10. Latas de conserva
Sasha
Lo poco que dura el viaje hasta la ferretería, Elery y Josh lo pasan hablando de sus cosas.
Como no quiero ser entrometida, me dedico a observar las calles de Pacific Grove.
Este lugar parece estar en movimiento y, a la vez, detenido en el tiempo, me gusta lo que desprende.
No puedo evitar imaginármelo en invierno, sin turistas, con la luz no tan potente, con la paleta de colores cambiada, tal vez con el aire melancólico típico de un pueblo pesquero, pero siempre con ese profundo olor a sal, y creo que imaginar eso hace que me guste aún más.
Inevitablemente, capto algo de la conversación; hablan de una ruta, de una furgoneta en reparación y de cosas que al parecer el padre de Josh jamás llegará a entender.
Algo se traen entre manos estos dos. Desvío un momento la vista de las calles para llevarlas al retrovisor del interior del vehículo, donde cuelga ese bonito colgante, y observo a Elery y a su mirada marina.
Conduce con el brazo apoyado en la ventanilla, desde donde estoy, puedo verle un dibujo cerca del codo.
También es una mariposa, tatuada justo entre el antebrazo y el bíceps, donde se hace el pliegue del brazo, dejando cada una de las alas en una parte. Sin duda, le gustan esos insectos.
Me doy cuenta de que tiene una relación muy cercana con su sobrino y no tardo en pensar que debe de ser el tío molón que todos querríamos tener. Me pregunto si estará casado, no es de los que tienen pinta de estarlo.
Me gustan las ondas de su pelo, y en eso me estoy fijando cuando interrumpe mi escrutinio.
—¿Tienes los ojos verdes?
Por unos instantes, nuestras miradas se sostienen en el espejo.
—Bueno, en realidad son azules, pero al no ser el típico azul cielo, sino algo más profundo, a menudo se ven verdosos.
—Guaaau. Son preciosos.
Me sonrojo al darme cuenta de que ha interrumpido la conversación con su sobrino para fijarse en eso.
—Elery, la chica está fuera de tu alcance, no seas asaltacunas —bromea Norah, y eso hace que me sonroje aún más.
—¡Por el amor de Dios, Norah! ¿Cómo se te ocurre? No asustes a la pobre chica.
—No pasa nada —intento quitarle hierro al asunto.
—La culpa es tuya, Elery, tu historial te avala.
—¿Cómo?
Creo que la conversación no ha tomado un buen rumbo, y llega incluso a detener la furgoneta.
—Norah, no seas tocacojones —se mete Josh.
—No he dicho ninguna mentira —alega la joven.
—Si lo dices por Marion, debajo de esa cara aniñada había una mujer de treinta y dos años. ¿Será posible lo que tengo que oír?
—Marion es su ex —me aclara Norah—. Al parecer, a la francesita no le acabó de gustar Pacific Grove.
—Vale, aquí se acaba el momento cotilla. A nadie le interesa mi vida. ¿Verdad, Sasha? —El hombre me mira con el brazo apoyado en el asiento y, a la vez, girado hacia nosotras; la furgoneta permanece detenida a un lado del asfalto.
Me pilla por sorpresa todo este tema del que hablan, así que solo se me ocurre decir:
—Marion es un nombre muy bonito.
Inevitablemente, los tres explotan en risas y la tensión generada por la lengua viperina de Norah desparece. Elery vuelve a arrancar el vehículo mientras sonríe y niega con la cabeza. Incrédulo por la situación, añade:
—La única sensata de vosotros tres. En vez de rizar el rizo, le saca la parte buena. Sí que es un bonito nombre, lástima que solo fuera eso. —Y sin más explicaciones se incorpora a la calzada.
Dos minutos después, Norah vuelve a abrir la boca:
—Sasha tiene razón, Elery, no son verdes —habla nuevamente de mis ojos—; tienen un color poco definido, un azul turquesa oscuro, raro. Casi como los tuyos, o los de Josh, pero no.
Automáticamente, ambos dirigimos la vista de nuevo al retrovisor, donde él observa mis ojos y yo lo suyos. Preciosos. Diría que hasta tienen la misma tonalidad. Observo los de Josh, que sigue sin decir nada y no, los suyos son más cristalinos.
—Bienvenida al club de los ojos raros, que sepas que vas a pasarte el resto de tu vida justificando el color —me aclara Elery.
—Lo sé. De pequeña eran más azules, ahora son así.
—Tú por lo menos tienes las pestañas densas y oscuras, las mías son casi rubias. —El hombre pestañea varias veces.
—Elery —vuelve a avisarlo Norah.
—Por favor, Norah, vale ya, no todos somos como tú —rompe su silencio Josh.
Nos sorprende con esa declaración que deja a la joven muda.
Algo me dice que voy a estar muy entretenida en este lugar, y que por más que Norah trate de hacerme creer que Elery es un asaltacunas, como ella dice, no me lo parece para nada.
A mi edad ya sé diferenciar cuando un hombre habla con segundas intenciones, y este no esconde nada en las suyas, tan solo es sincero, y eso me gusta.
Me refiero a la sinceridad, ya que no me van los maduros.
¡Por Dios! ¡Debe tener la edad de mi padre!
Miro a Josh y él niega con la cabeza, con ese simple gesto parece estar diciéndome: «No les hagas ni caso». Le sonrío y le muestro mi complicidad.
