Aquel verano en Grove 4. Beverly Hills 90210
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4. Beverly Hills 90210

Sasha

Lo primero que hago al despertar es abrir la ventana y dejar entrar la claridad.

El sol irrumpe en la habitación como si alguien hubiera estado reteniéndolo, y lo hace con amplitud y mucha luminosidad, tanto que incluso me deslumbra y tengo que levantar una mano por encima de las cejas, como queriendo detenerlo.

En ese instante, me percato de que la estancia tiene un pequeño balcón y, sin pensarlo dos veces, salgo a comprobar las vistas.

Miro a ambos lados y compruebo que hay más balcones; deduzco que como originalmente el abuelo diseñó el edificio para ser un hotel, cada habitación debe tener su propio balcón.

Es bastante temprano. Con lo agotador que fue el viaje creí que dormiría algo más.

Me desperezo, cierro los ojos, inhalo el olor a sal y oigo el oleaje a lo lejos.

El mar tan solo está al final de la calle, es lo primero que voy a visitar.

No me creo la tranquilidad que se respira en este lugar, es como si el mundo estuviera en pausa, o por lo menos me lo parece hasta que una voz me devuelve a la realidad.

—¡Buenos días, vecina! —Abro los ojos de par en par, sabiendo que debo tener una pinta horrible—. ¡Bonito pijama!

Automáticamente, bajo la vista para observar el pijama de Mandalorian que llevo; consiste en un pantalón muy corto y una camiseta de tirantes con el casco del protagonista en el pecho.

No voy a mentir, me va pequeño. Sí, me equivoqué de talla y llevo puesta una menos porque me dio pereza ir a cambiarlo.

Así que voy enseñando media nalga y el ombligo.

—Buenos días —digo con un tono menos jovial que el suyo.

Norah me saluda desde la calle. De buena mañana, está paseando a su perro salchicha, que no deja de tirar en dirección a nuestro jardín.

—¿Lo tenéis adiestrado o peligra que se escape?

—¿Qué? —pregunto, mientras disimuladamente trato de alargar el pijama unos centímetros y cubrir algo más de mi cuerpo.

—El gato.

Lleva la vista al camino de piedra que cruza el jardín que hay desde la verja hasta la entrada.

Hago lo mismo y me doy cuenta de que Sirius pasea tranquilamente y sin vigilancia.

Entro en pánico porque, pese a que en Phoenix campa a sus anchas por todo el jardín, este es un lugar nuevo y podría escaparse en cualquier momento. Sin pensármelo, bajo a toda prisa.

Sirius ni se inmuta al verme, se tumba justo en el hueco por donde se filtran los rayos de sol, entre dos palmeras enormes que presiden la zona ajardinada.

—No creo que se escape —añade Norah acercándose.

Dobby mueve la cola a toda velocidad como si ya me conociera tan solo de haberme visto unos segundos el día anterior, así que me agacho a acariciarlo.

—Será mejor que no dejes que se acerque a Sirius, no creo que mi gato sea tan amigable como él.

—Se lo tendría bien merecido, por el recibimiento que le hizo ayer. —Norah no deja de mirarme y consigue que me incomode un poco.

«¡Mierda! ¡El pijama!».

—Bueno, voy a vestirme, que con lo del gato no me ha dado tiempo —murmuro avergonzada.

—Si te sirve de consuelo, para estar recién despertada, estás muy guapa con ese moño desgreñado.

Me llevo la mano al pelo y me ruborizo aún más.

—¿Eso ha sido sarcasmo?

Se carcajea y no sé si se está riendo de mi aspecto, de mi ropa o de mí en general.

—¡Ha sido un cumplido, mujer!

Vale, definitivamente debo entrar.

Por suerte mi madre salva el momento:

—¡Sasha! ¡El desayuno está en la mesa!

Camino marcha atrás porque no quiero que compruebe que el pijama me va pequeño y enseño media nalga.

—Esto… Nos vemos, Norah… Vecina… —Reculo levantando una mano, y con la otra palpo la baranda de los escalones de la entrada.

Ella me observa divertida. Tira de la correa y se dispone a marcharse.

En cuanto entro, la mesa de la enorme cocina está puesta, con bagels tostados, café, leche, un bol de fresas frescas, mermelada de arándanos y, mi favorita, la de kiwi.

Me sorprendo al verla, por alguna razón mi madre detesta que la tome.

Sin embargo, desde el día en que la descubrí, se ha convertido en mi favorita.

A menudo, eso nos cuesta, o nos costaba, una discusión, ya que no solía añadirla a la lista de la compra y solo había en casa cuando a papá le tocaba hacer la tarea de llenar la nevera.

Si alguna vez se pregunta por qué conecto mejor con mi padre, este podría ser uno de los miles de ejemplos.

