Aquel verano en Grove 5. La compra #2
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5. La compra #2

—¿Tu padre no va a venir a pasar unos días con vosotras? —Se acomoda el pelo cuando habla de él.

¡Lo que me faltaba! Ahora entiendo el interés de la mujer.

—Esto… en principio, no. Tengo prisa, Gladys, seguimos charlando otro día.

Me meto en el coche y con ese gesto consigo dejar a la anciana en el parking .

Tengo que hacer algo de memoria para ubicar dónde estaba la ferretería.

No me cuesta mucho, la verdad. La recuerdo en una cuesta, al final de la calle se podía ver el mar.

En la puerta solía haber un banquito para descansar, que habían tenido que nivelar con unas patas más largas que otras, para que al sentarse uno no quedara inclinado.

Estoy de suerte y encuentro aparcamiento justo en la puerta.

Aprieto bien el freno de mano antes de bajarme.

Lo hago rápido, con la lista en la mano y leyendo todo lo anotado.

No sé si está permitido aparcar aquí, todo ha cambiado mucho.

Me aparto a un lado para dejar salir a dos de los trabajadores con una nevera que tienen que sujetar bien para que no se les vaya cuesta abajo.

Me aparto hasta que pasan, sin despegar ojo de la lista.

Justo cuando cruzo la puerta del local, un olor se mete por mis fosas nasales e impacta en mi cerebro. Me quedo paralizada, detengo el paso y alzo la mirada con temor.

¡Menuda tontería! Ese perfume podría llevarlo cualquiera. Es solo que… Me han temblado las piernas.

Una mujer me pide paso y reacciono, sacudo la cabeza y sigo con mi cometido.

En la caja hay un chico muy joven que no se entera muy bien de nada cuando le pregunto por un consejo sobre la pintura, así que me pide que vuelva en otro momento, que ya estará su jefe o, mejor dicho, su padre, que al parecer acaba de salir.

Deduzco que será uno de los que cargaban el frigorífico.

Aun así, escojo la que creo conveniente.

En cuestión de diez minutos llevo todo lo que necesito.

Pienso en la comida congelada del maletero y salgo a toda prisa.

Al moverme con apuro, me doy cuenta de que algo sí ha cambiado en el pueblo, ahora hay calles en dirección prohibida que antes eran de doble sentido.

Así que tengo que dar varias vueltas hasta encontrar la manera de volver a la Pine Avenue.

No dejo de observarlo todo. Gladys tiene razón, es como que todo ha cambiado, pero a la vez todo sigue igual.

Pongo la radio, hacía mucho que no lo hacía.

Disfruto de una emisora tranquila, el viento entra por las ventanillas refrescándome la nuca.

Al final he optado por recogerme el pelo.

Me detengo para dejar pasar a un grupo de niños en bicicleta y me permito cerrar los ojos e inspirar el olor a sal, a mar, a juventud…

Pienso en los acantilados, en las rocas, en el faro, en la arena de la playa, pienso en él.

Tardo unos segundos más de lo normal en recobrar el paso y lo hago bajo la presión de un escandaloso bocinazo que procede del coche de detrás.

Me asusto inevitablemente por la pitada y fijo la vista en el retrovisor para poder ver a semejante impaciente.

Esto antes no pasaba, deduzco que el exceso de turismo atrae a todo tipo de personas que en lo último que piensan es en respetar los tiempos del pueblo.

Pacific Grove nunca fue un lugar ajetreado, ni ruidoso, ni caótico, siempre fue de esos lugares donde el tiempo es relativo y las personas no viven guiadas por las prisas, tan solo en alguna ocasión, movidas por alguna urgencia si la gravedad lo requiere, y con eso me refiero básicamente a algo en lo que tengan que verse envueltos una ambulancia o un coche policial; para todo lo demás, en este pueblo no existía el apuro para casi nada y, desde luego, no recuerdo bocinazos por detener un vehículo durante medio minuto frente a un paso de peatones por el que cruzan niños.

