17. Vino Blanco
Megan
Aprovecho que Sasha se ha ido con Norah a pasear al perro y decido cruzar hasta la casa de Amber. No sé qué voy a decirle, ni cómo afrontar realmente este momento, así que, para apaciguar el mal trago, me llevo unos helados. No tengo nada mejor a mano.
Cruzo la calle en sandalias. Llevo el cabello mojado, unos pantalones anchos de lino y una camiseta de tiras sencilla.
Me apresuro al ver que se acerca un coche por la calzada.
Me tropiezo con las sandalias y casi pierdo una.
No estoy acostumbrada a llevar este tipo de calzado, perdí la costumbre hace mucho.
Por suerte, los dos botes de helado de vainilla con nueces de Macadamia no se me han caído.
Me detengo a frotar mi dedo gordo del pie, sin duda me he hecho un rasguño.
Me planto frente a la puerta de su verja y me doy cuenta de que está abierta, así que sin pedir permiso entro.
Frente a la casa, en una hamaca que cuelga de dos palmeras, veo a Amber.
Está de espaldas a mí y está fumando. Olvidaba que Amber fumaba, igual que yo lo hice también en su día.
No sé por qué siempre pensé que lo dejaríamos juntas, pero no; yo lo dejé a la fuerza y veo que ella aún no lo ha hecho.
Suena algo de jazz de fondo. Está totalmente relajada, la tumbona se balancea levemente y un humo denso sale con cada calada. El olor llega a mí de inmediato.
—¿Eso que te estás fumando es un porro?
Esa pregunta y mi voz la pillan de sorpresa; trata de enderezarse a la vez que tira el cigarro lejos y creo que olvida que está sostenida en el aire, porque lo único que consigue es que la hamaca se dé la vuela y ella acabe en el suelo.
—¡Oh! ¡Por Dios! ¡No era mi intención asustarte!
Suelto los helados sobre la mesa de madera que hay cerca y acudo a socorrerla.
Ella me mira anonadada. Me cuesta, pero consigo que se ponga en pie.
Me mira, la miro, un momento tenso se cuela entre nosotras y cuando estoy a punto de decir algo, Amber estalla en risas y me deja totalmente confundida.
¿De qué se ríe? ¡Podría haberse hecho mucho daño!
Tiene que sujetarse a mi brazo para no caer de la risa y por alguna razón empieza a hacerme gracia a mí también.
La verdad es que la situación es algo absurda y la caída también lo ha sido.
Viendo cómo se desternilla de risa, entiendo que sí, efectivamente, se estaba fumando un porro. Por mi parte, ya es la segunda vez en el día que me río así. Y oye, no sienta nada mal, es liberador.
Cuando por fin se recompone, me hace un gesto con la mano para que me siente junto a la mesa de madera. Mientras, ella se retira con ambas manos las lágrimas de la risa.
—Perdona, Megan, me has dado un susto de muerte. Creí que eras Norah.
—¿Fumas eso delante de tu hija?
—¡Nooo! Para nada. Por eso me he asustado.
Solo lo fumo cuando tengo un día de perros y necesito aplatanar la mente.
Hace muchos años que dejé todas estas mierdas.
Minaban mi creatividad. Y no, no haría estas cosas delante de Norah, aunque paradójicamente esta maría es suya.
Sé dónde la esconde. Sé que es menor, pero también sé que está experimentando como todos hemos hecho, por eso me hago la tonta.
Aun así, de vez en cuando, le robo un poco; ni se entera.
—Ah. —No se me ocurre qué más decir.
No estoy nada de acuerdo con cómo afronta ese tema como madre, pero ¿quién soy yo para cuestionar la manera en que educa a su hija?
Se cuela un silencio incómodo, así que me obligo a hablar:
—He traído unos helados.
Amber observa los botes y me mira como esperando algo más.
—Así que has traído helados. —Levanta las cejas irónicamente—. ¿No vendrán con algún insulto más que te hayas dejado por decir? —utiliza el sarcasmo y me siento avergonzada.
—No te he insultado —me defiendo.
—Falsa, manipuladora, que me follaba a todos los tíos… Yo creo que sí, es bastante insultante.
No sé si ha sido una buena idea venir. ¿Qué esperaba? ¿Qué me pusiera una alfombra roja y me perdonara?
