XIV
Aquella misma tarde, cuando ya han acabado el trabajo, los dos rabassaires se despiden de Carrau.
Durante todo el día él ha estado ausente, haciendo el trabajo pero con la cabeza en otra parte y sin decir nada.
Peret, que todavía no sabe nada del compromiso de la Pubilla, viéndolo tan cabizbajo le ha preguntado, medio en broma, ¿Hoy vendrá la del caballo negro?
Carrau lo ha mirado huraño y el otro no ha insistido y ha seguido con la faena en silencio.
Cuando se han marchado los otros dos, Carrau, en vez de volver al Pueblo, toma el camino de subida, hacia la Masía del Amo.
Desde que volvió de las Ferias el día anterior, siente un gran vacío en su interior.
Cuando el coche con la Pubilla y su nuevo prometido se marchó, caminó aturdido hasta encontrarse, sin saber muy bien cómo, en el lugar donde había dejado el carro.
Se sentía como cuando estuvo en el hospital militar todos aquellos meses después de la explosión.
Como si le hubiera vuelto a caer una bomba encima y en vez del oído derecho, esta vez hubiese perdido algo infinitamente más valioso.
En el amargo trayecto de vuelta al Pueblo, al paso del mulo, se maldecía a sí mismo por ser tan ingenuo. ¿Cómo pudo pensar que un payés como él, un simple rabassaire sin estudios, jamás podría aspirar a la heredera de una de las bodegas más grandes del Penedès?
Sí, ella le había dado esperanzas. Hablando con él cada día, y diciéndole que quería llevar la finca con alguien que entendiera de viñas.
Y besándolo. ¡Qué estúpido fue! No ver que ella solo estaba jugando con él.
Quizá a las damas en Suiza les divertían este tipo de juegos.
¿Y cómo podía siquiera soñar con competir con el del coche?
Tenía que asumir que la había perdido para siempre.
Mientras camina hacia la casa del Amo, el vacío se va convirtiendo en oscura rabia.
Piensa que ya ha tenido bastante de todo aquello.
Se encarará con él y le pedirá explicaciones sobre lo que le dijo el inspector de la aseguradora.
Y sobre sus sospechas acerca de la nota del Vecino.
Escrita seguramente por el Capataz del Amo.
A ver qué tiene que decir el Amo de todo esto.
Y si la Pubilla está allí, tanto mejor. ¡Que lo oiga todo!
Quizá al final su destino, piensa Carrau, será el mismo que el de su padre, caer en desgracia ante los señores. Está dispuesto a renunciar al contrato de rabassa muerta y dejar de hacerse cargo de la Torre Grossa.
Cuando llega a la puerta del baluarte ya se ha hecho de noche y la encuentra cerrada. Hace sonar la campanilla varias veces y al cabo de un rato le abre la puerta la masovera.
—¿Qué vuelves a hacer por aquí, Carrau? ¿Te has dejado algo esta mañana?
—Tengo que hablar con el Amo. ¿Está en casa? —dice él, muy serio.
—Sí, está sentado en el comedor, leyendo. ¿Pasa algo?
Entonces Carrau, con un hilo de voz, se atreve a preguntar:
—¿Y la Pubilla, está aquí?
—No. Ayer después de las Ferias se fue a casa de su tía en Barcelona. La acompañó su prometido, en ese coche nuevo que dicen que tiene —y la masovera hace un gesto soñador, como si el del habano fuera el sueño de todas las doncellas.
Quizá lo mejor es que la Pubilla no esté, piensa él. Así podrá hablar con el Amo con total libertad.
Entra decidido en la casa, pasando por la sala hasta el comedor. Allí está, en efecto, el Amo, leyendo un grueso libro a la luz de una lámpara de carburo. Lleva unas gafas redondas para ver de cerca. Levanta los ojos del libro y se sorprende de ver allí a Carrau.
—¿Qué haces aquí, hijo? ¿Ha pasado algo? —le pregunta con cara de preocupación. Hoy sí que parece envejecido, piensa Carrau. Pero ahora ya no hay marcha atrás.
—Señor, tengo que hablarle de una visita que tuve en casa justo después de que me diera la Torre Grossa.
—¿Una visita? —dice el Amo, que ahora ha dejado el libro en una mesita, se ha levantado del sillón y se ha acercado a un pequeño mueble donde guarda los licores.
