Aquel verano en Grove 1. Cuando éramos felices
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Aquel verano en Grove

Aquel verano en Grove

Por Manuela Valerio

© inepub.com

1. Cuando éramos felices

Sasha

Llevo unos días pensando en que las cosas no van bien entre mis padres, en que quizás ya no se quieren o que simplemente me esconden algo.

Ya sé que es una forma un tanto extraña de empezar esta historia, pero darme cuenta de eso ha sido lo que me ha llevado a abrir la que ya intuyo como caja de Pandora de nuestras vidas.

Siempre hemos sido una familia feliz, diría que ejemplar, de hecho, mis amigos casi todos cuentan con padres separados, y por eso, a menudo, he despertado muchos elogios y envidias sanas en mi entorno.

Nuestros álbumes están a rebosar de fotografías entrañables: Navidades llenas de luz, vacaciones en Disney World, retratos con la abuela —de la cual guardo borrosos recuerdos— y, en general, imágenes muy familiares y repletas de amor en las que salgo colgada del cuello de mi padre, en la playa, en la montaña o simplemente en el sofá de casa.

Sí, éramos felices, y digo «éramos» porque lo fuimos hasta el día en el que Sammy murió.

Desde ese día papá ya nunca volvió a ser el mismo, algo se apagó dentro de él, y mamá dejó de brillar y empezó a lucir ojeras que parecían tatuadas.

Además, el carácter se le agrió y nuestra relación ha menguado bastante desde entonces.

A menudo, siento rabia hacia ella, porque creo que olvida que aún tiene a una hija viva, a veces creo que hasta olvida que ella también lo está.

Y aunque creo que la marcha de Sammy nos rompió a todos por la mitad —no solo porque ellos perdieron a una hija y yo a una hermana, sino porque perdimos el hilo que mantenía unida a esta familia—, no creo que sea ese el único motivo de sus problemas.

Pronto se cumplirán cuatro años de lo acontecido, y todavía sigo teniendo la sensación de que escucho música proveniente de su habitación, o de que me espera en la casa del árbol, o que aparecerá en cualquier momento para sorprendernos con cualquier noticia ecologista; ella soñaba con cambiar el mundo y nosotros creíamos firmemente que lo haría.

En cierto modo, lo consiguió, pero con el nuestro.

Estos últimos días he estado removiendo los álbumes en busca de una pista, no sé exactamente con qué espero toparme; quizás algún detalle que me ayude a entender por qué y en qué momento mis padres se dejaron de querer.

Lo que sea. Algo que me llame la atención.

Sin embargo, lo único que he podido encontrar en el sótano es un sobre.

Estaba medio escondido entre los álbumes y contenía varias fotos, entre ellas, la de una pareja.

Él tiene el pelo largo, rubio y desgreñado, como un hippie, o un surfista, y ella de una tonalidad similar y larguísimo.

Diría que ambos son del mismo estilo, muy atractivos, y están en la misma foto que mis padres, así que deduzco que serían de su grupo de amigos.

«¡Qué guapa era mi madre de joven!». Creo que jamás la he visto sonreír así.

La chica rubia debía de ser su mejor amiga, por la complicidad en las sonrisas que plasman las imágenes, abrazándose la una a la otra.

Confiaba en encontrar algo más que la foto de una pareja de amigos, la verdad.

Aunque con ese intenso escrutinio, tras repasar todas las cajas, he podido corroborar lo que llevaba días pensado; mis padres nunca se han amado.

Rectifico: mi madre nunca ha amado a mi padre.

No es que nada haya cambiado entre los dos, es que nunca hubo amor desde un principio.

Y no está hablando mi rencor hacia ella por haber olvidado su papel de madre estos últimos cuatro años, al fin y al cabo, después del verano empezaré la universidad en Columbia, me marcharé muy lejos y tan solo vendré un par de veces al año.

Si he rectificado esa frase es porque, tras una búsqueda exhaustiva, no existe ni una sola fotografía, de entre cientos que tenemos, ni una sola, en la que mi madre esté teniendo un gesto de amor hacia papá.

En cambio, él sí los tiene hacia ella, su lenguaje corporal así lo delata; la forma en cómo la mira, el modo en que le posa un brazo sobre el hombro o la pierna, le toca la cara o le rodea la cintura… Sin embargo, ella…

No es fácil de detectar a simple vista porque sonríe en cada imagen, pero todos sus gestos cariñosos, capturados en imágenes, van dirigidos solo a Sammy y a mí.

Pese a tener fotos de muy jóvenes juntos —incluso antes de que yo naciera—, no existe la típica en la que ella apoye la barbilla en su hombro o lo bese en la cara, ya no digo ni en los labios, ni siquiera una en que estuviera mirándolo con adoración, como se debería mirar a la persona que amas.

O nunca ha estado enamorada o no ha quedado plasmado en ninguno de esos álbumes.

La he visto frotarle la espalda y el brazo multitud de veces, es un gesto muy suyo, o retocarle el cuello de la camisa antes de irse a trabajar.

Sus besos siempre han sido castos; de esos en los que apenas se rozan y se dan cuando uno de los dos llega o se va.

Todo ha sido tan correcto entre ellos que me hace sospechar.

