Aquel verano en Grove 3. La habitación retro
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3. La habitación retro

Megan

Cada vez que Sasha me contesta con desprecio, pierdo toda esperanza de recuperar a mi hija.

No he estado siendo la mejor madre del mundo estos últimos años, aunque si quiero empezar a ser sincera, principalmente conmigo misma, estos últimos años no he sido la mejor en nada; dejé de ser madre, ser esposa y ser amiga.

No fue la muerte de mi pequeña la que se llevó por delante esta familia, he sido yo.

Una vez más, Alan tiene razón en casi todo y por eso estoy aquí.

Le he prometido que no volveríamos a hablar del tema hasta después del verano y eso haré.

Si algo tiene mi marido es que, con su bondad, genera a su alrededor que uno sienta que siempre está en deuda con él.

Alan es de esas personas que todo el mundo quiere.

Es generoso, paciente, dispuesto a ayudar a los demás, sabe escuchar y, pese a que la vida le ha dado el mismo golpe que a mí, ha sabido reponerse mucho mejor, supongo que hasta ahora.

Él insiste en que también tiene su lado oscuro —como todos, pienso yo—.

Lleva un tiempo diciendo que necesita estar en paz consigo mismo, suena extraño, porque no conozco a nadie con más paz que él.

No sé bien a qué se refiere, pero tras la última mala noticia que ha llegado a esta familia, y su insistencia en volver a Pacific Grove, empiezo a entender por dónde van los tiros.

¡Joder, Alan! Esto nos va a salir muy caro.

Lo que no puedo entender es que me haya pedido que le escondamos algo tan importante a Sasha; aunque respeto su opinión, no parece un gesto propio de él.

Además, olvida que yo también estoy implicada, y que con una mentira en su vida ya basta.

Me prometí no mentirle en nada más. Si ella llega a enterarse antes de que podamos contárselo, su ira podría generar una onda expansiva en la que todos saldríamos algo más que dañados.

Mi hija es así. Supongo que empezó a serlo cuando Sammy murió.

He intentado no tenerle en cuenta eso que dispara hacia mí; palabras secas, gestos de indiferencia y algo con mala vibración, lo más parecido al odio.

Solo lo hace conmigo, con Alan sigue siendo la dulce niña que, a mi pesar, soñaba con ser reportera y se pasaba el día entrevistándonos a todos con un micrófono de madera hecho por su padre.

No es la vida que me gustaría para ella, pero inevitablemente estudiará periodismo.

Deduzco que, con eso, el karma hace su trabajo y me lo devuelve de esa manera; con la inclinación de sus sueños y haciendo que Sasha quiera más a Alan que a mí. Supongo que me lo tengo merecido.

Intento que mi hija no note que me han temblado las manos al abrir la puerta de ese viejo edificio tantos años después.

Sufro un poco de hipertensión arterial, como sin apenas sal y esas cosas, Alan se encargó de que así fuera, incluso empezamos a salir a dar largos paseos; no es nada grave, pero está ahí.

Siento que me flaquean las piernas y supongo que la misma ansiedad que me genera el momento me nubla hasta la vista.

No es nada preocupante, siempre y cuando lo mantenga a raya.

Empezó a pasarme a raíz de lo de mi pequeña.

Lo tengo controlado. Aunque algún susto nos ha dado, sobre todo el día en que me desmayé al encontrar una grabación de Sammy en un viejo teléfono en desuso.

No quiero que Sasha se preocupe estos días.

Así que tomo aire con profundidad dos veces.

Con tan solo poner un pie en esta localidad, ya he sentido como si un efecto mariposa estuviera a punto de desencadenarse a partir de ahora; ha seguido con el chirriar de las clavijas oxidadas por el salitre y al darme cuenta de que, a simple vista, esta casa parece haberse detenido en el tiempo.

Concretamente en un momento en el que la muerte no nos había visitado aún, ni las enfermedades, ni siquiera había hijos, tan solo juventud, amistad, sueños y él.

¡Lo sabía! ¡No debí venir! ¿Por qué hace esto Alan?

No entiendo nada. Se me han caído las llaves al suelo, me han temblado las manos más de lo que me hubiera gustado, sabía yo que con tanto temblor no iba a poder disimular mi nerviosismo; sin embargo, el ladrido de un perro ha hecho que Sasha ni se entere, ocupada en salir tras Sirius que se ha subido al árbol del jardín delantero.

Me adentro apenas un paso y doy con el cuadro de luces.

