Aquel verano en Grove 10. Latas de conserva #2
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10. Latas de conserva #2

—Pues sí —confirma Elery—. Conserva de pescado: atún, sardina, caballa, algo de pulpo y todo eso. Mi padre fue un gran pescador y mi madre la reina de las conservas. Dos generaciones con el mismo negocio.

—Hasta que llegasteis Ryan y tú —bromea Norah.

—Exacto. Aunque lo de Ryan siempre les convenció mucho más; tiene un don, sabe arreglarlo todo.

—No seas modesto, mi madre asegura que siempre fuiste un arreglatodo tú también.

—Tu madre siempre ha tenido una visión distorsionada de mí —bromea, pero he podido notar que han sido palabras sinceras—. Mi hermano es el del don de ser un manitas. Comprar esa ferretería y añadirle la tienda de electrodomésticos es lo mejor que ha hecho en su vida.

—¿Y tú? —Me sorprendo a mí misma haciendo esa pregunta.

A él también lo pilla por sorpresa, he notado cómo ha subido ligeramente los párpados.

—Pues lo mío fue algo más pasional —dice sin añadir nada más, se da la vuelta y coloca los últimos helados.

—Aquí donde lo ves, el rubiales madurito fue alguien famoso.

—¿De verdad? Ahora que lo dices tienes pinta de actor.

Elery estalla en risas.

—Para nada, no tengo madera de actor, y no fui un famoso de esos; de hecho, no fui famoso, solo podría sonarte mi nombre si te mueves en mi ámbito.

—Ante ti tienes a uno de los corresponsales de guerra más famosos del siglo veintiuno.

—Gracias por el halago, Norah, pero no le mientas a tu amiga. Dudo que haya leído alguno de mis artículos, ni que haya visto ni uno de mis reportajes fotográficos, igual que tú.

—Pues créeme que he leído muchos artículos. Muchísimos. —Lo sorprendo—. Aunque si hubiera visto el nombre de Elery lo recordaría.

Quiero decirles que voy a estudiar periodismo, pero no lo hago, decido callarlo. De todos modos, mi vocación no iría tan allá como para cubrir los relatos de una guerra.

—Eso es porque no firmaba con su nombre, tenía un nombre artístico, como los actores.

—Cooper Lee —añade con su voz masculina, separando cada nombre.

—¿De verdad eres Cooper Lee? —No salgo de mi asombro.

Pero él aún menos, ya que ahora sí posa su mirada de nuevo en mí.

—El mismo —dice algo dubitativo—. Lo era, ahora vuelvo a ser Elery; esa etapa ya pasó.

Se cuela un pequeño silencio en la conversación que decido rellenar.

—Casi hago un trabajo sobre ti, pero como era grupal acabaron eligiendo a otro reportero, ya que apenas hay información tuya en Internet.

—¡Y lo mío me ha costado! Por eso firmaba con ese nombre. Nunca me interesaron la fama ni el reconocimiento. A todos nos gusta que reconozcan nuestro trabajo, pero no era la fama lo que perseguía. La pasión es la que lo mueve todo.

—¿Y encontraste lo que perseguías?

—Bueno, más o menos. En cuanto se acabó la pasión por lo que hacía, lo dejé.

He pisado muchísimos países, he estado a punto de morir una veintena de veces y, al final, entendí que mis pensamientos siempre acababan en este lugar, y que no compensa ir perdiendo a personas en el camino. —Noto la tristeza en sus palabras.

Alguien importante ha perdido, estoy segura. La vibración del eco de sus palabras hace que inevitablemente Sammy vuelva a mi mente. En ese instante empatizo con ese hombre, conecto con él y presiento que vamos a llevarnos muy bien.

Norah se ha aburrido de oírnos y está husmeando por la casa.

—¡Guaaau! ¡¿Es nueva?! —grita desde la que diría que es la única habitación.

No sé a qué debe referirse, sin embargo, él sí.

—Tan nueva como que aún no la he estrenado —le contesta él, alzando la voz.

Norah aparece con una tabla de surf reluciente, que tiene dibujada una enorme mariposa. No tardo nada en darme cuenta de que es igual que la del colgante. Me acerco a ella y la acaricio.

—Es preciosa. ¿Son importantes para ti las mariposas? —me intereso.

Hace el intento por contestar, pero se ve interrumpido por Norah.

—Para él y para todo el condado. ¿No me digas que no sabes que nuestros bosques se llenan de mariposas monarcas cada año? ¡Es uno de los atractivos turísticos más destacados de la zona!

—Algo vi en Google, pero no le di importancia. Es más, creo que jamás he visto una de cerca.

—Pues para eso vas a tener que quedarte más tiempo, son migratorias, corren medio mundo y en invierno vuelven en busca de la temperatura del norte de California.

—¿Tú sabes surfear? —Elery nos interrumpe, a la vez que le quita la tabla a Norah de las manos y la coloca en su lugar.

—No, vivo en la ciudad de Phoenix, me pilla un poco lejos el mar.

—Pues si estas semanas quieres practicarlo, puedo cederte mi antigua tabla. Estoy seguro de que tu nueva amiga —busca con la mirada a Norah— podrá darte algunas clases. Lo hace bastante bien.

—¿Bastante? —rechista Norah—. ¡Soy buena, Elery!

—Que hayas tenido un buen maestro, no significa que seas buena —bromea chinchándola.

Ella pone los ojos en blanco antes de contestar.

—No seas chulo, yo ya sabía surfear, tú solo me has ayudado a perfeccionar ciertos movimientos, y porque mi madre te obligó.

Consigue que Elery vuelva a reír.

—Sí, a tu madre no se le puede decir que no, o te maldice con sus inciensos.

Como es una conversación entre ellos, me limito a observar el lugar y a apartarme de su costado.

Sin buscarlo, llego a un espacio que parece ser el salón y a la vez su habitación, ya que hay un colchón sobre cuatro maderas.

«Muy hippie » pienso. Tiene esa mezcla de surfero, medio hippie , pero no del todo.

Una de las fotografías que tiene apoyadas en un viejo mueble me atrae.

Me recuerda a algo, quizá a alguno de sus reportajes, quizá.

Me acerco. Veo claramente las poses de cuatro personas y las siluetas me resultan ya vistas. Un momento.

—¿Nos vamos?