Aquel verano en Grove 7. Pastel de zanahoria
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7. Pastel de zanahoria

Megan

¡Amber! ¡Joder! ¡Amber! No he sabido reaccionar, ninguna de las dos lo ha hecho.

Sabía que esto podía pasar, cabía la posibilidad.

Si bien es cierto que la probabilidad de encontrarme con Elery era efímera, con ella algo me decía que, pese sus ambiciones, nunca abandonaría Pacific Grove.

Porque Amber era así, lo quería todo y lo quería en ese preciso instante, sin importar nada más.

Sin embargo, cuando algo le suponía un esfuerzo extra, desistía y se quedaba con la opción más fácil, así era ella; seamos sinceros, marcharse del pueblo y renunciar a todo lo que quieres…

Hay que tener agallas para tomar esa decisión. Me tocó hacerlo a mí.

—Cuando volvamos de la universidad, me mudaré a París. ¿Crees que Elery querrá mudarse allí? Quiero ser una actriz famosa —dijo cuando aún no habíamos acabado ni el instituto.

Nos encontrábamos tumbadas en la arena, fumando nuestros primeros cigarrillos, con la vista en el amplio y sereno cielo.

—Pero, Amber, para ser una gran actriz, ¿qué mejor lugar que California? La cuna de Hollywood la tienes aquí en Estados Unidos. —Le pasé el cigarro a medias.

—Pues entonces, diseñadora de moda, o presentadora de televisión. ¡No! Mejor fotógrafa, así podré viajar junto a Elery. ¿Te imaginas? Los dos surcando los mares, las montañas, las grandes urbes, mano a mano. —Siempre fue muy intensa para explicar las cosas y para soñar, claro está.

Oírla divagar en voz alta de una manera tan poco realista me partía el alma, porque ambas sabíamos que fuera lo que fuese, le supondría un esfuerzo extra y eso haría que estuviera sustituyendo un sueño por otro, toda la vida.

No obstante, lo que realmente me partía el corazón era ver la obsesión que tenía con Elery, la misma que empezó aquel día que me descubrió sonrojándome, justo después del partido, cuando él vino a darme conversación.

Me encantaba ese chico, como ningún otro en todo el instituto, pero ella, como siempre, ya lo sabía.

Supongo que por esa razón también le gustaba, ya que intensificaba su interés por las cosas cuando yo me interesaba por ellas.

En realidad, había aprendido a convivir con ese defecto de mi amiga y también a utilizarlo en mi favor, o el suyo, según la ocasión.

Por ejemplo, para evitar que me acabara copiando el tema del que teníamos que hacer un trabajo o una redacción en clase, me ponía a hablar apasionadamente de otro cualquiera.

Con eso conseguía captar su atención y ella presentaba el suyo antes que yo; lo que nunca supo, es que yo presentaba el que realmente quería hacer y que nada tenía que ver con esa idea por la que fingía entusiasmo.

Nuestra relación no era perfecta, ninguna de las dos lo éramos. Por eso, a sabiendas de su obsesión por todo lo que me apasionaba, intenté ocultar mis sentimientos hacia Elery, si es que eso era posible.

¿Cómo se silencia a un corazón que grita? Al final fue en vano.

—Primero tendrás que decidir qué quieres estudiar. —Intenté que fuera algo más coherente.

—¡Lo que sea! Esperaré a que Elery elija carrera y universidad. Una vez lo haga, lo haré yo también.

—Amber, no puedes elegir tus estudios en función de los suyos.

—¿Quién lo dice? Lo amo, ¿sabes qué es eso?

No le contesté a esa pregunta, me tragué mi respuesta.

—Tenemos dieciséis años, es pronto para elegir carrera todavía.

—No todos somos como tú, Megan. Para tu sueño tal vez no haga falta ni estudiar.