—Estaba muy encendida. Lo siento. No tiene sentido ponerme así tantos años después.
—Tenías que decirlo y lo has dicho, y yo me alegro por ti —añade como si nada.
Trato de averiguar si sigue siendo sarcasmo, pero declino esa idea cuando ella continúa hablando; su rostro no muestra ni un ápice de enfado—.
Has soltado algo que tenías muy clavado y eso hará que tu energía empiece a fluir de otra manera.
—Pongo los ojos en blanco al darme cuenta de que, efectivamente, el rollo espiritual se ha apoderado de ella, y diría que mucho más que cuando éramos jóvenes—.
No hagas ese gesto, Megan. Veo que aún entornas los ojos cuando algo no te convence.
No hemos cambiado tanto como creemos. —Me incomoda con esa frase, pero sigue con su discurso de hippie —.
Está más que comprobado que somos energía.
Y no hace falta tener una maestría en espiritualidad para saber que la tuya está muy baja.
La percibí en cuanto te vi de nuevo junto al coche.
—¿Vas a hacerme Reiki de ese? —bromeo.
—Si me dejas, sí. Aunque no creo que hayas venido a que te alinee los chacras.
—Sabes que no. —Tomo aire antes de empezar—. He venido a disculparme, no debí decirte todo eso.
Me mira de arriba a abajo. Deduzco que analiza si estoy siendo sincera.
—Disculpas aceptadas. Y sí, sí debiste decirme todo eso, pero hace veinte años.
—Ya. Eso ya no importa. Es solo que, bueno, quiero que nos llevemos bien los días que estemos en Grove, nuestras hijas han congeniado enseguida.
—¿Y qué esperabas? ¿No te parecen la versión mejorada de nosotras?
Consigue que sonría dulcemente por ese comentario.
—Muy mejorada. Aunque Sasha… No se parece en nada a mí.
—No me digas que es igual que Alan, porque físicamente no tienen nada que ver. Y no sé si la veo tan sumisa como él.
—No te metas con Alan, no es sumiso; es una bella persona.
—Sí, si bella persona sí lo es, siempre lo fue. Y además siempre bebió los vientos por ti. ¡Y ahora es mi ídolo!
—¿Por qué?
—Pues por su tenacidad. El que la sigue la consigue —bromea.
—Alan es un buen hombre y es un padre increíble.
—No lo dudo. Pero… —dice, como si me animara a continuar la frase por ella.
—¿A qué te refieres? No le estoy poniendo ni un pero a Alan.
No me gusta lo que insinúa. ¿Tan obvio es?
—Voy a por unas cucharas. —Amber se levanta y se mete en la casa.
Mientras, yo analizo su jardín. Ya casi ha atardecido del todo.
El cielo se está oscureciendo, aunque todavía hay claridad.
Automáticamente, se enciende una hilera de luces, como si fueran estrellitas que bordean todo el jardín.
También se encienden unos puntos de luz que bordean el camino.
Todo cobra otro encanto. Pienso en el Marilyn, me encantaría poner algo así en el suelo, indicando el sendero de la entrada.
Y si logro darle vida a la parte trasera y limpiar la piscina, allí también podría dar un toque especial con lucecitas led, para cenar o simplemente tumbarse a ver las estrellas por la noche.
Siento un revoloteo en mi estómago. Me cuesta reconocer ese sentimiento, pero cuando pienso en darle vida al Marilyn, vuelvo a sentir algo parecido a la ilusión.
Amber aparece con las cucharas y con algo más; trae bajo el brazo una botella de vino blanco y dos copas.
—Creo que la ocasión merece algo más que helado.
—Ni me acuerdo de la última vez que bebí vino.
Y es cierto, no recuerdo la última vez, pero sí recuerdo una en la que Elery había robado un vino blanco de la despensa de su padre y lo bebimos los cuatro tumbados en la arena, viendo una lluvia de estrellas.
Elery y yo aún no habíamos formalizado lo nuestro porque Amber me lo estaba poniendo muy difícil, cambiando de opinión cada dos días; había días en los que quería casarse con él y otros en los que pasaba a ser el último tío con el que se enrollaría.
Sin embargo, nosotros ya no podíamos disimular nuestra atracción.
