Aquel verano en Grove 18. Zendaya
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18. Zendaya

Sasha

¡Estoy flipando en colores! Miro a mi madre, a la cual le cuesta ponerse en pie.

Cuando me ha visto se le ha cortado la risa de golpe, pero se le caen hasta las lágrimas.

Creo que jamás la he visto así. ¿Está borracha?

No doy crédito a lo que veo. Sin embargo, Norah actúa como si nada; suelta la correa de Dobby y el perro corre hasta Amber, subiéndose a su regazo.

Eso hace que ella ni se levante. Definitivamente, ambas están ebrias.

—Mamá, me cambio y nos vamos un rato a dar una vuelta con Sasha. —Norah no espera ni la respuesta de la madre. Ya está entrando en la casa, desde donde me hace un gesto con la mano para que la acompañe—. Ven, te enseñaré mi habitación.

Dudo un instante si seguirla. Miro a mi madre con cara de querer pedirle una explicación y es como si ella fuera la hija en estos momentos; su cara de preocupación y arrepentimiento es digna de ver. No le digo nada, tan solo le hago caso a Norah y entro en la casa.

El inmueble es totalmente diferente al Marilyn y no sé qué esperaba, no todas las casas de este lugar deben estar preparadas para ser un hotel.

La casa está invadida por obras de arte, las cuales no me cuesta nada deducir que son de Amber.

Los muebles son sencillos y bastante antiguos, le dan un toque vintage , lo que no sabría decir con seguridad es si realmente son viejos o si son nuevos con aspecto antiguo.

El caso es que son preciosos y van acorde a la casa y a la decoración.

Las paredes son blancas y hay lámparas en las esquinas con luz cálida, no encienden las del techo como hacemos todos, eso le da un toque algo más espiritual.

Hay figuras de elefantes y algún símbolo hindú.

Y, efectivamente, como ya me había parecido intuir en la ropa de Norah, huele a incienso.

La habitación de Norah no es muy diferente al resto de la casa.

Cuando habla de su madre la hippie , supongo que no sabe que, en cierto modo, ella también lo es, y es normal.

Madre e hija son artistas, creativas y algo espirituales.

Aunque se podría decir que es la versión evolucionada, habladora, vivaz —y algo me dice que con más sensatez— de su madre.

En cuanto abre el armario de par en par, se deshace de la camiseta y se queda totalmente con los pechos al aire.

Eso me descoloca; yo no haría algo así con alguien que prácticamente desconozco.

Me obligo a mirar hacia otro lado. No he podido evitar sonrojarme, como tampoco he podido evitar ver sus pezones erguidos y la firmeza de sus senos pequeños.

—Me gusta tu habitación. —Disimulo haciendo ver que estoy hurgando en la pared que tiene llena de fotografías de cualquier cosa; hay personas, animales, paisajes…

—Gracias. Es mi refugio. Está un poco desordenado, pero aún se puede caminar sin tropezarse.

—Está bien, no te preocupes —miento.

Está muy desordenada. Hay ropa por el suelo, un plato sucio y la cama está deshecha. Me gusta ver que no soy la única a la que no le gusta hacer la cama, aunque a mí si me gustan el orden y la limpieza.

—Menudo colocón llevan nuestras madres. Algo me dice que se han amigado de nuevo.

—¿Colocón?

—¿No me digas que no te has dado cuenta del olor a marihuana que había?

—¿Marihuana?

No doy crédito. ¿Mi madre, marihuana? Definitivamente, no puede ser.

—Sí, es mía. Mi madre me roba un pellizquito de vez en cuando. Se piensa que no me doy cuenta.

—No sé por qué, pero no te hacía fumando eso.

—A ver, no soy una adicta ni nada. De hecho, esa misma maría que mi madre me ha robado lleva más de dos meses ahí, al final se la fumará ella sola a este paso. O con tu madre.

Provoca que la mire con ese comentario, y vuelvo a sonrojarme; ya se ha puesto un top —muy roquero con un rayo en mitad del pecho, por cierto— y se está subiendo la cremallera de una minifalda que me recuerda a los uniformes de los colegios privados.

