acabe esta canción te diré por dónde girar para llegar hasta casa.

Me parece una genial idea. Asiento con la cabeza y ella sube la música a todo volumen.

Me dejo llevar. Canto con ella la canción a pleno pulmón.

No recuerdo si jamás he hecho algo tan sencillo y liberador como esto, cantar a todo lo que da mi voz.

Siento que descargo un poco lo que me oprime el alma.

Canto y rio junto a Norah. Soy libre, soy joven y no lo sabía.

Nunca había tenido una amiga, nunca había cantado a viva voz, nunca… me había enamorado de una mujer.