Aquel verano en Grove 6. Alberca de ranas
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6. Alberca de ranas

Sasha

Al final he tardado más de lo esperado en colocar la ropa en el armario, ya que había quedado esparcida por el suelo.

Menos mal que ha sido la ropa, no yo. ¡Menudo susto!

Casi empiezo las vacaciones con un hueso roto.

Juro que me he visto impactando contra el suelo y con un diente menos.

Por suerte, me ha salido bien la jugada de impulsarme hasta la cama.

Decido ponerme con la habitación y dejarla en condiciones.

Así que le he sacado el polvo al escritorio, a las estanterías y a las mesitas, y ahora ya no parece una habitación fantasma; está limpia y con los pósteres bien enganchados a la pared.

Es increíble la luz que entra. Tengo la ventana abierta de par en par y me encanta este aroma que trae la brisa mañanera con olor a sal.

Me muero por ir a ver la playa. He buscado en Google, hay varios lugares que quiero visitar, aunque alguno me queda lejos y no sé si mi madre estará muy receptiva para dejarme el coche.

No me gusta hacer la cama, por más que le moleste a mi madre.

Según ella, una habitación por más limpia que esté, si la cama está por hacer, nunca transmite la sensación de limpieza.

¡Bobadas! Me dejo caer a plomo sobre ella con la mirada en el techo, cierro los ojos.

Ahora ya se intuyen más sonidos, el pueblo ha despertado.

Oigo los pájaros, el ruido de la cadena de una bicicleta, un perro ladrar y, de fondo, si me concentro bien, puedo oír el oleaje.

La playa debe estar relativamente cerca.

Al final estas vacaciones improvisadas no van a estar tan mal. Quizá estas ocho semanas podamos hacer algo por volver a darle vida y, ya de paso, eso hará que los días sean más llevaderos.

No voy a mentir, la casa me encanta, aunque necesita un buen repaso.

Me cuesta creer que este inmueble tan grande sea del abuelo.

Eso quiere decir que mientras no la vendan podré venir a veranear o simplemente a desconectar aquí.

Estoy segura de que, en cuanto se lo proponga, me va a dar una llave para mí.

No sé por qué nunca lo han hecho, por qué han preferido ocultarlo.

El abuelo no es de los que ocultan cosas, siempre dice que ya no tiene nada que perder.

Así que, por esa regla de tres, deduzco que tanto secretismo debe ser cosa de mi madre.

Cuando mi padre ponga un pie en Pacific Grove, pienso interrogarlo.

Sigo sin poder creerme que estemos aquí.

Lo último que creí que haría sería irme a solas con mi madre de vacaciones, pero todo sea por complacer a mi padre.

De nuevo, pensar en él me encoge el estómago.

¿Qué tipo de cáncer le habrán detectado?

¿Por qué habrá insistido en que primero vengamos nosotras solas?

Se me nublan los ojos con el simple hecho de pensar que pueda perderlo.

Eso inevitablemente me lleva a pensar en Sammy.

¡Dios! ¡Le hubiera encantado este lugar!

Ya habría hecho una lista de todas las reparaciones que hay por hacer y se habría informado de si existe algún voluntariado, o algo así, para limpiar las playas.

Me la imagino obligándome a acompañarla y, de camino, rescatando a una gaviota herida.

Sí, estoy segura de que todo eso pasaría con ella entre nosotros.

El nudo se aprieta un poco más y estoy a punto de dejar caer unas lágrimas, cuando de la nada viene a mi cabeza el recuerdo de la culpable de todo el alboroto.

Me pongo en pie de un respingo y me agacho para observar debajo de la cama.

El primer pensamiento es que tengo que pasar el aspirador por aquí debajo, pero lo olvido en cuanto saco la caja y la sostengo entre mis manos.

¡Mierda! Tiene un candado. Una de dos, o registro la habitación a cada milímetro hasta dar con la llave, o trato de encontrar unos alicates o algo así para poder abrirla por la fuerza bruta.

Levanto la vista y doy un repaso a la habitación.

¡Sí! Definitivamente, voy a buscar una herramienta con la que poder abrirla.

Seguro que en el sótano encontraré algo.

Digo yo que suele ser el lugar ideal para guardar herramientas.

Voy a averiguarlo. Porque habrá sótano, ¿no?

Guardo de nuevo la caja debajo de la cama y, antes de poder salir en busca de las herramientas, se oye un sonido extraño poco definido.

Suena de un modo intermitente. Es como una especie de gruñido que hace eco en la planta de abajo.

¿Qué demonios? Mi madre no puede ser porque me ha enviado un mensaje diciendo que estaba haciendo la compra.

Ese sonido se vuelve insistente y, de repente, deja de sonar y tres golpes seguidos y repetitivos aporrean la puerta. Eso sí sé lo que es.

Bajo las escaleras a toda prisa, he tenido que saltar los tres últimos escalones al darme cuenta de que no iba a pisar bien uno de ellos. Me planto en la entrada de un salto, tomo aire y, antes de abrir, oigo los últimos tres toques y una voz.

