XXIV
Carrau baja por el pozo de Eusebi con el corazón encogido y la rabia contenida ante la situación. Las toscas paredes del pozo de servicio parecen engullirlo mientras se precipita hacia las profundidades, sujeto por el arnés, rezando para que la cuerda que ha traído sea suficiente.
Desde la boca del pozo, el Capataz lo observa todo; apunta con su pistola a la Pubilla y amenaza con matarla.
—¡Más deprisa! Schneller, los! —le grita desde arriba—. ¡Si no, la mato y la tiro por el pozo! —y entonces ríe sádicamente y su risa resuena infinita por las paredes del pozo, mientras Carrau baja tan rápido como puede. ¡Se maldice por haberse dejado sorprender!
Hace solo unos minutos, después de que el Capataz los sorprendiera en lo alto del acantilado, este le había hecho leer el documento a punta de pistola.
—¡Lee el documento! —su voz impaciente daba a entender que podía matarlos en cualquier momento.
La cara de la Pubilla, que ya había entendido desde el primer momento las intenciones del Capataz, se iba volviendo cada vez más pálida mientras escuchaba las precisas instrucciones para recuperar el Objeto.
«Cuando estéis en el fondo del pozo de Eusebi, deberéis ir hasta las galerías y tomar la que os quedará a la izquierda. Al fondo de esa galería encontraréis un agujero en el suelo lleno de agua. Es un sifón. Os tendréis que sumergir y bajar hasta que hagáis pie, unos doce metros bajo el agua».
—Schacht? ¿Dónde está el pozo? —le había exigido el Capataz.
Entonces él le había señalado junto al acantilado, y habían bajado hasta allí como habían podido, seguidos del Capataz y su pistola.
Escondido entre los arbustos y protegido por una reja de hierro, el pozo de Eusebi se hundía muchos metros hacia las entrañas de la Falconera, conectando con las galerías subterráneas y su inmenso río de agua dulce.
—Tú bajarás y me lo traerás. Si no, ella morirá.
¿Lo entiendes? —le dijo el Capataz hablando muy lentamente y dejando de apuntarlo para coger a la Pubilla por el brazo y ponerle la pistola en la sien.
Viéndola así, Carrau no había podido más y había sacado el Papitu del zurrón de golpe.
El cuchillo había brillado al sol mientras él se contenía con todas sus fuerzas para no saltar al cuello del gigante.
Este se había limitado a sonreír y apretar todavía más la punta de la pistola en la sien de ella. Y había gritado:
—Tira el cuchillo. ¡Al mar!
Y él la había mirado a los ojos y, lleno de rabia, había hecho volar el Papitu hacia el borde del acantilado. Lejos, hacia el mar.
—No hagas tonterías si quieres que ella viva —y sus ojos brillaban.
Claramente estaba disfrutando de aquel momento.
Y para enfatizar su control de la situación, había apretado el brazo de ella con mucha fuerza, como cuando estranguló al Vecino.
Y ella había gritado de dolor. Entonces había obligado a Carrau a levantar la reja y preparar la cuerda y el arnés para bajar.
Ahora, Carrau ya ve el fondo del pozo que, mientras baja, aparece extrañamente iluminado por la boca de la cueva.
Cuando finalmente hace pie, después de más de cincuenta metros de descenso, se queda unos instantes anonadado.
El pozo acaba directamente en una galería que lleva al interior de la cueva, hacia la oscuridad.
Pero, como si estuviera justo en la frontera de dos mundos opuestos, desde aquel punto, si gira la mirada hacia el exterior, se puede ver la luz deslumbrante de la salida al mar.
Oye gritos confusos desde arriba que se mezclan con el sonido de las olas golpeando contra la cueva.
Levanta la mirada hacia la boca del pozo.
Allí se recorta la cara del Capataz que seguramente le grita alguna amenaza que se distorsiona hasta perderse en la profundidad.
Se aparta de la cuerda y del pozo y se acerca a la boca de la cueva, hechizado por el sonido del mar y el aire salado y fresco que trae con cada ola que rompe.
Como huyendo de la oscuridad, sale de la cueva y ve que la caída desde allí hasta el mar es todavía muy alta.
La inmensidad azul lo calma un poco, mientras su cabeza intenta encontrar alguna otra salida a todo aquello.
Alguna manera de salvarla. Pero parece que la única es recuperar el Objeto que escondieron Gaudí y su padre y dárselo al Capataz. Y que sea lo que Dios quiera.
Entonces le vienen a la mente las palabras del documento, que ha leído arriba, en voz alta:
«Bajo ningún concepto habéis de dejar caer este Objeto en malas manos. Muchos han muerto antes por protegerlo y esperamos que estéis a la altura de vuestra misión si llega el momento de hacer el sacrificio final para evitarlo».
Una gaviota levanta el vuelo y chilla por encima del acantilado, y allí, delante de las olas, un pensamiento oscuro le vuelve a resonar en la mente: ¿y si ella lo ha traicionado? ¿De dónde ha salido el Capataz? ¿La ha seguido realmente? ¿O solo lo están usando para conseguir el Objeto?
Saca la medalla de ella del bolsillo y piensa en lanzarla también al mar. Como ha hecho antes con el cuchillo. Y bajar como sea hasta abajo e intentar huir de allí. Y olvidarse de todo aquello.
Y no verla nunca más.
Piensa entonces en lo de hace un rato, cuando se han abrazado arriba en lo alto de la roca. Y ella lo ha vuelto a besar. Y sus labios eran salados, por sus lágrimas. Y él no hubiera querido parar nunca de beber de aquel mar.
¡Tiene que intentar salvarla como sea!
Decidido, vuelve a entrar en la cueva y se adentra en sus profundidades, buscando el sifón en el que tendrá que sumergirse.
Mientras avanza hacia el fondo húmedo, la luz natural es cada vez más tenue, así que saca la lámpara de carburo que ha traído en el zurrón y la enciende.
Cuando llega a la bifurcación, ve que la galería de la derecha, la que no debe tomar, es claramente la principal y la que debían utilizar los ingenieros de minas.
La de la izquierda parece una galería natural, mucho más baja y estrecha.
Camina durante un buen rato con la espalda encogida, bajo la incierta luz de carburo que amenaza con apagarse unas cuantas veces.
Si mira atrás, ya no puede ver la entrada de la galería, la bifurcación.
Está en lo más hondo del macizo. Las instrucciones resuenan amenazadoras en su cabeza cuando llega al fondo y ve el agujero en el suelo, lleno de agua. Esperándolo. Es totalmente negro.
«Cuando sintáis la presión en los oídos en la inmersión, tapaos la nariz con los dedos, cerrad la boca y soplad suavemente hasta que notéis que la presión disminuye. Hacedlo a menudo, antes de que os empiece a doler».
Se toca instintivamente la herida de guerra bajo la oreja. No sabe cómo su oído dañado reaccionará a aquella inmersión. De hecho, no sabe ni nadar. Solo ha ido a la playa dos veces en su vida.
Entonces vuelve a pensar en ella, en manos del Capataz. La rabia que siente lo hace decidir. Llena los pulmones de aire al máximo y se lanza al agujero negro.