2. El viaje
Sasha
Han pasado tres días desde que oí la conversación que me ha mantenido prácticamente en shock .
Pensar en el hecho de perder a mi padre me hiela el alma.
Ambos fingen que no pasa nada y han querido enmascarar lo de las vacaciones con la excusa de que me voy a la universidad.
Yo tan solo callo, si él lo quiere así, voy a concederle eso.
Me sorprendo pensando en que, si hubiera sido mi madre la que tuvo la idea de mentirme, ahora mismo estaría en pie de guerra con ella, pero como ha sido él, se lo concedo.
Con esto queda más que clara la relación que tengo con uno y con otro.
No pretendo ser juzgada; quiero a mi madre, pero algo hay entre nosotras que hace que salten chispas desde que Sammy murió.
No concibo que en cuatro años no haya sido capaz de levantar cabeza, de darse cuenta de que la he necesitado, que yo también había perdido lo más importante de mi vida; mi hermana pequeña.
Yo era apenas una adolescente de catorce años y necesitaba una madre.
Podríamos haber compartido el dolor y tratar de superarlo juntas, pero su pena lo inundó todo y no hubo espacio para mí ni para mi padre, si es que alguna vez lo tuvo.
No soy estúpida, sé que los padres aman a todos sus hijos por igual, pero en un arrebato egoísta me dio por llegar a la conclusión de que ella quería más a Sammy.
Sí, lo pienso a día de hoy, aunque sé que no debería.
La entiendo, mi hermana era el ser con más luz de la tierra, era imposible no quererla desmesuradamente.
Soñaba con formar su propia ONG, con viajar a todos y cada uno de los países donde hubiera niños o animales que la necesitaran, quería estudiar medicina con ese propósito, intentar salvar vidas.
Nos obligaba a todos a reciclar y cada Navidad nos exponía una lista de asociaciones a las que hacer un donativo a su nombre.
Adoraba los animales, y gracias a ella tenemos a Sirius Black, nuestro gato-perro de color negro; un enorme felino de pelo brillante, cara alargada y nariz chata, como con rasgos de gato egipcio.
Creo que Sirius nunca ha tenido claro que no es un perro, ya que ha adoptado muchas cosas que no son felinas.
Sammy lo intentaba adiestrar a base de premios.
¡A un gato! Lo increíble es que algo aprendió, y ahora ese enorme peludo es lo más valorado que me queda de mi hermana.
El gato tiene ya ocho años. Sigue trepando a la caseta del árbol y duerme largas siestas en el rincón donde ella solía sentarse a leer.
Así que, aparte de la maleta, llevamos un enorme transportín que mi padre nos ha colocado en el asiento de atrás de la camioneta para que vayamos echándole un ojo.
El viaje es de unas diez horas. ¡Diez largas e infernales horas!
Llevar a Sirius con nosotros nos obligará a hacer paradas en las que voy a agradecer tenerlo aquí.
Podríamos haberlo dejado en casa y viajar en avión tan tranquilas, y que, cuando mi padre se reúna con nosotras, Dorothy, la vecina de al lado, se encargara de él, pero lo puse como condición; si voy a pasar casi todo el verano en familia, lo necesito cerca de mí.
Por cierto, nos vamos a Pacific Grove. Lo poco que sé de ese lugar es porque lo he buscado en Google, es la primera noticia que tengo sobre que mis padres habían vivido ahí, o que se conocieron ahí, no me ha quedado claro.
La cosa es que los abuelos tienen una casa en aquel lugar, en desuso, y eso tampoco me lo habían dicho nunca.
¿Cómo puede ser? Hemos veraneado en muchos lugares, ¿nunca les dio por contarme que teníamos una casa en la costa?
¿Por qué nunca nos llevaron a Sammy y a mí a ese lugar?
Supongo que la etapa de después de la niñez, en la que uno habla y se interesa por el pasado de sus padres, en mi familia la pasamos de luto; debido a eso me la perdí y deduzco que, junto a ella, el interés por su pasado.
Con ello, me doy cuenta de que desconozco a mis progenitores.
Tal vez si supiera algo más de ellos, podría entender por qué mi madre no ama a mi padre o por qué mi padre nos ama tanto a las dos que decide mentirme, sabiendo que ya soy mayor de edad, para que pasemos unos días juntas.
Eso me hace preguntarme si la opción de mentirme la ha utilizado en más de una ocasión.
