Aquel verano en Grove 20. Tu sueño, no el mío
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20. Tu sueño, no el mío

Megan

Norah y Sasha entran en casa, las oigo subir las escaleras.

No me atrevo a interrumpirlas, sobre todo después de la cara con la que mi hija me ha mirado en el jardín.

Su presencia ha hecho que ese halo de briznas de alegría que he sentido por primera vez en cuatro años desapareciera al instante.

¿Qué estaba haciendo? ¿Me estaba comportando como si fuera joven?

¿Soy joven? ¿A qué edad deja uno de serlo?

Me asaltan un montón de dudas tontas, las cuales achaco a lo que he fumado junto a Amber.

Me permito pensar en ella. Parece que haya hecho un pacto con el diablo, tan guapa como siempre, tan delgada y taaan…

ella. Solo Amber es capaz de sentarse a fumar un porro arriesgándose a ser descubierta por su hija. Creo que hay cosas que nunca cambian.

Me refresco la cara en el baño de abajo; eso me quita un poco la tontería.

Me detengo un instante a observar la mujer que se refleja y no encuentro ni un ápice de aquella joven que un día habitó este lugar.

Salgo hasta el salón, el que debería haber sido el vestíbulo del Marilyn, y lo observo.

Creo que podría añadir algún sofá más, quitar la mesa grande y dejar mesas pequeñas frente a las butacas.

Eso le daría otro aspecto, no tan casero.

Muevo la vista hasta las paredes y me doy cuenta de que debería de acabar de llenar las estanterías de libros.

Y por último reparo en ese fuego hogar inutilizado. ¡Eso sí que me va a dar trabajo!

Estoy de pie organizando mentalmente la reestructuración de cómo me gustaría ver esta parte de la casa, cuando las oigo bajar de nuevo. Rápidamente, disimulo cogiendo un viejo libro de la estantería y sentándome de un salto en el sofá. No sé por qué he hecho esto, creo que aún voy algo fumada.

—Nos vamos —me comunica Sasha.

—De acuerdo, no vengas… —levanto la cabeza y me encuentro una versión mía de hace veinte años, y se me encallan las palabras, me cuesta acabar la frase— tarde.

Se da cuenta enseguida de que me quedo en shock al verla vestida así, y tengo la sensación de que quiere decirme algo, pero se ve interrumpida por el gato, que se le ha enroscado entre las piernas.

—Tú no puedes venir, Sirius. Mañana te pongo el arnés y salimos a dar una vuelta. Quédate vigilando la casa. —Alza al gato a la vez que le habla cariñosamente y le besa la cabeza.

—Sirius, ven —lo llamo como si fuera a hacerme caso.

Sasha lo deposita sobre mi regazo. Por un momento he creído que iba a darme un beso en la cabeza o que iba a tener un gesto cariñoso conmigo, pero no.

—No vendremos tarde, señora… Quiero decir, Megan. Mañana tengo que ayudar a mi madre a empaquetar cuadros para una exposición.

—Sí, me lo ha dicho. Si se os complica la cosa, no dudéis en pedir ayuda. Estaré por aquí haciendo de todo.

—Gracias, lo haremos. Que descanse, señora… Megan.

Consigue que Sasha ponga los ojos en blanco, ese gesto tan mío que sin duda ha heredado sin ella saberlo.

—Pasadlo bien.

Las veo cruzar el umbral de la puerta mientras las observo. Es como vernos a Amber y a mí de jóvenes. Sonrío, aunque no sé si esa comparativa me acaba de gustar.

Cierro el libro en cuanto las oigo alejarse calle abajo.

Lo dejo en su lugar y tomo aire. No tengo sueño.

Así que creo que puedo empezar a darle movimiento a esta sala.

Vuelvo a estar en silencio y es como si la falta de ruido trajera la tristeza a mi cabeza.

La mala noticia, Alan, Sammy… Es como si yo misma no me permitiera estar bien.

