Aqua Vitae (El legado secreto de Gaudí 1) XXIII
88%

XXIII

El lugar donde debe encontrarse con él está bastante lejos de la masía, así que se marcha a caballo al alba, sin decir nada a nadie. Va vestida con su ropa habitual de montar, pero hoy con una camisa negra en vez de blanca, en señal de duelo por su padre.

La mayor parte del viaje es por el camino de Sant Pere de Ribes.

Alterna el trote con el galope y, para no agotar al caballo, hace algunas paradas.

En una de ellas, ya con la mañana bien entrada y mientras el caballo abreva al lado de un riachuelo, el corazón se le hiela cuando le parece oír el ruido de un motor.

El caballo levanta la cabeza del agua y la mira inquieto.

Ahora ella escucha con atención, pero el ruido ya no se oye. ¡Se lo debe de haber imaginado!

Cuando llega el desvío de Olivella, continúa avanzando por el camino hacia la Plana Novella.

En la distancia, entre los campos de trigo y las viñas, la masía pairal se ve medio abandonada, aunque en algunos de los corrales parece haber ganado.

Se le hace un nudo en la garganta pensando en su padre, y piensa que quizá este será el destino de su casa, según cómo vayan las cosas.

En una de las viñas se puede ver un rabassaire solitario, trabajando. Piensa en su Carrau, y se siente muy nerviosa por la posibilidad de que se reencuentren en cualquier momento. El mensaje de él era muy breve, casi cortante:

«Encontrémonos en lo alto del acantilado de la Falconera, en el Garraf, al mediodía. Te esperaré tres días. Asegúrate de que no te sigan».

Y con el mensaje, la bolsita negra con el bordado de oro de su medalla de trencadís. ¿Qué podía significar aquello? ¿De dónde lo había sacado?

Sigue cuesta arriba, con el caballo al paso y avanzando lentamente. De vez en cuando mira atrás, pero no se ve ni un alma y no ha oído ningún otro motor.

Ahora ya está en pleno macizo del Garraf.

El olor a romero se empieza a mezclar con el de la piedra, mientras asciende entre pinos y vegetación baja.

Cuando ya está llegando al acantilado, el aire parece teñirse de sal.

El terreno se vuelve cada vez más rocoso y en subida constante.

Un halcón peregrino levanta el vuelo bosque adentro y asusta al caballo.

«Asegúrate de que no te sigan». Se queda mirando un rato, pero no ve ningún movimiento.

El sol ya está muy arriba, así que debe de ser casi al mediodía cuando llega a lo alto del acantilado.

El mar se extiende azulísimo en el horizonte y la brisa le hace ondear el cabello moreno mientras desmonta del caballo y hace el último tramo a pie.

Ata el corcel a un pino y se acerca al extremo del acantilado, que cae recto hacia el mar.

Las olas rompen con fuerza contra las rocas y el aire salado parece arremolinarse a su alrededor mientras ella mira hacia abajo, como si quisiera llevársela.

De repente tiene la sensación de que alguien la está observando, y por un momento le entra miedo a dar un mal paso y caer.

Asustada por el vértigo, se aparta del precipicio y mira inquieta al bosque clareado, detrás de donde ha dejado su corcel negro.

Le ha parecido ver una sombra, pero no hay nadie.

Vuelve hacia el caballo y lo acaricia. De las alforjas saca una cantimplora con agua fresca y bebe un buen trago.

Guarda la cantimplora y saca la bolsita con el bordado de oro.

Se toca pensativa la cadena de trencadís al cuello.

La brisa parece encapricharse de nuevo con su cabellera.

Se recoge el pelo en una cola baja y se sienta en una piedra, desde donde puede contemplar todo el mar, esperando a Carrau.

En el horizonte un velero va avanzando, dejando atrás un pequeño rastro de espuma blanca.

Lo sigue con la mirada sin pensar en casi nada, los dedos recorriendo el bordado de la bolsita, el pesar de estos últimos días apoderándose lentamente de ella.

Cuando ya cree que perderá el barco de vista, solo un pequeño punto tragado por la inmensidad azul, un ruido de pasos la despierta de su letargo.

Ella se levanta de donde está y corre hacia él.

No parece fijarse en su aspecto feroz. Vestido todavía con la ropa de mudar, como en las Ferias, pero después de unos días durmiendo a la intemperie, en la montaña y sin afeitar.

Cuando la ve acercarse, Carrau deja caer pesadamente al suelo la cuerda gruesa que lleva al hombro.

La cuerda golpea las piedras con un ruido sordo.

Él se queda quieto, con la mirada fija en la Pubilla, como si no supiera si ha hecho bien en citarla.

Ella cubre la distancia que los separa corriendo y cuando llega adonde está él, lo abraza con fuerza.

Entonces todo el peso de la muerte de su padre le cae encima de golpe y empieza a llorar desconsolada.