Esa noche, Amber no dejaba de hablar de Brandon y su nueva moto. Mientras, Alan se mantenía entretenido con el móvil que le habían regalado sus padres —un Nokia 3330—. Era el único de los cuatro que tenía teléfono móvil, y se pasaba el día toqueteándolo o jugando al juego de la serpiente.
Elery se encontraba demasiado cerca de mí —supongo que Amber no se había percatado de eso—, los cuatro teníamos la mirada fija en el estrellado cielo y nos alborotábamos cuando veíamos pasar una estrella fugaz.
Cada vez que veíamos una, gritábamos: «¡Meteoro!
». Y todos bebíamos un trago de la botella.
Un juego inocente que consiguió desinhibirnos demasiado.
Era gracioso porque Alan no soportaba que les llamáramos estrellas fugaces, ya que realmente no lo eran; nos dio la chapa con ello hasta que decidimos usarlo a modo de burla, y ya quedó instaurado para cada vez que algo luminoso cruzara nuestra atmósfera.
¡Parecíamos cuatro universos diferentes! Y me encantaba.
Cuando Elery me pasaba la botella, se permitía detenerse unos segundos y acariciaba mis dedos, yo me sonrojaba y sonreía tímidamente. Alan ya lo había notado, por eso llevaba un buen rato de morros y sin hablar. Amber, no obstante, no se dio cuenta hasta que no hubo marcha atrás.
Mi amiga bebió en su turno y, como iba medio achispada, trató de quitarle el teléfono a Alan y ambos empezaron a perseguirse.
En cuanto Elery me pasó la botella, ya no había nadie pendiente de nosotros, y su caricia se extendió hasta mi mejilla.
Me apartó el pelo y, totalmente hipnotizados por el momento, nos besamos.
Lo hicimos como si no hubiera nadie más en el mundo, como si esos dos no hubieran detenido su juego y estuvieran estupefactos mirándonos.
Como si ese gesto no fuera a costarnos el enfado momentáneo de Alan y el resentimiento por unos días de Amber. No podíamos escondernos más.
Esos cuatro universos pasaron a ser tres desde entonces: el de Alan, el de Amber y el nuestro.
—Acércame tu copa. —Amber me saca del recuerdo—. Este vino está delicioso y no te irá mal relajar un poco la mente.
—Yo no necesito drogas ilegales para hacer eso. Además, tengo hipertensión, no sé si debo.
—Es solo alcohol. ¿Me estás llamando drogadicta? —bromea a la vez que se levanta, rescata el porro que había tirado antes y lo enciende.
—Ahora mismo lo pareces.
—No seas carca, Megan. Ya te he dicho que esto es muy de vez en cuando. Eso sí, una botella de vino siempre tengo en casa, por si lo necesitas.
—Yooo… —Me quedo pensativa—. Ya ni sé lo que necesito.
—Bien, pues me está pareciendo que necesitas urgentemente esto. —Me pasa el porro e intento negarme.
—No. Paso. No tengo edad.
—Venga. Cógelo. Si apenas le quedan un par de caladas. Es todo tuyo. Verás que no es para tanto.
No sé por qué, pero le acabo haciendo caso.
Me recuesto hacia atrás en la silla, apoyando la nuca en el respaldo y mirando las estrellas, y le doy las dos últimas caladas a ese porro de marihuana.
Toso un poco, pero se me pasa enseguida.
Amber ha acercado su silla a la mía y está en la misma posición, con la copa en la mano.
Ambas perdemos la vista en el inmenso cielo de Pacific Grove hasta que vemos el destello de una estrella fugaz y, por inercia, las dos a la vez gritamos: «¡Meteoro!». Entre sonrisas, bebemos de nuestras copas. En ese momento, siento que de algún modo volvemos a conectar.
Doy un trago demasiado grande y casi me atraganto. Toso y me sale vino por la nariz y pica un montón. Eso provoca la risa de Amber y, por ende, la mía. Volvemos a desternillarnos, esta vez alimentadas por el alcohol y un poco de marihuana.
Reímos a pleno pulmón, y me aguanto en el apoyabrazos de la silla de Amber para no caer. Es entonces cuando levanto la vista y se me corta la risa de golpe.
—¿Se puede saber qué está pasando aquí?