—Toc-toc, Penny, toc-toc, Penny… —Es Norah, imitando los golpecitos de Sheldon Cooper en la serie The Big Bang Theory .

Esta chica está como una regadera, pero todavía no he abierto del todo y ya me está haciendo sonreír.

Abro sin pensármelo más.

—¿Qué quieres, Sheldon? —le sigo el juego.

—¡Oh! Veo que eres una friki de las mías. —Aplaude emocionada.

—¿El nombre del gato no te hizo sospechar?

Ahora es ella quien sonríe.

—Tienes razón. Esto… me preguntaba si, como eres nueva, tal vez te apetecía que te hiciera de guía o algo así.

—Pues… —Dudo si aceptar, ya que me apetecía ir sola—. Vale, sí, ¿por qué no?

—¿Quieres ir ahora?

—De acuerdo, no tengo nada mejor que hacer. Dame un segundo.

Entro en la casa y rebusco hasta encontrar un juego de llaves en una especie de mostrador que hay al lado de la escalera. Cojo una y rezo por que sea de la puerta. La pruebo bajo la atenta mirada de Norah.

—¡Sí! ¡Son de aquí!

—Si algún día no tienes llaves, yo sé cómo entrar.

—¿Cómo?

—Pues por detrás, se accede desde la piscina. Bueno, llámalo piscina o alberca de ranas. —Hace un gesto torciendo el labio insinuando que algo malo hay allí detrás.

—¿Me lo enseñas? Aún no lo he visto.

—Claro, vamos.

En cuanto pongo un pie en la parte trasera de la casa entiendo lo de la alberca de ranas, ya que, con nuestra presencia, un par de esos anfibios se han visto sorprendidos y han saltado al agua.

Antes de acercarme, me tomo unos segundos para fijarme en ese espacio.

Hay una vieja palmera altísima al fondo, la hierba o, mejor dicho, las malas hierbas están descontroladas.

En mitad de lo que se supone que debería ser el césped, hay una piscina ovalada.

Todo es un desastre, incluidas las viejas tumbonas de madera desconchada, que yacen bajo lo que parece que era una sombrilla, pero que actualmente es un palo con tiras de trapo de un color poco definido.

Aun así, siento que algo revolotea en mi estómago, me imagino este lugar con vida y, fascinada, me acerco hasta el borde de la piscina.

—Aunque no te lo creas, debajo de esa poca agua verdosa está la silueta de Marilyn Monroe dibujada en las baldosas.

—¿No me digas? —Eso me fascina aún más.

—Te lo juro. No se lo digas a tu madre, ni a tu abuelo, pero suelo venir aquí cuando necesito huir de la vida, no sé.

—¿Me lo estás diciendo en serio?

—¡Pues claro! Antes había alguien que se encargaba del mantenimiento más o menos una vez al año, por eso sé que en el fondo de la piscina hay esa silueta, pero hace ya algunos años que no viene nadie.

—No sé, la verdad. Hasta hace dos días no sabía ni que existía esta casa u hotel, o lo que sea.

—Hubiera sido un bonito hotel. —No acaba la frase y veo cómo se acerca a la puerta trasera de la casa que accede a este lugar.

Antes de llegar, le suena un mensaje en el teléfono móvil y se entretiene en contestar.

Escribe a toda velocidad ¡Qué nivel! Después de eso, me hace un gesto con la mano para que me acerque—.

Te voy a enseñar una cosa. Sujeta el pomo de la puerta con la mano derecha —le hago caso—, y ahora presiona con la punta del pie izquierdo desde abajo, gira el pomo hacia la izquierda, empuja la puerta con el hombro izquierdo y… ¡Voilà!

Me quedo perpleja al ver cómo, siguiendo sus instrucciones, he podido abrir esa puerta sin llave. También tengo que puntualizar que la puerta necesita una buena restauración.

—Ahora que sé esto, me voy a sentir insegura en este lugar las ocho semanas que me quedan.

—¿Ocho semanas vas a quedarte?

—Por desgracia, sí.

—Entonces tenemos tiempo de muchas cosas.

Podemos salir a patinar. ¿Te gusta patinar?

—No me deja contestar—. Podemos ir al faro, a los acantilados, te encantará la playa.

¿Te gustan las mariposas? —De nuevo, no me deja abrir la boca y prosigue con ese carácter explosivo que empiezo a entender que la caracteriza—.

Conozco una casa particular que está extrañamente decorada con la temática de las mariposas.

No me malinterpretes, me gustan esos bichos, de hecho, son como el icono de Pacific Grove, pero esa casa es…

¡Tienes que verla! Y también sé dónde hacen las mejores hamburguesas y dónde ver los mejores atardeceres.

Cuando por fin cesa el monólogo me quedo atónita y tan solo puedo añadir:

—¡Vale! —Le levanto el pulgar a modo de aprobación.

Ella me mira risueña, me incomoda y me gusta a la vez. Empiezo a intuir el torbellino de chica que es. Además, es muy bonita.

