Aquel verano en Grove 5. La compra
7%

5. La compra

Megan

Entro en el preciso instante en que veo volar una silla y su maleta se esparce por el suelo.

—Pero ¿qué demonios? ¿Qué ha pasado?

Tarda unos segundos en recobrar el aliento.

Está estirada en la cama con los ojos abiertos de par en par.

Imagino que se ha llevado un buen susto.

De repente, se reincorpora y se sienta en el colchón, apoyando ambas manos en el borde.

Veo cómo respira agitada. Es entonces cuando noto que, con un pie, disimuladamente, mueve algo hasta dejarlo debajo de la cama, pero no digo nada.

—Estoy bien. Es solo que no alcanzaba a la parte alta del armario.

—¿Para qué necesitas poner cosas ahí arriba? No has traído tanta ropa.

—No sé, quería aprovechar todo el espacio.

—¿Intentas esconder algo? —Entrecierro los ojos a modo de acusación.

Me refiero a lo que acaba de patear debajo de la cama, pero ella señala al mueble.

—¿Yo? ¿Por qué iba a querer esconder algo en un viejo armario?

—Porque los armarios antiguos son muy profundos y guardan reliquias. —Hecho un vistazo a la ropa arrugada que ha quedado sobre la colcha—. Y veo que ya has encontrado algunas. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Luke Perry!

Noto cómo me mira sorprendida por mi reacción.

Alzo la camiseta y la sujeto entre las manos, mientras la observo sonriendo.

Acaricio los viejos Levi’s, los mismos que hoy en día me sería imposible ponerme.

Parece mentira que un día llevé esa talla.

Aunque seguro que a ella le van perfectos; de joven era exactamente como Sasha, solo que morena.

Muevo la ropa, emocionada, hasta que me topo con las dos camisetas que no eran mías.

Tocarlas es una descarga eléctrica directa a mi mano y por qué no decirlo, al alma.

Retiro la mano con un gesto rápido, como el que toca algo que pincha, pero seguidamente la acaricio como si fuera el tesoro más preciado.

Gesto que describe a la perfección mis sentimientos encontrados con el dueño de ambas prendas, y que no pasa desapercibido por mi hija.

—¿Son tuyas esas camisetas?

Lo dudo unos segundos.

—Esto… sí, sí, las dos. —Es una mentira piadosa, ya que en cierto modo sí son mías, el dueño de ellas me las regaló en su momento, así que podría decirse que sí.

—¿Puedo quedármelas?

Esa idea me aterra.

—¿Las dos?

—Toda esta ropa. Me gusta, es muy retro. Solo hace falta lavarla, que huele fatal.

—Pero si son trapos viejos pasados de moda.

—¿Puedo o no? —Noto como está cambiando la tonalidad de la conversación.

—Está bien, hija, como quieras. Ahora iba a poner una lavadora. He estado haciendo un repaso a los electrodomésticos y aparentemente funcionan todos.

Me quedo unos instantes, creyendo que tal vez quiera añadir algo más, pero se dedica a recoger las cosas esparcidas de la maleta e ignora mi presencia. Así que junto toda la ropa vieja y me la llevo para lavar.

Cuando estoy en la puerta de la habitación, me giro un instante para observarla.

No sé en qué momento se ha hecho una mujer, ya es mayor de edad y se va a la universidad.

Instintivamente, pienso en Sammy, ahora tendría casi quince años.

Ese pensamiento me azota. Intentar imaginarme cómo sería mi pequeña en estos momentos me apena de nuevo hasta al punto de olvidarme de que, en realidad, había acudido a la habitación para comunicarle que me marchaba a hacer la compra.

Le enviaré un mensaje al teléfono móvil después.

Cuando salí de buena mañana para buscar algo para el desayuno, lo hice aterrada, por si alguien me reconocía o algo así.

Pero lo cierto ha sido que absolutamente nadie ha reparado en mí.

A día de hoy, Pacific Grove se ha vuelto bastante turístico, bueno, como todo el condado de Monterey en general, e imagino que eso ha hecho que ya no todos se conozcan.

Y no nos engañemos, yo ya no soy la misma.

No solo porque ya no lleve la misma talla de pantalón que mi hija, sino porque literalmente soy otra persona.

Las piedras que la vida me ha puesto en el camino no han hecho más que hacerme caer a plomo, provocando que a mis treinta y siete años parezca alguien mucho mayor.

Y lo peor de todo es que ha dejado de importarme.

¡Quién me ha visto y quién me ve! No me extraña que nadie me reconozca, apenas yo lo hago cada mañana frente al espejo.

La casa está en la Pine Avenue, relativamente cerca de los negocios, aun así, para hacer la compra grande, voy a ir con el coche.

Cuando era joven me movía en bicicleta, que era lo más práctico, menos cuando paseaba cerca del mar, ya que la brisa marina de Pacific, en ocasiones, es de todo menos brisa, y el viento me hacía perder el equilibrio con sus repentinas ráfagas.

Me pregunto si esa bicicleta seguirá en algún lugar de la casa.

No me quito de la cabeza a Alan y la maldita noticia que nos ha vuelto a golpear.

¿Será una especie de castigo del karma o algo así?

Siento pena por él y por todo lo que ya llevamos a nuestras espaldas.