Mi madre es una gran repostera, pese a que ya apenas lo ejerza desde lo de Sammy.

Tiene ese don. Tuve una infancia repleta de las mejores meriendas y desayunos de la historia, todo casero, ella nunca hacía uso de productos ultraprocesados.

Eso sí, estos bagels no los ha horneado ella, aunque tengan una pinta increíble.

—¿Has dejado que Sirius salga solo al jardín? —Antes de dar un «buenos días», ya tengo un reproche—. ¡Podría escaparse!

—No se va a escapar. Sirius es muy inteligente y está muy bien educado. Además, sabe que en ningún otro lugar van a darle esas deliciosas latitas de pescado.

—Pero… —intento rebatir, pero sé que tiene razón.

—He madrugado y he salido a por algo de desayuno. Después, si te apetece, podemos hacer la compra juntas.

Doy un mordisco al crujiente bagel untado de mermelada de kiwi cuando me veo sorprendida por el ofrecimiento. Me hubiera gustado decirle que sí, supongo que quiero decirle que sí, pero…

—No, gracias. Creo que podrás hacerlo solita. —Trago lo que estoy masticando y añado—: Al fin y al cabo, se ve que conoces bien este lugar, aunque nunca lo hayas mencionado ni por asomo.

—Sasha, la casa es del abuelo.

«¡Menuda excusa!».

—Yaaa. Bueno, si es del abuelo, es tuya. También tengo una charla pendiente con él. ¿Qué tiene de malo este lugar?

La pregunta la pilla por sorpresa. Tarda dos segundos más de lo normal, como si estuviera estudiando las palabras que quiere decir.

—Supongo que nada. Simplemente, nos marchamos, se nos quedó pequeño. —Se levanta y se da media vuelta, queriendo desestimar la conversación.

No obstante, tengo una última duda sin importancia.

—¿Cuánto hace que dejasteis Pacific Grove?

Lleva su plato al fregadero y contesta dándome la espalda.

—Unos diecinueve o veinte años, no sé exactamente.

¿No lo sabe? ¡No se lo cree ni ella! Está claro que le incomoda la conversación, así que la dejo pasar y me centro en el desayuno.

Observo el bote de mermelada, ha sido todo un detalle, me alegro de que me la haya comprado.

Debería darle las gracias, sería lo normal, pero recuerdo todas las veces que no lo hizo y decido callarme el agradecimiento.

Es curioso cómo callamos cosas trascendentales, de suma importancia y, sin embargo, podemos llegar a gritar lo más inverosímil y sin sentido alguno que podamos pensar.

Por primera vez en mucho tiempo he tenido ganas de agradecerle algo a mi madre.

Dejo que abandone la cocina y la oigo trastear por la casa.

Conociéndola, sé que está poniendo orden, su orden.

Oigo cómo abre todas las ventanas, lo cierto es que la casa necesita respirar y sacarse este olor a cerrado.

No me fijo en lo que hace, imagino que pasará así gran parte de la mañana, y antes del mediodía irá a hacer la compra.

Quizá debería acompañarla. Una vez más, quiero, pero opto por no hacerlo.

Subo a la habitación y rebusco en la maleta que sigue sin deshacer.

Me pongo unos shorts tejanos, una camiseta de tiras blanca y me calzo con mis Vans negras.

Pienso en que tal vez debería comprarme unas sandalias o unas chanclas parecidas a las que llevaba Norah ayer, aunque pensándolo mejor, me resultaron muy ruidosas.

Una vez me visto, me anudo el pelo; el calor ya empieza a ser notorio.

Me fijo en el enorme ventilador del techo que preside la habitación.

Me pregunto si funcionará. De él cuelga una cadenita amarillenta, tiro de ella y milagrosamente empieza a dar vueltas.

Los primeros segundos desparrama por toda la habitación el polvo que tenía incrustado en sus hélices.

Lo retiro de mi cara haciendo aspavientos con las manos.

Doy otro tironcito y aumenta la velocidad.

Ahora sí. Sentir la brisa desde arriba, recorriendo mi cuerpo, es una sensación increíble.

Claro que, un aire acondicionado hubiera estado mejor, pero no voy a negar que tiene su encanto.

Decido volver a tirar de la cadena y bajarle la velocidad al darme cuenta de que los pósteres de la habitación repiquetean contra la pared.

Las esquinas descolgadas se mueven con rapidez y no quiero que se rompan.

Si algo me ha gustado de esta estancia es ese toque retro que le dan esas imágenes.

Así que me aproximo al viejo escritorio de color blanco y empiezo a abrir cajones sin saber bien qué estoy buscando.

Lo adivino en el mismo momento en que encuentro una caja de chinchetas y sin pensarlo dos veces me subo a la cama de puntillas y empiezo a clavarlas en cada esquina que descuelga.

