15. La bicicleta
Megan
—Estoy bien. —Me deshago de los brazos de Amber y trato de recobrar la compostura.
Ella se queda de piedra al notar mi rechazo, pero disimula como puede.
—No he podido evitarlo, yo… ¿Va todo bien?
La miro. Han pasado casi veinte años y tal vez crea que el tiempo causa el olvido, sin embargo, se equivoca; el tiempo tan solo deja un vacío que se rellena en cuanto vuelves a estar cerca del problema.
—Estoy bien. Tan solo ha sido un momento de bajón. —Seco mis lágrimas con los dedos. Dejo de mirarla, me pongo en pie y trato de huir.
—¿Ha pasado algo con Sasha? —No contesto—. ¿Te has encontrado con Elery?
Me quedo en shock , como si me acabaran de arrojar de un rascacielos y estuviera cayendo al vacío.
—E-Elery, ¿está…?
La mirada de Amber es totalmente compasiva. ¿Se está compadeciendo de mí?
—Volvió hace cosa de un año. Vino para quedarse, pero a la francesita no le gustó el cambio y se marchó.
—¿La-la francesita? —No sé por qué balbuceo. ¿A qué se refiere?
—Sí, la que era su pareja. Apareció con una joven de unos treinta años, la cual no hizo ni el intento de adaptarse —lo dice como si nada; habla del padre de su hija como el que habla de un compañero de trabajo.
—No me importa. No quiero saber nada. Ha pasado mucho tiempo.
—Ha pasado mucho tiempo para todos, Megan. Ninguno de nosotros somos los mismos. —Trata de tocarme, pero me zafo de su mano—. Nadie hubiera dicho que acabarías casada con Alan.
¿Cómo se atreve a decir eso? ¡Ella!
—La vida da muchas vueltas. —Aprieto la mandíbula.
—¿Qué me vas a contar a mí? —Pone los ojos en blanco, como si tuviera todavía más cosas que contarme que las que me contó en la cocina.
—Ya. Bueno. La vida nunca se detiene, por más cosas terribles que te pasen.
Cree que me refiero al motivo de la ruptura de nuestra amistad.
—Te debo una explicación sobre aquellos días, sobre Elery, sobre todo en general.
—No me debes nada, Amber. Por favor, déjalo ya, no he venido aquí en busca de explicaciones.
—Pero quiero dártelas, necesito dártelas. ¡Desapareciste! ¡No me diste opción! ¡A ninguno de los dos!
—No era necesario.
—No debiste marcharte solo por creer que Elery te estaba siendo infiel. —Le lanzo la peor de mis miradas y, antes de que pueda rechistar, vuelve a abrir la boca—. Yo… yo te mentí.
—¿Qué? —Sacudo la cabeza, intento comprender lo que ha dicho.
Por un momento, me dan ganas de abofetearla como he hecho con Sasha hace un rato, pero me contengo. Apenas puedo tragar saliva, es como si tuviera una enorme piedra en la garganta.
—Pues que Elery y yo no hicimos nada.
No sé si creerla. Me tomo unos segundos para interiorizar su confesión. ¿De todas las mentiras que había en el mundo, tuvo que utilizar esa? Estoy enfadada. Vaya si lo estoy. Mis fosas nasales me delatan. Aun así, trato de que la voz me suene serena.
—No me fui por eso, Amber. No te creas tan importante. —Es una verdad a medias.
—Entonces, ¿por qué? De haberte quedado, habrías sabido que lo único que estaba pasando era que yo estaba celosa hasta del aire que respirabas y que había intentado seducir a Elery sin éxito alguno.
—¿Sin éxito? —digo burlona—. Por favor, Amber, te follabas a todo hombre que te proponías, y el novio de tu única y mejor amiga no iba a ser menos.
La he ofendido, lo sé. Me da igual.
—Te mentí, Megan. Elery me rechazó. Por favor, tienes que creerme. ¿Qué sentido tiene que esté diciéndote esto casi veinte años después? Ya te lo he dicho, no somos los mismos y no volvimos a serlo cuando te marchaste. Tienes que creerme. Estoy siendo sincera.
¿Sincera? ¿Me tengo que creer que no se acostó con él ese día, cuando un par de años después tuvieron una hija?
—Amber.
—¿Qué?
—No me marché por eso. Pero ¿sabes qué? Me alegro de que me lo hayas contado, porque ahora sé que he estado echando de menos a la amiga más falsa y manipuladora que uno puede tener. Que tengas un buen día. Disculpas aceptadas, pero lárgate de mi casa.
—Megan, no…
—¡Lárgate! Toleraré que nuestras hijas sean amigas, pero no quiero saber nada más de ti ni de él.
Yo ya no soy la misma. Me han pasado tantas cosas en la vida, que pensar en esa idiotez me hace sentir ridícula.
Tú no sabes lo que son verdaderos problemas.
Veo que sigues dándole importancia a todo lo que esté relacionado con los hombres, o mejor dicho con Elery.
—Lo siento. —Agacha la cabeza para marcharse.
—Yo más —sentencio.
Entro en el Marilyn enfurecida, temblando por todo lo que acabo de soltar.
Cierro la puerta, me apoyo tras ella y me dejo caer deslizándome poco a poco.
Esta vez no lloro. Es como si liberar esas palabras me hubiera vaciado parte de la mochila llena de piedras que arrastro.
