Aquel verano en Grove 16. Atardecer
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16. Atardecer

Sasha

Este Elery es más listo de lo que parece.

Aunque no me pareció muy listo cuando decidió dejar de ser Cooper Lee para mudarse a este rincón del mundo a ser un arreglatodo .

¿Qué persona cambiaría la vida de reportero por estar arreglando neveras?

Sin embargo, en cuanto me dio sus razones, pues no me parecieron tan malas.

Además, ya tiene cuarenta o así, seguro que está más que satisfecho con todo lo que ha hecho.

Cuando dijo que no valía la pena seguir perdiendo personas en la vida, ahí fue cuando me ganó.

De hecho, no ha dejado de ganarme con todo lo que es él; un tío sencillo que no necesita más que una casa vieja, una tabla de surf y un trabajo que lo sustenta, y de paso, ayuda a su hermano.

No solo es atractivo —que a mí eso me da igual—; cuando me ha dicho que me guardaba el secreto hasta que yo decidiera contarlo, me ha dejado muerta.

Nadie a mi alrededor, ni mis propios padres, se han percatado de algo así, y va un hombre cualquiera en el confín de Pacific Grove y se da cuenta a la primera de cambio.

Bueno, un hombre cualquiera, no, es Elery y, aunque apenas lo conozco, ya sé que es alguien especial.

Hemos quedado para empezar a dar clases de surf, pero me ha pedido que añada a las clases a Norah, porque sabe que, si no, le causaría muchos reproches. Seguramente también venga Josh y así podré acabar de morirme de vergüenza. Estoy segura de que todos saben surfear increíblemente bien.

Estos dos me tienen algo confundida. No sé si son amigos, si hay o ha habido algo más entre ellos.

Norah lo mira con tanta devoción que podría interpretarse como que está loca por él, pero no sé, algo no me cuadra.

Espero poder descubrirlo pronto y dejar de fantasear, porque, aunque no lo diga, me pongo demasiado nerviosa; no sé si serán paranoias mías, pero hay algunas miradas que se desvían hacia mí y que hacen tambalear demasiado rápido el suelo.

No quiero meterme en mitad de nada, no quiero que me metan en sus movidas, así que trato de mantenerme al margen.

Ahora que sé que Elery es de fiar, me será de gran apoyo en este lugar, por lo menos hasta que llegue mi padre.

Sé que no le hará ni chispa de gracia saber que un hombre de su edad mantiene una amistad con su hija, y ya ni te cuento a mi madre.

Ellos no son como Elery, no podrían entenderlo, de hecho, ni siquiera han entendido cosas de mí que algún día tendrán que saber, pero no será en Grove, y mucho menos ahora.

Hasta que no decidan contarme qué demonios está pasando y qué les preocupa tanto, no quiero que haya ningún tema más que pueda empeorar las cosas.

Me iré a la universidad y después ya veremos si lo cuento o no.

—¡Sasha! ¡Sasha! —Una voz que ya asimilo como conocida, aunque algo irritante, nos hace sonreír a las dos con su insistencia gritando mi nombre.

—Anda, sal, o esa chica te va a gastar el nombre —me dice mi madre mientras recoge los platos de la cena.

Me asomo por la ventana de la cocina y veo a Norah frente a la verja blanca del Marilyn. Trae al perro atado, que, por cierto, está orinando en la verja. En cuanto me ve asomar, me grita:

—¡¿Me acompañas a pasear a Dobby?! Pronto anochecerá y hay un lugar que te va a encantar.

Miro a mi madre y ella hace un gesto con la mano para que me marche. Así que salgo al encuentro de mi nueva amiga.

Norah lleva un short tejano negro demasiado corto, enseña medio cachete.

Yo sería incapaz de ponerme algo así, pero a ella le sienta de maravilla.

Lo combina con un top ancho de color fucsia y letras negras, caído de un hombro.

Claramente, no lleva sujetador y puedo ver el punto exacto en que se encuentran sus pezones.

Eso me sonroja y me obliga a bajar la vista hasta donde acaba el top, justo encima de su ombligo.

Toda ella es un pequeño torbellino lleno de sexapil.

Con su pelo desordenado, mal anudado, y su energía inacabable.

Cuando miro al Teckel, me doy cuenta de que se parecen.

En este caso, sí se cumple eso que dicen de que los perros se parecen a sus dueños.

Se parecen hasta en el carácter. Eso me hace sonreír.

Cuando Nora se gira para decir algo y me encuentra observándolos a ambos, no se corta en preguntar:

—¿Qué?

—Nada, nada. Es que… Dobby es igual que tú.

—¿Perdona? —Sube una ceja tanto como puede y consigue que me ría.

