Aqua Vitae (El legado secreto de Gaudí 1) XIX
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XIX

Cuando vuelve a la mesa, la Pubilla está muy pálida. La palabra Prozedur se repite como un eco en su cabeza. El encargado de la Bodega apareció colgado. El mismo Prozedur que a su vecino. El vecino de Carrau. El mismo Prozedur.

—¿Te encuentras bien? —la voz de su tía sobresalta a la Pubilla. Mira preocupada a su sobrina, que parece en otro mundo desde que ha vuelto del servicio.

¿Cómo ha podido enredarse con esta gente? Era la única salida, se repite. Tenía que salvar el negocio familiar.

En aquel momento el Mercader vuelve a la sala de estar, sonriendo como siempre.

La Pubilla lo mira. Sonriendo como cuando le propuso el plan del fraude a la aseguradora.

Para salvar la Bodega. No parece el mismo que estaba hablando hace unos minutos con el Capataz.

No parece el mismo que ha pronunciado la palabra. Prozedur.

Su tía, que siempre ha tenido mucha intuición, le repite la pregunta a la Pubilla, una vez que su prometido se ha sentado.

—¿Te encuentras bien? —y entonces añade— ¿Estás preocupada por tu padre?

—Sí —le responde ella sin atreverse a volver a mirar al Mercader—. Mañana, a primera hora, debería volver a la masía.

Todos en la mesa saben de la frágil salud del Amo y estas palabras dan por acabada la cena.

El Mercader se despide de las damas y entonces se acerca a la Pubilla para besar gentilmente su mano.

La mano del Mercader es gélida cuando toma la suya y, en sus ojos, que la observan fijamente una vez que le ha besado la mano, la Pubilla cree ver ahora algo nuevo.

Algo maligno. Prozedur.

Al día siguiente, por la mañana, a primera hora, el chófer de su tía la acompaña de regreso a la masía pairal. Dentro de la berlina, en el trayecto de Barcelona al Penedès, la Pubilla escribe la misiva que quiere hacer llegar a Carrau.

«Vendré esta noche a tu casa y te lo explicaré todo».

Siente que todo se le está escapando de las manos. Y que solo puede confiar en él.

Cuando llega a la masía, va directamente a los establos. Ensilla su corcel negro y sale hacia la viña.

Desde lo alto del baluarte, el Capataz observa a la amazona galopando por entre las viñas.

Cómo llega a la Torre Grossa.

Cómo detiene el caballo bajo la gran higuera y lo ata.

Cómo se arrodilla y deja algo allí.

Un mensaje. ¡Para el maldito payés!

Hacia el mediodía, Carrau pasa con el carro por la Torre Grossa. Viene de dejar a su madre en casa de la prima de Sant Pau. También es viuda, y su madre va a verla a menudo y se queda unos días para cambiar de aires.

Carrau deja el carro al lado de la higuera, desembrida el mulo y lo ata al árbol. Después entra en la viña para hacer unas cuantas pasadas más.

Mientras trabaja, tiene la sensación, de nuevo, de que la masía lo observa desde lo alto del cerro redondo.

Hoy, sin embargo, es una sensación más oscura.

Como si algo malo lo mirase desde allí arriba.

Interrumpe un momento el trabajo y, protegiéndose del sol con la mano, mira hacia la casa.

Como intentando verla a ella. A la Pubilla.

Le parece, incluso, intuir una figura en el baluarte.

Pero ha sido solo un instante y piensa que se lo ha imaginado en la distancia.

Al siguiente parpadeo, la figura ya no está.

Cuando lleva ya muchas horas de faena, decide comer algo y refrescarse un poco bajo la higuera.

El mulo pasta dócilmente, tranquilo en su mundo animal.

Carrau le da unos golpecitos afectuosos en la cabeza cuando pasa por su lado y coge el botijo del carro.

Se sienta en la piedra y bebe un trago del agua del pozo.

Estaba helada esta mañana y aún conserva la frescura.

Piensa que el nivel del pozo ha bajado mucho este año.

Ha tenido que utilizar casi toda la cadena para llenar el botijo.

No recuerda haberlo visto nunca tan bajo.

