14. El faro
Sasha
¡Me ha pegado! ¡Me ha pegado! ¿Qué le pasa a esta mujer?
¡Sabía que no era una buena idea! No entiendo por qué tengo que estar con ella sola en este lugar.
¡No es justo! Mi madre necesita ayuda psicológica de por vida.
¿Acaso mi padre ha creído que este lugar le serviría de terapia?
Pues está muy equivocado. Según él, mi madre necesita reconciliarse con muchas cosas aquí.
¡Pues no me lo parece! No está dispuesta a reconciliarse con nada, ella ya ha tirado la toalla, hace tiempo que la tiró, con todo.
No hay lugares ni terapia que puedan con eso.
Nada le va a devolver a Sammy, ni a ella, ni a él, ni a mí.
No controlo mis lágrimas, llevan tanta rabia e impotencia que si las retengo acabarían por explotar dentro de mí.
Se supone que esto deberían ser unas vacaciones, y ya veo lo que van a ser: ¡una reverenda mierda!
No veo el momento de pirarme a la universidad y regresar un par de veces al año.
Pienso en mi padre. Pero ¿por qué no está aquí con nosotras?
De haber estado aquí, esta escena jamás se habría dado.
Hoy no puedo con la vida. Me flaquean hasta las piernas.
Me detengo para posar las manos sobre mis rodillas y detener el temblor que la ansiedad me ha provocado. Giro la vista a ambos lados buscado un lugar donde poder sentarme, cuando una camioneta, la única que conozco en este lugar, se detiene justo a mi lado.
—¿Sasha? ¿Estás bien? —Elery me mira agachándose, para poder verme por la ventanilla del copiloto.
Levanto la cabeza, la había dejado caer desolada, y sigo con las manos en las rodillas. No puedo contestarle. Mis enrojecidos ojos lo hacen por mí.
—¡Venga, sube! —Me abre la puerta del copiloto—. Puedes confiar en mí, no le hagas caso a la loca de tu nueva amiga. Sube.
Por alguna razón, su voz me reconforta y no desconfío de él, al contrario, tiene una energía que desprende confianza.
Tiene pinta de ser la típica persona a la que uno llamaría estando en un apuro, a sabiendas de que vendría sin rechistar.
Y todo esto lo deduzco tan solo con su voz y su energía.
No, no me da miedo que sea un hombre de unos cuarenta años al que apenas conozco y yo una chica demasiado joven; no hay nada insano en su mirada, es oceánica y calmada.
Claro que me subo a su camioneta. Lo hago sin apenas pensármelo.
—¿Estás bien? —Estaba claro que esa iba a ser su primera pregunta.
—He tenido días mejores.
No quiero mirarlo a la cara, porque no quiero derrumbarme. Fijo la vista en la ventanilla desde donde veo el mar bajo los acantilados de esta carretera.
—¿Te acerco a casa?
—¡No! —respondo con demasiada rapidez.
—Bueno, entiendo entonces que el problema reside ahí. ¿Has discutido con tu madre? —No contesto—. Josh me dijo que de momento solo estáis tú y ella, y que tu padre vendrá dentro de unas semanas.
—Todo esto ha sido idea de mi padre —suelto sin más.
—¿El qué? ¿Venir a Grove?
—Que pase unos días a solas con mi madre. No sé por qué lo hace sabiendo que ella y yo no nos llevamos bien.
—A ver, imagino que, si ha decidido algo así, será exactamente por eso, porque no os lleváis demasiado bien..
—Pues esto no va a mejorar nuestra relación.
—No subestimes el poder de los aires de Pacific Grove. Quien dice aire, dice viento —trata de bromear.
Noto que desvía varias veces la mirada de la carretera para ver si reacciono, pero no lo hago, sigo con la mirada en el ajetreado océano, mientras bordeamos la costa.
—¿A dónde ibas? —cambio de tema.
—Voy a atender una urgencia a un restaurante. Tienen una nevera que les está dando problemas y quieren hacer un último intento por salvarla antes de comprar una nueva.
—¿Y eso es una urgencia?
—Teniendo en cuenta que mañana tienen una boda organizada; sí, diría que sí. ¿Quieres acompañarme?
No esperaba esta propuesta, pero todo es válido menos volver a casa y enfrentarme a mi madre.
—Sí. ¿Por qué no? ¿Dónde está ese restaurante?
—Es el Point Pinos Grill. Te encantará el lugar. Además, está al lado del faro. Si no te interesa verme arreglar la nevera, puedes visitarlo. Tiene unas vistas increíbles.