Juro que, tras este intenso día, he logrado desconectar por momentos, por primera vez en mucho tiempo.

Lo he hecho, e increíblemente ha sido de una extraña manera, a través de Amber, conectándome con mi pasado, con mi yo de ayer, esa que dejé en pausa al marcharme.

Me ha gustado esa sensación, así que se me ocurre la idea de poner música, que es justamente lo que haría la Megan del pasado.

Voy hasta la cocina y desenchufo el radiocasete, lo coloco en una esquina del vestíbulo y sintonizo una emisora que me convence al instante —se llama Love 90’s— y que me viene perfecta.

Suena Britney Spears. Sonrío al escucharla después de tantos años y me pongo manos a la obra.

Muevo todos los sillones y butacas, formo un semicírculo frente al fuego hogar, aunque esté tapiado con maderas.

Arrincono la mesa grande con la intención de sacarla de aquí en algún momento; quizá mañana le pida a Sasha que me ayude a moverla al garaje.

Junto las estanterías para crear así una gran biblioteca, aunque falten muchos libros para completarla, puedo imaginármela repleta.

Muevo la lámpara de pie que hay junto a la ventana, ya que no tiene sentido que esté ahí.

Es muy bonita, pero el blanco de la tela ya no es blanco, sino una tonalidad parecida al beige , y le cuelga del interior una cuerdecita metálica que se utiliza para prenderla.

La dejo junto a la única butaca que he puesto pegada a la librería. Será un rincón de lectura precioso.

El cansancio empieza a asomar y el sueño ya es notorio.

No he acabado, pero sin duda esta sala ya no es la misma.

Queda pendiente quitar las maderas del hogar y comprobar si funciona.

Buscaré una de esas tiendas de antigüedades por aquí cerca, a ver si logro encontrar algunas mesitas bajas para ponerlas frente a los sofás.

Tomo aire satisfecha al observar el cambio.

Siento una especie de emoción con todo esto, creo que se le llama ilusión, eso que hace años que perdí.

Me siento en el sofá más grande, un viejo chéster más duro que una piedra, y lo hago con la mirada en esas maderas que tapian el fuego hogar, imaginando cómo sería verlo arder en invierno, con una copa de vino y un buen libro. Me gusta lo que proyecto en mi mente.

Me estiro con la vista en el techo e, irremediablemente, me siento como aquella joven de Grove que un día fui, y pienso en Elery.

Cierro los ojos.

—Si la vida nos lleva por caminos diferentes, te prometo que yo siempre volveré a ti.

—No hagas promesas en vano, Elery. Si te conceden esa beca en Europa, no puedes negarte. Ya has perdido dos años universitarios en Grove. Deberás hacerlo, te irás, lo sabes, ¿verdad?

—Lo sé, pero, en ese caso, también sé que te llevaré conmigo.

—No digas tonterías. Es tu sueño, no el mío. Yo voy a quedarme aquí, iré a la universidad, me formaré en gestión y dirección de empresas, pediré un préstamo y pondré en marcha el Marilyn.

—Pero Megan, viajaremos, conoceremos mundo. ¿No te gustaría hacer eso conmigo?

—Claro que sí, cariño. Quiero hacer todo eso contigo, pero también quiero hacer esto.

No sé cuántos años más le quedan a mi madre de vida, no hay una fecha exacta, su enfermedad es degenerativa y me gustaría que viera el hotel en funcionamiento.

Tengo que ir a la universidad, aunque no quiera.

Esperan esto de mí y no quiero decepcionarlos.

—¿Ya te han hablado de lo que tiene tu madre?

—No, pero tampoco se han esforzado mucho en esconder los informes. Por eso no puedo fallarles.

—Tal vez ese sea su sueño, Megan, no el tuyo.

—Tal vez viajar por el mundo sea también el tuyo. No hablemos de esto, Elery, por favor. Cuando llegue el momento, ya veremos.

