Aquel verano en Grove 15. La bicicleta #2
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15. La bicicleta #2

Alzo la parte trasera con una mano y con la otra hago girar la cadena sin cambiar de marcha, en el mismo plato y piñón en que se encontraban. Lo hago durante un rato hasta que noto que cada vez cuesta menos y gira con más suavidad. Con eso me vale.

Recojo todo el desastre que he liado y me da por pensar que no puedo enseñársela a mi hija hasta que no sepa seguro que funciona correctamente.

Así que ni corta ni perezosa me subo en ella.

No había vuelto a subirme en una bicicleta desde que dejé esta misma en Grove, pero todo el mundo conoce el dicho de que ir en bicicleta nunca se olvida.

Convencida de ello, empiezo a pedalear. No hay mucho espacio, daré vueltas a la piscina.

Al principio todo es muy confuso; mantengo el equilibrio, aunque cuesta pedalear, todavía va dura y eso hace que se tambalee un poco el manillar, pero no me rindo.

Sigo pedaleando, aunque lo hago tensa y rígida como una madera.

Creo que algo sí se me ha olvidado. Primera vuelta superada, pero esto sigue yendo duro y yo sigo pedaleando insegura.

Daré unas vueltas más, a ver si se me pasa.

Empieza a gustarme, pero ¡joder! El maldito manillar no deja de temblar, o tal vez sea yo.

Le doy con más fuerza a los pedales y empiezo a subir la velocidad en la segunda vuelta.

Es rara e inestable la sensación, pero me gusta, me hace reír nerviosa.

Esto es lo más cercano a descargar adrenalina que he estado en años.

Pedaleo, me tambaleo, pero controlo, o por lo menos eso hacía cuando oigo la voz de Sasha.

—¿Mamá? ¿Qué demonios haces?

En cuanto giro la cabeza para mirarla, la cago.

El manillar se tuerce. Grito. Sasha grita también y la bicicleta y yo acabamos bajando las escaleras de baldosas de la piscina.

No puedo para de gritar. Me veo estrellándome y ya no tengo edad para estas cosas.

Troto con la bicicleta por las escaleras y en cuanto la rueda delantera pisa el suelo resbaladizo, la bicicleta se va de lado y me caigo.

Como la piscina tiene inclinación, resbalo hasta acabar en el agua sucia de las ranas.

Los anfibios empiezan a saltar por todos lados.

Estoy confusa y aterrada. ¿Qué ha pasado?

Durante unos segundos, me mantengo en shock, con las piernas en remojo en agua verdosa.

Lo único que me saca de ese momento es oír las carcajadas de Sasha.

Levanto la cabeza y está en el borde de la piscina observándome, con la mano en la barriga de lo que se está llegando a reír.

Incluso se le caen las lágrimas. No puedo hacer otra cosa que unirme a ese momento y empiezo a reír, primero tímidamente, aunque luego voy subiendo el nivel y acabo igual que ella.

Me dejo caer hacia atrás y hago el ángel en esa piscina sucia.

¡De perdidos, al río! Hasta que por fin ella se calma y baja con cuidado por las escaleras hasta ponerse a mi lado.

Me tiende la mano. Yo la acepto y me pongo en pie.

—¿Se puede saber qué hacías?

—Quería arreglar la bicicleta para ti, le había inflado las ruedas y bueno, más o menos lo había conseguido, pero tenía que probarla.

—Creo que una bicicleta que lleva veinte años sin usarse necesita algún arreglo más que inflar los neumáticos.

—Sí, yo también lo creo.

Tiro de la bicicleta y la pongo en pie. Está llena de algas, o vete a saber qué es todo eso verde que flota en el agua.

Sasha la saca y la deja tirada en la hierba.

— Creo que la piscina será lo siguiente que limpie —digo escurriendo un trozo de mi camiseta.

—Me parece una buena idea.

Noto que esta situación ha rebajo la tensión entre nosotras.

—Sasha, yo…

—Déjalo, Megan.

—No me llames Megan, por favor. No volverá a pasar. Solo quiero que lo sepas. Jamás, en lo que me quede de vida, voy a hacer algo así. Esto no se volverá a repetir, cariño, nunca más. Lo siento.

Se le nublan los ojos y a mí también.

—No debí decirte todo lo que dije —añade en voz baja.

Esto sí que no me lo esperaba. Mi hija disculpándose.

—Cariño, yo…

Trato de acercarme y juro que por un momento he creído que iba a dejarse abrazar, pero se retira.

—Anda, ve a ducharte —me ordena—. Yo me encargo de la cena. ¿Te va bien una ensalada de lo que sea?

La miro. Saco el aire por la nariz, levanto una sonrisa y acepto.

***

Puede que sea la ducha más placentera que me he dado en mucho tiempo por varios motivos: en primer lugar, porque me quita ese extraño olor que tenía la piscina y, en segundo lugar, porque me siento un poco más ligera.

Como si por el desagüe se hubiera ido parte de mi ira.

Y ahora sé que debo ir a disculparme también con Amber.

No por lo que le he dicho, que han sido muchas verdades, sino por el modo en que lo he hecho. El pasado, pasado está.

No me puedo creer que haya conseguido que mi hija se ría a carcajadas, las dos hemos reído y liberado tensiones. ¡Y me está haciendo la cena! El balance es que no ha sido tan mal día, pese a todo, aunque tenga un terrible dolor de cabeza y el cansancio se esté apoderando de mí.

Sasha está escuchando música. No lo hace con la vieja radio, lo hace desde su teléfono móvil.

Me gusta que la música haya vuelto a esta casa, y no me refiero al Marilyn, sino a nuestra casa.

Al entrar en la cocina, la mesa está puesta, una deliciosa ensalada la preside.

También hay una vela antimosquitos encendida que le da un toque cálido al momento.

Sasha está tarareando. Un momento. Voy asimilando la melodía al acercarme.

¿ Losing my religion de Rem? El corazón me da un vuelco al escuchar la canción que Elery y yo habíamos elegido como nuestra hace ya tanto.

Cuando Sasha se da la vuelta y me encuentra petrificada frente a la mesa, me mira de arriba abajo como pidiéndome una explicación por estar de ese modo.

—Esto… No esperaba que escucharas esta música. No es de tu época.

—Y dale con que no es música de mi época. —Pone los ojos en blanco y juraría que jamás le he dicho nada así.

—No lo digo como algo malo, a mí me encantaban, hace años.

—Lo sé, recuerdo aquellos CD tuyos y de papá.

Me incomoda que crea que eran de Alan.

Me siento a la mesa.

—Si quieres podemos hacer una lista en Spotify con canciones de los noventa, yo te ayudo.

Me parece una buena táctica de acercamiento compartir algo así. Tarda unos segundos en contestar.

—Esto… No hace falta, un amigo me ha pasado la suya.