Mientras piensa en todo eso, mordisquea un poco de pan con aceite, sal y queso que le ha preparado su madre.

Vuelve a mirar hacia la masía y le vuelve a venir a la cabeza la Pubilla.

Por enésima vez. Intenta no pensar en ella, pero es en vano.

Cada vez que lo hace, le duele mucho el corazón y le invade una gran tristeza.

Tiene que meterse en la cabeza que ella no era para él.

Prometida a un rico mercader. Y él es solo un pobre rabassaire.

Es entonces cuando, sobresaliendo un poco de la piedra donde está sentado, rozándole la alpargata, ve la punta del papel. El corazón se le acelera cuando toma la nota y la despliega, embriagado por el perfume de ella.

El resto de la tarde no puede sacarse de la cabeza el mensaje y la sensación de esperanza que le ha dado. Hace unas cuantas pasadas más por la viña con todo esto en la mente, y cuando ya oscurece, inquieto, engancha el mulo al carro y tira camino a casa.

A esperarla.

Cuando llega a casa, se hace el lavado de gato y se pone la ropa de domingo.

Después va hacia la cocina a preparar algo para cenar.

Quizá ella querrá comer algo. Va a por alubias a la despensa.

Ya están cocidas y solo hay que calentarlas.

También coge carne. La hará a la brasa cuando ella llegue, para que esté recién hecha.

Saca también pan de la despensa, por si ella quiere un poco, y para poder tostarlo.

Entonces pone la mesa usando el mantel de domingo.

Pone también los cubiertos y los platos de mudar.

También coloca una vela en medio. Cuando lo tiene todo listo, contempla el conjunto y se da cuenta de que quizá cenar en la cocina no será lo más apropiado para una dama como la Pubilla.

Él siempre cena allí con su madre, pero ahora que tiene la mesa preparada, ve la cocina, con el hogar y la sencilla mesa puesta para dos, y le vuelve a venir a la cabeza la Pubilla subiendo al cochazo de su prometido, allí, en las Ferias de Mayo, en la rambla de la Vila.

Así que recoge todo y, dándose prisa, no sea que ella llegue justo en ese momento, lleva las cosas al comedor y vuelve a poner allí la mesa. El comedor también es sencillo, pero quizá será más apropiado para ella.

Cuando ha acabado de prepararlo todo, se sienta nervioso en la cocina, delante del hogar, a esperarla.

En la masía familiar, la Pubilla se está acabando de arreglar.

Se ha puesto la ropa de montar y una camisa nueva que compró en Barcelona, sencilla pero muy bonita, que deja ver la medalla que a él tanto le gusta.

No ha querido arreglarse más para evitar levantar sospechas del servicio.

Además irá al Pueblo a caballo, así que no puede llevar vestido.

Les dirá que va a una fiesta en la Sala.

Está todavía muy agitada por la conversación que escuchó entre el Capataz y el Mercader, en el jardín de la casa de su tía en Barcelona, pero a la vez nerviosa por volver a ver a Carrau después del episodio de las Ferias.

Ha decidido que se lo explicará todo, pase lo que pase.

Él entenderá que ella no tuvo ninguna otra opción, con su padre enfermo y el negocio en quiebra.

Igual que lo hizo el encargado cuando ella le pidió que quemase la Destilería, seguro que él entenderá que estaba entre la espada y la pared, y la ayudará.

Entonces, cuando está saliendo de la habitación para irse, oye una gran conmoción en el comedor. La masovera grita y llora, y ahora también oye al masovero.

Baja corriendo las escaleras hacia el comedor y, mientras baja, oye que el masovero grita:

—¡Señor, señor! ¿Está bien? ¡Señor!

Y la masovera, llorando:

—Ay, Madre de Dios, pobre Señor. Y pobre Pubilla.

Ella entra en el comedor ya gritando:

—¿Padre? ¿Padre?

Y lo ve allí en el suelo, inconsciente, tendido, mientras el masovero intenta hacerlo volver en sí. Y rota en el suelo, la copa de brandy, como el que quemaron, y el precioso líquido derramado al lado de la cabeza de su padre.

El masovero la mira con lágrimas en los ojos y le dice:

—Señorita, su padre está muerto.

—¡¡Padre!!