Subo la vista con el movimiento de la cremallera en su costado, desde donde se le veía parte de la nalga tan perfectamente redondeada que tiene.

—Mi-mi madre no hace estas cosas —balbuceo—. No es tan divertida como la tuya.

—Entonces, claramente, mi madre es una mala influencia para la tuya —bromea mientras se ata los cordones de las Converse rojas—. Quizá simplemente se estaban reconciliando, no sabemos qué relación habían tenido de jóvenes.

—Yo desde luego sí que no sé nada. No sabía ni que existía este lugar, ni el hotel, ni tu madre. No sé nada del pasado de mi madre, nunca me ha contado palabra.

—Yo sé pinceladas. Supongo que la mía me cuenta lo que le interesa. Pero de donde más información saco es de Elery, que es muy amigo suyo, aunque es un poco más grande. Diría que es el mejor amigo de mi madre, e increíblemente no se acuesta con él.

Automáticamente, pienso en la fotografía que encontré antes de viajar. ¿Serían ellos?

—¿Cómo que no se acuesta con él? ¿Por qué tendría que hacerlo si es su amigo?

—Pues porque mi madre digamos que es muy enamoradiza. Siente algo especial por él, pero de tanto observarlos he entendido que no es nada sexual, por lo menos no en esta época.

—¿Crees que habían sido algo?

—Creo que sí. Pero también creo que a Elery no le gustan las mujeres como mi madre. La adora, pero no la mira con esos ojos, estoy segura.

—Pues harían buena pareja.

—Lo sé. Pero ya sabes cómo funciona el amor —no, no lo sé, o no sé a qué se refiere exactamente, pero no digo nada—: o hay chispa o no la hay.

No me importaría que fuera mi padrastro, de hecho, desde que ha vuelto hace unos meses, casi que ejerce un poco de eso.

Aunque me alegro de que solo sean amigos, así no tendré que pasar por otra ruptura.

—Me parece un buen tío.

—¿Tú también? —Me mira poniendo los ojos en blanco—. A ver, está bueno, pero yo es que no lo veo con esos ojos. ¡Tiene cuarenta años!

—¡Eh! —Le lanzo una camiseta que hay encima de la cama—. Yo no he dicho que me guste. Es solo que, no sé, me gusta su energía. Me parece un buen tipo.

—Lo es. Pero despierta algo en las féminas de este lugar; misteriosamente, desde que volvió y empezó a trabajar con su hermano, han aumentado los arreglos domiciliarios. —Levanta ambas cejas dándome a entender lo que esconden sus palabras.

—¿Qué insinúas? ¿Que arregla neveras y quita telarañas? —Me uno a su manera de decir sin decir.

Ambas nos reímos a la vez de mi comentario.

—No digo que él lo haga, que tal vez sí, vete a saber, solo digo que las mujeres de este lugar reclaman demasiado su presencia cuando supuestamente hay una avería de lo que sea.

—Entiendo. Es normal. Con Josh acabará pasando lo mismo.

No sé qué he dicho, pero noto que no le ha hecho gracia.

—Josh ha dejado los estudios, pero eso no significa que vaya a quedarse en Grove. Cuando tenga la furgoneta a punto, recorrerá el mundo entero, empezando por los Estados Unidos, y yo me iré con él.

Me pregunto si Josh sabe que Norah se ha unido a ese plan. Algo me dice que en eso no están en la misma sintonía.

—Arriesgado, pero me parece un buen plan —miento. Lo hago porque sé qué es lo que Norah necesita oír.

Me desinflo un poco al darme cuenta de que efectivamente ella está loca por él, aunque no lo haya dicho así exactamente.

—Si empiezas la universidad y no te gusta, puedes unirte. Seguro que a Josh no le importa.

—Esto… Yo quiero ser periodista. Necesito estudios para eso, pero gracias por la invitación. —Sonrío, forzándome a hacerlo.

—¿Te dejo algo de ropa? Debes llevar una talla más que yo, pero algo encontraremos.

