8. Lagunitas
Sasha
No es por criticar la propuesta de Norah de enseñarme el pueblo, pero es que esto está siendo un tanto extraño; el joven y ella no dejan de hablar de cosas que yo no entiendo y en las que no pinto nada.
Si ahora mismo torciera en la siguiente calle, ni se enterarían.
Llevamos unos cuarenta minutos andando, deduzco que me llevan a algún sitio en concreto, pero no me atrevo a preguntar.
Hay unas casas victorianas preciosas, me han enseñado un hotel muy parecido al Marilyn, pero bastante más grande y, claro está, en mejores condiciones.
No he podido evitar visualizar cómo hubiera sido ese lugar de haber podido ponerse en marcha.
Vuelvo a observar a este peculiar par de amigos.
Al parecer, llevan unos meses sin verse.
Es imposible no darse cuenta de la fascinación de la chica hacia él.
Sin embargo, Josh actúa como si fuera ¿su hermana pequeña?
No entiendo nada; de ser hermanos, se habrían presentado como tal.
Aunque, definitivamente, Norah lo mira con otros ojos; no pueden ser hermanos
—¡Sasha! No te quedes atrás. ¡Anda, ven!
Bravo. Por fin se han acordado de que sigo aquí. Empiezo a estar cansada, no esperaba caminar tanto.
—¡Voy!
Apresuro el paso y me hacen un hueco entre ellos dos, formando así una escala del más alto a la más bajita, que es Norah. No me gusta nada sentirme en medio.
—La primera parada obligatoria es en el bar que hay en el muelle. Aunque oficialmente pertenece a Monterrey —ya estamos fuera de Grove—, es como si fuera nuestro, ya que habrás podido observar que no hay nada que delimite el final de esta pequeña localidad, están como fusionadas.
—¿Le estás dando una clase de geografía? —interviene Norah.
Josh la ignora y prosigue.
—Allí trabaja Mike, es amigo nuestro. Es el lugar donde hacen el mejor café y, a pesar de que solo tengan una marca de cerveza, esta te encantará, es deliciosa.
—¿No es demasiado pronto para beber cerveza? —me preocupo. Josh explota en risas—. ¿Qué he dicho?
—En Pacific Grove nunca es demasiado pronto —dice el joven tras la risa—.
¿Ves este lugar? Originalmente, era una cantina de pescadores, aún conserva esa esencia.
Ya lo verás, es el único bar del puerto que no han conseguido convertir en un restaurante caro, y desde que Mike trabaja allí, la juventud solemos pasarnos a beber Lagunitas.
—¿Lagunitas?
—Es el nombre de la cerveza —me aclara él—. Es una IPA deliciosa y hecha en California. Te encantará. ¿De dónde vienes tú?
—De Phoenix.
—Guaaau. Un poquito lejos. Pensé que me dirías Palm Springs o algo así.
—¿Por qué? ¿Tengo pinta de actriz retirada?
Consigo que los dos se rían a la vez mientras avanzamos.
Ya veo el puerto. No puedo evitar que me encante todo lo que veo. Un sinfín de embarcaciones amarradas, entre las que predomina el color blanco. El olor a sal y a pescado es notorio, tiene su encanto.
Rápidamente, gracias a la pasarela de madera que da al bar, el cual parece estar suspendido sobre el mar, me percato de hacia dónde nos dirigimos.
El lugar tiene una mezcla de madera vieja, con detalles bonitos, como unos hermosos jarrones en las mesas de la terraza de color azul pastel, con flores secas, las cuales deben estar ancladas, ya que, si de algo me he dado cuenta es de que en este lugar la brisa marina es algo potente.
Entre el calor, la humedad y el aire, ya puedo olvidarme de llevar el pelo en condiciones estos días.
Nos sentamos en unas sillas metálicas en dos tonalidades de azul.
A simple vista parecen de estilo vintage , pero no tardo nada en percatarme de que el óxido que asoma levemente no es decorativo.
Juraría que todo en ese lugar es de madera, menos las sillas y la baranda de la terraza, que son metálicas y están desgastadas por el salitre y el agua.
Desde donde estamos, se otea todo el embarcadero entero.
No parece un lugar muy estable, no quiero imaginarme aquí en mitad de una tempestad, sin embargo, la envejecida madera de las paredes y ventanales me dan a entender que ya deben haber pasado muchos temporales, y siguen en pie, así que me relajo.
—¡Mike! —Norah levanta la mano y atrae al camarero—. Ella es Sasha y va a quedarse ocho semanas.
—Encantado, Sasha. —Me tiende la mano y se la estrecho, algo avergonzada.
El chico es de piel oscura, pelo moreno y ojos marrones.
Lleva puesta una gorra del revés, y una camisa a cuadros de manga corta, abierta hasta la mitad del pecho, desde donde se deja ver un collar hecho con un colmillo de algún tiburón.
Lleva los pantalones caídos hasta la mitad del trasero, por donde asoman unos Calvin Klein de colores chillones, y donde llevo la mirada sin poder evitarlo, tengo que obligarme a reconducir la vista.
Josh observa callado cómo Mike capta la atención de las dos, y no tarda en romper ese momento.
—Capullo, tráenos tres Lagunitas.
—Tendrás que pedírmelo por favor.
—¡Bésame el culo!
