Aquel verano en Grove 13. Beso cítrico
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13. Beso cítrico

Megan

Ya sabía yo que no era una buena idea pasearme por aquí con Sasha.

¿Quién iba a imaginar que Brenda seguiría trabajando exactamente en el mismo restaurante?

Ella siempre fue así, una bocachancla, como se solía decir.

Siempre tan inoportuna con sus comentarios.

No es mala persona, tampoco lo era entonces, es solo que, si tenías un secreto, ella no debía enterarse o acababa por desvelarlo con comentarios afilados, de esos que solo ella sigue sabiendo articular a día de hoy.

¿ Déjà vu ? ¡Yo la mato! Es normal que haya despertado la curiosidad de Sasha.

No podía decirle que no era con su padre con quien venía asiduamente al Beach House .

Por suerte, Alan ha salvado el momento con su llamada.

Odio cuando Sasha hace cosas como irse para hablar con él.

Me recuerda constantemente que con él tiene buena relación y que la nuestra es un tremendo desastre.

Respiro varias veces antes de que vuelva a la mesa y me ceda el teléfono. ¿De qué habrán hablado? Me aterra que acribille a Alan con preguntas como esas. ¡Alan y sus malditas ideas! No sé por qué no le cuenta la verdad, ya no es una niña.

—Megan, sabes que te apoyo con lo de la restauración de la casa, pero ¿no lo estarás haciendo para pasar los días ahí internada con algo que hacer?

—Pero ¿qué dices, Alan?

—Tu hija sospecha que ese podría ser el motivo, y eso que ella ni se imagina todo lo que dejamos atrás en ese lugar.

Llevo la vista al otro lado de la mesa, donde está Sasha disfrutado su hamburguesa, ajena a que la estamos mencionando. Debo tener cuidado con la conversación telefónica.

—Pues no, no es eso.

—De todos modos, me parece una buena idea para que paséis ratos juntas. Eso sí, es joven, deja que salga a socializar también.

—Ya lo está haciendo, no te preocupes. Es como si fuera otra persona.

—¿De verdad? Al final os hará bien a las dos el aire de Grove. Tal vez después de estos días podamos sentarnos con ella y hablarle de otra verdad.

—¡No, Alan! —Me doy cuenta de que he alzado un poco la voz y vuelvo a bajarla—. Ni lo menciones.

—Vale, no te enfades. Dejemos pasar los días. Tenemos mucho que afrontar en Phoenix tras las vacaciones.

—Nos va a salir muy caro esto.

—Ya no es una niña, sabrá afrontar la realidad por difícil que sea.

Vuelvo a mirarla y la pillo observándome.

—Lo sé. —Trago saliva—. Come bien estos días, Alan —cambio de tema para disimular.

—No te preocupes. Tú céntrate en perdonar.

Si Sasha no estuviera frente a mí, Alan y yo nos enzarzaríamos en una discusión sobre el perdón y todas esas cosas que, desde que decidió lo de este viaje, no deja de cocer en su cabeza.

Yo soy de las que opina que, si en veinte años no has perdonado o no has necesitado a ciertas personas en tu vida, es que realmente no son necesarios ni el perdón ni su compañía.

Pero Alan... Definitivamente, le ha dado un vuelco la cabeza, y tampoco puedo culparlo por ello dada nuestra situación.

Tras despedirme, le doy el último bocado a la hamburguesa; ya sé que no voy a poder terminármela, se me ha cerrado el estómago.

Ni he probado la limonada, así que me animo a hacerlo.

Le doy un sorbo y dejo que la acidez recorra todo mi paladar, cierro los ojos un instante y su voz vuelve en forma de destello:

—¿Sabes qué creo que es lo mejor de esta bebida? —preguntó mientras movía en círculos la limonada y los cubitos.

—¿Que se puede beber muy fría? —respondí mirándolo embobada.

—No. La acidez de tus besos.

Ahí ya no tuve opción a contestar. Me besó, nos besamos, fue un beso cítrico y perfecto.

Al abrir los ojos, Sasha sigue observándome. Le sonrío, aunque tengo la sensación de que puede oír bombear mi corazón a toda prisa. Eso hace que se me agite levemente la respiración. ¿Por qué me permito pensar en él?

—¿Qué es lo que os puede salir caro?

¡Mierda! Ya sabía yo que algo escucharía.

—Pues seguramente arreglar los electrodomésticos —miento como puedo.

—Pues sí. Pero el dinero está para gastarlo.

—Veremos a ver si opinas lo mismo cuando empieces a ganar el tuyo propio.

