Aqua Vitae (El legado secreto de Gaudí 1) XXI
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El ataúd entra el primero. Lo llevan trabajadores de la Bodega y va cubierto con un paño mortuorio decorado con cruces. La iglesia está a rebosar. Mucha gente se ha quedado fuera, sin poder entrar. El silencio es sepulcral en medio del olor a incienso.

La Pubilla camina detrás del ataúd y toda la iglesia parece contener la respiración cuando ella pasa entre las filas de bancos. La luz del sol se filtra por las vidrieras y por momentos parece iluminarla.

Ella va vestida de negro riguroso, con un velo que le cubre la cabeza. Camina con paso solemne y la cabeza gacha detrás del féretro de su padre.

Siguen a la Pubilla su prometido, el Mercader, su tía y el resto de la familia, y, finalmente, los amigos del Amo. Han venido en procesión desde la masía familiar hasta la iglesia del Pueblo.

Mientras camina, ella va mirando los bancos.

Solo se oyen los pasos del séquito. La gente la mira brevemente e inclina la cabeza en señal de respeto.

Todos los hombres se han descubierto, con el sombrero en la mano.

Ella busca a Carrau con la mirada, pero él no está.

Sí ve a la madre de Carrau, que la mira con ternura cuando pasa y también inclina la cabeza en señal de duelo.

Una vez acabado el funeral, vuelven a la masía con el chófer de su tía. Su tía se quedará unos días para hacerle compañía, antes de volver a Barcelona. Su prometido ya ha regresado.

La casa parece vacía sin el Amo. Su presencia está en cada detalle, en cada libro.

A la Pubilla le da la sensación de que lo verá en cualquier momento, cuando entre en la sala de estar, allí sentado en su butaca, leyendo delante del fuego.

Pero cuando entra, él no está. Ya han recogido la copa rota y el brandy, pero a ella le parece que todavía los puede ver allí en el suelo, junto a la cabeza de su padre.

Al caer la tarde, le dice a su tía que quiere ir a dar una vuelta a caballo, para despejarse. Prepara el corcel negro de su padre y se dirige a las viñas. Esperaba encontrar a Carrau, pero él tampoco está.

A la salida de la iglesia, quería hablar con la madre de él, para preguntarle si él había recibido la nota, si la había estado esperando. Pero ella ya debía de haberse marchado porque tampoco la encontró entre el gentío que aguardaba para darle el pésame por la muerte del Amo.

En esto, llega a la Torre Grossa. El sol ya se está poniendo y, bajo la luz rojiza del atardecer, ata el caballo a la higuera. Mira debajo de la piedra grande, esperando encontrar la nota que le escribió. ¡Seguro que él ni la vio!

Efectivamente, ve el trozo de papel sobresaliendo de la piedra, tal como ella lo dejó.

Instintivamente, se lleva la mano a la medalla de trencadís que lleva siempre colgada al cuello.

A él le gusta mucho y cada vez que la toca, parece que puede sentir sus manos fuertes tomando las suyas.

En este momento lo daría todo por poder volver atrás, al día en que se besaron, allí bajo la higuera.

Mira de nuevo el trozo de papel que asoma bajo la piedra, y aunque primero había pensado en dejarlo allí, ahora lo piensa mejor y lo coge.

Entonces se da cuenta. ¡No es su nota! Y cuando tira de él, aparece una bolsita negra de cuero atada al papel, que estaba escondida bajo la piedra. Toma la delicada bolsita y no puede dar crédito a sus ojos cuando ve el bordado en hilo de oro.

¡Reproduce exactamente su medalla de trencadís!