—Ya quisieras tú, payaso. No me hago cargo de esto –dice refiriéndose al hecho de que todos somos menores de veintiuno y no deberíamos consumir alcohol.
No entiendo ese comportamiento entre ellos dos, pero a Norah no parece incomodarle en absoluto.
—Claro, no te preocupes, yo las pido y yo las pago, es mi responsabilidad —asegura Josh.
—¿En serio nos va a servir alcohol? —pregunto sorprendida.
—Bienvenida a Pacific Grove.
Otro punto a favor para este lugar.
—Por curiosidad, ¿qué edad tenéis? —inquiero.
—¿Qué edad me pones? —quiere saber Norah juguetona.
—¿La misma que yo? ¿Dieciocho?
—Casi. Me faltan unos meses —presume.
—¡Ostras! Yo pensé que eras mayor que yo.
Me sonrojo. Parecía más mayor…
—Tus palabras me halagan.
—¿Y tú? —le pregunto a Josh.
—Él siempre ha parecido mayor de lo que es. —Se le escapa la risa.
—¡Oye! ¿De qué vas? —se queja el otro.
—Tiene diecinueve.
—¿Y qué bebéis en Phoenix? —cambia de tema el joven.
—Yo… Lo cierto es que no bebo alcohol. —La cara de asombro de los dos lo dice todo—. En realidad, no he estado socializando mucho estos años. Ni fiestas, ni graduaciones…
—¿De verdad? ¿Y eso?
La curiosidad de Norah me incomoda notoriamente y Josh, que parece estar en todo, lo detecta y cambia de tema.
—Pues ahora te vas a tomar la mejor cerveza californiana del mercado, y saboréala, porque este lugar fue el último en derogar la ley seca de todo Estados Unidos, con eso te lo digo todo. —Se las quita de las manos al camarero—. Gracias, capullo.
—¿Ha sido eso un agradecimiento? Ya sabía yo que te gustaba.
Los dos chicos bromean a la vez que no dejan de decirse cosas malsonantes, y lo cierto es que tienen su punto de gracia.
—Ya te acostumbrarás. Son como el perro y el gato, hay que quererlos así, parecen un matrimonio de esos que ya no se aman, pero se profesan algo de cariño por los años vividos.
—Algo sé de esos matrimonios, y no se comportan exactamente así.
Los sorprendo con esa confesión, un pequeño silencio se cuela entre nosotros, pero deciden no ahondar en el asunto.
Norah levanta su botellín.
—Por las extrañas parejas.
Los tres brindamos mientras Mike se va a atender a otra mesa.
—¿Eso no lo dirás por Mike y por mí? No soy su tipo; Mike necesita a alguien menos heterosexual.
—O tal vez tú necesites probar cosas nuevas y ver a las personas por lo que son, no por su sexualidad.
¿Qué está pasando aquí? Lo único que he sacado en claro es que Josh es hetero, que Mike no tanto y, bueno, Norah… No lo sé. Se derrite con su amigo, pero no parece estar cerrada a otras opciones.
Qué grupito tan dispar, eso me gusta; pueden mantener una pequeña y tensa discusión y segundos después lo arreglan brindando. No puedo hacer otra cosa que unirme al brindis. Hay una extraña comunión en este lugar de paz y momentos ruidosos.
***
Volvemos al Marilyn al cabo de un par de horas, pero esta vez lo hacemos caminando por un sendero que rodea la parte de la costa más escarpada, formada por acantilados y rocas oscuras contra las que el fuerte oleaje choca con violencia, llegando incluso a salpicarnos, pese a que el camino no esté al ras del borde.
Siempre he veraneado en costas de playas kilométricas y no imaginé que el mar pudiera ser tan ruidoso.
Definitivamente, la parte norte californiana nada tiene que ver con el resto.
Cuando piensas en el estado de California, lo primero que te viene a la cabeza son palmeras, surfistas y playas preciosas como la de Santa Mónica.
Sin embargo, en esta esquina norte, en el estado de Monterey, concretamente en el peculiar Pacific Grove, más que las palmeras, predominan los pinares y, en vez de extensas playas —que no he visto, pero sé que hay—, predominan las zonas rocosas y los acantilados. Tiene otro encanto.
Ahora entiendo la importancia del faro que aún no conozco; es el más antiguo que sigue usándose de forma ininterrumpida de la Costa Oeste estadounidense. Todo esto lo descubrí de camino, en el viaje; el señor Google me mostró mucha información y lugares que me gustaría visitar.
—Chicos, ¿podemos sentarnos? —Los insto a sentarse a mi lado en un banco situado frente al mar, en el camino que bordea paralelamente la Ocean View Boulevard.
—Sí, creo que se nos ha ido un poco de las manos salir sin destino. —Josh parece haberse dado cuenta de que simplemente estamos caminando sin rumbo alguno.
Ambos posamos las miradas sobre Norah.
—A ver, es que me pareció buena idea que conociera la costa primero y luego ya nos centraríamos en lugares concretos.
Josh pone los ojos en blanco.
—Deberíamos volver —prepone el joven—, en realidad, yo debería hacerlo. Tengo trabajo.
—Oh, vamos, Josh, es el negocio familiar, no pasa nada si llegas tarde.
—Norah, no te quejes; lo primero que he hecho ha sido venir a verte, no contaba con acabar tan lejos y ni siquiera he traído el skate .