—Me hirió con esas palabras—. Pero yo quiero viajar como Elery, así que imagino que va a optar por querer ser piloto o algo así, eso sin tener en cuenta que seguramente le den una beca para seguir jugando al fútbol americano en una prestigiosa universidad, y tal vez acabe siendo una estrella mundial.

—¡Elery quiere ser periodista! Quiere viajar, pero a lugares remotos, quiere hacer grandes reportajes de guerra, quiere mostrar las hambrunas del mundo y conocer lugares recónditos de la tierra. Quiere viajar, pero no como tú te imaginas que lo hará. —No debí confesar que sabía todo eso y ella no.

—¿Cómo lo sabes? ¿Te lo ha dicho él?

Quise decirle que sí, que me había contado todo eso y mucho más en nuestras largas charlas bajo las gradas del campo, cuando ella entrenaba como animadora.

Que me erizaba la piel con tan solo un roce.

Que ambos nos buscábamos con la mirada en los pasillos y que utilizaba mi amistad con Alan para acercase a mí con cualquier excusa.

Sí, a mí, no a ella. Pero no se lo dije.

—Me lo ha contado Alan —mentí.

—Claro, cómo no. Pobre Alan, deberías darle una oportunidad. Está loco por ti.

—¿Qué? ¿Qué dices? ¡Alan es mi mejor amigo!

—¡Yo soy tu mejor amiga! —se apresuró a reclamar su lugar.

—Es cierto, pero él es mi mejor amigo del sexo opuesto.

—Yaaa, solo hace falta veros. —Noté el sarcasmo en sus palabras—. La gente habla, ¿sabes?

—Que hablen. Alan es mi amigo y siempre lo será, no pienso justificar esa amistad ante nadie.

—Lo que tú digas. Pero es mono y está loquito por ti, aunque finjas no saberlo. Yo de ti le echaría el guante antes de que Vilma Smith lo haga. Venga, Megan, ya me imagino a los cuatro en plan parejitas en nuestras futuras fotos del baile de graduación.

—¿En plan parejitas? ¿Es que Elery y tú…? —Contuve la respiración un instante.

—No todavía, pero pronto, estoy ideando un plan para que se enamore de mí.

Solté el aire que había contenido al imaginarlos juntos.

Fue la primera vez que intuí que nuestra amistad podría peligrar, y no estaba dispuesta a perder a Amber, era mi amiga; aunque una viviera en Marte y la otra en Saturno, creí que siempre orbitaríamos en la misma galaxia. ¡Qué inocente es uno cuando aún no ha alcanzado la madurez!

Al ver lo cambiada que está Amber caigo en la cuenta de que ella debe haber pensado lo mismo.

La observo alejarse con ese perro salchicha tan gamberro que tiene.

Conserva el mismo andar de espalda erguida y ese estilo hippie que tanto la caracterizaba.

Continúa llevando el pelo largo, aunque ahora usa diademas de croché, viste una bonita falda blanca acabada en puntilla de varios colores, una camiseta holgada sin mangas y sigue sin hacer uso del sujetador.

Por inercia miro mis pechos; no, para nada son los de antes.

Sin duda, es ella, solo que con casi veinte años más.

No tiene ni una arruga en la cara, nada que pueda evidenciar que seamos de la misma edad.

Hacía muchos años que no me sentía empequeñecer al lado de nadie, tantos como llevo sin saber de ella y, pese a todo, me hubiera gustado abrazarla y olvidar que acabó teniendo todo cuanto yo ansiaba.

Dejo que los nuevos amigos de Sasha me ayuden con la compra sin caer demasiado en la cuenta de que Norah es la hija de Amber.

Apenas reparo en el chico rubio de pelo rizado, tremendamente alto, que calza chancletas hawaianas.

Noto como Sasha no se acaba de sentir cómoda con la situación, apenas colabora con una bolsa e insta a sus amigos a marcharse, pero ellos, una vez se ven dentro del Marilyn, muestran su fascinación.

