XXII
Lo que le está explicando el Maestro Gaudí parece increíble. Si no fuera por el respeto que el Gran le tiene y porque el otro parece poseído por el mismo fervor que cuando habla de su Templo, el Gran no se lo acabaría de creer.
Allí, sentado en el despacho del escultor, con el olor seco a piedra que llega del taller, Gaudí le habla de una reliquia sagrada que fue a parar a manos de uno de los reyes musulmanes después del saqueo de Jerusalén.
Y cómo este la ofreció al rey cristiano, a cambio de que su reino no fuese arrasado.
Y cómo, antes, había arrancado un pequeño fragmento, solo una astilla, y gracias a ella pudo salvar la vida de su hija, que sufría una enfermedad que ningún médico había sabido curar.
El Gran no puede evitarlo y dice:
—Maestro, ¿de verdad cree que…?
Pero Gaudí asiente con la cabeza y continúa el relato, enfervorizado. De cómo la reliquia llegó al viejo continente y cómo, a partir de ahí, fue custodiada y escondida, siglo tras siglo.
El Gran escucha toda la historia en silencio, narrada con creciente fervor por Gaudí, los dos sentados en el despacho del Señor Matamala.
—Pero ahora, fuerzas más malignas que nunca la vuelven a buscar.
Y es nuestra misión sagrada protegerla —le dice Gaudí, levantando ligeramente la voz—.
Incluso a algunos nos han seguido y han atacado a otros custodios.
El otro día, sin ir más lejos, nos encontramos con que alguien había registrado mi despacho en la Sagrada Familia.
El Gran coge con fuerza su sombrero, mientras se remueve inquieto en la silla. Con voz un poco temblorosa, consigue preguntar:
—Y usted, ¿ha visto esta reliquia, Maestro?
—¡Ah! —Gaudí se levanta de la silla y sonríe soñador, rodea el escritorio y se apoya en la mesa, junto a donde se sienta el Gran y, mirándolo fijamente, le dice:
—Lo daría todo por verla, pero yo solo soy depositario de un Objeto que podría llevar adonde está escondida.
Además, es bien sabido que solo alguien inocente y puro de corazón, alguien con compasión y empatía, alguien que haya pasado por pruebas que lo transformen, pero sin hacerle perder la inocencia primordial, solo alguien así la podría ver.
Y desde donde está, toca afectuosamente la espalda del Gran y continúa.
—Temo que no soy esa persona —añade.
Entonces se levanta de la mesa y vuelve a sentarse detrás del escritorio, y sigue con su explicación.
—Junto con mi patrón, el Señor Güell, hemos trazado un plan para esconder este Objeto donde nunca nadie lo pueda encontrar. Y aquí es donde requeriré tu ayuda.
—Solo tiene que decirme en qué puedo ayudarle y lo haré, Maestro —le responde al momento el Gran.
—El Señor Güell está construyendo un gran pozo en la Falconera. A la cueva llega un río subterráneo de agua dulce. Tiene un caudal inmenso, algunos dicen que uno de los más grandes de Europa.
—Sí, lo conozco —dice el Gran—. Los pescadores de la zona llaman la Dulce a ese manantial. Un amigo de la cantera me explicó que desde antiguo los bajeles se detenían allí para repostar agua para beber.
—Exactamente —continúa Gaudí—. Pues Eusebi, quiero decir, el Señor Güell, quiere usar toda esa agua para abastecer Barcelona. Y queremos aprovechar ese pozo y las galerías de la cueva de la Falconera con las que conecta, para esconder el Objeto.
El Gran asiente mientras asimila la información que el Maestro Gaudí le está explicando.
—Como tú también eres pocero, quiero que nos ayudes a construir allí el escondrijo. Para acceder será necesaria una llave y dejaremos las instrucciones escritas en un documento.
—Le ayudaré a construir el escondrijo en el pozo, Maestro. Podéis contar conmigo —afirma con rotundidad el Gran.
El Maestro Gaudí levanta la mano como para indicar que esto no es todo:
—También quiero que seas tú el que esconda el documento, las instrucciones. Para mayor seguridad, la llave la dará el Señor Güell a alguien de su confianza, posiblemente de su familia. Dado que yo no tengo descendencia, serás tú el que esconda mi parte.
El Gran se siente honrado por este comentario, pero aun así, no parece tenerlas todas consigo.
Gaudí continúa:
—Solo alguien que tenga acceso tanto al documento con las instrucciones como a la llave, podrá recuperar el Objeto en cuestión.
El Gran mira a Gaudí, preocupado y dubitativo.
—¿Y dónde podría esconderlo yo, Señor? Es una gran responsabilidad.
—Sabemos a ciencia cierta que los que lo buscan están ahora más cerca que nunca.
Por eso hemos decidido esconder el Objeto en el interior de esa cueva, de manera que solo se pueda acceder por el pozo y ocultar por separado las instrucciones y la llave.
Creo que es mucho más difícil que puedan encontrar las instrucciones si las escondes en tu pueblo, en el Penedès.
—Ya entiendo, Señor —y al Gran le viene a la cabeza el pozo que siempre ha querido hacer en casa de sus padres. Un pozo que esconda el secreto de otro pozo, piensa.
—Antes de que me digas si aceptas o no el encargo, tengo que decirte que quizá implicará por tu parte un gran sacrificio.
—¿Por qué, Señor? —pregunta el Gran un poco asustado.
—Si en algún momento los que buscan la reliquia se acercasen demasiado, tendríamos que darles una pista falsa.
Si eso llega a pasar, te pediré que finjas que te roban las instrucciones, y para que sea totalmente creíble, deberá saberse que lo que te han robado te lo di yo.
Y tendremos que hacer de ello un escarmiento público.
Y a partir de ese momento, con toda seguridad, caerás en desgracia. Es la única manera.
Un silencio se ha apoderado del despacho con estas últimas palabras de Gaudí, que describen la desgracia que puede caer sobre el Gran si acepta.
Entonces el Maestro se pone de pie y, extendiendo su mano hacia el Gran, al otro lado del escritorio, le pregunta:
—¿Aceptas el sacrificio, Bernabé?
El Gran agarra todavía más fuerte el sombrero y piensa en su familia.
Siente por un momento que el vértigo lo invade, pero entonces la fuerza que lo impele a trabajar las piedras con precisión cada día, aquella pasión que siente cuando está en la cantera trabajando en silencio, se apodera de él y lo hace levantarse de la silla donde está sentado, y extendiendo también la mano por encima del escritorio, encaja la de Gaudí, sellando el pacto mientras responde:
—Acepto, Maestro Gaudí.