Subo el diferencial y, ahora sí, puedo encender la luz del porche para que Sasha tenga mejor visibilidad para ver a Sirius subido al árbol.

Una chica muy bonita, diría que de la misma edad o menor que mi hija, se acerca en busca del perro y, por extraño que parezca, entablan una conversación.

Me sorprende, la verdad, Sasha no es la simpatía en persona, aunque tal vez sí lo sea y, como bien me ha dejado caer a plomo sobre mi alma, tal vez, yo ya no la conozca.

En breve cumplirá los dieciocho y en unos meses se marchará a la universidad.

Ha pasado de niña a mujer en un abrir y cerrar de ojos.

¿A quién quiero engañar? Ha pasado de niña a mujer en estos cuatro años en los que he estado ausente, y ahora siento que ya es tarde para recuperar algo de ella.

No hay cosa que Alan desee más que el hecho de que Sasha y yo volvamos a ser madre e hija, entiendo que con estas semanas a solas pretende que limemos asperezas sin estar él de por medio, y, como ya he dicho, a Alan no se le puede negar nada; me siento eternamente en deuda con él, siempre lo estaré, incluso con ese misterioso e inexistente lado oscuro que dice tener y que sé perfectamente que no lo tiene.

Ya ha anochecido y el olor a sal que envuelve toda la localidad se deja notar; pasa por mis pulmones y sube directamente a mi cerebro.

Pienso en mis padres, en todo lo que proyectaron con esta casa, pienso egoístamente que el hecho de que no llegaran a convertirlo en hotel me benefició toda la adolescencia, aquí pasé los mejores años de mi vida.

¡Joder! ¡No! ¿Cómo puedo pensar eso? Una madre no puede decir que sus mejores años fueron en la juventud. Sacudo la cabeza para que se lleve ese pensamiento tan impropio de mí.

La verdad es que no me hubiera importado compartir esos recuerdos con gente de todas las nacionalidades entrando y saliendo a todas horas.

Hubiera sido un bonito hotel y habría tenido su encanto igualmente, y quizá mi madre no hubiera abandonado este mundo dejando un sueño por cumplir.

Después de que ella muriera, mi padre nunca tuvo el valor, ni la edad, ni las ganas, de embarcarse en ese proyecto inacabado.

El hecho de que su única hija no quisiera volver a pisar el pueblo fue ya el detonante para abandonar definitivamente cualquier intento por querer llevarlo a cabo.

No obstante, nunca lo vendió y ahora es mío.

Recuerdo el día en que supe que había desistido definitivamente.

—¿Qué es esto, papá?

—Las llaves del Marilyn.

—¿Qué? ¿Por qué?

—He vuelto mil veces a ese lugar, otras mil veces más he deseado restaurarlo, e incluso he querido venderlo.

—¿Y por qué no lo has hecho?

—No puedo. Tu madre no… Haz lo que quieras con ese inmueble.

Si algún día las cosas no van bien, necesitas escapar o simplemente haces las paces con el pueblo, tendrás un lugar a donde volver.

O si realmente no va a ser así, véndelo, es tuyo.

La intención siempre fue dejarte un negocio próspero, en funcionamiento, que se revalorizara y pudieras tener una buena herencia. Ahora tan solo son cuatro paredes.

—No digas eso, papá.

—Coge esas llaves, hija. Haz lo que quieras con él, yo soy incapaz.

Y eso hice. Guardé las llaves en la caja fuerte y, para ser sinceros, creí que nunca las sacaría de ahí, tan solo en caso de emergencia.

Venderlo nunca ha entrado en mis planes porque es lo único que me queda de mis padres.

No obstante, regresar jamás fue una opción.

Aunque no sé cómo me atrevo ni siquiera a planear, viendo cómo la vida no deja de ponerme piedras en el camino.

Estoy reventada del viaje y Sasha debe estar igual. Así que nos comeremos unos sándwiches que hemos comprado en el camino y a dormir.

—¡¿Cualquier habitación vale?! —me grita desde el piso de arriba.

Olvidaba que hay diez habitaciones, entre ellas están las que habitamos en aquella época.

—Elige la que mejor esté, y si hay que arreglar algo, lo haremos estos días.

La busco mientras hablo, no sé en qué puerta se ha metido.

—¡Me quedo con esta!

Llevo la vista hacia donde precede la voz. Es el cuarto que hay más cercano a las escaleras, lo reconozco al instante, el que fue mi refugio.