—No lo digo en el mal sentido, simplemente es que sois tal para cual. —Salvo la situación con eso.

—Dobby es lo mejor que me ha pasado desde que mi padre se fue.

—Oh, vaya. Lo siento.

—No lo sientas. Soy consciente de que mi padre es un capullo integral y mi madre una tía muy soñadora.

—Eso no es malo.

—No lo es si tienes abuelos que sustenten todo. Las obras de arte de mi madre no es que nos sirvan mucho para comer, pero como es una soñadora, mis abuelos se hacen cargo de lo que pueden, ayudándola con todo, incluido conmigo.

—¿Tu madre no sabe ser madre? —Creo que me he pasado con esta pregunta, pero me sorprende mucho más su respuesta.

—Mi madre apenas sabe cuidar de sí misma. También voy a decirte que no la culpo, eso es culpa de mis abuelos por haberla criado en una burbuja. Así cualquiera es hippie , ¿sabes?

—Bueno, si te sirve de consuelo, mi madre hace unos años que tampoco hace de madre.

—¿Qué dices? A mí me parece una buena mamá. No sé, lo poco que la he tratado. No parece una hippie pintora, loca de los inciensos como la mía.

—Eso no, pero vamos, no le darían el premio a la mejor madre. Por suerte, mi padre sí respondió.

Llegamos caminado hasta uno de los acantilados que tiene un banquito de madera, está muy gastado por el paso de los años, el viento y la sal.

Nos sentamos allí a ver el atardecer. Es como una ventana abierta a la nada, donde los tonos rosados y anaranjados parecen empujar al sol hasta hundirlo en el agua.

Sin duda, es un lugar único. Norah tenía razón, me encanta; lo añadiré junto al faro en la lista de lugares donde quiero volver sola.

—¿Respondió cuándo? ¿Es que te pasó algo?

Por un momento, no sé de qué me habla. Me había perdido en el horizonte y sus colores. Dudo mucho si contarle esto, pero por otra parte tampoco es algo que pueda esconder toda la vida. Así que trato de sincerarme sin venirme abajo.

—Mi hermana pequeña murió hace cuatro años —lo suelto sin más, y Norah se lleva una mano a la boca sorprendida.

—Lo siento, yo… no-no tenía ni idea.

—Ya, no es algo que uno vaya anunciando. El caso es que desde entonces mi madre… pues eso, dejó de ser madre. Se le olvidó que le quedaba otra hija viva y que la necesitaba.

—Entiendo, por eso os lleváis tan mal.

—¿Quién te ha dicho que nos llevamos mal?

—Bueno, eso se nota, y además, mi madre me ha contado que hoy la tuya estuvo llorando en el porche.

—¿Tu madre te ha contado eso? ¿Por qué?

—Pues porque la mía también estaba llorando justo después de intentar consolar a la tuya, que al parecer la ha rechazado. No le ha quedado más remedio que contármelo, pero ha pedido que no te lo diga.

—Desde que Sammy murió, mi madre… No hay consuelo para quien no quiere ser consolado, y menos por una desconocida.

—No te enteras de nada, ¿verdad?

—¿De qué hablas?

—Al parecer, ellas dos fueron amigas de jóvenes, y no sé qué diantres les pasaría, eso ya no me lo ha querido contar.

—Típico de mi madre. Dejarlo todo de lado cuando las cosas no van como ella espera.

—Bueno, entiendo que tenéis una relación rota.

—Sí, hoy hemos discutido fuerte.

—¿Y qué haces aquí con ella si os lleváis así?

—Esto es cosa de mi padre. Todo esto es idea suya. ¿Puedo contarte algo? Pero júrame que no se lo dirás a Josh, ni a tu madre. A nadie.

—Lo juro. —Cruza los dedos y se los lleva a la boca para simular un beso de juramento.

—Lo que queda de familia está por romperse a finales de verano.

—¿Por qué dices eso?

—Todavía no sé bien de qué va, pero intuyo que algo gordo pasa. La teoría por la que me inclino más es que se van a divorciar.

—¿Cómo que intuyes?

—Sí, se supone que yo no sé nada, finjo no saberlo.

Lo descubrí justo antes de venir. Y por alguna razón, mi padre ha creído que mejor me lo cuentan después de las vacaciones; está obsesionado con que serán las últimas antes de la universidad, antes de que ya venga con alguna pareja, me case o algo así.

Cosas de padres. Pero en verdad quiere posponer lo que sea que van a contarme, porque quiere que disfrute de estos días sin enturbiarlos con una noticia de ese calibre.

—Hombre, tiene algo de razón, aunque ya lo sepas. ¿Estás segura de que es eso? ¿Y qué van a hacer? ¿Fingir que se aman un último verano?