—Genial. Sí.
Ya me siento más calmada. Elery tiene este efecto en mí, y es de agradecer. Es extraño, porque no lo conozco de nada, no obstante, me siento como si fuera un refugio. No sé cómo explicarlo, me siento protegida.
Sonríe cuando accedo y, a partir de entonces, permanecemos en silencio, con el único sonido de la radio.
Sube el volumen al escuchar Losing my religion , de Rem, y los dos la cantamos como si lo estuviéramos haciendo para nosotros mismos.
Elery me mira y sonríe al verme tararearla.
—No es de tu época esta canción.
—Lo sé, pero llevo escuchándola prácticamente desde que nací, es de esas que no pasan de moda.
Había un CD de esos que le gustaban a mi madre, hecho por ella con un mix de buenas canciones, el típico «Varios», y lo escuchábamos en los viajes.
Cuando viajábamos, claro. —Bajo el tono como queriendo decir eso último solo para mí.
—¿Ves? No todo es tan malo. Por lo menos tu madre tiene buen gusto musical.
—Tenía.
—Bueno, no está muerta, por lo que sé.
—No, ella no…
Noto cómo con eso último he incomodado a Elery, que se ha quedado sin palabras. Supongo que querrá preguntarme quién ha muerto. Veo cómo abre la boca dos veces, pero no dice nada. Sea lo que sea, se calla.
—¡Llegamos!
Menos mal. Nos ha salvado el fin del trayecto. Me da la sensación de que es algo que ambos agradecemos.
—Este lugar es precioso —digo a la vez que cierro la puerta de la camioneta.
Me bajo sin quitar la vista del bonito restaurante de piedra y sus altos ventanales.
Es una construcción alargada, con terraza.
De fondo, se ve el verde del césped donde imagino que celebrarán las bodas y, al otro lado de la calle, está el camino que claramente lleva al faro.
Qué bonito es todo; imagino las preciosas fotografías que deben llevarse de este lugar los novios que decidan casarse aquí. Sin duda, un lugar idílico.
—Sí, lo es. Solía venir a menudo de joven, era mi lugar de desconexión.
—¿Al restaurante?
—No, mujer. —Me sujeta por los hombros y me gira hacia el otro lado—. El faro.
Que Elery se tomase la confianza de tocarme los hombros ha sido extraño.
Aunque a la vez, no. Cuando alguien que apenas conoces te toca, por inercia te causa incomodidad.
Sin embargo, en cuanto he visto a lo lejos la construcción blanca de una casa encabezada por un faro, todo lo demás ha desaparecido.
Mientras yo me quedo embelesada mirando en la dirección del faro, Elery descarga la caja de herramientas.
—No creo que tarde mucho. Si veo que no hay solución, le dejaré un remiendo hecho para que puedan utilizarla mañana y pediremos una nueva. De todos modos, media hora no me la quita nadie.
—Haz tranquilo. Estaré en el faro o, si me canso, vendré a la terraza a tomar un refresco.
—De acuerdo. ¿Quieres…? ¿Nos intercambiamos los teléfonos por si surge cualquier cosa o viene tu madre a buscarte o algo así? —Noto cómo él mismo se incomoda haciendo esta petición.
—Sí, ningún problema. Aunque no va a venir, hace años que dejó de acudir a buscarme al colegio, no creo que lo haga aquí.
Elery aprieta los labios y me dedica una mirada compasiva. Apuntamos los respectivos números en nuestros aparatos y cada uno sigue una dirección. Él hacia el restaurante y yo hacia el faro.
Siempre había imaginado que estos enormes luceros estaban pegados a los acantilados, y que eran mucho más altos.
Pero resulta que no. Este está a bastante distancia del mar, tierra adentro.
Entiendo que su ubicación no es casualidad, si está situado aquí es por algo.
Justo delante de él hay una buena distancia de ¿césped?
Un momento. Me pongo la mano sobre las cejas para proteger la vista del sol y agudizarla, y, efectivamente, tras el vallado del terreno del faro, se visualiza un extenso campo de golf que me causa una enorme decepción; este lugar podría haber sido, o imagino que un día fue, un espacio libre por el que caminar, y ahora solo la gente adinerada se pasea dando golpecitos de un modo ridículo a pelotas que pesan un montón. Nunca entendí ese deporte.
Trato de no darle importancia a la absurdidad de los campos de golf y me centro en la belleza del faro y el terreno que han dejado salvaje a su alrededor, como imagino que sería originalmente todo lo demás.
Con lo de salvaje no me refiero a que la naturaleza esté descuidada, para nada, todo está limpio.