Algo me dice que sí. Por eso, supongo, que no me va a quedar más remedio que ir descubriéndolo por mí misma.
—Vendré en cuanto lo deje todo listo en el trabajo, en unas cuatro semanas —asegura mi padre mientras me da un largo abrazo y besa mi cabeza.
—Si vas a tardar cuatro semanas, ¿por qué no nos vamos entonces? —insisto.
—Ya te lo he explicado, cariño, seguramente es el último verano que pasarás en familia sin que nos traigas a una pareja.
Las últimas vacaciones antes de la universidad, las últimas…
—no acaba la frase, tan solo vuelve a estrecharme en los brazos y tengo que esforzarme para no llorar.
No sabe que lo sé y tengo que fingir que todo está bien.
—Entendido —disimulo, poniendo los ojos en blanco—. Por suerte, Sirius también viene.
—Cuida de tu madre hasta que yo llegue, ¿de acuerdo?
Ella nos observa con los ojos vidriosos.
—Claro, papá.
Me meto en la camioneta, en el asiento de copiloto, y compruebo que el transportín del gato esté bien sujeto mientras observo con el rabillo del ojo a mis padres. Él se acerca a ella y la estrecha fuertemente. Ella lo abraza, pero no con la misma intensidad, cómo no. Finjo no escucharlos.
—¿Estarás bien? —se interesa él.
—Sí. Bueno, va a ser muy difícil estar tantos días solas.
—Lo haréis bien, valdrá la pena. Solo piensa eso. Os merecéis estos días. Me reuniré con vosotras en cuanto pueda. —Aprieta la cabeza de mi madre contra sus labios y besa fuertemente su pelo.
—Estoy aterrada —añade ella con voz tenue.
—Shhh. Todo va a salir bien.
Tengo que tragar saliva y tratar de contener el nudo en la garganta. Mi padre tiene cáncer, ya no hay duda. Lo que sí dudo es si voy a poder soportarlo, o, peor aún, no tengo muy claro que mi madre pueda soportarlo, teniendo en cuenta que no ha logrado reponerse de la muerte de Sammy.
Se dan un pico en los labios y ella se introduce en la camioneta frente al volante. ¡Cómo odio esos besos penosos que se dan!
***
Pese a haber salido de madrugada, diez horas y media son muchas, llegaremos al anochecer porque cada dos horas o así paramos a estirar las piernas en alguna estación de servicio y aprovecho para sacar a Sirius a orinar en la tierra.
Ahora veo los frutos del trabajo que Sammy hizo con él; es un gato que sabe pasear con arnés y no se asusta cuando ve movimiento de gente.
Siempre hemos vivido en Phoenix y, pese a ser una ciudad enorme, no es lo normal ver a personas paseando gatos como si fueran perros.
Cuando Sirius llegó a nuestra vida, como mi hermana siempre fue una adelantada a su tiempo, se tomó como un reto adiestrar al gato.
Ahora veo que lo hizo bien; otra cosa no, pero genes testarudos en mi familia tenemos unos cuantos.
Desde que ella no está, nadie más se ha preocupado de seguir esas rutinas de paseos y trucos con premios, sin embargo, no ha rechistado nada cuando le he puesto la correa para salir.
Siempre había pensado que los gatos, al poco tiempo, desaprendían lo enseñado; creo que lo leí en algún lugar, pero ya veo que no es del todo cierto.
Mi madre se comporta de una manera extraña, claro que en este viaje todo lo es. Lo digo porque intenta darme conversación a cada rato y, como no estoy acostumbrada, opto por ponerme los AirPods y desconectarme del momento.
Estoy molida de cansancio cuando veo caer el sol en el horizonte, a lo lejos, sobre el mar.
Un sinfín de tonalidades anaranjadas y rosadas lo inundan todo.
El cartel de «Pacific Grove, condado de Monterey, California» nos da la bienvenida.
Bajo la ventanilla para ver a qué huele esta localidad, e inspiro hondo: sal, arena mojada y mar. Me gusta, pero no lo digo.
Ya ha caído la noche cuando aparca el coche en un barrio residencial, frente a una vieja casa blanca de estilo victoriano. A simple vista es la única deshabitada.
—Bien, pues ya hemos llegado. —La voz de mi madre no suena convencida del todo—. ¿Te gusta?
—¿La casa?
