11. El microondas
Megan
Elery es el padre de Norah, estoy segura. Es como una broma macabra del destino. No he podido sacudirme ni un gramo de esa incomodidad que siento estando con Amber, sobre todo ahora que sé esto.
¡Megan, por el amor de Dios! Ha pasado tanto tiempo.
Debería dejarme de tonterías. Tengo que centrarme en mi estancia con Sasha, tal y como le prometí a mi marido.
Aunque no sé si ocho semanas van a ser demasiadas.
Ojalá Alan aparezca cuanto antes. Me sentiría mejor si él estuviera aquí.
Estoy segura de que sabría cómo tratar a Amber pese a todo.
Volviendo a ella, la siento tan cambiada que me habría gustado poder aparcar el pasado a un lado e invitarla a cenar, tratar de saber de ella y de Norah.
Saber en qué momento se le ocurrió tener una hija, saber si sus padres siguen vivos- Esas cosas.
Y ¿a quién voy a engañar? También quiero saber de Elery; ella no habla de él con resentimiento y eso me hace pensar que su relación no tuvo un mal final, y sí, lo reconozco, eso también me intriga, no debería, pero lo hace y odio que lo haga.
De nuevo, estoy sola en esta cocina que tantos momentos me regaló en otra época, pero ahora está vieja, apagada y triste.
Recojo las tazas y las friego a mano, miro la hora y decido preparar algo rápido, un poco de pasta siempre me salva el momento.
Además, he comprado una salsa de tomate ya hecha, tan solo servir y comer.
No es una comida de restaurante de cinco estrellas.
Eso sí, espero que Sasha venga con hambre porque hay pasta para cuatro personas.
La escurro y la dejo en un bol tapada tan solo con un plato encima.
Miro el reloj por quinta vez. ¿Dónde se habrá metido?
Sabe perfectamente a la hora que esta familia se sienta en la mesa.
No puedo más, así que decido enviarle un mensaje al teléfono.
Megan: La comida está hecha, no tardes.
Sasha: No me habías dicho la hora.
Megan: Conoces nuestra hora de comer.
Sasha: Creí que estábamos de vacaciones.
Además, no tengo mucha hambre.
Tomo aire antes de contestarle y armar una guerra. Tengo que recordar el cometido de esta estancia; respiro profundamente y vuelvo a escribirle.
Megan: No pasa nada, comemos cuando llegues.
Lo calentaremos con un toque de microondas.
Veo en la pantalla cómo escribe y borra varias veces, se toma su tiempo.
Sasha: Gracias, estoy llegando.
Guaaau. ¿Me ha dado las gracias sin más? Al final va a resultar que los aires de Pacific Grove le sientan bien.
En cuanto dejo el teléfono móvil sobre la mesa, un extraño ruido llama mi atención.
Oigo unas sacudidas raras, como si estuvieran taladrando el suelo.
Me guío por el ruido y cruzo el salón, me dirijo a la parte trasera de la casa cuando el traqueteo se detiene con un estruendo final.
¿Qué demonios? A punto estoy de entrar en la habitación de la colada, pero no me hace falta acceder para saber qué ha sido.
Hasta mí llega un charco que logra empaparme los pies.
Por un momento, me quedo en shock mirándolo, hasta que abro la puerta y compruebo que la lavadora ha dejado de funcionar y dejado ir el agua encharcándolo todo.
¡Lo que me faltaba! Por suerte, era la última colada.
Sin embargo, no puedo estar sin lavadora ocho semanas.
Ni siquiera sé si hoy en día hay lavandería en este lugar.
Me apresuro a extraer la ropa, colocarla en un cubo y sacarla al jardín trasero, junto a la piscina, para poder escurrirla y tenderla al sol. Pesa mil toneladas tan empapada, son sábanas y toallas; esperaré a Sasha para que me ayude.
Vuelvo hasta la habitación para intentar limpiar el desastre causado.
Me encuentro haciendo un intento de secar el suelo cuando oigo el motor de un vehículo frente a la puerta.
Imagino que es Sasha y, de hecho, oigo la viva voz de Norah despidiéndose.
Me acerco hasta la cocina en busca de un trapo para secarme las manos y no puedo evitar sacar la cabeza por la ventana, desde donde puedo ver la calzada.
Sirius me sigue dejando sus huellas mojadas por todos lados y se pone en pie con las patitas delanteras apoyadas en la ventana. Sabe que Sasha ha llegado.
—¡Sirius! ¡No te subas ahí! —lo regaño al ver que lo está ensuciando todo.
Intento que el gato no se pasee por la encimera, pero de nada sirve que le hable a un felino. Vuelve por donde ya ha ensuciado, irá a esperar a Sasha junto a la puerta.
Me asomo de nuevo. No veo a mi hija, pero sí que veo cómo una vieja camioneta rojiza se marcha, diría que es la misma que he visto hoy. Por inercia, la sigo con la vista. Aun así, no consigo ver quién ha traído a Sasha a casa. Me gusta que esté haciendo amistades, espero que sean las correctas.
