12. Limonada
Sasha
—No hay manera, no recuerdo su apellido. Puede que no me lo hayan dicho —comento mientras entramos en el restaurante.
—Da igual, que no importa. Son buena gente, seguro.
El lugar, por lo que dice mi madre, ha cambiado un poco. No he visto ni oído ningún acento francés, así que creemos que habrá cambiado de dueños. Sin embargo, las hamburguesas siguen siendo increíbles, o eso parece, si me baso en las que veo pasar hacia las mesas.
No habíamos salido a comer juntas desde… Desde nunca. Antes solíamos hacerlo en familia, los cuatro, pero desde que Sammy no está, ya nunca más lo hicimos. Otra de las mil cosas que perdimos junto a ella. Por eso me permito disfrutar de este rato.
La he estado observando desde que entramos.
No se acaba de sentir cómoda en este lugar; veo cómo va mirando a todo el que entra y sale, no sé si teme ser reconocida, o si es ella la que quiere reconocer a las personas.
Aunque lo cierto es que tan solo la camarera, una mujer de caderas anchas, mofletes rellenos y sonrisa envidiable, parece reconocerla.
—¿Megan? ¿Megan Sinclair?
Me impacta un poco oír el verdadero apellido de mi madre, ya que siempre suele utilizar el de mi padre.
En Phoenix es conocida como la señora Brown.
Pero Sinclair me parece un buen apellido.
No entiendo por qué la mujer debe utilizar el del hombre.
Si algún día me caso, ni de broma pienso utilizar el de ¿mi marido? ¡Por Dios! ¡Eso sí que no será posible!
—Hola, Brenda. Sí, soy yo.
—Pero ¡por todos los diablos! ¡Estás igual! ¿Has hecho un pacto con el diablo?
Mi madre se lleva la mano al pelo, a sabiendas de que no está igual. Tiene ojeras y viste como si fuera mayor de lo que es en realidad.
—¿Qué dices? Tú sí que estás igual.
—No me mientas, Megan. Veinte kilos y tres hijos se notan.
—Estás muy guapa, Brenda.
Las dejo que se adulen la una a la otra y me centro en el menú.
Aunque no puedo evitar darme cuenta de que, en la mesa de en frente, una chica joven de unos veintitantos me observa.
Me doy la vuelta por si no es a mí, pero no hay nadie más.
¿Qué le pasa? Me sonríe, se sonroja y consigue que yo lo haga a la vez.
No puedo evitar alzar una media sonrisa.
Rápidamente, llegan tres o cuatro jóvenes más, no me entretengo a contarlos y dejo de prestarles atención cuando uno de ellos se sienta al lado de ella y la rodea por los hombros.
—¿Sabéis ya lo que queréis? —se interesa la camarera.
—Sí, sí. Queremos la completa de pollo rebozado con patatas extragrandes. Te agradecería que lo mío no llevara sal; no tengo la tensión para estas cosas ya —le aclara mi madre.
—¡Calla, tonta! Estás estupenda. Lo dejaré anotado. Completa rebozada con patatas extragrandes, sin sal. ¡Uy! —exclama la mujer—. Es como un déjà vu, pero con otro acompañante.
Mi madre abre los ojos de par en par y se sonroja. ¿A qué se refiere con eso?
—Gracias, Brenda, es todo. Tenemos un poco de prisa. —Está claro que la está apresurando.
—Voy volando, ¿os traigo también de beber dos limonadas caseras con dos cubitos de hielo y dos rodajas de limón? —bromea sobre eso, pero yo no entiendo nada.
—Sí, sí, eso mismo.
Mi madre le hace un gesto con la mano para que se marche y la camarera y su sonrisa socarrona desaparecen en dirección a la cocina.
—¿Qué ha querido decir con lo del déjà vu ?
—Tonterías de Brenda. Cuando éramos jóvenes, la pobre ya trabajaba en este restaurante haciendo horas extras y sabía qué comíamos cada uno de nosotros casi sin tener que pedirlo.
—Nunca te he visto tomar limonada con dos cubitos y dos rodajas de limón.
—Ya. Bueno. Cosas de la juventud.
—¿Venías aquí con papá?
Por un momento queda con la mirada ida. Coge aire y tarda en soltarlo.
—Sí, tu padre también venía. Era donde nos juntábamos a cenar todos.
—¿Entonces tu grupo de amigos sigue en este pueblo?
—No lo sé.
—¿Cómo? ¿Y eso?
—Hace veinte años que me marché, no había vuelto.
Se genera un silencio y, mientras, me permito analizar la conversación.
Otro camarero nos deja las limonadas sobre la mesa, y ella sonríe algo nerviosa.
—¿Por qué nunca volviste?
Justo cuando la conversación se pone interesante va y suena el teléfono. ¡La excusa perfecta! Rápidamente, lo saca del bolso y contesta a la llamada.