Me sorprende con el cambio de tema y con la vuelta repentina a su humor. Vuelve a estar contenta.

—Preferiría ir a cambiarme. No tardaré mucho, apenas he traído ropa; no esperaba ir a una fiesta.

—No es una fiesta de etiqueta, Sasha. Ponte cómoda, guapa y llévate una sudadera o algo así; por las noches refresca.

Las rocas están al final de una pequeña playa, pegadas a otro acantilado.

Gracias a la distribución de las enormes piedras se forma un pequeño rincón resguardado del viento.

Los jóvenes solemos juntarnos allí. Se hace una hoguera, hay música, a veces solo hay cuatro locos tocando la guitarra y a veces es como una pequeña discoteca.

Si nos pasamos de la raya, no tarda nada en venir la policía.

—¿Entonces es ilegal?

—Sí y no. Supongo que sí lo es, pero mientras no nos pasemos con el ruido y el alcohol, nos dejan hacer uso de ese lugar. La putada es cuando alguno se pasa de rosca y monta una bronca o algo así, ya que una vez que la policía pone los pies allí, se acabó la fiesta.

—Vaya.

Se da un último retoque frente al espejo, como si le hiciera falta, como si no tuviera una belleza natural perfecta.

—¡Lista! ¡Vayamos a tu habitación! —Tira de mi mano, levantándome de su desordenada cama.

Se me acelera el corazón, ya no sé si por el gesto o por el hecho de que voy a ir a una fiesta, cosa que hace mucho que no hago.

Cuando cruzamos el jardín de la casa de Norah, nuestras madres ya han finalizado lo que fuera que estaban haciendo. Mi madre ya no está, tan solo Amber estirada en una tumbona mirando las estrellas con Dobby hecho un ovillo durmiendo encima de ella.

—¡No vengas tarde! Mañana hay que empaquetar las obras para la exposición —le dice a su hija sin quitar la vista del cielo.

—No te preocupes. Solo vamos un rato a que Sasha socialice y conozca a los demás.

La miro enarcando una ceja. Lo dice como si yo se lo hubiera pedido. Ella me hace un gesto con la mano como diciendo: «no le hagas caso a mi madre».

En cuanto ponemos un pie en la parte delantera del Marilyn, una sensación de tristeza me cae a plomo.

Vengo de un jardín rodeado de lucecitas, con un césped bonito y lleno de vida.

Sin embargo, todo en este lugar es lúgubre y triste.

No tiene vida. ¿Será lo mismo que habrá sentido mi madre y por eso habrá querido ponerse a restaurarlo?

Lo cierto es que suficientemente triste han sido nuestras vidas estos últimos años; quizá devolviéndosela al Marilyn consigamos que la nuestra brille un poco más. Me sorprendo teniendo ese pensamiento.

Subimos las escaleras con aire majestuoso en semicírculo, hasta llegar a la planta de las habitaciones.

—¿No te hace sentirte como una estrella? —me pregunta Norah parada en un escalón.

—¿El qué?

—Subir y bajar esta escalera. Mírala —acaricia la baranda—, me recuerda a las de las películas antiguas; esas por las que desciende la protagonista con un vestido deslumbrante para asistir a una fiesta con mucho glamour .

—Creo que de glamour no tiene nada. Solo es una escalera vieja, con los escalones de madera agrietada.

—Yo creo que este lugar estaba hecho para brillar.

—Me encantaría verlo así, pero hay tanto por hacer… Yo no lo veo tan claro.

—Pero si el mismo nombre lo anuncia: Marilyn —apunta expandiendo sus manos en alto, como anunciando el título de una película—.

Si hubiera llegado a abrir sus puertas, tal vez hoy en día sería un hotel solo para famosos, tu familia estaría forrada de dinero y tú seguramente enrollada con Timothée Chalamet.

—La miro levantando una ceja—. ¿Qué? ¿No? ¿Eres más de Tom Holland?

Niego con la cabeza a la vez que la invito a entrar con la mano.

—No son mi tipo.

—Ni el mío. Además, está claro que, de los dos, la más guapa es Zendaya. ¿No opinas lo mismo?