Aquel verano en Grove 9. ¿Tienes vino?
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9. ¿Tienes vino?

Megan

¿¡Amber!? ¿De verdad me está pasando esto?

De nuevo, se me acelera el pulso y debo sujetarme al marco de la puerta.

Que no me suba la presión, por favor, ahora no.

No sé ni cómo reaccionar, ambas somos adultas a punto de entrar en los cuarenta, lo lógico es que lo haga de una forma madura y educada.

—Hola, Amber —carraspeo.

—He pensado que un pastel de zanahoria sería un buen detalle de recibimiento, pero se me olvidada la pésima mano que tengo para la repostería.

—Para la cocina en general.

Ambas nos reímos a la vez, de una manera tímida, casi íntima, y mi ritmo cardiaco se acomoda. Hipertensión controlada.

—Sí, no voy a negarlo. Eso no ha mejorado con los años.

—¿Quieres pasar?

—No quiero robarte tiempo, solo quería darte la bienvenida. Las niñas han congeniado muy bien, Norah está encantada con tener a alguien más o menos de su misma edad de vecina.

—Bueno, lo cierto es que Sasha no es muy… Digamos que no suele hacer amigos tan fácilmente. —Aunque, en cuanto lo verbalizo, yo misma empiezo a dudar de esa afirmación—. Pasa, por favor.

Amber obedece y lo hace observando todo su alrededor. Sonríe. Supongo que más de un recuerdo le asalta al volver a verse en esa casa.

—Guau. Está todo exactamente igual.

—Bueno, está todo que da miedo. El tiempo ha hecho mella en cada rincón, supongo que como en todos.

—Estás estupenda, Megan.

—No es cierto, no hace falta que mientas, tengo espejo —bromeo, llevándome la mano al pelo, algo avergonzada.

Ella sí que está estupenda. Han pasado los años, pero mantiene su belleza intacta, madura, pero intacta. Además, ese aspecto hippie la hace parecer más joven aún.

Para no perder las viejas costumbres, la invito a pasar a la cocina. Siempre fue el lugar más concurrido de la casa y parece que no lo ha olvidado, ya que, sin decir nada, ella sola se ha encaminado hacia allí.

—Siempre me encantaron los muebles de esta cocina. —Acaricia el de la alacena con mimo.

—Si los llegas a ver hace un rato, no hubieras opinado lo mismo. Les he sacado polvo y tierra como si hubieran estado al aire libre.

—Es que han sido muchos años.

—Esto… ya. ¿Quieres un café? Me iba a hacer uno.

—¿No tienes vino?

—Pues la verdad es que sí. ¿No es un poco pronto para beber?

No me contesta a eso.

—Un café es perfecto, gracias. Sin azúcar.

Volver a utilizar la cafetera al fuego es toda una experiencia sensorial.

Es pequeña y no tarda en hervir. Mientras tanto, disimulo colocando cosas que aún tenía de por medio.

En cuanto el aroma inunda la cocina, saco dos tazas y las lleno.

Amber espera en silencio. Hace demasiados años, ni siquiera sé por dónde empezar a entablar una conversación y, al parecer, ella tampoco.

Quién lo diría. Y pensar que una vez esta mujer y yo fuimos como uña y carne, y entre nosotras había de todo menos silencios.

—¿Qué tal Norah? ¿A punto para la universidad?

—Bueno, aún le queda más de un año. Todavía ni ha cumplido los dieciocho.

—¿No? Pues parece mayor. Sasha la empieza este año. —Remuevo el café como si le hubiera vertido dos kilos de azúcar a la taza.

Ella me observa, se está dando cuenta de que no estoy cómoda.

—¿Qué tal todo, Megan? ¿Te fue bien lejos de Pacific Grove?

No sé qué contestar a eso. Una sucesión de imágenes pasa a toda velocidad por mi mente.