—¿Alan? Hola…
Es mi padre, ese que debería estar ahora mismo aquí con nosotras y, sin embargo, ha decidido que quiere quedarse a trabajar unas semanas más.
Porque se ha quedado a trabajar, ¿verdad?
¿Qué mierda me esconderán? ¿Está mi padre enfermo?
¡Mierda! Por primera vez, se me cruza por la cabeza una posibilidad que no había contemplado.
¿Van a divorciarse? No sé si voy a poder aguantarme tantos días sin decirle que sé que algo está pasando.
¡Joder! No puedo evitar sentirme cabreada con él y su estúpido secretismo.
—Sasha, papá quiere hablar contigo. —Me pasa el teléfono.
Lo cojo con la mano temblorosa tras haber envenenado mi mente con todo eso. Mi madre me observa, pero no quiero que lo haga mientras hablo con él, así que me levanto y salgo fuera, dejándola resignada ante mi comportamiento.
—¿Papá?
—Hola, princesa. ¿Qué tal te trata Pacific Grove? ¿Has podido salir a conocerlo?
Respiro hondo antes de contestar, cierro los ojos y trato de deshacerme del enojo, calmarme y contestar bien.
—El pueblo, bien. Es bonito.
—Sabes que es una ciudad, ¿verdad? Tiene quince mil habitantes.
—Papá, es un pueblo. Todos se conocen y actúan como gente de pueblo.
—¿A qué te refieres? ¿Cómo actuamos la gente de pueblo ?
—Mira, por ejemplo, llevamos en este restaurante quince minutos y la camarera, al parecer la misma de entonces, aún recuerda que mamá y tú pedíais hamburguesas de pollo rebozado con patatas extragrandes y limonada con dos cubitos de hielo y ¡dos trozos de limón!
¿Se puede ser más de pueblo? Recordar eso veinte años después. —Mi padre permanece callado—. ¿Papá?
—Oh. Perdona, Sasha, hay alguna interferencia. Pero sí, cosas de pueblo. ¿Qué tal mamá? ¿La estás ayudando con la casa?
—A ver, acabamos de llegar, todavía no hemos hecho nada. Dime una cosa, ¿estas vacaciones son para que arreglemos el hotel de los abuelos? Porque hay tantas cosas por enmendar que creo que nos saldrá por un ojo de la cara.
Consigo que se ría.
—No, hija, no. Aunque si quiere hacerlo, hazme un favor, ayúdala. Fue el proyecto de tu abuela y creo que le hace sentir bien darle mimo. Estaban muy unidas, ¿sabes? Se querían mucho, aunque no se llevaban muy bien, y supongo que esta es su manera de reconciliarse, a pesar de que ya no esté.
—¿Mamá y la abuela no se llevaban bien?
—Pues como tú y ella. Sois igualitas. Anda, cariño, hazlo por mí. Cuida de ella estos días, échale una mano. Os irá bien a las dos.
Me ha dado mucha pena pensar que mi madre quiere hacer esto por la suya.
—Pero si ha decidido arreglar la casa, ¿por qué no me lo ha dicho? ¿Piensa hacerlo sola?
—No te enfades, Sasha, yo tampoco lo sabía. Es algo que le ha nacido al reencontrarse con todo eso que dejó hace tanto tiempo. Tu madre necesita reconciliarse con muchas cosas en ese lugar. Prométeme que vas a ayudarla o, por lo menos, no se lo pongas más difícil.
Pongo los ojos en blanco antes de contestar.
—De acuerdo. Te lo prometo. Esto... Papá. Tú… ¿Estás bien?
—¡La mar de tranquilo sin vosotras dos! —intenta bromear—. Sí, estoy bien. ¿Por qué lo dices?
—No sé, es que todo esto muy raro. No sé qué hacemos aquí sin ti.
—Ya te lo he dicho.
—No, papá, hay algo que no me has dicho, que no me habéis dicho. Mamá parece contenta con la casa, pero no la veo con ganas de interactuar mucho con el pueblo, es más, creo que se ha inventado lo de la restauración para poder quedarse todas las semanas dentro del Marilyn.
De nuevo se queda sin habla.
—Ten paciencia, nena, solo eso. Todo se irá acomodando solo, y tiene una buena explicación. Confía en mí.
—De acuerdo. —Quiero insistir, pero sus palabras me han parecido algo temblorosas y se me ha encogido el alma, así que mejor me callo.
Me despido de él, entro y le devuelvo el teléfono a mi madre para que puedan despedirse. Trato de no escuchar de lo que hablan. Aunque claramente es sobre mí, ya que ella no puede evitar llevar la vista varias veces hacia donde estoy. Disimulo, haciendo ver que ni me doy cuenta.
Tras la llamada de mi padre, ambas enmudecemos y tan solo nos dedicamos a comer.
Por cierto, la chica de enfrente no deja de mirarme. ¿Qué le pasa a la gente de este pueblo?