—¿Quieres tomar algo? —le dice el Amo, para añadir a continuación: —¡Ah, no, que eres abstemio! —y sonríe cuando lo dice.
Carrau sigue con el rostro sombrío y al otro también le cambia la cara cuando Carrau le dice:
—Es algo muy serio lo que vengo a explicarle, Señor. Quien vino a verme era un inspector de la aseguradora. Me explicó que la Destilería perdía mucho dinero y que estaban investigando si el fuego podía haber sido provocado. Como parte de un fraude.
El Amo se vuelve a sentar en el sillón, como si en ese instante le faltasen las fuerzas. Carrau se sorprende de lo frágil que se le ve.
—¿Qué me estás diciendo?
—Sí, Señor. Y lo que es más grave es que esta mañana, cuando he ido a recoger el contrato de rabassa muerta que me ha entregado su nuevo Capataz, me he dado cuenta de que es zurdo.
—No sé dónde quieres ir a parar —dice el Amo. Y ahora empieza a toser y se tapa la boca con un pañuelo que se ha sacado del bolsillo. Y Carrau ve que el pañuelo está manchado de sangre.
—Señor, ¿le pasa algo? —le pregunta Carrau, sorprendido por lo que ha visto en el pañuelo.
El Amo se guarda rápidamente el pañuelo en el bolsillo y mira fijamente a Carrau.
Este vuelve a pensar en la Pubilla subiendo al Jaguar, y decide explicárselo todo.
—Pues bien. Estoy seguro de que la nota que encontré a los pies del Vecino la escribió un zurdo. Y sé que el Vecino no era zurdo. Era muy amigo de mi Padre y lo había visto escribir cosas para él cuando venía a casa, ya que como encargado tenía formación.
El Amo continúa tosiendo y vuelve a sacarse el pañuelo del bolsillo y se seca la boca.
—¿Se encuentra bien? —pregunta Carrau, acercándose a él preocupado.
—Esta acusación que haces es muy grave, hijo mío. Y me entristece mucho lo que me estás contando.
Carrau lo mira desconcertado.
—¿Le entristece?
—Sí. Has hablado de mi Capataz, pero en realidad este hombre me lo trajo mi hija. Vino con ella de Suiza. Yo no lo conocía, pero en mi estado…
Parece que esto último no quería decirlo, porque se detiene un momento.
—¿Qué quiere decir con su estado, Señor? —le pregunta Carrau.
—Ya que estamos poniendo todas las cartas sobre la mesa, te lo contaré. Solo lo sabe mi hija, pero me estoy muriendo. Los médicos me dan pocos meses de vida. Tengo un mal incurable y no se puede hacer nada.
Carrau se queda helado al oírlo. El Amo sigue hablando.
—Por eso mi hija volvió de Suiza. Ella es la Pubilla y deberá hacerse cargo del negocio cuando yo falte. Y es por este motivo que la he prometido a mi principal distribuidor de Barcelona. Para asegurar el negocio.
Carrau no tiene palabras.
—Y justo por lo mismo quise darte la Torre Grossa en rabassa muerta.
Mi hija necesitará que mis mejores hombres la ayuden a sacar adelante todo esto.
¿Lo entiendes, hijo mío? Tendrás que ayudarla cuando yo ya no esté.
Me lo tienes que prometer. Sé que puedo contar contigo —y le toma la mano grande con la suya, débil y temblorosa.
Carrau no logra sacarse de la cabeza la cara de determinación de la Pubilla en las Ferias, cuando soltó su mano y se volvió para irse con el rico mercader.
El Amo continúa hablando, y Carrau lo oye como desde lejos, como si estuviera soñando. Y el otro dice, medio conmovido:
—Puedo asegurarte que no sé nada de lo que me has explicado. Tendré que hablarlo con mi hija y con su Capataz, a ver qué me dicen de todo esto.
Ninguno de los dos se ha dado cuenta de que hace un rato que el Capataz ha llegado y ha estado en la sala de la entrada, escuchando en silencio toda la conversación sin que ninguno de los dos lo advirtiera.
Y ahora sale de la Masía y enfila con paso decidido hacia la salida del baluarte.
Arranca la moto y se adentra en la negra oscuridad, camino abajo.