—De acuerdo. Solo quiero que sepas que yo siempre volveré a Pacific Grove a por ti.

—Y yo siempre estaré aquí. Y no me refiero a la parte trasera de la tienda de conservas —ambos reímos al darnos cuenta de lo poco romántico que era hacer el amor en ese lugar cuando la tienda estaba cerrada, sobre el colchón que servía para las siestas en jornadas laborales—, me refiero a Grove.

Me apartó el mechón que cubría mi cara y parte de mi pecho desnudo. Volvió a ponerse encima de mí, mirándome fijamente, clavando su pupila en mi retina como queriendo entrar dentro de mi alma. Besó mi nariz.

—Entonces volveré. Prométeme que me esperarás.

—No es necesario, sabes que lo haré de todas maneras, tú solo vuelve.

Besó mis labios con dulzura, con la misma con la que volvimos a fundirnos, justo antes de que la pasión se nos fuera de las manos y acabáramos haciendo el amor por tercera y última vez antes de que mi vida cambiara.

Y no, no lo esperé, ni tampoco él volvió. El cuento de hadas tenía escenas eliminadas que decidimos no contarnos.

—Megan… Megan…

Oigo mi nombre desde lo más profundo. No entiendo de dónde proviene. Por fin abro los ojos y me topo con la cara de Sasha.

Me llevo ambas manos a la cabeza, peinándome hacia atrás el cabello.

—No me llames Megan —le recrimino con la voz ronca, y aún lo suficientemente dormida como para no poder articular una frase algo más extensa.

Al instante, me odio por dedicarle un reproche en mis primeras palabras del día. Eso hace que ella se aparte. Me incorporo y me quedo sentada. Es entonces cuando soy consciente de dónde estoy.

—No sabía que estabas aquí. Si lo llego a saber, te hubiera despertado cuando volví.

—¿Qué hora es?

—Las diez de la mañana.

—¿Qué?

Me desperezo sorprendida. ¡He dormido del tirón! Hacía años que no lo hacía. Como mínimo me despierto dos veces en la noche, y en una de ellas incluso abandono la cama para no molestar a Alan con mi insomnio.

—Esto… Creo que voy a darme una ducha.

—De acuerdo, mientras yo prepararé café.

No sé si sigo soñando; oír cómo se presta a hacer el café sin devolverme el reproche me hace estar como en un sueño.

—Tienes mermelada de kiwi en la nevera.

—Lo sé, gracias.

¿Gracias? ¿Desayuno? Al final va a resultar que este lugar le va a sentar mejor de lo que esperaba. ¡Maldito Alan! ¡Siempre tiene razón!

Esto me hace pensar en que debería llamarlo más.

Desde que estoy en Grove he estado desviando mis pensamientos al pasado en vez de centrarme en Alan, en lo que nos viene y en recuperar a mi hija.

Mi marido es una bella persona y un gran padre.

Por eso me siento fatal al darme cuenta de que no lo estoy echando de menos.

No he sentido vacío en la cama, ni he necesitado contarle nada, hace ya demasiado tiempo que mi esposo tan solo es mi compañero.

Me encantaría poder recriminarle que ya no es el hombre del que me enamoré, pero todo en esta frase estaría mal.

No tendría ningún derecho a decir tal cosa, cuando sé perfectamente que he sido yo la que básicamente ha desaparecido en cuerpo y alma, y sobre todo, está mal que intente engañarnos afirmando que en algún momento he estado enamorada, aunque él sí lo estuvo siempre, incluso antes de que yo lo intuyera.

Alan y yo éramos amigos, incluso a día de hoy es eso lo que mantiene nuestra relación.

Nunca lo he amado, lo quiero, lo quiero mucho, pero no como a él le gustaría.

