Aqua Vitae (El legado secreto de Gaudí 1) XVI
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XVI

La Pubilla está sentada, inquieta, con su tía y dos amigas suyas que han venido a cenar con ellas. Están en la sala de estar del palacete que su tía tiene en la zona alta de Barcelona. Se trata de una finca que le llegó en herencia directa por la rama del Conde.

Ocupan cómodas butacas tapizadas con tejidos florales, cada una con su taza de té de porcelana fina.

En la mesa de centro, un delicado juego de té está dispuesto con cuidado.

Una tetera de plata, un recipiente para el azúcar y pequeños platos con pastelitos y catànies de la Vila que, a modo de postres ligeros, ha traído la Pubilla.

El suelo es de parquet brillante y está cubierto con alfombras persas que aportan un toque de calidez.

Los muebles de la estancia son todos de estilo art déco y en algunos de ellos se pueden ver vitrinas con porcelanas y piezas de coleccionista que habían pertenecido al bisabuelo de la Pubilla.

De hecho, hay alguna pieza diseñada por el propio Gaudí.

Hasta hace diez minutos, el Mercader estaba sentado con ellas, tomando el té y disfrutando de la conversación intrascendente, después de cenar con las damas y con su prometida.

Todos bajo la majestuosa lámpara veneciana de Fortuny, con sus delicadas formas de seda, mientras el piano de cola negro reposaba, silencioso, al fondo de la sala.

Una de las amigas de su tía, que es especialmente locuaz, estaba comentando el horrible sombrero que la mujer del político de moda había llevado en la última ópera del Liceo, cuando el potente rugido de un motor que llegaba del exterior la interrumpió.

El Mercader se levantó y fue hacia el gran ventanal que daba al jardín.

Apartando discretamente la cortina de terciopelo, miró por la ventana, hacia abajo. Entonces les dijo, mientras se encaminaba hacia la puerta de la sala:

—He de atender un asunto, será un momento.

—¿Tan tarde? —le contestó su tía. Y, mientras el Mercader salía de la sala, añadió: —Estos hombres de negocios, siempre con secretos —y rió con elegancia.

El ruido del motor hace rato que se ha apagado y la Pubilla lanza miradas furtivas hacia la ventana, preguntándose, intranquila, el motivo de la visita de su prometido a estas horas.

Aprovechando un momento en que el mayordomo entra con una bandeja de licores, la Pubilla se levanta y con un, si me permiten, vuelvo enseguida, sale también por la puerta.

Baja por la escalera principal y se dirige a los aseos de la planta baja, que dan precisamente a la zona donde cree que se ha detenido la motocicleta de gran cilindrada que ha venido a ver al Mercader. El sonido de aquel motor es único y la Pubilla sabe perfectamente a quién pertenece.

Entra en el baño y, con el corazón acelerado, echa el pestillo para no ser molestada.

Desde donde está puede oír las voces apagadas de una conversación.

Arremangándose la falda, se sube al váter, y poniéndose de puntillas y con dedos temblorosos, consigue abrir lentamente la ventanilla que da al exterior y que cede con un leve chirrido.

Un sudor frío le recorre la base del cuello.

Contiene la respiración, rezando para que no la hayan oído.

Ahora la conversación se puede seguir muy bien. Hablan en alemán, sin precaución alguna, acostumbrados a que nadie les entienda. Aunque en su casa solo lo habla su padre y ella aprendió un poco con él, los años en Suiza le han permitido perfeccionarlo. Así que capta cada palabra.

Se está precipitando todo. Ha ido a hablar con el Amo y le ha explicado sus sospechas sobre el asunto del fraude.

También ha descubierto lo de la nota. Verfluchter Bauer!

¡Maldito payés! Dice el Capataz, muy nervioso.

Su voz es inconfundible, y el tono que usa, claramente amenazador, hace estremecer a la Pubilla. ¡Maldito payés! ¿Quién?

Si alguien descubriera quién soy, tendría problemas. Das weißt du schon. Ya lo sabes.

No te preocupes, intenta tranquilizarlo el Mercader, con una calma que parece incluso calculada. Odessa siempre te protegerá.

Odessa. La Pubilla palidece. Había oído ese nombre antes, en Suiza, entre rumores. Una red secreta que ayuda a los peores criminales de guerra. Esto no puede ser real. No puede ser su prometido.

Entonces el Mercader vuelve a hablar, interrumpiendo sus pensamientos.

Ahora su voz se ha endurecido y está llena de autoridad.

Le tendrás que aplicar el mismo Prozedur que a su vecino, entonces.

Y después de unos instantes, continúa, impasible.

Pero tenemos que asegurarnos de que no lo tiene él, ¿lo entiendes?

Esto es lo más importante. No te detengas hasta que lo hayas averiguado.

Usa los métodos que hagan falta. Für das Vaterland. Por la patria.

La Pubilla se queda helada cuando se da cuenta de que hablan de Carrau. Su Carrau.