—Guaaaau, esto es precioso —dice Norah totalmente embobada, dando una vuelta sobre sí misma y observándolo todo.

Lo cierto es que como yo viví aquí, todo me resulta familiar y nada me sorprende; sin embargo, al ver el rostro de ambos jóvenes fascinados, entiendo que el Marilyn es algo más que una bonita casa familiar.

Estaba hecho con encanto, para brillar y encandilar a todo el que pusiera un pie en su interior.

Aunque a mi hija no parece haberle impactado nada, o por lo menos no me lo ha expresado, y eso tal vez sea lo que realmente ha pasado.

—Pero ¿es un hotel o solo me lo parece a mí? —añade el chico rubio.

—Fue diseñado para serlo, pero no sé por qué mis padres decidieron acabar dándole uso familiar. Y ahora, pues es esto. —Levanto las manos simulando amplitud y mostrándoles lo evidente; un inmueble casi en ruinas.

—¿Nos vamos? —Sasha corta la conversación.

—¿A dónde vais?

—Josh y yo vamos a hacerle un pequeño tour por Pacific Grove a Sasha, aunque en ocho semanas creo que vamos a tener tiempo de enseñarle hasta el último recoveco.

Me siento feliz por mi hija, desde que murió Sammy creo que no ha socializado mucho, o no lo ha intentado, y esto es un regalo. Aunque para ser sinceros, tan solo lo creo, no puedo asegurarlo, porque la que no ha socializado nada he sido yo. Me alegro por ella.

—Señora Bro… Quiero decir, señora Megan.

Si necesita cualquier cosa, no dude en pedírselo a mi madre, vivimos justo enfrente.

Es la casa de la valla blanca, la reconocerá porque en el porche de la entrada cuelga un enorme atrapasueños hecho por mi madre; ni las peores tormentas del pacífico han podido con él.

—Esto… Gracias, Norah, lo tendré en cuenta —miento.

—Claro que sí, lo que quiera: sal, pimienta, un taladro o pinturas.

Si algo hay en esa casa son pinturas e inciensos, mi padre viajaba por todo el mundo, así que tenemos millones de olores diferentes.

¡Ah! Y mermeladas caseras, ahora le ha dado por eso.

No se le da bien la cocina, desde siempre, pero ella no se rinde. —Sonríe encogiéndose de hombros.

No es hasta entonces que caigo realmente en quién cabe la posibilidad de que sea hija esa joven.

Trato de alzar una sonrisa mientras la observo, pero la respiración se me ha agitado y siento el palpitar disparado.

Rubia, ojos azules, su madre es Amber y su padre viaja por todo el mundo.

¿Será…? En apenas unos segundos mi cerebro ha atado más cabos de los que me gustaría que hubiera atado.

Esta chica debe tener la edad de mi hija.

¡Mierda! ¡Sí! Ahora ya no me llega el aire, directamente. Necesito salir de aquí. Ella es…

Sin mediar palabra, salgo en busca del baño más cercano, al que apenas llego, y tras cerrar la puerta, vomito todo lo que se me ha anudado en la garganta, en el pecho, en el alma.

No hay duda. Vomito con arcadas duras, y un sudor frío se desliza por mi frente.

Esto sí que no me lo esperaba. Soy aprensiva por naturaleza, pero de ahí a vomitar. Esto va a costar.

—¡Mamá! ¿Estás bien? —Sasha golpea dos veces la puerta cuando me encuentro con el grifo abierto y lavándome la cara con agua fría.

—Sí, sí. Me dieron a probar algo en el supermercado y ya venía pensado que no me había sentado bien —invento lo primero que se me pasa por la cabeza—. Id a dar una vuelta, seguro que te gusta el pueblo. —No le abro la puerta, le hablo tras ella y escucho su reacción.

Tarda unos segundos en moverse, pero al final lo hace.

—Está bien. Vendré a la hora de comer. ¿Necesitas algo?

