XXV
El agua está helada y durante los primeros segundos en la negrura, mientras baja, solo siente el frío filtrándose hasta el tuétano de todos los huesos de su cuerpo.
El frío le clava mil cuchillos mientras el corazón, como un martillo, resuena en la oscuridad absoluta del sifón, la leve luz de carburo ya olvidada.
Mientras baja, abre los ojos, pero es inútil.
Y no le duelen, porque el agua es dulce.
Dulce pero negra. Solo hay negro. Negro y frío.
Se guía con las manos, siguiendo las paredes del sifón, ásperas e irregulares.
Y continúa bajando. El frío y el miedo. Siente los timbales de su corazón palpitar con más fuerza cuando su oído le empieza a doler.
Se tapa la nariz y sopla con la boca cerrada, mientras sigue hundiéndose.
Esto parece aliviarle el dolor, pero un poco más abajo, cuando ya piensa que pronto tocará fondo, el dolor se intensifica en su oído malo.
Y aunque sopla y sopla, ahora le duele mucho.
Y le zumba. Y juraría que le quema, aun con el frío.
Y juraría que refulge en la oscuridad, pero no puede ser.
Debe de estar soñando. Y entonces siente que ya no le queda aire y los latidos de su corazón se confunden con sus pensamientos y con el dolor de la herida que pulsa enloquecida.
Y los pulmones también le arden dentro del pecho.
Y entonces hace pie.
Y el oído desesperado sigue zumbando dentro de su cabeza.
Y él, también desesperado, como si fuera a morir, busca en el suelo del sifón.
Rasca con dedos angustiados la roca dura del suelo y se los desgarra, pero allí solo hay negro.
Entonces no puede más. Se impulsa con los pies con fuerza hacia arriba y con las manos araña la pared del sifón, ya sin aire, ahogándose, para salir de allí, hacia arriba en la oscuridad.
Y de repente emerge fuera del sifón, fuera de aquella tumba de agua negra, y los pulmones se le llenan de aire con un grito, y el oído calla.
Y el corazón le va a mil, pero poco a poco se va apagando mientras se tiende en el suelo de la galería estrecha.
Agotado, fuera del sifón, en las entrañas de la Falconera, bajo la luz de carburo que, jugueteando con el aire, tiembla como él y parece abrazarlo como si fuera una madre.
Cuando ha recuperado el aliento, allí tendido sobre el suelo de la cueva, vuelve a pensar en salir y escapar por el mar.
Pero entonces le viene ella a la mente, y la inquietud de verla atrapada por el Capataz lo quema por dentro.
Y eso lo empuja a decidirse. Esta vez tomará más aire y bajará más deprisa.
Esto le dará más tiempo para buscar cuando toque fondo.
Sin dudarlo, se vuelve a zambullir y el frío lo engulle otra vez. Pero él baja, determinado, ignorándolo, ahora mucho más rápido, impulsándose con las manos contra las rocas afiladas de la pared del sifón, como navegando entre agujas de hielo.
Y cuando ya está muy abajo y el oído ya zumba desesperado a pesar de sus resoplidos por la nariz, se sorprende al hacer pie. Busca palmo a palmo en el suelo. Y la esperanza de haber llegado tan rápido al fondo se empieza a desvanecer cuando la búsqueda en el suelo es infructuosa. ¡Allí no hay nada!
Y el corazón se le vuelve a acelerar. Y el oído zumba más desbocado que nunca entre los timbales del corazón.
Y en medio de aquel concierto infernal, mientras sus manos recorren ciegas el suelo del sifón, le vuelve a invadir el miedo.
Y es un miedo frío. Friísimo. Mucho más frío que el miedo de la guerra.
Y cuando ya no se lo espera, allí, en medio de la negrura más absoluta, sus dedos tocan un borde metálico.
Saca la medalla del bolsillo e intenta hacer encajar el trencadís en la oscuridad, encima del metal.
Y le parece que la medalla brilla en la oscuridad, pero no puede ser, debe de estar soñándolo, y el corazón le va a mil y ya no tiene aire y ahora sabe seguro que morirá.
Una fría certidumbre lo envuelve y ya amenaza con llevárselo cuando, de repente, la medalla de trencadís encaja perfectamente.
Y por encima de sus latidos y del pitido del oído, oye un clic.
Y la tapa metálica se levanta y sus dedos agarran la cajita que hay dentro.
Le parece extrañamente caliente al tacto.
No la ve, pero nota que es como la que encontró en el pozo de casa.
Y entonces recuerda que tiene que respirar, pero ya no hay aire, ya es demasiado tarde.
Una paz como no la había sentido nunca en su vida lo invade y el frío se retira.
Ya no lo nota. Solo queda aquella paz inmensa, como si el mundo hubiese callado para siempre.
Se siente subir, arriba, arriba, arriba, separándose de su cuerpo, que sigue anclado en el fondo del sifón, inerte, con la cajita en la mano.
Y sube y sube y sube, dejando el cuerpo atrás.
Dejándolo todo atrás. Y ya no tiene miedo.
Y el oído ya no le duele. Y entonces ve a su Padre, muy joven, refulgiendo, con la misma sonrisa de cuando él era pequeño.
Y le pregunta ¿qué hace allí? Y él no contesta, pero quiere ir adonde él está.
Es lo que más desea. Y ve la luz detrás de su Padre, como la de la cueva que da al mar.
Y es una luz preciosa. Como ella. Como la Pubilla.
Y entonces la puede ver allí, sentada junto a la boca del pozo, esperándolo en lo alto del acantilado.
Y a su lado, la sombra infame del gigante, que parece querer engullirla, fumando un cigarrillo, con la pistola en la otra mano. Esperando a matarlo.
Y entonces la Pubilla mira hacia arriba y sus miradas se entrelazan. Y sabe que no puede irse. No todavía.