—No se han amado nunca. Así que tampoco sería una gran novedad para mí.

—Pues no me parece que tenga mucho sentido. Pero si lo han decidido así, por algo será. Disfruta de estas vacaciones, lo que tenga que ser, será.

—Lo peor es que ha querido quedarse solo estas primeras semanas. Supongo que para que me acostumbre a pasar ratos a solas con mi madre y limemos asperezas.

—En eso también tengo que darle la razón. ¿Y tú por qué no se lo dices claro que lo sabes?

—Porque temo que haya algo más detrás de todo esto. Los vi abrazarse con tristeza, y créeme, ellos nunca se abrazan. De hecho, mi padre abraza a mi madre cuando ella se hunde, pero no es algo recíproco.

—¿Y entonces?

—No sé. Prefiero no verbalizar lo que pienso. Lo único que sé es que voy a tratar de respetar su petición; mi padre es un buen hombre, no me pediría tal cosa, si no creyera que es algo necesario.

—Haces bien. Joder, Sash, eres muy buena tía.

Me ruborizo al oírla decir eso.

—Tú harías lo mismo por tu padre.

—Créeme que no. Soy consciente de que hay cosas que no merece, pero lo quiero, es mi padre.

Mi madre cree que lo quiero más que a ella.

A veces, cuando se enoja, me lo dice, aunque te aseguro que no es así.

Al final, mi madre y yo nos compenetramos, y con los abuelos también, no nos olvidemos de ellos, que sin ellos ninguna somos nada —bromea.

—Eso es bonito. Has aprendido a entender los defectos de tu madre.

—No es que los entienda, creo que simplemente los acepto. Mi abuelo siempre me ha dicho que mi madre lo hace lo mejor que puede dentro de sus posibilidades. Y ahora sé que tiene razón.

Esas palabras me dejan pensando.

—Tal vez mi madre también esté haciendo lo mejor dentro de sus posibilidades; como sabe, como puede. Sin ir más lejos, con lo de la bicicleta.

—¿Qué ha pasado con la bicicleta?

—Pues que ha intentado arreglarla para hacerme sentir bien y pedirme perdón, y ha acabado empapada en la piscina, con las ranas.

Norah no puede evitar reírse.

—¡No me digas! ¡Y yo me lo he perdido!

—Pues sí. Ha sido una pésima idea, pero la intención era buena, aunque la manera de hacerlo no tanto.

Tal vez tenga razón tu abuelo. —Estoy a punto de creerme el argumento cuando el rencor vuelve a salir a flote—.

Aunque eso no justifica cuatro años de ausencia.

Uno, se lo podría perdonar, el duelo es necesario, pero cuatro…

—Creo que cada persona tiene sus tiempos.

—¡No me jodas, Norah! ¡¿Cuatro años?!

—Yo solo digo que…

—Déjalo. ¿Volvemos?

Me pongo en pie y ella coge mi mano para que no me vaya.

—No. Siéntate. Ya casi ha atardecido.

Miro su agarre. Espero a que se retire, pero no lo hace.

Me siento y ella enlaza sus dedos con los míos. Dobby se sube en su regazo y acabamos de ver caer el sol. Las tonalidades anaranjadas y rosadas empiezan a tornarse moradas, después azuladas y finalmente se queda con una tonalidad azul oscuro intenso, azul noche.

No sé cuánto rato llevamos en ese banco sin decir nada, con la vista en el horizonte, desde donde pueden distinguirse las olas gracias al reflejo plateado que la luna ejerce en ellas.

Contarlo todo ha hecho que me sienta algo más ligera.

Respiro y el aire entra con más facilidad.

No sé lo que tiene este lugar, solo sé que es uno de los momentos más mágicos de mi vida.

Muevo los ojos para observarla sin girar la cabeza, para que no se dé cuenta.

El claro de la luna ilumina su rostro. El mar sigue agitado y el viento hace que esos mechones sueltos que salen de su melena revoloteen en su frente.

¡Dios! ¡Es preciosa! Podría mirarla toda la noche.

Me quedo absorta por la magia hasta que ella la rompe y me saca de ese momento.

—Voy a llamar a Josh, a ver si quiere unirse al paseo.

Rápidamente suelto su mano y disimulo acariciando al perro mientras ella saca su teléfono móvil y llama al terriblemente guapo de Josh. No la culpo por sentirse atraída por él. Además, es buen tío. Es mucho más que una cara bonita.

Le quito la correa de Dobby de las manos y camino con él por el sendero que bordea la carretera y el acantilado. Norah no tarda en unirse a nosotros.

—Pues nada, vamos a dejar al perro en casa.

—¿Ya? ¿Por qué?

—Porque tú y yo, señorita, ¡tenemos tu primera fiesta en las rocas!