Entre sus brazos, igual que un barco que hubiese llegado a puerto tras un temporal, se deja llevar, al fin, por el dolor que siente y llora, con la cabeza aferrada al pecho fuerte de él.

Es como si, al abrazarlo, pudiera explicárselo todo, sin necesidad de palabras.

Él sigue quieto sin decir nada, pero ella, en medio del llanto, no se da cuenta.

Están en silencio durante un buen rato, unidos en lo alto del acantilado, con las olas batiendo implacablemente contra la pared vertical que cae sobre el mar.

—¿Qué ha pasado? —le dice finalmente él con voz suave mientras le aparta el cabello moreno de las mejillas húmedas.

Ella lo mira con sus ojos negros y se da cuenta de que él no sabe nada de la muerte de su padre.

Su ingenuidad la conmueve y por algún motivo, el amor que siente por él en aquel momento parece no tener fin.

Es como si el tiempo volviera atrás, a cuando todavía eran niños y ella pensaba que un día se casaría con él.

—Mi padre… —la voz de ella se rompe.

Y él lo entiende, y sus ojos también se humedecen. Y ella, entonces, todavía lo ama más, si eso fuera posible. Y se funde en sus brazos.

Entonces levanta el rostro de su pecho y lo mira directamente a los ojos. Y están muy cerca. Y como ya hizo bajo la higuera, lo besa. Pero esta vez no es un primer beso, sino un beso largo y tierno, a ratos desesperado, como si fuera un último beso.

El tiempo parece detenerse, allí en lo alto del acantilado, pero un relincho nervioso del caballo los hace separar, y ella mira inquieta al bosque. No se ve nada.

Ahora ya se ha calmado un poco y ve por primera vez su estado calamitoso.

—¿Has dormido en la montaña? —le pregunta.

Carrau se pone muy tenso, como si acabase de recordar lo que los ha llevado allí.

—El Capataz vino a matarme —le dice sin preámbulos, y la voz le sale muy sombría. Y la mira directamente a los ojos—. Como al Vecino —añade.

Ella siente el peso de la acusación velada y niega con la cabeza, mientras se aparta un poco.

—No —continúa negando con la cabeza, y las lágrimas vuelven a sus ojos. Pero son otra clase de lágrimas—. No, yo… te lo puedo explicar todo.

Él se tapa el rostro con la mano, pesaroso. Como si todo aquello lo agotase sobremanera. Como si no quisiera saber nada más de todo aquello. La mira a los ojos tratando de encontrar respuestas, pero solo ve en los ojos de ella un reflejo de su propio desconcierto.

—Se me fue de las manos. Solo quería salvar la hacienda —dice ella y su voz se tiñe de desesperación.

Viendo que él todavía se aparta más, como rechazándola, nota la bolsita que todavía lleva en la mano, una tabla de salvación a la que aferrarse para no perderlo, y se la enseña: la bolsita negra, con el bordado de su cadena de trencadís, y le pregunta, como si quisiera borrar con esta pregunta todo lo demás.

—¿Es esto lo que ellos buscan?

Ahora unas nubes han escondido el sol y las olas golpean con más fuerza contra el acantilado. La brisa salada que era agradable hasta hace un instante, ahora los golpea fría. El caballo está cada vez más inquieto y relincha.

Él la mira y, por toda respuesta, saca el documento del Gran del zurrón.

El bosque parece respirar expectante, mientras él despliega el documento que escribió su padre para explicárselo todo.

Ella se le acerca para ver el escrito. Carrau empieza a leer el documento, y después de oír las primeras frases, ella lo entiende.

Se saca el collar con la medalla y se lo da.

En aquel momento, un silencio súbito se extiende por todo el acantilado, como si la naturaleza misma contuviese el aliento.

Carrau levanta la vista del documento, extrañado, el cuello tenso y las manos aferrando con fuerza el papel y la medalla.

La Pubilla siente un escalofrío y el corazón le empieza a latir con violencia.

Un ruido sordo, como el crujido de una rama al romperse, los deja totalmente inmóviles. Las olas parecen bramar ahora con más fuerza, como si advirtiesen de un peligro inminente. Entonces, la voz resuena como un trueno, haciendo vibrar el aire a su alrededor:

—¡KARRRRAU!

Es una voz profunda, llena de furia. Carrau se ha tensado como la cuerda de un arco. Ella mira hacia el bosque, paralizada por el terror. Mira hacia donde ha dejado el caballo, que, ahora enloquecido, intenta deshacerse de la cuerda que lo ata al pino y huir.

El Capataz emerge de entre los pinos como una sombra que toma forma. Alto como un gigante de piedra y con los ojos claros y fríos de un depredador. Sus botas pisan con fuerza implacable las rocas mientras se acerca a ellos y vuelve a gritar, más fuerte todavía:

—¡KARRRRAU! La pistola que lleva en la mano apunta directamente a Carrau.