—Creo que a ambas nos ha ido bien en el lugar que elegimos. La prueba de ello son nuestras hijas.

—Para ser sincera, a mí no me fue tan bien. ¿Recuerdas que quería ser reportera? Pues, como te habrás dado cuenta, no lo fui.

—Quisiste ser reportera, actriz, animadora…

—Nunca me marché de aquí, me quedé embarazada de Norah, me casé, me separé y aquí sigo.

Oír que se separó hace que me burbujee la boca del estómago.

Ya sabía yo que esa pareja no iba a ser para siempre.

Ahora todo me cuadra. Ella se quedó aquí y él se fue a correr mundo y acabó en Europa.

Si lo pienso bien, ese hubiera sido mi destino con él, exactamente el mismo que ha tenido Amber.

Por un segundo, empatizo con ella, pero sacudo la cabeza y vuelvo a ponerme la coraza.

—Tan mal no te ha ido, tienes a tu hija sana y contigo. Créeme, eso no tiene precio.

—A simple vista, Sasha también parece estar sana y muy guapa.

Aprieto los labios, cojo aire y retengo mi dolor.

—Sí, sí lo está, y es preciosa.

—Pero tienes razón. Hace ya tiempo que dejé de compadecerme de mí misma. Ahora veo el mundo de otra manera.

La miro y trato de ver a la joven que se quedó aquí cuando me marché, y lo cierto es que parece otra persona. Aunque, conociéndola, no creo que haya cambiado, ya que eso requiere un esfuerzo extra, de esos que ella nunca supo hacer.

—¿No te has vuelto a casar? —Lo cierto es que no me interesa, pero me siento en la obligación de preguntar algo.

—No. Desde que el padre de Norah se fue, solo tengo amigos esporádicos. Pero nunca más pienso lavar la ropa de un hombre, ni a esperar a nadie con la cena puesta, ni esas cosas. Un rato en mi cama cuando Norah no está, y se acabó.

Me sorprende oírla expresar eso. Ella que se pasó la adolescencia persiguiendo hombres, a todos, incluso al mío. Habla de Elery como si no supiera cuál fue el motivo de mi marcha.

—Esto… —Carraspeo creyendo que así no va a notar mi incomodidad—. ¿Norah tiene relación con su padre?

—Uy, sí. Lo adora. A veces diría que incluso más que a mí.

Es curiosa esa especie de lazo que une a los hijos con los padres.

Tú los incubas, los llevas en tu vientre, te desvives por ellos, pasas de todo a su lado y, para colmo, acaban pareciéndose a su padre, o peor aún, idolatrándolo.

A un tipo que apenas viene dos veces por año a verla.

No entiendo a los hijos, y menos a los adolescentes.

Consigue que eso me haga gracia.

—¿Quién los entiende?

—Joder. He sido una buena madre. He estado siempre por y para ella, la he criado sin demasiadas normas, la he dejado elegir, la he acompañado en sus logros y en sus derrotas. Ni te cuento cuando pasamos su primer desamor…

Es entonces cuando caigo en la cuenta de que no tengo ni idea de si mi hija ha tenido un primer amor.

Tiene dieciocho años, por supuesto que lo habrá tenido, y yo ni me he enterado.

¿Sabrá Alan algo de eso? Casi que ni prefiero saber la respuesta.

¡Dios! ¿Qué clase de madre he estado siendo?

No va a perdonarme en la vida. Sasha de pequeña apuntaba a ser una niña risueña, lista, cariñosa y con aires aventureros, en eso no se parece a mí; Amber tiene parte de razón en sus divagaciones sobre los hijos.

No he dejado de sentirme incómoda, pero por alguna razón no me desagrada oírla parlotear. Creo que podría estar escuchándola horas, sin necesidad apenas de abrir la boca. Hay cosas que nunca cambian.

