XX
Lo despierta el motor de la moto. Como si fuera un sueño. Abre los ojos. El fuego está apagado. Debe de haberse dormido mientras la esperaba. Ella no ha aparecido. Y ahora, ¿la moto?
Lo primero que le viene a la cabeza es que ella lo ha vendido. La misma rabia que sintió de regreso de las Ferias vuelve a aparecer. Entonces oye cómo el motor se apaga y se escuchan pasos fuera. El Capataz. Ha venido a por él.
Se levanta con las piernas entumecidas y todavía no ha salido de la cocina cuando oye cómo el Capataz golpea con fuerza en la puerta principal y a continuación escucha los pasos que se acercan a la ventana de la cocina.
Piensa en el Papitu, su cuchillo de montaña.
Lo tiene en la habitación, en el zurrón, junto a la ropa de faena.
Sale de la cocina y corre hacia las escaleras cuando se oye un fuerte golpe, ¡bam! Y el cristal de la ventana de la cocina se rompe. Y entonces más golpes, pam, pam, pam y los trozos de cristal que caen al suelo y la ventana de la cocina que se abre.
Se detiene cuando oye que el otro entra en la casa por la ventana de la cocina y el inconfundible clac de una pistola al cargarse. No lo oía desde la guerra, pero no es algo que se olvide.
Se da cuenta entonces de que solo con el cuchillo no tiene ninguna opción contra el Capataz. Así que corre hacia el establo. Al lado de las cuerdas para atar al mulo cuelga el arnés, con la cuerda que usó esa vez en que le vinieron a buscar los de la leva.
No se lo piensa dos veces, se lo pone y, yendo hacia el pozo, se encarama a él. El frío gélido sube desde la oscuridad del agujero. Agarrado de la cadena baja unos metros y a tientas encuentra el gancho donde asegurar la cuerda del arnés. Sigue bajando mientras el otro ya ha entrado en el establo.
—¿Dónde te has escondido? Verfluchter Bauer! ¡Maldito payés!
Sigue bajando y ve con terror que el Capataz debe de llevar una linterna, ya que mientras baja por el pozo se ven destellos de luz. Si enfoca el pozo, con la pistola, ¡está muerto!
El pozo está muy frío y él ya está muy abajo. Casi no oye nada, solo algunos ecos de pasos, amortecidos. Pero con su oído no puede estar seguro de nada. ¿Quizá el Capataz ha ido a las habitaciones de arriba?
Entonces vuelve a ver los destellos de luz y estos se hacen más intensos.
Continúa bajando y ahora la humedad y el frío son mucho más fuertes y le parece que pronto tocará el agua. El nivel nunca había estado tan bajo y él nunca había ido tan abajo.
La luz de la linterna está claramente más cerca de la boca del pozo justo cuando él toca el agua con el pie.
El contacto helado parece reanimarlo. Piensa en sumergirse si el otro enfoca con la linterna el interior del pozo.
¿Verá la cuerda? Y justo entonces, a tientas, toca una placa de hierro gélida en la pared.
¿Qué es eso? La presiona y la placa cede. ¿Es una pequeña puerta?
En ese momento, la boca del pozo se vuelve una luna cuando el Capataz enfoca con la linterna hacia el fondo. Él se abalanza sobre la puerta y queda a resguardo del foco de luz.
Siente los ecos del otro, que maldice desde arriba, pero enseguida el foco de luz desaparece. No lo debe de haber visto. Ni tampoco la cuerda.
Se queda muy quieto, temblando de frío. Encogido de rodillas en ese espacio húmedo a muchos metros bajo tierra.
Todo está a oscuras y ahora el silencio es absoluto.
Como en una tumba. Con las manos recorre las paredes de aquella diminuta cueva y se adentra un poco en ella, arrastrándose por el suelo de piedra húmeda.
Entonces su mano topa con una pequeña caja metálica.
Carrau no sabe cuántas horas han transcurrido. El frío del pozo le ha entumecido los miembros, pero finalmente se atreve a salir a la luz. Lleva consigo la cajita que ha encontrado en el escondrijo dentro del pozo. La caja está bien sellada y solo tiene algunas manchas de oxidación y pátina.
Va hacia la cocina y ve la ventana reventada y un montón de cristales por el suelo. Fuera está muy oscuro. Debe de ser bien entrada la noche. Cierra la ventana como puede, procurando no cortarse.
Da gracias al cielo por que su madre esté en casa de la prima de Sant Pau. Deja la caja sobre la mesa y barre los restos de cristales.
Entonces va hacia el comedor. La mesa sigue puesta, esperando a la Pubilla.
Se queda mirando los cubiertos que ella habría usado y se la imagina allí sentada, explicándoselo todo, como dijo en la nota.
Quizá él también habría podido decirle todo lo que había pensado el día de las Ferias. Cómo la ama.
Y entonces su mente vuela al día en que ella lo besó, bajo la higuera, allí en la viña. ¿Cómo encaja ese beso con el vidrio roto y el Capataz?
¿Realmente ella lo ha traicionado, enviándole a su sicario alemán para que lo matara como hizo antes con el Vecino? ¿Será que por primera vez la está viendo tal y como es en realidad?
¿Únicamente pensando en el negocio familiar? ¿Eliminando los peones que le molestan en su juego de ajedrez? Siente que el corazón le duele y se sienta abatido en la silla y deja la cajita encima del plato, delante de donde debía sentarse ella. Tiene los ojos llenos de lágrimas.
Está unos instantes así, pero entonces, secándose los ojos, intenta quitársela de la cabeza y centrarse en la pequeña caja. ¿La escondió Padre allí abajo?
Con el cuchillo que hay sobre la mesa, retira el sello de la cajita e intenta abrirla.
Se pasa un buen rato forcejeando hasta que finalmente se da cuenta de que lo que le había parecido una mancha de pátina es en realidad una plaquita.
Con el cuchillo logra desprenderla y ve que escondía un complicado engranaje de latón, que ahora brilla bajo la luz de carburo del comedor.
Al ver aquel mecanismo tan sofisticado, le viene a la mente el Maestro de su padre y algunos dibujos que le había enseñado de él. De Gaudí.
Coge el tenedor y presiona el engranaje.
La cajita se abre con un clic. Dentro hay una pequeña bolsa de cuero negro.
Parece nueva, como si el tiempo no la hubiese tocado.
La bolsita tiene un bordado hecho con hilo de oro.
Carrau no puede creer lo que está viendo.
¡El bordado reproduce la medalla de trencadís de la Pubilla!
Las manos le tiemblan cuando saca el pergamino de la bolsita de cuero y lee el mensaje de su padre. El mensaje del Gran.