El reflejo de la luna delantera no me deja ver al conductor, pero sí me da tiempo a fijarme en esa vieja pickup de la marca GMC, de color rojizo anaranjado y levemente desconchada.

Sin duda, toda una reliquia. Del retrovisor cuelga algo que se mece, parece danzar desprendiendo pequeños destellos por el reflejo del sol.

Por alguna razón, fijo mi atención en eso, hasta que de nuevo otra ensordecedora pitada me hace reaccionar. ¡Gilipollas!

Yo no soy así, por lo menos ahora no lo soy, pero mi reacción ha sido sacar la mano por la ventanilla y enseñarle el dedo corazón tieso con firmeza, a la vez que he arrancado y continuado mi paso.

Antes de torcer en la esquina, he vuelto a llevar la vista al retrovisor para ver si aún lo llevaba detrás y he podido ver que él se ha quedado estancado justo en el mismo lugar donde estaba.

¿En serio? ¡Tanta prisa para luego no moverse!

Expiro fuerte y continúo con mi cometido.

Sé que ha sido un gesto inapropiado y diría que de mala educación, pero ha sido espontáneo e impulsivo y, por un momento, he recordado con alegría que una vez yo fui así.

Qué lejos queda esa muchacha de la mujer que soy ahora.

Pensar en eso borra la alegría momentánea, aunque el revoloteo que me ha causado en mi estómago se mantiene.

Al llegar frente al Marilyn, levanto la vista y por alguna razón no dejo de ver desperfectos que anoto mentalmente para arreglarlos en algún momento.

Parece ser que mi subconsciente ha decido por mí que va a pasar las ocho semanas restaurando este lugar.

¿Para qué? Pues para nada, creo que con el único propósito de mantenerme ocupada, no tener que relacionarme mucho e intentar pasar largos ratos con Sasha, compartiendo esto.

Aunque, ahora que lo pienso, no sé si con su edad va a querer o le va a interesar lo más mínimo colaborar con los arreglos, por lo menos no hasta que Alan se una a nosotras.

Probablemente, eso es lo que sucederá, así que voy a mentalizarme.

A punto estoy de gritar su nombre para que acuda a ayudarme a descargar la compra, cuando el perro salchicha que anoche abordó a Sirius hace acto de presencia de nuevo con la correa a rastras.

Parece ser que tiene una obsesión con este jardín, porque lo hace sin pestañear, corriendo muy gracioso con las orejas hacia atrás.

Lo sigo con la mirada, alguien corre tras él y el chucho va directo a un lateral de la casa, por donde aparecen Sasha, su nueva amiga Norah y… Un momento, ¿un chico? ¿Ya?

Todo ocurre muy rápido, apenas puedo asimilar que mi hija ya tiene nuevos amigos, incluyendo a un chico. No va nada con ella socializar tan rápido. ¿O tal vez sí? ¡Joder! ¿Cómo puede ser que no sepa contestar con determinación eso sobre mi hija?

Trato de comportarme con normalidad. Se dirigen hacia donde me encuentro con el maletero abierto, cuando una voz muy cerca de mí grita el nombre del perro.

—¡Dobby! ¡Por el amor de Dios! ¡Serás gamberro!

Puede que casi veinte años sea mucho tiempo, pero si hay algo que el ser humano puede distinguir y recordar al instante, juntamente con los olores, es la voz de un ser querido, o por lo menos de uno que un día lo fue.

Me giro aguantando la respiración y me topo con una versión madura de una mujer que reconocería aunque hubieran pasado doscientos años. No reacciono, ella tampoco, hasta que la voz de Norah nos devuelve al momento.

—Mamá, esta es la madre de Sasha…

—Su nombre es Megan —la interrumpe Sasha.

—Megan, esta es mi madre, Amber.

¡Tierra, trágame!