Antes de que me pille espiándola y empecemos a discutir, me vuelvo a toda prisa al desastre de la lavadora.
—Pero ¿qué ha pasado aquí? —Me sorprende cuando estoy toqueteando el viejo motor como si supiera algo de electrodomésticos.
Suelta al gato y el animal empieza a sacudir sus patitas a cada paso que da sobre el suelo mojado.
—Pues que todo lo que hay en esta casa tiene más de veinte años, eso es lo que ha pasado.
—Lo sé. El microondas depende de cómo, hace chispas.
—¿Qué? —Saco la vista del motor para dirigírsela a ella.
—No es nada, solo lo ha hecho una vez.
—Pues no se te ocurra volver a utilizarlo.
—No dramatices, mamá. —Se me pinza el corazón cada vez que vuelve a llamarme «mamá» en vez de Megan—. Por esa regla de tres, no podríamos utilizar nada de lo que hay en este lugar.
—Nada que suponga un peligro, y créeme, chispas es sinónimo de peligro.
—Chispas, goteras, ruidos raros, inundaciones… Muy top estas vacaciones.
Odio cuando Sasha utiliza el sarcasmo despectivo.
—No ha sido idea mía lo de estos días. —¡Mierda! No he debido decir eso.
Noto cómo se ofende; supongo que creerá que lo digo por estar con ella a solas y no es así.
—Ni tampoco mía —sentencia dándose media vuelta.
—Sasha. —Quiero disculparme, debo disculparme.
Se gira y me mira con esos ojos cargados de indiferencia que suele posar sobre mí. Aun así, no dice nada, espera que yo lo haga, ya que he sido yo la que ha llamado su atención antes de que desapareciera en dirección a la cocina.
—No metas el plato en el microondas —pronuncio, como si eso fuera lo que tenía pensado decir desde el principio—. Te lo comes frío. Si no, haber llegado a la hora.
Pero ¿por qué le digo esto? Me arrepiento al instante.
¿Por qué no puedo tratarla como cuando era una niña y la quería a mi lado a todas horas?
¿Por qué? «Lo siento» pienso, pero no lo verbalizo.
De repente, un sentimiento aplastante me azota.
Tengo que zarandear mi mente y deshacerme de esos pensamientos, no debí dejar la terapia; en los próximos meses voy a necesitarla más que nunca. A la terapia y a mi hija.
El recuerdo de mi pequeña Sammy vuelve a mi mente.
¡Ya basta, Megan! ¡Sasha no tuvo la culpa de nada!
Tras contener el dolor que se me anida en el pecho y luchar durante unos largos diez minutos, respiro hondo y me doy cuenta de que sigo rezumando tristeza, que pese a la noticia que nos azotó justo antes del viaje, mis sentimientos de dolor y duelo siguen siendo por Sammy.
La nueva realidad de esta familia no ha eclipsado para nada la falta de mi pequeña.
¿Por qué no puedo disfrutar de todo esto?
Alan tiene razón. Aunque sea por él, tengo que intentarlo.
Me acerco a la cocina y me siento a su lado.
La veo remover la comida con el tenedor.
Sé que no se la va a comer así, la conozco lo suficiente como para saber que desde pequeña ha odiado la comida fría.
Me levanto de nuevo y, sin pedirle permiso, le saco el plato de enfrente.
Me mira confusa, creo que piensa que voy a tirárselo a la basura.
—Déjame que lo caliente. —Es lo más parecido a firmar un tratado de paz.
Hacer algo que le he prohibido hacer, pero pensado en su bienestar, aunque parezca contradictorio, no lo es.
—Pero si has dicho…
—Vamos a probarlo.
Meto el plato en el microondas. Es tan viejo que tan solo tiene una rueda en la que marca los minutos. Nada digital, nada de grill y nada de descongelación. Calentar y, como mucho, treinta segundos. Una reliquia.
Lleva dos minutos funcionando y no pasa nada.
—¿Ves cómo no era para tanto? Te dije que solo lo ha hecho una vez.
La miro levantado las cejas y dándole la razón cuando, de repente, el electrodoméstico empieza a soltar chispas.
Sasha grita al verlo y me asusta, yo grito también y durante unos segundos las dos gritamos como locas observando como el microondas casi echa a arder con tanto humo.
En un arrebato de valentía tiro del cable y lo desenchufo, las chispas cesan y tan solo queda la humareda en toda la cocina.
El corazón me va a mil y a juzgar por la mano que mi hija tiene sobre su pecho, el suyo también.
Nos miramos atónitas, ninguna dice nada, su cara de desconcierto no debe ser menos que la mía.
Paso del pánico absoluto a la risa y no sé por qué.
La típica risa nerviosa de después de un hecho impactante.
Parezco una loca, lo sé, no puedo controlarlo y, por inexplicable que parezca, Sasha se une al momento.
Las dos reímos a carcajadas ante un microondas echando humo y un plato incomible.