El bonito sendero termina en la puerta misma del edificio.
Por este lado donde llega el camino, la construcción es de listones de madera blanca y las puertas y las ventanas son de color verde.
El conjunto es un bonito edificio con un encanto único.
En la parte de la casa original, desde el centro, se alza una torre tubular con su balcón circular y su último piso acristalado, que es donde reside el foco de luz.
Acaba en forma de cúpula, como todos los que he visto hasta el momento. Hay una paz increíble en este lugar.
Por lo que estoy leyendo en un cartel informativo, actualmente es una casa museo y en ella ya no vive ningún farero, como es de imaginar.
De todos modos, el faro sigue activo, automatizado, pero activo.
Se ve que en alguna ocasión estuvieron a punto de retirarlo, debido a su localización, tan en el interior y rodeado de pinos que dificulta el alumbramiento.
Aunque me gusta saber la historia de los lugares, dejo de leer y paseo a su alrededor.
Me encantaría subir arriba al mirador, pero está cerrado.
Después le preguntaré a Elery si hay algún horario para esto.
De momento, me conformo con rodearlo hasta el otro lado de la casa y sentarme mirando al mar.
Aunque no esté cerca, a lo lejos es bastante impactante.
El mar siempre lo es, y el de este lugar especialmente; parece estar siempre enfurecido, en él siempre hay movimiento, el viento sopla y lo ajetrea.
Tiene un encanto especial que te obliga a observarlo con todo el cabello arremolinado en todas direcciones.
***
Hay muy poca gente y eso me extraña, ya que el restaurante del otro lado de la carretera parece estar en pleno rendimiento todo el día.
Aun así, me alegro de que sea un lugar tranquilo.
En todo el rato que llevo aquí, que ya es casi una hora, no he pensado en mi madre ni en nada que me preocupe, es como si el viento estuviera aireando mi cabeza.
Siento un descanso emocional increíble. ¿Por qué no habrá un lugar así en Phoenix?
Tal vez lo haya y no lo sepa, porque, en el fondo, esa ciudad siempre va a pesarme. No es la polución, son los recuerdos.
—¡Estabas aquí! Veo que no ha servido de nada que nos intercambiemos los teléfonos.
Giro la cabeza y tengo que mirar hacia arriba para ver la cara a Elery, a la vez que él, por su parte, decide sentarse a mi lado.
—¿Qué tal la nevera?
—He hecho todo lo que he podido. Aguantará otra temporada, pero no mucho más. ¿Y tú? ¿Estás mejor? ¿Más calmada?
—Sí, gracias. Necesitaba esto.
—Ya te dije que fue mi lugar favorito para desconectar, y bueno, no nos engañemos, era perfecto para venir acompañado.
—Ya decía yo. Estoy segura de que cada semana te traías a una diferente y todas acabaron odiándote.
—Pero ¿por quién me tomas? —Por fin me río. Lo hago de verdad al ver el levantamiento de cejas de Elery—. Para ser sincero, puedes creerlo o no, solo estuve aquí con una chica.
—Uuuuh. Eso suena a primer amor.
Se levanta, se sacude las bermudas y me tiende la mano para que haga lo mismo.
—Pues sí. Todos tenemos uno de esos.
—¿Y qué pasó? No me digas que se casó con el alcalde o algo así —intento bromear.
—No lo sé exactamente. Supongo que tan solo éramos demasiado jóvenes.
—¿Estamos hablando de los catorce años, más o menos?
—¡Por Dios Santo! ¿Los catorce? Yo a los catorce años era un crío.
Ellas eran ya mujercitas e iban con tipos más grandes.
Por aquel entonces, nosotros no podíamos acceder a las chicas de nuestra misma edad.
Fuimos novios dos años, ella tenía dieciséis cuando empezamos a salir, yo diecinueve. De todos modos, muy jóvenes.
De nuevo, consigue hacerme reír.
Caminamos charlando hacia el coche.
—Eso no te creas que ha cambiado tanto. Recuerdo mis catorce, y los chicos de mi clase eran críos que jugaban a la Play Station a todas horas mientras las chicas suspiraban por Shawn Mendes y los Jonas Brothers. Bueno, no todas —añado casi silenciando las últimas palabras.
Siento que conecto con este hombre de una manera increíble y no es solo cosa mía, lo sé, lo noto. Además, queda demostrado, ya que, tras acabar de contarle eso, me mira con dulzura y añade:
—Tranquila. Hasta que decidas contarlo, tu secreto está a salvo conmigo.
¡Tierra, trágame!