Ambos lo sabemos y, pese a todo, no dudó en quedarse a mi lado, en apoyarme, en cruzar el país desde California hasta Phoenix para estar a mi lado, en pedirme matrimonio para que mi vida fuera más fácil, en hacer que empezara a quererlo y que sus besos se convirtieran en hogar, en ser un gran padre y una excelente pareja.

Es mi compañero, pero no, no lo amo como una vez amé a Elery.

Yo lo sé y él también, aunque prometimos no volver a hablar del tema.

Odio las comparaciones, son amores diferentes, sentimientos diferentes, personas diferentes.

Cuando bajo, Sasha ya ha preparado el desayuno, veo su plato usado aún sobre la mesa, pero ella está distraída espiando por la ventana a la casa de enfrente.

—¿Has quedado con Norah?

Se da la vuelta a la vez que mira la hora en el teléfono.

—Esto… sí. Bueno, no sé. En realidad, había pensado en quedarme hoy a ayudarte en lo que pueda. Tal vez no sirva de gran ayuda, pero he visto pintura, creo que eso sí puedo hacerlo.

Casi me atraganto con la tostada al oírla decir que quiere quedarse a ayudarme. Toso para adentro, le doy un trago al café y disimulo. Como si no estuviera a punto de que se me salten las lágrimas de emoción.

—Me parece una genial idea. Es solo que con las prisas olvidé comprar la cinta adhesiva de papel para poner en los marcos de las puertas y una brocha más estrecha para el contorno.

—No te preocupes, ya voy yo a por eso. Te recuerdo que ahora tengo una bicicleta que tiene más años que yo —medio bromea con sarcasmo.

—Llévate el coche. No tengo que salir a ningún lado, estaré todo el día aquí.

Levanto la vista levemente y puedo ver la sorpresa en su cara. Nunca le dejo el coche. Alan sí le deja el suyo. Aunque ahora que lo pienso, nunca me lo ha pedido. Así que esto es nuevo para ambas.

—Guay —es todo cuanto se atreve a decir, y vuelve a llevar inconscientemente la vista a la ventana.

—Las llaves están en la entrada y la tarjeta está… —Ni me deja acabar la frase; algo ha visto por la ventana que la hace salir a toda prisa.

—Perfecto. Pues voy a comprar entonces.

La sigo con la mirada hasta que desaparece tras el marco de la puerta, dejándome sola desayunando. Sale demasiado rápido, estoy segura de que no le ha dado tiempo a coger la tarjeta de crédito, así que me levanto, voy hasta mi bolso, la saco y voy en busca de ella, como cuando tenía cinco años.

Al abrir la puerta, la veo junto al coche, hablando con Norah.

Ambas conversan con la mirada gacha. Intuyo que anoche no fue bien del todo.

¿Qué les habrá pasado? No parece nada grave, ya que finalmente las veo sonreír tímidamente, hasta que Sasha le enseña las llaves del coche y su amiga se pone extremadamente contenta y la abraza.

Las analizo unos instantes. Desde aquí puedo leer el lenguaje corporal de mi hija y creo que empiezo a entenderlo todo.

—¡Sasha! —No me queda más remedio que interrumpir—. ¡La tarjeta!

Me acerco hasta ellas. Norah me saluda. Mi hija se guarda la tarjeta en el bolsillo trasero y me ignora, así que no insisto, me doy media vuelta y vuelvo hasta la casa.

Estoy a punto de cerrar la puerta cuando la oigo llamarme:

—¡Mamá! —Vuelvo a ser mamá; creo que delante de la gente me llama mamá, pero esta mañana seguía llamándome por mi nombre.

—¿Has olvidado algo más?

—Sí. Anoche Josh me dijo que en algún momento de la mañana vendrían a mirar qué electrodomésticos podemos salvar.

—Dale las gracias a Josh, tendremos que invitarlo a cenar. —Sonrío, pero ella tan solo alza las cejas sarcásticamente.

—No te emociones. —Pone los ojos en blanco—. No vendrá solo, vendrá con su tío.