Me siento un pelín más ligera. Tal vez haya sido demasiado dura, estoy segura de que sí lo he sido, pero me ha sentado bien.
Sonrío por esa pequeña victoria interna; es la primera vez en años que me enfrento a algo.
Una parte de mí que creía extinguida ha salido a flote. Mi yo de ayer, la joven de Grove.
En cuanto me levanto, miro el teléfono por si Sasha ha dejado algún mensaje.
Nada. Lo que queda de tarde la paso haciendo la colada a mano.
Mañana ya iré a la ferretería a ver si pueden venir a echarle un ojo a los electrodomésticos, hoy no me quedan fuerzas para salir y tener que seguir enfrentándome a la gente de este pueblo.
Lavo toda mi ropa vieja, esa que Sasha quiere ponerse.
Froto bien los tejanos y las camisetas para quitarles la tonalidad amarillenta.
Alguna la dejo un rato en remojo y, por último, las camisetas de Elery.
Empiezo a frotarlas con rabia, si se rompen me da igual.
Aunque tras haber escuchado la versión de Amber, algo ha calmado un poco ese odio interno y disminuye esa necesidad de maltratar una pieza de ropa.
Además, para ser sinceros, son verdaderas reliquias estas camisetas.
Salgo a escurrir y tender la colada a la parte trasera de la casa, junto a la piscina verdosa.
Estiro bien las dichosas camisetas con cuidado, y me fijo en un pequeño agujero en una de ellas.
Recuerdo perfectamente que la camiseta de los Red Hot Chili Peppers tenía un pequeño desgarro junto al cuello, y no puedo evitar volar a aquel momento.
—¿Hace menos de veinticuatro horas que me has robado las camisetas y ya has roto una? —bromeó Elery.
Tiró del cuello de la prenda para que pudiera agachar la mirada y verla bajo mi barbilla.
—¡Mierda! Ya sé qué ha pasado.
Meto mi mano por debajo de la camiseta, y saco el colgante de la mariposa monarca.
Me lo compré yo misma en una de esas ferias ambulantes que hacían cada año, cuando nuestros bosques se llenaban de esos insectos.
El mismo día en que me hice con él, se me cayó y se le rompió una parte de la esquina de una de las alas.
Y lo cierto es que resultaba peligroso llevarlo colgado, porque igual que rasgó la camiseta, podía arañarme el pecho.
Pero, aun así, yo la llevaba. Me encantaba ese colgante, me enamoré desde que lo vi destellando, colgado en una de esas paradas hippies .
—¡Oh! ¡Señorita! Creo que no entiende el valor de esta camiseta —dijo divertido—. ¡Es de los Red Hot! Cada vez que pienso en que ya no es mía, me da algo.
—Ahora es mía. Me dijiste que podía elegir lo que quisiera y elegí. No es mi problema si tú aún no has elegido nada mío…
—Está bien, pues por el bien de los dos, voy a elegir… El colgante.
—Nooo, el colgante nooo. Sabes que me encanta.
—Precisamente por eso. Tú tienes algo que me chifla y yo tendré algo que te encanta. —Mientras dijo eso ya me había quitado el colgante y se lo estaba anudando al cuello.
Sopesé su razonamiento.
—Me parece justo.
Lo cierto es que lo era. Además, me gustaba saber que estaría en sus manos, aunque evidentemente no lo iba a llevar puesto como en esos momentos.
—Claro que es justo. Sobre todo para que no rajes nada más. Estas camisetas tienen que ser eternas, Megan. ¡Estamos hablando de Rem y de Red Hot!
Lo besé para hacerlo callar. Elery era muy pasional con las cosas que le gustaban y podía ponerse muy intenso. Igual que cuando hablaba de todos esos países a los que quería ir a dar voz cuando acabara la carrera. Un beso siempre funcionaba.
Un portazo a lo lejos me anuncia que Sasha ha vuelto.
Entro a toda prisa en la casa, pero ya no la pillo.
Otro portazo anuncia que se ha metido en su habitación.
Suspiro y vuelvo a lo que estaba haciendo.
Mientras recojo el cubo con las pinzas de tender, veo aparecer del cobertizo la rueda de mi vieja bicicleta.
Por alguna razón, se me ocurre que, si logro ponerla en funcionamiento, Sasha va a relajarse un poco, y no digo que vaya a perdonarme, pero será como firmar el contrato de paz.
Así que no lo pienso más y la saco. La apoyo contra la pared, al lado de las viejas duchas, y una rana salta a mi lado y me asusta.
Llevo la vista a la piscina y pienso en que eso no puede seguir así. Nota mental: limpiar la piscina.
Las ruedas están desinfladas, pero la propia bici llevaba un inflador enganchado al cuadro.
Así que tiro de él y me dispongo a inflarlas.
No las hincho del todo por miedo a que exploten o las acabe de dañar.
Lo dejaré para que ese nuevo amigo suyo se la acabe de poner a punto.
Le quito el polvo a conciencia. Está un poco oxidada por algunas partes, pero no se ve mal del todo.
Es una Mountain Bike de las viejas, de las primeras que salieron.
Tiene el plato de marchas y la cadena oxidados.
En mi ignorancia, decido ir a la cocina y echarles aceite de cocinar.
No pretendo hacer milagros, sé que habrá que cambiarla, pero si consigo hacerla rodar, me daré por satisfecha.