Aqua Vitae (El legado secreto de Gaudí 1) XV
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Parsifal, la ópera de Wagner, resuena con fuerza por los altavoces instalados para la ocasión en la suite principal del Hotel. De hecho, todo el Hotel ha sido engalanado para la recepción con los símbolos del partido.

Parsifal, el protagonista de la ópera, es un héroe puro, inocente y sencillo en su ignorancia. Ahora Gurnemanz, el narrador, canta:

Unos ángeles, fieles mensajeros, lo trajeron desde el cielo.

«Tomadlo», dijeron, «¡guardadlo con reverencia!»

La hermandad elegida de los caballeros lo recibió,

y aquí, en Montsalvat, lo conservaron como santuario.

El Reichsführer-SS está sentado en una butaca justo en el centro de la sala principal de la suite, con los ojos cerrados, apreciando por enésima vez cada detalle de aquella pieza de Wagner que tanto lo obsesiona.

Viste el uniforme completamente negro del cuerpo que lidera, y en el cuello de su chaqueta luce el cráneo con los huesos cruzados y las hojas de roble.

En el pecho, las insignias que muestran su rango y la Cruz de Hierro de primera clase, aunque nunca ha combatido.

Permanece con una pierna cruzada sobre la otra en una posición formal y tensa, las botas, altas y bien pulidas, hasta debajo de la rodilla.

En la mano tiene una copa de vino local que le ha recomendado encarecidamente el Mercader.

Todavía no lo ha probado. En el brazo lleva el brazalete rojo con la cruz gamada.

En el sofá, los dos Generales que le han acompañado en la visita también están sentados, aunque más incómodamente, escuchando en silencio la música que tiene embelesado a su jefe.

De repente alguien llama a la puerta. Los dos Generales se ponen en guardia al instante, pero es el gigante rubio, el guardaespaldas del Reichsführer, el que abandona la posición que tenía en la sombra, detrás de la butaca donde está sentado su jefe, y cruza la habitación hacia la puerta de la suite.

Los Generales no pueden evitar estremecerse cada vez que aquella máquina de matar se mueve.

Mientras camina, desabrocha la funda donde lleva la pistola, la Walther, y la empuña.

Pese a la música, desde el exterior se escuchan risas de muchachas y alboroto.

El gigante se coloca al lado de la puerta y grita hacia fuera:

—Identifizieren Sie sich!

Fuera, las risas se detienen de golpe y se oye la voz del Mercader:

—Traigo un regalo exclusivo. Como se me solicitó. Ein exklusives Geschenk.

El gigante abre la puerta sin dejar de empuñar el arma.

El Mercader entra con un séquito de muchachas, engalanadas con vestidos largos y brillantes, con lentejuelas que atrapan la luz, medias de red negras y elegantes guantes de seda que suben hasta los codos.

Una de ellas, con una boquilla larga entre los dedos, exhala humo con aire sofisticado y suelta una frase ingeniosa.

Las otras rompen a reír, llenando la habitación de una alegría vibrante e inquietante al mismo tiempo, quizá por el fragmento especialmente intenso de Wagner que suena con fuerza.

El Reichsführer, todavía sentado en la butaca, abre los ojos.