—Bueno, todo en general, el pueblo.
—Es casi de noche y no me he bajado ni de la camioneta, es pronto para contestar eso.
—Ay, hija, pon de tu parte, por favor —me recrimina.
No le contesto. Me apresuro a sacar a Sirius, le coloco el arnés y le engancho la correa. Cada una saca su maleta y las arrastramos hasta la entrada. Hay cuatro escalones frente a los que me detengo y observo esa casa en su inmensidad.
—¿No es demasiado grande para dos personas?
—Tu abuelo la construyó con la intención de montar un pequeño hotel, creo recordar que de diez habitaciones, pero las cosas no fueron como esperaba y acabó siendo la casa familiar.
—La supercasa familiar —añado.
—Sí, es enorme y está algo descuidada, pero tiene su encanto. Te gustará el jardín trasero; tenía una piscina, si no se ha hecho ninguna reforma extra estos años, debería seguir allí.
—No tiene pinta de que haya sufrido ninguna reforma, parece una casa fantasma.
—Dale una oportunidad. Guardo muy buenos recuerdos de este sitio.
—¿Quién lo diría tras no haber comentado nada de ella en toda mi existencia?
Veo la incomodidad en su cara, en sus gestos, pero decide no contestar a mi comentario hiriente.
Abre la puerta con intención de entrar, no obstante, antes de poder ni siquiera echar un vistazo a su interior, un perro salchicha enano, de color marrón y negro aparece ladrando como un poseído.
Antes de que llegue a nuestros pies, Sirius sale a toda prisa con la correa a rastras y trepa a un árbol del jardín.
—Pero ¿qué demonios?
Me apresuro a acercarme al árbol para intentar que el perro no alcance la correa de mi gato, cuando de la nada aparece el dueño del animal, corriendo. Tan solo puedo oír el repicar de sus chancletas en el suelo.
—¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Dobby! ¡Ven aquí!
Me hace gracia oír que también lleva el nombre de un personaje de Harry Potter. Tiene un ladrido insoportable para ser tan pequeño. Lleva la correa a rastras y opto por agacharme y sujetarlo para evitar que se escape hasta que su amo se acerque hasta nosotros.
—Lo siento de veras, ha salido disparado.
Lo miro o, mejor dicho, la miro, y me sonrojo en milésimas de segundo.
Es una chica joven, no sé si es de mi edad o tal vez un par de años mayor o menor; soy pésima poniendo edades.
Es muy guapa, lleva el pelo recogido en un moño que, en algún momento, ha debido estar mejor peinado, y del que le cuelgan dos mechones rubios, pese a que el cabello anudado es oscuro y contrasta mucho con sus ojos azules.
Lleva una camiseta blanca manchada de pintura y unos pantalones cortos que dejan ver unas esbeltas piernas bronceadas.
Luce un piercing en la nariz que parece emitir pequeños destellos al hablar, gracias al reflejo de la luz del porche que mi madre ya ha encendido. Me sonríe mientras me tiende una mano.
—Soy Norah, vivo en la casa de enfrente. No te preocupes por Dobby, no volverá a pasar.
—Sasha. —Le estrecho la mano y noto que sigo ruborizándome. No estoy acostumbrada a que la gente se presente de buenas a primeras, en la ciudad apenas nos miramos a la cara y no nos conocemos todos los vecinos de un mismo barrio.
Por un instante, me doy cuenta de que mi madre nos observa desde la puerta y sonríe con el brazo en el interior de la casa, imagino que con la mano puesta en el interruptor de la luz del porche.
Eso me hace reaccionar. Doy un tirón de la correa de Sirius hasta que lo alcanzo, lo arropo en mi pecho y me doy media vuelta.
—Encantada, Sasha, si necesitáis algo, os aseguro que mi madre tiene de todo. Es como si tuviera el bolsillo mágico de Doraemon —bromea, pero no alcanzo a reírme, tan solo alzo los labios a media asta.
Noto cómo se ha sentido ridícula por el comentario y ella también camina marcha atrás, nerviosa.
Entro en la casa sin más.
—He visto cómo la mirabas. —Se me para el corazón por un instante al oír eso de mi madre—. Conociéndote, esa será tu mejor amiga en estas vacaciones.
«¿Cómo la miraba? ¿Mejor amiga?».
—¿Conociéndome? —Resoplo indignada—. Tú ya no me conoces, mamá.