Ahora que pienso en ello y me fijo bien, me doy cuenta de que el amor, tal como y como uno cree que debería ser, no está.

Pese a haber sido unos excelentes padres, no puedo ponerlos como ejemplo de amor al que admirar.

La gota que ha colmado el vaso y con la que se han acabado de confirmar todas mis dudas, es el motivo por el cual estoy haciendo la maleta para pasar el verano junto a mi madre, con la que ya apenas tengo nada de qué hablar, en un pequeño pueblo pesquero de la costa oeste.

Sin mi padre, por supuesto. «¡Todo el verano! Esto me va a costar mucho».

Papá lo ha organizado todo y no me he podido negar.

Aunque él dice que se unirá a nosotras en cuanto pueda, que no vayamos juntos me preocupa bastante.

Estoy aterrada, no lo voy a negar. Odio que me escondan cosas, ya no soy una niña, soy mayor de edad, aunque a veces no adopte conductas como tal.

Como, por ejemplo, cuando me subo a la cabaña del árbol, donde solía pasar tantos ratos con Sammy.

Apenas paso por la puerta, debido a mi altura, pero no puedo evitarlo; estar en un lugar tan nuestro me devuelve siempre al sonido de su voz sin tener que recurrir a las grabaciones.

Allí me encuentro ahora mismo, en esa vieja caseta que da justo a la ventana de la cocina.

Me acurruco y cierro los ojos para relajarme.

No obstante, a lo lejos, oigo cómo mis padres mantienen una conversación.

Parece algo realmente serio, lo intuyo por sus rostros.

Asimismo, ellos nunca se abrazan y, en cuanto abro bien los ojos, para asegurarme de que sea real, allí están ambos, fundidos en un sentido abrazo.

El corazón me empieza a palpitar rápido. «¿Qué está pasando?». Pongo toda mi atención en poder oír con claridad la conversación.

—Todo va a salir bien —dice mi padre acariciándole el pelo. Ella no habla, tan solo solloza en su hombro—. Vamos a dejar pasar el verano.

Tarda en reaccionar, pero por fin ella levanta la cabeza y dice algo que me sorprende.

—Deberíamos decírselo a Sasha. —Por cierto, esta soy yo.

—Se lo diremos, claro que sí, pero deja pasar las vacaciones. Son las últimas antes de irse a la universidad, no quiero que las pase angustiada.

Mi madre agacha la mirada, como esquivando los ojos de mi padre y la levanta con expresión suplicante.

—No quiero ir al pueblo, no le debemos nada a nadie. Hemos sido muy felices así.

—No, Megan, ya no somos felices. Llevo pensado en ello desde que nuestra hija murió.

—Alan, al pueblo no. Cualquier otro lugar con mar, si es lo que quieres.

—Megan, cariño, necesitas volver a ese lugar y necesitas pasar unos días a solas con tu hija.

Hazlo por mí. Me reuniré con vosotras en cuanto pueda.

Quiero hacer esto, quiero regalaros un verano inolvidable, como madre e hija, os lo merecéis.

Podemos hacerlo, el dinero no es un problema y lo sabes.

Prométeme que vas a intentar no pensar en esto.

Mi madre llora desconsolada, e irremediablemente mi mente vuelve a aquellos días tras la pérdida de Sammy; por primera vez en mucho tiempo, siento ganas de abrazarla.

Permanezco un rato en estado de shock . Ninguno de los dos menciona la palabra maldita, pero es fácil deducir que a mi padre, a la mejor persona que conozco en el mundo, le pasa algo malo.

Acurruco la cabeza entre las piernas mientras las abrazo, encogida, exactamente como lo hacía de niña.

Me lleva un rato asimilar lo que he escuchado, a la vez que los sigo observando.

Han reanudado la conversación, pero yo he dejado de oírlos, tan solo miro absorta sus movimientos, hasta que algo me devuelve al momento.

—Necesitamos hacerlo.

—Tú lo necesitas, yo no —se apresura a aclarar ella, apartándose de sus brazos.

—Ambos.

—Creí que eso estaba olvidado, prometimos no volver a hablar del tema, no volver a mencionar su nombre.

—Megan, escucha. Las reglas han cambiado. ¿No te dio que pensar la muerte de nuestra hija? Mírame. —La sujeta por la barbilla—. Saldremos de esta.

—No puedo, Alan.

Lo veo coger aire y soltándolo al hablar.

—No tienes por qué preocuparte. —Espira como el que hace una confesión—. Sé de antemano que dejó Pacific Grove hace años, y creo que tú también lo sabes.

—No quiero que Sasha… Ella… Me lo prometiste, Alan.

—Shhh. Ella estará bien. Las dos estaréis bien. Sasha tan solo pasará un buen verano con su madre en un lugar increíble. Es todo.

Parece que por fin mi madre se ha convencido, pero quiere añadir algo más.

—No tienes por qué hacer esto, no le debes nada.

—No lo hago por él, Megan, lo hago por ti y por Amber.

«¿Amber? ¿Quién es Amber?», pienso, mientras sigo escuchándolos.

—No hay nada que recuperar ahí.

—La gente cambia, Megan.

—No sé si estoy preparada para volver.

—Ni yo, Megan, ni yo…