Todo está yendo extrañamente bien. Ahora sé que Amber pinta y hace pequeñas artesanías que vende en varios negocios. Al final, ni actriz ni reportera. Esto le pega más; las cosas manuales, a excepción de la cocina, siempre se le dieron bien.

Llevamos más de media hora hablando, en verdad ella lo ha estado haciendo y ha conseguido hacerme reír como seis veces.

¡Hacerme reír! ¡A mí! Por alguna razón, he bajado los niveles de hostilidad, he dejado a un lado el pasado y, por un pequeño instante, he sentido como si fuéramos aquellas dos adolescentes que creían poder con todo.

Qué lejos queda eso, la nueva realidad está aquí y ella misma me la ha devuelto. Por un momento, lo había olvidado

—¿Tú estás casada? Me refiero a si hay algún hombre en tu vida. Como habéis venido solas. Ya sé que es muy cotilla esto, pero cuando existe una familia unida, es raro verla por separado de vacaciones.

—Oh, no es mi caso. Sí, estoy casada. Alan vendrá en cuatro semanas, teníamos un asunto que resolver antes.

—Alan… ¿Alan? ¿Nuestro Alan? —Asiento con la cabeza—.¡No me lo puedo creer! Al final cediste a su encanto, ¿eh? El pobre llevaba toda la vida enamorando de ti. Entonces, ¿os marchasteis juntos?

—Ya, bueno, es más complicado que eso.

—No tanto. En verdad, el que la sigue la consigue. Es así.

—Tú lo sabes mejor que nadie. —No sé por qué he dicho eso, ha sido mi subconsciente. ¡Tierra, trágame!

Amber se calla de golpe y noto la incomodidad en sus ojos.

—Creo que te debo una disculpa casi veinte años después.

—Déjalo, Amber, el pasado pasado está. No he venido a remover mierda, ni a pedir explicaciones. Yo tengo mi vida, vosotros tenéis la vuestra…

—¿A quién te refieres con «nosotros»? —Se detiene a analizar mi reacción.

—Déjalo, Amber, de verdad.

—Elery y yo.

Vuelvo a subir mi coraza.

—Tengo muchas cosas que hacer, Amber, gracias por el pastel, pásate otro rato cuando quieras.

De una manera, que por alguna razón me parece la correcta, la estoy echando de mi casa, y ella lo pilla al instante.

—Sí, sí, yo también tengo muchas cosas que hacer. Voy a exponer en una galería y he quedado con el galerista.

La acompaño hasta la puerta. Al otro lado de la calle, detrás de la verja, ladra su perro el paticorto, como regañándola por la ausencia.

—Vaya, creo que alguien te está echando una buena bronca —bromeo.

—Es peor que un hombre, me da el mismo trabajo.

Llega el momento en que la despedida se vuelve incómoda. Ambas nos encontramos la una frente a la otra, se nos escapa una minúscula sonrisa, debido más a los nervios que a otra cosa.

—Pues nos vemos por el barrio, vecina. —¿De verdad he dicho eso?

Amber me mira, hace el intento de acercarse, creo que va a darme un abrazo o algo así.

¿Qué hago? «Nadie muere por un abrazo, no pasa nada» me digo a mí misma.

Sin embargo, al parecer, mi cuerpo no ha escuchado a mi cerebro y doy un paso hacia atrás; la pobre se queda congelada.

Tan solo son dos segundos de más, pero entre nosotras parece crecer de nuevo un bloque de hielo, o quizá una pared enladrillada.

Agacha la cabeza, se da media vuelta y baja los pocos escalones que separan el porche de la casa del jardín.

La veo marcharse por el camino empedrado que da a la salida, la falda se le mueve de una manera hipnótica, al igual que su melena encima de sus hombros al descubierto; sigue siendo ella.

Quiero añadir algo, lo que sea que rebaje esta tensión.

Decirle, por ejemplo, que me ha alegrado verla, que está preciosa y que la he echado mucho de menos estos años.

Pero no lo hago, me limito a observarla.