—Le vas a caer genial a Josh. —Coge mi mano y la aprieta.

No esperaba este gesto y se me acelera el pulso. Miro su mano y después su mirada confusa. No sé qué tendrá este lugar con las mariposas, pero yo, desde que he puesto un pie en él, siento que se me anidan en el estómago.

—¿Quién es Josh? —Es una pregunta obligada que me sirve para deshacerme de su mano y bajar la mirada.

—Yo soy Josh. —Una voz juvenil y masculina me aborda tras las espaldas.

Antes de darme la vuelta, compruebo como se le alza una sonrisa amplia y le brillan los ojos a Norah.

No puedo hacer más que girarme a comprobar quién ha hablado.

Me quedo ante un chico que debe medir por lo menos un metro noventa, así que me tengo que obligar a alzar la mirada.

Es de anuncio. Rubio, pelo rizado, ojos verdes, cuerpo bien esculpido, camiseta de tirantes que le deja al descubierto medio pecho, y un bañador muy surfero, rojo, con siluetas de palmeras negras.

Guapo, no, ¡lo siguiente! Leah, mi mejor amiga de Phoenix, estaría ya fundida.

—¡Josh! —Norah pasa por mi lado a toda prisa, empujándome levemente sin darse cuenta, y de un salto lo abraza y anuda sus piernas a la cintura del chico.

Él la abraza y frota su espalda.

—Te he echado de menos, enana.

—¡Eh! No me llames enana delante de mi nueva amiga.

Es entonces cuando ambos me miran y Norah se baja de la cintura del adonis surfero.

—¿Ella es Sara?

—Sasha —me apresuro a corregirlo, y le acepto la mano que me ha ofrecido.

—Es una friki como nosotros y además es la dueña de este caserón.

—Yo… no… —Quiero aclarar que la casa es de mi abuelo, pero pierdo el interés en hacerlo al ver como el chico se ha apartado unos metros y levanta la cabeza observando la casa en su esplendor.

—Pues vas a tener mucho trabajo en restaurarla si pretendes vivir en ella.

—Esto… no. No vamos a quedarnos a vivir, solo estamos de vacaciones.

—¡Sí! —añade Norah con una alegría desmesurada—. Pero va a quedarse ocho semanas. Lo pasaremos genial ahora que has regresado. ¿Vas a quedarte?

—No lo sé, Nori, dame un respiro, que acabo de llegar y mira ya lo que me has hecho hacer, entrar en una casa ajena a hurtadillas. Que no te extrañe que algún vecino llame a la policía —bromea—. Además, mi padre me espera en la tienda.

Cuando sonríe, me fijo en que le salen unos hoyuelos en la cara y me permito prejuzgarlo.

Debe ser el típico guapito de playa, que las lleva locas a todas; es dulce, simpático y muy alto.

Todavía no entiendo qué tipo de relación los une, pero con todo el tipo de relaciones que hay hoy en día, me espero cualquier cosa.

Lo que es indudable es que a Norah le brillan los ojos cuando lo mira y que lo aprecia, salta a la vista.

—Para ser sinceros, creí que nos esperarías en la puerta. —Sonríe ella tímidamente.

—Si me mandas una ubicación exacta, ten en cuenta que yo siempre iré al punto exacto. Nunca se sabe qué puede estar pasando cuando alguien decide enviar una ubicación sin más.

—Pues esto me pasa. —Mueve las manos hacia mí como si me estuviera presentando en un escenario.

Él me mira de arriba a abajo y se detiene en mis ojos, no le aguanto la mirada, así que disimulo mirando a otro lado y mordiéndome el labio inferior.

—Entiendo. —Es todo cuanto añade.

Ahora que ya sé el truco de la puerta trasera, decidimos volver a la parte delantera y salir a la calle desde ahí.

Me limito a caminar al lado de esta extraña pareja cuando veo el coche aparcado con el maletero abierto.

Nos acercamos más y allí está mi madre frente a una mujer.

Ambas se miran como si estuvieran viendo un fantasma, no dicen nada.

—Mamá, esta es la madre de Sasha… —Norah empieza la presentación.

—Su nombre es Megan —la interrumpo.

—Megan —me mira buscando mi aprobación y yo la animo a continuar—, esta es mi madre, Amber.

Sonríe, pero ninguna de las dos le devuelve el gesto. No se dan la mano ni nada. Puede notarse la tensión, y eso me llama la atención. ¿De qué me suena su cara?

Por suerte, Josh, que ya se le ve un chico muy avispado, decide romper el hielo.

—¿Necesita ayuda con la compra? Déjeme. —Carga un par de bolsas en las manos e, instintivamente, Norah hace lo mismo.

Amber aprovecha el movimiento para tirar de la correa del animal y largarse disimulando, hablándole al perro.

—¡Perro, malote! ¿Es que no entiendes el «ven aquí»? Eres un mimado. —Y así consigue adentrarse en la casa de enfrente y salir de nuestro campo de visión, pero no de mi mente.

Estoy segura de que he visto esa cara en algún lugar.