Me asomo y veo que sigue medio decorada, siendo evidente que por allí pasó una adolescente; con pósteres de la serie Beverly Hills 90210 a medio caer, en especial de Luke Perry, mi crush de esa época.

—Bueno, le daremos un repaso, quitaremos los pósteres, y si encuentras ropa o algo, lo que sea, mételo en una bolsa. Deshazte de todo sin problema.

A simple vista no hay gran cosa, supongo que mis padres vaciaron la habitación cuando hui de este lugar con la misma edad que tiene ahora mi hija. No puedo evitar que se me acalambre el estómago al poner un pie en esas baldosas en forma de rombos blancos y negros muy psicodélicos.

—¿Esta era tu habitación?

Me sorprende con una pregunta tan evidente, pero sobre todo por el interés.

—Sí, se nota, ¿verdad? Esos son… Bueno, no creo que te interesen, eran de una serie que miraba de jovencita.

—Ahora los buscaré en Google.

—Puedes quitarlos todos. Como ves, estaba obsesionada con Dylan, el malote de la serie.

Me mira y trato de descifrar qué piensa, pero no lo logro.

—No te pega nada que te guste un malote —dice con desdén.

—Ya, bueno, era joven. Yo entonces era otra.

No añade nada más, se deja caer sobre la cama.

El colchón no tiene sábanas, está cubierto por un plástico trasparente, así que me apresuro a buscar unas. He traído las de casa. No sabía si encontraría algunas en este lugar y, de ser así, está claro que habría que lavarlas primero.

Hago el intento de ponerme sola a hacerle la cama, pese a que ya no es una niña.

Retiro el plástico y, por extraño que parezca, Sasha se une por el otro extremo y me ayuda.

Ninguna dice nada. Creo que este gesto ha sido el más cercano que hemos tenido en meses, por no decir años.

Al final, Alan va a tener razón, este lugar nos va a sentar bien a las dos.

Al acabar, bajamos a la planta de abajo, le ponemos la comida y el bol de agua a Sirius y le ofrezco el sándwich que hemos comprado en la última gasolinera.

Me siento en la mesa de la cocina, bastante más grande que la que tenemos en Phoenix, pero ella se limita a coger el bocadillo, una botellita de agua y se marcha a la habitación.

No sé qué esperaba, pero me he desinflado al verla subir las escaleras, exactamente como hace a diario cuando su padre no cena con nosotras.

Apenas doy un par de bocados y decido irme también a dormir, yo lo haré en la que fue la habitación de mis padres. No sé en qué momento ha pasado todo esto; ahora soy yo la madre y ocupo este espacio.

La mosquitera de la habitación no está en buenas condiciones, aun así, me arriesgo a dormir con la ventana abierta. Oír el oleaje del mar siempre fue anestesia para mis oídos, aunque en este caso, más que adormecerme, me está colapsando la mente, devolviéndome recuerdos.

¿Qué se habrá hecho de Elery? ¿Seguirán sus padres vivos?

¿Se habrá casado? Lo último que supe fue que vivía en Europa, siempre intuí que Pacific Grove se le quedaría pequeño para sueños tan grandes.

Alan debe creer que aún vive aquí, nunca le enseñé el reportaje que leí hace unos años en una revista, lo poco que se sabe de él es que está viviendo en la costa oeste francesa, al parecer es muy receloso con su intimidad.

Eso sí, no me ha sorprendido que lo haga junto al mar, lo lleva en el ADN.

Pensar en Elery es algo que había desaprendido.

Tan solo lo dejo vagar por mi cabeza una vez cada tanto, lo justo y necesario, casi nada, que es lo que se merece.

Sobre todo, porque al hacerlo, sin poder evitarlo, Amber acude a mis recuerdos con él.

¿Seguirán siendo pareja? Algo me dice que dos personas con ambiciones tan altas no fueron a buen puerto.

Pero bueno, ¿qué más da? Voy a disfrutar de estos días, que tal vez sean los últimos que la vida me va a brindar en calma.

Todo va a cambiar cuando este verano acabe, y me da mucha rabia y pena a la vez.

Apenas estoy sacando la cabeza, recuperándome de lo de mi pequeña Sammy, y ahora esto.

Pienso en la cara de Alan al oír las palabras del doctor.

Me permito dejar que dos lágrimas rueden por mis mejillas, solo dos.

Cierro los ojos y escucho el oleaje muy al fondo. Mano de santo.