Aqua Vitae (El legado secreto de Gaudí 1) XVII
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XVII

Unas semanas antes, la noche del fuego

El Vecino llega sudando a su casa. Acaba de incendiar la Destilería.

Es noche cerrada y el camino se le ha hecho eterno, con su cojera.

Está extremadamente trastornado y no puede parar de pensar en lo que ha hecho.

¡Arderá entera! El trabajo de años, destruido sin remedio.

¿Y todo, por qué? ¡Maldito juego! Lo ha intentado dejar muchas veces, pero ha resultado inútil.

Cualquier excusa lo hace volver a jugar.

El único consuelo que le queda es que quizá puedan salvar el negocio. Esto es lo que ella le prometió. El único camino era destruir la Destilería para cobrar la indemnización del seguro y así salvar el resto de la Bodega.

El Capataz lo espera inmóvil al lado de la puerta que da al establo. El Vecino, inmerso en sus pensamientos, no se da cuenta de su presencia hasta que se lo encuentra de frente.

—¿Has cumplido el trato? —le suelta el Capataz desde la oscuridad, en su castellano áspero.

El Vecino se lleva un gran susto cuando oye aquella voz surgida de la noche, y ahoga a duras penas un grito de terror ante la aparición que es el gigante alemán.

—¿Has cumplido el trato? Hast du den Pakt eingehalten? —repite el Capataz, impaciente.

Su voz es gélida y ahora su cara está muy cerca de la del otro.

—Sí —responde con voz débil el Vecino. El Capataz es mucho más alto que él y parece que fuera a engullirlo.

Entonces lo agarra del brazo con mucha fuerza y, casi arrastrándolo como si fuera poco menos que un muñeco, le dice:

—Abre la puerta.

El Vecino obedece, medio sollozando por el daño que el otro le está haciendo en el brazo. ¡Si se lo aprieta más se lo romperá!

Entran los dos al establo. El mulo se remueve inquieto y se arrima temeroso a la pared del fondo, como si intuyera lo peor.

—Nosotros también hemos cumplido —dice fríamente el Capataz—. Tus deudas: todas pagadas.

El Vecino parece recuperar un poco la compostura.

El Capataz le ha soltado el brazo y ahora él se lo frota con la mano, intentando calmar el dolor.

Se apoya en la mesa donde prepara la comida para las bestias.

El corazón le va a mil. Piensa que la Pubilla ha cumplido lo que le dijo que harían si él se encargaba de la Destilería.

Le pagarían todas las deudas y por fin sería libre.

Ahora mismo, sin embargo, no se siente liberado. Solo tiene miedo. Mucho miedo.

—Tu vecino. Su padre —le empieza a decir el Capataz. Y el Vecino, primero, no entiende nada, ¿de qué le está hablando? Pero el extraño brillo en los ojos del gigante le aterroriza todavía más, y cuando acaba la frase empieza a entender—, tú le conocías bien. Tenía algo.

El Vecino aguanta la respiración: lo que su amigo le dijo que pasaría está sucediendo. Ellos han venido a buscarlo.

—Tenía algo que nosotros queremos.

Un silencio sepulcral los envuelve. Solo se escucha la respiración entrecortada del Vecino y los movimientos inquietos del mulo.

—Si te refieres a lo que Gaudí le confió, se lo robaron. Todo el mundo lo sabe. Un zahorí —la voz del Vecino ha sonado extrañamente plana. Como si recitara una letanía largamente estudiada.

—¿Estás seguro? Yo le conocí —el gigante parece estar jugando con él. Como un gato que ha atrapado a un pájaro malherido.

—¿A quién? —la cara del Vecino es ahora el puro reflejo del horror.

—Al zahorí. Le interrogué personalmente —el gigante lo dice con una sonrisa maléfica—. Lo que robó era falso. El padre de tu vecino: ¿dónde escondió el auténtico?

Mientras lo dice, vuelve a acercarse al Vecino, que intenta apartarse en vano. Lo agarra fuerte por el cuello con ambas manos y acercándose mucho, vuelve a preguntárselo con voz muy baja.

—¿Dónde lo escondió?

El Vecino casi no puede hablar, ahogado por la fuerza con que el otro lo agarra por el cuello.

Es tan alto que el Vecino está de puntillas.

Con las manos intenta sacarse de encima al gigante, pero sus brazos inmensos son como de hierro colado.

Intenta arañarle la cara, pero no alcanza.

El otro aprieta todavía un poco más. Y con una fuerza descomunal lo levanta del suelo.

—¿Dónde lo escondió?

El Vecino niega con la cabeza. Con las manos busca desesperadamente algo a su espalda, en la mesa del establo. Quizá pueda golpearlo. Y el otro no para de estrangularlo. Y el Vecino continúa negando con la cabeza, los ojos a punto de salírsele de las órbitas, intentando respirar en vano.

Entonces, cuando el Vecino parece haberse rendido a su destino y ya no se mueve, el Capataz deja de apretar. Lo deja en el suelo y vuelve a preguntárselo, muy lentamente.

—¿Dónde lo escondió?

Y el Vecino, con lágrimas en los ojos, piensa, nunca te lo diré, y lo que sale por su boca, en un gemido quebrado, es solo:

—No sé de qué me hablas.

Entonces el otro lo vuelve a agarrar por el cuello y dice:

—Es hora de morir.

Y lo estrangula sin piedad.