¡Guaaau! ¿Me está ofreciendo ayuda? Me llevo ambas manos a la boca y aprieto con fuerza, para no dejar salir el sollozo que estaba por salir, cuando esas simples palabras me han inundado los ojos y ensanchado el alma.

—No, gracias, cariño —apenas puedo balbucear tres palabras antes de dejarme caer, arrastrando la espalda lentamente contra la puerta hasta quedarme sentada en el suelo, con las lágrimas ya brotando y, por primera vez, no son de profunda tristeza. Mi niña.

Unos minutos después, oigo cómo se alejan y salgo del baño.

Esto es nuevo, ¿ahora resulta que la ansiedad me explota en vómito?

¡Lo que me faltaba! Llegar a la conclusión de que tal vez Norah sea la hija de Amber y Elery ha sido difícil de digerir.

¿Cómo puede ser? ¿Cuántos años hace que tengo sus recuerdos bloqueados?

¿Diecinueve? Me lo pregunto a mí misma como si no supiera a ciencia cierta cuánto hace exactamente. Diecinueve años, dos meses y ocho días.

Decido colocar la compra mientras pienso en cómo voy a evitar a Amber, a sabiendas de que vive justo en frente.

A sabiendas de que, si me acerco al ventanal de la sala principal, podré ver su valla blanca, su jardín, sus ventanas, su casa.

Y conforme pienso eso, dejo el paquete de cereales en la estantería y voy directa al ventanal a comprobar eso mismo.

Efectivamente, ahí está el perro malote, correteando y persiguiendo una pelota de tenis.

La casa se ve preciosa de color blanco, toda de madera, bien cuidada, con un hermoso jardín del que brotan un sinfín de flores de diferentes colores y especies; define muy bien a la Amber que yo conocí y sonrío al pensarlo.

Justo cuando me doy cuenta de que estoy teniendo una risueña reacción a su recuerdo, decido apartarme de la ventana y volver a lo que estaba haciendo.

Instauro de nuevo la seriedad en mi rostro y trato de no darle más importancia.

Ya sabía yo que Pacific Grove no era una buena idea.

Tendré que contárselo a Alan. ¿Por qué demonios me habrá hecho venir aquí?

Afianzar mi relación con Sasha lo podría haber hecho en cualquier lugar del mundo, ¿verdad? ¡Dios! Dudo hasta de eso.

Quizá deba poner música. Rezo por que la vieja radio que hay en la cocina funcione.

Recuerdo que cuando quería llevármela a la playa, le ponía pilas y aguantaba todo el día, pero dudo que eso ahora sea posible.

Le abro el compartimiento de las pilas y, efectivamente, está oxidado.

El salitre lo corroe todo. Así que desenrosco el cable y me la juego enchufándola; me urge dejar de oír mis pensamientos.

Hace tanto que no escucho música por placer, que me sorprende esta necesidad de volver a hacerlo.

La enchufo y la observo detenidamente. Pongo los oídos bien en alerta unos segundos, por si hace mal contacto; lo último que necesito es causar un incendio o que salten chispas.

Es entonces cuando un extraño ruido, que ni por asomo proviene del viejo radio casete, capta mi atención.

Se oye de cerca y es como si retumbara en toda la casa.

¿Qué demonios? Parece un extraño y ronco gruñido.

Me guío por el sonido, hasta dar con el pequeño y redondo altavoz envejecido que hay en la esquina del techo de la sala de recepción. ¡Es el timbre! Sin pensármelo, doy dos zancadas y abro la puerta.

Lo primero que veo es una especie de ¿pastel de zanahoria? Algo parecido a un bizcocho de dos pisos, torcidos. Más que un pastel, parece un puré duro y rocoso. Lo observo horrorizada. Reconozco esa pésima mano para la cocina.

—La repostería siempre fue lo tuyo, no lo mío —se dirige a mí una voz cálida y algo temblorosa.

Levanto la vista con el pecho apretado.

—Amber.