—Me refiero a en cosas importantes, y papá me ha dicho que esa casa era muy importante para la abuela.

Siento una punzada al oír eso de su boca; me da a entender claramente que, cuando quiere saber algo, le pregunta a Alan en vez de a mí.

—Sí, lo era.

—¿Entonces por qué nunca llevaron a cabo el proyecto del hotel? Y si el Marilyn está en Pacific Grove, ¿por qué os mudasteis a Phoenix?

Me veo obligada a mentirle, no tengo más remedio.

—Al abuelo le salió una oferta de trabajo imposible de rechazar.

—Pues eso fue injusto para la abuela. Sobre todo, teniendo ya la base y lo más importante del proyecto, que es el edificio.

—Ya. Bueno, imagino que no fue fácil para nadie.

Su curiosidad me transporta al momento en que mi propia madre provocó que mi padre tomara esa decisión.

Prefirió que todos creyeran que nos mudábamos porque a mi padre le había surgido el trabajo del siglo justo en la ciudad, donde supuestamente yo iba a empezar mi carrera universitaria.

Pero no fue así, no. Lo único que había en Phoenix eran unos amigos de mi padre que le habían conseguido una casita a buen precio en aquellos años, un trabajo en la estación de tren para él y otro para ella de camarera de habitaciones en un hotel de cuatro estrellas.

Mientras, yo vi crecer mi vientre y di a luz a una preciosa niña a la que llamé Sasha.

Ambas conseguimos nuestro cometido: yo hui de Pacific Grove como había planeado y ella evitó que todos se enterasen de nuestra situación.

Mi madre era de esas mujeres a las que les importaba demasiado el qué dirán.

Todo lo contrario a mi padre. Lo que yo no sabía era que mi madre ya estaba enferma por aquel entonces y que él, al verse en esa situación y tras estudiar las posibilidades, decidió que irnos todos juntos sería la mejor opción.

Por lo menos eso ha salido tal cual lo planeamos; vio crecer a sus nietas.

Aunque también le tocó ver morir a una de ellas.

La vida ha sido justa e injusta a partes desproporcionadas con él, con todos en esta familia.

Pero todo esto prefiero callarlo, ya que Sasha va a tener mucho que asimilar cuando acaben estas vacaciones.

Hablarle de algo así, lo único que haría sería preocuparla más y que le surgieran nuevas preguntas que no estoy lista para responder.

Cuando vuelvo de mis pensamientos, ella me observa. Siento que quiere preguntar algo más, incluso llega a abrir la boca, pero calla lo que iba a decir y opta por algo diferente:

—Bueno, tenemos ocho semanas para sacarle algo de glamour a la casa. Me conformo con que esté decente para poder venir de vez en cuando, ahora que sé que existe.

Me deja helada con eso. No contaba con que considerara la opción de volver tras las vacaciones. Evidentemente, me aterra esa idea. No contesto a eso, tan solo sonrío alzando los labios con dificultad, para que crea que me parece bien.

Consigo mantener a Brenda ocupada con cualquier conversación mientras pago la comida, y logramos salir de allí sin que suelte alguna tontería de las suyas que logre ponerme en un compromiso.

Cuando salimos de la hamburguesería vemos al grupo de jóvenes que había sentados en el restaurante. Están en la arena, poniéndose los trajes de neopreno para surfear. No les doy importancia, pero Sasha los observa.

—¿Algo interesante por ahí?

No sabe ni cómo disimular donde tenía la mirada clavada.

—Creo que me gustaría aprender a surfear. —Me sorprende con esa confesión—Además, creo que he conocido a alguien que podría enseñarme. —Levanto las cejas, totalmente extrañada—. ¿Qué? —me reprocha, antes de que pueda decir nada.

—Pues que no te he visto jamás hacer nada que no sea leer.

—¿Será por qué en Phoenix no hay playa? —utiliza la tonalidad sarcástica que tanto la caracteriza.

—No te enfades, Sasha, es solo que, no sé, nunca te he visto ni subida a un monopatín.

La he cagado; lo sé por cómo se gira en seco a mirarme.

—Papá me estuvo llevando a un skatepark unos meses, hasta que un día me caí, me asusté mucho y no quise volver jamás. Ni te enteraste, ¿verdad?

¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!

—Hija, yo… Sabía que te estuvo llevando a patinar, pero no…

—Sí, a patinar, pero no con patines.

¡Bravo, Megan! Si es que te mereces todo esto.

—Sasha, yo… —Intento acercarme a ella.

—No te preocupes, no voy a hacerte gastar dinero en una tabla de surf; ya se han ofrecido a dejarme una.

