Aquel verano en Grove 8. Lagunitas #2
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8. Lagunitas #2

—Lo siento, chicos, todo ha sido culpa mía. Tenemos ocho semanas, creo que hasta yo voy a buscar otro método de transporte para visitar todos estos lugares.

—Hay una vieja bicicleta en tu casa, en la parte trasera, bajo el cobertizo que da a la piscina —añade Norah.

—¿Me lo estás diciendo en serio?

—Sí, te ayudaremos a restaurarla. El papá de Josh es el dueño de la ferretería del pueblo, la compró hace unos años y prácticamente trabaja toda su familia ahí.

—No quiero abusar de vuestra amabilidad.

—No te preocupes, mi hermano es el que está en la tienda y no se entera de nada. Además, no creo que se necesite tanto para arreglar una vieja bicicleta. ¡Yo me encargo!

No sé cómo ha pasado, pero acabo de llegar a este lugar y ya tengo dos personas que, sin pedirme nada a cambio, me ofrecen su ayuda. Jamás me ha pasado nada parecido en Phoenix. Algo me dice que este lugar va a cambiarme la vida.

—Mi madre no puede venir a buscarnos —se excusa Norah, enseñando el móvil.

Mientras Josh le recrimina algo a su amiga, yo aprovecho y saco el teléfono, buscando una solución para que podamos volver sin tener que patear todo el precioso camino costero de nuevo, tal vez un taxi o algo así, pero no me da tiempo.

—Déjame a mí. —Josh saca su móvil y se aparta para llamar, aun así, es inevitable escuchar la conversación—.

No, papá, no estoy borracho, estoy con unas amigas, se me ha pasado el rato volando.

¡Pues que venga el tío! ¡Como tú quieras!

¡No me grites! Vale, ven tú. ¡Me da igual!

Haré más horas por la tarde. Venga, va, tengo que colgar.

Te mando la ubicación. Sííí… —Pone los ojos en blanco y nos mira a la vez que guiña un ojo, sintiéndose victorioso—. De acuerdo, aquí estaremos, adiós.

—Te ha caído la de pulpo, ¿verdad? —se interesa Norah.

— Naaah , mi viejo es un gruñón, pero tiene un corazón enorme.

Además, le interesa que llegue lo antes posible; hay varios repartos y un par de reparaciones.

Como entenderás, no va a mandar a mi hermano, que solo ve el mostrador de la ferretería en verano, y no me lo imagino reparando nada, sino al contrario.

—Pobre Liam, lo suyo es la danza. Es artista, los artistas no deberían trabajar en ferreterías.

—Los artistas también deben ganar dinero para sus estudios. No es justo que mis padres acarreen con todos sus gastos.

—Déjalo en paz. Cuando sea el mejor bailarín de Broadway, verás lo orgulloso que estarás.

—Ya lo estoy. No se ha dejado amedrentar por la presión de este pueblo y está estudiando lo que realmente le gusta. Es de admirar.

—Tú por lo menos tienes un hermano, que yo solo tengo a Dobby, y creo que mi madre lo quiere más a él que a mí.

Ambos han vuelto a entablar una conversación en la que me quedo fuera. Acaban riendo y hablando del perro hasta que Josh, desafortunadamente, dirige la conversación hacia mí.

—¿Tú tienes hermanos?

No esperaba esa pregunta. Me cae a plomo, me aplasta, me quita el aire tener que hablar de Sammy. No sé si estoy preparada, apenas los conozco. El corazón se me acelera. Tengo que responder. «Venga, Sasha, contesta, no es tan difícil. Pero primero respira. Todo está bien, puedes contarlo».

Tras unos segundos de incertidumbre contesto con voz tenue.

—Sí. Bueno, no… —No da tiempo a ninguna reacción, porque una ensordecedora pitada nos interrumpe y capta toda nuestra atención. Lo hace varias veces seguidas, de una manera impaciente.

—¡Que ya vamos! —le grita Josh, a la vez que nos levantamos.

Al otro lado de la carretera nos espera una vieja camioneta pick-up , de la marca GMC, de color rojo apagado, sin duda por el desgaste del tiempo, y con algunas desconchaduras.

Junto a ella, el conductor está de pie, con ambos codos apoyados en la puerta y el techo.

Conforme nos acercamos, lo observo. Es un hombre cuarentón, rubio, ojos claros, aunque no podría asegurar su color.

Lleva las gafas de sol en la cabeza, como sujetando el cabello ondulado por encima de unas pronunciadas entradas, que imagino que en otra época estuvieron más pobladas de pelo.

Tiene la piel broceada, barba de pocos días.

Se le ve en forma, está musculado, lo que viene siendo un cuarentón sexy , es muy guapo y le salen unas líneas delimitadoras al final de la sonrisa que delatan un poco su edad y dejan intuir que, tal vez, de joven, bajo esas líneas del tiempo, hubo unos bonitos hoyuelos, como los de Josh.

Lleva una camiseta algo agujerada y un collar de bolas de madera, de muchos colores, ajustado al cuello.

Le da un aire de hippie -maduro- sexy . El caso es que me resulta familiar, pero sin duda, debe de ser su padre, aunque no me parece un gruñón. Sonrío al pensar eso.

—No quería presionaros, pero me habéis pillado haciendo la compra y llevo helado.

Norah y yo nos subimos en la parte trasera, una a cada lado de las bolsas de la compra. Josh lo hace de copiloto. La camioneta me parece muy espaciosa y cómoda, pese a su aspecto de antaño. Desvío la vista y la cantidad de botes de helado que lleva en las bolsas me llama la atención.

—¿Nadie va a presentarme a vuestra nueva amiga?

—Claro que sí —se apresura Norah a hacerlo—. Ella es Sasha, es de Phoenix y ha venido a pasar el verano a Grove.

—Encantado, Sasha.

Me mira por el retrovisor, del que cuelga un collar de una mariposa monarca, le falta la punta de un ala y tiene unos pequeños brillantes anaranjados incrustados, debe de ser una reliquia de esas que uno guarda con cariño y que, sin embargo, a ojos de los demás, es simplemente un collar viejo.

Me quedo absorta con el colgante roto y con los destellos que crea gracias al movimiento del vehículo. No sé por qué, pero me gusta, me gusta mucho. Observo la figura como si de una mariposa de verdad se tratase. Mientras, él se incorpora a la calzada.

Por inercia, busco el reflejo del hombre en el retrovisor al oír su voz y es entonces cuando me doy cuenta de que sus ojos son de un azul intenso, azul mar, casi verdoso. ¿Turquesa, tal vez?

—Sasha, él es el arreglatodo de Elery.