Sasha se va a tomar fatal la noticia, por eso, es de suma importancia que disfrute de este verano.

He estado demasiado ausente, y ahora me doy cuenta de que extraño a mi hija adolescente, la Sasha de catorce años.

Sin embargo, esa misma niña ya no existe; en estos cuatro años ha desaparecido, y echar de menos a esa jovencita ya no tiene ningún sentido.

Anoche fue muy acertada cuando me dijo, con toda su ira, que yo ya no la conocía.

Me sacudió con esa verdad, a la que no pude recriminar ni un ápice.

He sido tan idiota y egoísta. Perdí a mi otra pequeña, pero Sasha seguía necesitándome, y de haber seguido presente, ella ahora no sería una desconocida, y yo no me encontraría extrañando su versión preadolescente, sino que estaría disfrutando de la mujer en la que se ha convertido.

A ver cómo revierto eso en tan solo ocho semanas.

De momento, comprarle la maldita mermelada de kiwi ha sido un primer paso.

¿Por qué tenía que gustarle el kiwi? Exhalo al ser consciente de que mi pensamiento se ha desviado.

Pienso en él, por suerte sigue viviendo en Europa, lo que no tengo tan claro es si Amber se marcharía con él o, de lo contrario, se quedó en Pacific Grove.

Eso me aterra, no vengo preparada para tal cosa.

Aunque Alan insista en que no debemos dejar temas por zanjar, creo que ambos dejaron bien zanjada nuestra historia.

Le envío un mensaje a Sasha para que sepa que tardaré un rato con la compra.

La primera parada la hago en el pequeño supermercado que tan solo ha cambiado la franquicia.

La brisa me despeina al bajar del coche.

En esta ciudad el viento es uno más; forma parte del lugar, lo había olvidado.

El supermercado es mucho más moderno. Eso sí, he notado que los precios están algo caros, imagino que al ser época vacacional todo aumenta en la zona costera.

Me abastezco de cuanto necesito, desde comida hasta productos de limpieza; esa casa necesita una buena mano de todo.

El carrito está hasta los topes, tanto que me cuesta empujarlo.

Desde que he cruzado el segundo pasillo tengo la sensación de que una anciana me persigue.

En mis tiempos, este sitio era un lugar seguro, pero todo cambia y, como vengo de Phoenix, notar que esa mujer me sigue me pone alerta.

Quién sabe, tal vez la anciana sea una carterista profesional, así que trato de esquivarla a toda costa.

Consigo hacerlo, pero al pasar por caja noto sus ojos clavados en mí.

Empujo el carro con fuerza y trato de abrir el maletero del coche a toda prisa, cuando de la nada aparece a mi lado.

—¿Eres la hija de Claire y Morgan? ¿La pequeña Megan?

Antes de contestar, analizo a la anciana con detenimiento hasta que la reconozco.

—¡Oh! ¡Santo Dios! ¡Señora McPherson! ¡Sí, soy yo!

Me ha costado reconocerla, está tan cambiada y arrugada. Siempre fue una mujer muy coqueta, excesivamente bronceada, y ahora sigue siendo así, pero con muchos pliegues en la piel. Supongo que tanto sol la ha envejecido con más dureza, ya que era una persona anticremas solares.

—¿Cómo estás, hija? —Me abraza—. Siento la pérdida de tu madre.

—Gracias, señora McPherson.

—¡Oh! ¡Diantres! Llámame Gladys, ya sé que soy una vieja, pero lo que cuenta es el espíritu.

Consigue hacerme reír.

—¿Sabes si la ferretería de Tom sigue abierta? De no ser así, vas a tener que indicarme dónde hay otra, esto está muy cambiado.

—No, hija, que no te engañen; todo se ha modernizado un poco y tenemos mucho turismo, pero pocas cosas han cambiado en Pacific Grove. ¿Dónde te has instalado? ¿En el Marilyn?

—Sí, claro. No tiene sentido pagar una estancia teniendo una casa tan grande donde hacerlo.

—Me alegro mucho de tu regreso.

—No, yo no… Solo hemos venido unas semanas, pero los días que esté aquí quiero arreglar algunos desperfectos.

—Por un momento he creído que habías venido a cumplir el sueño de tu madre.

—Esto… No, no. Solo de vacaciones.

—Ay, hija, es que es un desperdicio ver esa estancia tan abandonada y envejecida. Abrir ese pequeño hotel sería todo un éxito con tanto turismo. Tengo entendido que le han ofrecido millonadas a tu padre y que siempre ha rechazado todas las ofertas. No culpo al pobre Morgan.

—Ya, bueno, eso es cosa de mi padre. —Trato de cortar la conversación con la mujer que aún no ha contestado a mi pregunta—. Entonces la ferretería…

—Ay, sí. Perdona, hija. Sí, sigue activa, cambió de dueños simplemente, y ahora, además, tiene servicio de reparaciones a domicilio, por si lo necesitas.

—Gracias, Gladys. Pues voy a parar a por unas cuantas cosas rápidamente, porque llevo comida congelada en la compra y no tengo mucho margen.

—Ve, hija, ve.

—Pásate cuando quieras por casa y así conoces a mi hija. —Trato de ser amable, a sabiendas de que, de ser así, a Sasha no le haría ni chispa de gracia.