—Pues sí que has hecho amistades rápidamente —lo digo con algo de resentimiento, como si fuera algo malo que estreche lazos en este lugar.

—Está claro que a ti no te acababa de gustar este pueblo, pero eso no significa que a mí me tenga que disgustar. Yo no soy tú, que no tienes vida.

—¡No me hables así!

—Y tú deja de tratarme como si fuera una niña. Ya no lo soy, lo fui, pero dejé serlo en cuanto tú dejaste de ser madre.

Juro por mi vida que me sale involuntario, y me arrepiento al instante y lo haré eternamente. Le doy una cachetada y con ella se esfuman todas mis esperanzas de recuperarla. Me mira enfurecida y con los ojos vidriosos.

—Sé que no te gustan las verdades —contraataca—, pero a mí sí. En el fondo, siempre has deseado que en el accidente hubiera muerto yo en vez de Sammy, ¿verdad?

Arranco a llorar. El viento se lleva las lágrimas, las mías y las suyas.

—No digas eso, no es cierto —balbuceo.

—Sí lo es. Pero ¿sabes qué? No te juzgo por ello, porque cada día de mi vida me acuesto deseando que ojalá hubiera sido así. —Se da media vuelta y se marcha. Intento retenerla—. Déjame. Volveré andando. Necesito que me dé el aire.

—Sasha, lo siento. Yo…

Aligera el paso y desaparece.

Me quedo unos instantes en shock sin saber bien qué debo hacer, hasta que decido ir tras ella.

Me apresuro a subirme en el coche para intentar seguirla y convencerla de que se venga conmigo.

La veo a lo lejos, mientras me mantengo parada en un paso de viandantes.

Camina sin rumbo, lo noto, aún no se conoce este lugar.

De repente, una camioneta que ya he visto antes, de color rojo anaranjado y algo desconchada, se detiene a su lado y veo cómo no tarda nada en subirse.

El corazón me bombea demasiado rápido y no entiendo el porqué.

Los ancianos no parecen tener prisa al cruzar.

Pero ¿esto qué es? ¿Una excursión de abuelos?

En cuanto me hago esa pregunta, me doy cuenta de que sí, es eso exactamente.

Un autobús está estacionado al otro lado de la calle y no me queda más remedio que esperar.

En cuanto regreso la vista al final de la calle, tanto la camioneta como Sasha han desaparecido.

Tomo aire y decido no agobiarla. No debo preocuparme más de la cuenta, es fácil de deducir que debe ser su nuevo amigo, el chico alto.

Durante la cena le pediré perdón una vez más.

En el fondo tiene razón y me merezco sus reproches.

Lo que no me merezco es este dolor. Pienso en Sammy una vez más y dejo que mis lágrimas lo inunden todo mientras esos ancianos, por fin, acaban de cruzar y yo puedo reanudar mi camino.

En cuanto estaciono frente al Marilyn, Sirius baja del árbol que, al parecer, ya ha hecho suyo, y se enrosca en mis pies.

Los animales siempre notan cuando el humano no está bien.

Casi me hace caer, así que cedo a sus arrumacos, me agacho y lo alzo en brazos, lo estrujo contra mi pecho.

Me siento en las escaleras del porche de entrada al Marilyn.

Cierro los ojos un instante y trato de inhalar el olor a mar, el olor a Grove, tal y como lo recuerdo.

Y lo consigo. Casi sonrío al volver a sentir el aroma que tanto amé en mi juventud.

Entonces pienso en Alan, en qué vamos a hacer, y vuelvo a derrumbarme.

Por suerte, Sasha no está. Lloro con los ojos cerrados, como si eso pudiera impedir que broten las lágrimas como lo hacen, sin control.

El gato se baja de un salto y me deja sentada en la escalera, con los codos en las rodillas y las manos tapando mi rostro.

Sé que tengo que parar, que no es el momento ni el lugar para explotar de esta manera, pero simplemente no puedo.

Trato de cesar el llanto, ahogándolo en ese tipo de suspiros que oprimen el pecho, cuando noto un brazo rodeando mis hombros y atrayéndome a un cuerpo.

Pienso que por fin mi hija está teniendo un momento de acercamiento, aunque sea en estas raras circunstancias, aunque un rato antes la haya abofeteado.

Levanto la cabeza para mirarla a los ojos antes de rogarle que me perdone, por todo, pero no es mi hija quien me acuna en sus brazos.

Casi veinte años después, son los esbeltos, cariñosos y conocidos abrazos de Amber los que me consuelan.