Poco después, la camioneta se detiene frente a la ferretería, que está en una calle inclinada. Un hombre parecido a Elery, pero con el cabello más corto y la barriga más pronunciada, se asoma a la puerta.
—¡Me vais a matar de un disgusto! ¿Sois conscientes del trabajo que hay?
Tío y sobrino se miran, creo que se hablan sin palabras. Josh salta del vehículo.
—Nos vemos luego, chicas. Un placer, Sasha, espero que te guste este lugar —se despide el joven levantando una mano.
—Estoy segura de que... —voy a responder, pero Norah se interpone.
—Te escribo luego, ¿vale, Josh?
Mi alarma interna me dice que Norah ha cortado nuestra conversación con demasiada rapidez. Me he sentido un pelín incómoda. ¿Lo habrá hecho sin querer?
Hacemos el intento por bajarnos de la camioneta cuando Elery nos sorprende arrancando de nuevo el motor.
—Ya os acerco a casa, chicas, no me cuesta nada, y si no dejo la compra en la nevera, todo ese montón de helado habrá sido un gasto tonto.
Ambas asentimos, y Norah se baja y voltea el vehículo para sentarse en el asiento de copiloto.
—Pero ¿dónde demonios vas otra vez? —grita el padre de Josh desde la puerta, con mirada de incrédulo.
—Diez minutos, Ryan. Tardo diez minutos en descargar la compra y dejar a estas señoritas en sus casas.
El hombre pone los ojos en blanco e inhala desesperado mientras se adentra en la ferretería.
—Le va a caer una buena a Josh —añade Norah.
—¡Qué va! Mi hermano es perro ladrador, pero no muerde. Forma parte de su naturaleza, la de refunfuñar todo el día.
—Os parecéis bastante. No en lo de ladrador —intento arreglar el comentario.
Suelta una carcajada antes de contestar.
—Sí, bastante. Unos genes muy fuertes los de esta familia; ahí encontrarás otro espécimen de ojos con el color poco definido.
Eso sí, Ryan tiene cuatro años más que yo y mucha más tripa.
En realidad, somos el blanco y el negro, pero ahora de adultos nos llevamos mucho mejor.
Aunque nunca lo reconocerá, está encantado de tenerme aquí; a los hermanos se les valora mucho más cuando no están.
—Sus palabras son como un manto de agua fría para mi alma.
Pienso en Sammy y en todas esas veces que discutíamos por nada, que me cogía sin permiso alguna prenda de ropa, o utilizaba mi chaqueta de plumas que le iba enorme.
Cuántos enfados tontos, cuántas palabras feas innecesarias siendo niñas.
Por un momento, trato de imaginar cómo sería nuestra vida de adultas, supongo que todo eso habría desaparecido y no necesitaría su ausencia para echarla de menos.
Me quedo inmersa en mis pensamientos, azotados por la eterna presencia de Sammy, y por alguna razón que desconozco, empiezo a sentirme culpable por estar en Pacific Grove y estar pasándomelo bien, conociendo gente nueva, riendo como hacía tanto que no lo hacía, olvidándola por momentos.
Siento ganas de huir cuando noto que la camioneta se detiene. Me bajo sin mirar, y sin darme cuenta de que estamos frente a su casa.
—Lo siento, chicas, ahora vuelvo. Dejad que descargue la compra antes que nada. No tardo.
Oigo el portazo del vehículo y lo sigo con la vista.
Saca un par de bolsas y lo veo hacer malabares en busca de las llaves para entrar en el que deduzco que es su hogar.
Una casita pequeña, de madera pintada de blanco, con la puerta y los ventanales de un azul celeste.
Me recuerda en cierto modo a nuestra casa, y no por el tamaño, ya que el Marilyn es enorme, sino por lo vieja y descuidada que se ve.
La observo detenidamente cuando Norah me planta delante una de las bolsas de la compra y me insta a seguirla.
—La está restaurando. Deberías haberla visto hace unos meses. Antiguamente era un negocio local en desuso, ni siquiera era una casa, pero bueno, la familia de Josh siempre fue muy humilde y, por lo que ves, las herencias también —bromea.
—A mí me gusta —lo digo en serio, aunque a ella le haya sonado a sarcasmo seguramente.
Sin pedir permiso, nos adentramos con las dos últimas bolsas en la casita y nos encontramos a Elery rellenado el congelador de helado. Parece estar jugando al Tetris para hacer caber tal cantidad de botes, pero al final lo consigue.
—Gracias, chicas. Dejadlas sobre la mesa, ahora lo coloco todo.
Las dejamos en la vieja cocina, que precisa de varios retoques, y salimos hasta lo que deduzco que es el recibidor.
Por dentro, la casa no es mejor que por fuera.
Puede verse claramente lo que fue el mostrador del negocio, tiene el dibujo de una lata de conservas grabado sobre la madera, y, tras él, una gran estantería cuadriculada, totalmente vacía.
Me acerco, atraída por el dibujo en relieve del mostrador, y lo acaricio.
—Creo que era una tienda de conservas o algo así. La verdad es que nunca le he preguntado a Josh, y mi madre, aunque es muy amiga de Elery, nunca me ha hablado de este lugar.
No contesto nada, sigo fascinada con el encanto que desprende ese pequeño habitáculo.