Cuando las carcajadas van perdiendo intensidad, siento una ligereza en el pecho indescriptible. ¿Cuánto hacía que no me reía así? ¿Que no nos reíamos así?
—¿Estás bien? —Acaricio su brazo y no se aparta. ¡No-se-a-par-ta!
—¿Yo? Eso tú, que estabas frente a las chispas. —Vuelve a reír.
Qué extraño y bonito momento, las dos riendo acompasadas.
¡Joder! Cuánto la echaba de menos. Aunque esta mujercita que tengo delante nada tenga que ver con la adolescente que dejé en standby hace unos años.
Ojalá poder volver ahí y hacerlo de otra manera.
Pero no, la vida nunca se queda en pausa, nunca, pase lo que pase, falte quien falte.
Aprovecho que ha rebajado la tensión entre nosotras:
—¡Vamos! Salgamos a comer. Si no ha cerrado, recuerdo un lugar donde hacían unas hamburguesas increíbles. Se llamaba Beach House, lo abrió el único matrimonio francés que había por entonces en Grove.
—¿Franceses haciendo hamburguesas americanas?
—Lo que oyes, eran muy fanáticos de la comida de aquí.
—Por el nombre, deduzco que está en la playa.
—Tiene unas vistas increíbles y sí, tiene justo debajo una pequeña playa. Te gustará.
Tiro de mi bolso que está enganchado en la silla y compruebo que llevo dinero.
Ojeo el teléfono un instante antes de introducirlo dentro.
Me detengo en seco ante una llamada perdida de Alan y un email que no me apetece abrir.
Ya lo habrá hecho él, para eso compartimos una misma dirección de correo electrónico para todo lo relacionado con la familia.
—¿Qué pasa? —se interesa rápidamente.
—Oh, nada, nada. Es una llamada perdida de tu padre. Cuando estemos en el restaurante lo llamamos. —Trago saliva y disimulo como puedo.
Es un tema que afrontaremos después de las vacaciones, pero que sigo creyendo que debería compartir ya con Sasha.
Aunque, por otro lado, no quiero que eso estropee estos días.
Eso hace que inevitablemente piense en Alan, tal vez lo medite mejor y decida adelantar sus vacaciones para unirse a nosotras.
Tal vez, solo tal vez, podamos darle esa mierda de noticia juntos antes de que lo descubra por sí misma.
—¿Vamos andando?
—Iremos con el coche, aunque yo cuando era joven iba en bicicleta a todos lados.
—¿Es tuya la bicicleta que Norah dice que hay en la parte trasera de la casa?
—Vaya con Norah, sí que sabe cosas. Es exactamente como su madre cuando era joven —lo digo sin pensar, pero a ella no le pasa desapercibido el detalle.
—¿Tú y Amber os conocíais de jóvenes?
—Esto… En este pueblo todos nos conocíamos. Ahora se ve que, con la llegada del turismo masivo y las nuevas edificaciones, pues ya no tanto. Aunque imagino que en invierno solo quedarán los lugareños, como en todo pueblo costero.
No sé si he conseguido despistar su curiosidad, el caso es que no vuelve al tema de Amber.
—¿Crees que podríamos arreglar esa bicicleta? Me gustaría utilizarla estas semanas.
—¡Claro! Me parece una genial idea. Le echaremos un vistazo, a ver si podemos recuperarla.
—Josh se ha ofrecido a arreglarla. —Hace una pausa al mencionar al chico—. Si te parece bien, claro. Su familia es la que ha comprado la ferretería y la tienda de electrodomésticos del pueblo.
—Ah, ¿sí? Pues ya puedes decirle a tu amigo ese tan alto que se ponga con ella cuando quiera. Yo le pagaré las reparaciones.
Sonríe satisfecha, he podido verlo cuando ha girado la cabeza hacia la ventanilla, su sonrisa se ha reflejado en el retrovisor. Eso me ensancha el alma. Mi niña. Ahora sí, quiero tener un gesto de cariño con ella, quiero dejar de estar siempre a la defensiva.
Levanto la mano del cambio de marchas y la acerco a su pierna, donde reposa una de sus manos. No obstante, apenas la rozo cuando me sorprende con algo:
—¡Oh! Creo que deberías pasarte por la ferretería y solicitar que vengan a revisar los electrodomésticos de la casa. Si vamos a quedarnos ocho semanas, que por lo menos no prendamos fuego ni inundemos nada más.
Retiro la mano.
—Sí, tienes razón. Todo en ese inmueble es un peligro.
—Pues entre Josh, su padre y su tío, llevan el negocio. Bueno, y por lo que me han contado, también el hermano de Josh, que está en el mostrador.
—Creo que a ese chico sí lo he visto. Solo espero que ellos sean algo más eficientes que ese chaval.
—No lo sé, pero algo me dice que sí. —Sonríe cuando habla de ellos—. Su tío es un hombre muy interesante y vivido, me cae muy bien. Al padre apenas lo he oído gritar un par de veces. Parecen buena gente.
—Estoy segura de que sí lo son. ¿Cómo se apellidan? Tal vez los conozca.