Mientras lo hago, observo a los actores; tienen su encanto, con esa moda de los pantalones tejanos Levi’s, las camisetas metidas por dentro del pantalón, los flequillos rectos con volumen y los tupés.

Esta misma noche trataré de buscar la serie en alguna plataforma. Tiene pinta de que me va a gustar.

Qué diferentes somos mi madre y yo. Pienso en mi crush , el polémico y rebelde Tyler Williams, y en que su reciente desaparición y muerte han hecho que para mí sea el James Dean de la época, aunque todo apunta a que no tardará en ser olvidado.

Pero es del estilo de hombres que me gustan, pelo largo, tatuajes…

En cuanto a mujeres, mi crush es Jennifer Lawrence, es preciosa, con estilo, con personalidad…

Lo tiene todo. Nada que ver con estos pijos de Beverly Hills.

Pensar en Tyler Williams, en cierto modo, me hace recordar la fotografía que encontré de mis padres y sus amigos.

Mis progenitores sí que seguían más o menos la moda de los pijos de su época, pero la otra pareja lo hacía con una vestimenta algo más hippie , acompañados de ese pelo largo y rubio.

Tal vez en algún momento le pregunte a mi madre por ellos.

Si los cálculos no me fallan, deben ser de la misma edad y deduzco que a su vez serán, o han sido, habitantes de este pueblo.

Me cuesta imaginar a mis padres con otras amistades que se salgan del círculo de los Thompson y los Blake, ambos vecinos del barrio en Phoenix.

Decido colocar la ropa de una vez; todo el verano es mucho tiempo para tenerla en la maleta.

Abro de par en par el armario y, tal y como mi madre ya vaticinaba, en él sigue habiendo algo de ropa.

El primer pensamiento es hacer lo que ella me ha propuesto, meterla en una bolsa para tirar, pero por alguna razón he empezado a desdoblarla sobre la cama para comprobar su estado.

Apenas hay un par de jeans , unos Levi’s 501, para ser más exactos.

Ambos del color azul tejano clásico, aunque uno de ellos se encuentra más gastado que el otro y tiene un corte en la rodilla.

Y pensar que hoy en día ya los venden directamente rotos.

También hay varias camisetas, entre ellas, cómo no, una de Luke Perry.

Son muy variopintas, desde los Backstreet Boys, pasando por Roxette e incluso de Madonna.

Voy entendiendo por dónde va el gusto musical de mi madre en esa época.

Lo que no me cuadra tanto es encontrar un par de ellas de varias tallas por encima y con los grupos de Rem y Red Hot Chili Pepper.

«¡Por favor, mamá!». Ahora entiendo esos CD que llevábamos en el coche titulados «Varios», en los que se podía escuchar a grupos como Rem y seguidamente Roxette o Take That.

Supongo que actualmente no debe escuchar nada, con lo sanadora que es la música.

Me cuesta encontrar un recuerdo con banda sonora tras el accidente.

Desde que Sammy nos dejó, todo quedó en silencio en casa.

Doy un repaso y saco todo lo que encuentro, incluyendo una chaqueta cortita también de la misma marca de los pantalones. ¡Dios mío! ¡Lleva pines! Me entretengo en sacarlos uno a uno, la mayoría están con el broche oxidado, aun así, no pienso tirarlos.

Junto toda la ropa para lavarla, conociendo a mi madre ya habrá comprobado si hay lavadora y si funciona. Pero antes de bajar, añado unas viejas Converse que encuentro en el fondo. ¡Me encantan!

Parece que ya no hay nada más en el armario.

Acerco la silla del escritorio para poder acceder bien a la estantería de arriba del todo y llevo conmigo una de las camisetas viejas, me servirá de trapo para sacar el polvo antes de poner nada ahí dentro.

Doy un par de pasadas hasta donde me llega el brazo —el armario es bastante hondo, no como los que hacen ahora—, y cuando ya doy por finalizada la tarea, toco algo que no logro ver.

La silla se me queda corta y no consigo alcanzarlo con los dedos, así que bajo y, tras pensarlo unos instantes, pongo la maleta tumbada sobre la silla y me alzo sobre ella.

No es muy buena idea, es inestable, pero es que tan solo necesito un segundo hasta llegar a lo que sea.

Mantengo el equilibrio hasta que con ambas manos consigo sacar lo que hay en el fondo.

Una caja de madera. No es que pese mucho, pero lo suficiente para que tenga que balancear su peso, ya que el contenido se mueve en el interior al inclinarla.

No es muy grande, más o menos como una de zapatos.

La observo un instante. Está tiznada, le doy otra vuelta y observo todas las esquinas, por una es como si hubiera estado a punto de quemarse. Voy a abrirla…

—¿Sasha?

—¡¡Mierda!!