XXVI
Se despierta como en un sueño junto a la boca del sifón. La luz de carburo titila incierta y siente un frío intenso. Está totalmente desconcertado y no sabe cómo ha conseguido salir a la superficie. En su mano agarrotada tiene la cajita. La aprieta con fuerza, como si le fuera la vida.
Todavía tiene en la mente la imagen de la Pubilla esperando bajo la pistola del Capataz. Se levanta, completamente empapado, y se dirige, con pasos cansados, hacia la salida de la galería, en dirección a la boca del pozo. Se guarda la cajita, que es idéntica a la otra, en el bolsillo del pantalón.
Cuando sale de la galería, la luz del mar que entra cegadora por la boca de la cueva le recuerda lo que ha visto en el fondo del sifón. El olor a mar y su calidez parecen llamarlo. Pero entonces ve cómo se agita la cuerda que baja por el centro del pozo, como poseída por una fuerza maléfica.
Cuando llega a la altura de la cuerda y el arnés, ya puede oír los gritos que vienen de arriba.
Mira hacia la boca del pozo y ve la cabeza inmensa del Capataz, que grita con todas sus fuerzas y zarandea la cuerda, como si quisiera tocar la campana que es el arnés en el fondo de aquel campanario que se hunde en las profundidades del Garraf.
Como si eso pudiera llevar a la superficie el Objeto que tanto codicia.
—¡KAAARRRRAAAUUU!
Carrau se coloca bien el arnés que cuelga al final de la cuerda y empieza a subir por el pozo de Eusebi.
El ascenso es eterno y si no fuera por el arnés y porque, por momentos, cuando se detiene por el cansancio, es el Capataz el que lo iza a pulso con su fuerza descomunal, sin duda se habría descolgado y caído al fondo.
Cuando por fin llega arriba, más muerto que vivo, el Capataz lo levanta literalmente y lo lanza al suelo, como si fuera un saco, al lado del pozo. Él cae pesadamente, golpeándose el rostro con la roca, sin fuerzas para parar el golpe. La Pubilla se abalanza sobre él y le besa la cara.
—¿Estás bien?
Su fragancia lo envuelve y tenerla tan cerca de nuevo, bajo el sol del acantilado, compensa con creces el sufrimiento allí abajo.
Entonces el Capataz se le acerca y le da una patada brutal en el estómago.
—¿Lo has encontrado? ¡Dámelo!
Y lo apunta con el arma mientras él se levanta pesadamente y se separa de la Pubilla, por miedo a que el otro dispare y pueda herirla.
—Lo he encontrado —dice, y con la mano se toca el estómago dolorido.
Los ojos del gigante parecen salírsele de las órbitas y su cara enloquece de codicia. Amartilla la pistola.
—¡Dámelo!
Entonces gira el arma hacia la Pubilla y vuelve a gritar como un loco.
—¡Dámelo! ¡O la mato ahora mismo!
Y Carrau sabe con certeza que lo hará. Se saca el zurrón y lo tira al suelo, delante del Capataz.
—Está dentro.
El otro, sin dejar de apuntarlo, coge el zurrón, excitado, y, poniendo la mano dentro, extrae la cajita vacía de Gaudí.
—¡Ah! Endlich! ¡Por fin! —y con el dedo toca el pequeño engranaje que cierra la cajita.
Entonces apunta de nuevo a Carrau y se pone a reír, desbocado.
—¡Ingenuo! ¡Jajajajá!
Y su risa ensordecedora desconcierta a Carrau, que mira a la Pubilla.
—Ella te ha mentido, ¡todo este tiempo! ¡Todo lo ha organizado ella! El fuego, ¡todo!
Carrau no se lo puede creer. Un frío más intenso que el del sifón negro lo recorre. No quiere creerlo. Mira a la Pubilla incrédulo.
—No, no —dice ella desesperada—. Fue el Mercader. Él es el jefe de Odessa. Fue él.
—¡Jajajajá! ¡Teatro hasta el final! —ríe el Capataz, que está gozando sádicamente del momento.
—Yo solo quería salvar el negocio —llora ahora la Pubilla con las manos en la cara.
—¡Te ha engañado como a un idiota! Te ha utilizado. Ella se casará con el Mercader, como dictó su padre —y entonces levanta la cajita de Gaudí y añade— ¡Y con este poder infinito, pondremos en marcha una nueva era para la Patria!
—No, no —ella llora desconsolada y lo mira y empieza a decir—. No es verdad porque…
Entonces los ojos del Capataz se endurecen y, interrumpiendo la frase de la Pubilla, apunta la pistola a la cabeza de Carrau y dice:
—Es hora de morir.
Y aprieta el gatillo.