XIII
Carrau casi no ha podido dormir en toda la noche. Las palabras de Peret, el rabassaire, se le repiten como una pesadilla, una y otra vez. Rompiéndole el corazón. ¡No quieras alcanzar la luna!
Para colmo, aquella mañana debe subir a la Masía del Amo a buscar los papeles de la rabassa muerta. Al parecer, el Capataz ya los tiene listos.
Reza por no encontrársela allí. Y también reza por volver a verla. Su mano grácil y delicada apretando con fuerza la mano rugosa y endurecida de él. Como si no quisiera que la dejase marchar.
Es muy temprano y la casa parece vacía. Encuentra a la masovera en la cocina y, tras darle los buenos días, le pregunta dónde puede encontrar al Capataz. Siguiendo sus indicaciones, va hacia la pequeña biblioteca que el Amo tiene junto al comedor.
Es la primera vez que Carrau entra en ella.
En la parte de abajo hay dos sillas de mimbre frente a un hogar a ras de suelo, apagado, pero con los troncos ya dispuestos para cuando vuelva el frío.
Las paredes están forradas de libros hasta el techo y un atril sostiene un pesado volumen abierto, en el que se ven palabras en latín que él no entiende.
El suelo también está revestido de mimbre, lo que le da a Carrau la sensación de estar dentro de un cesto.
Una ventana da al exterior, hacia la puerta cubierta de hiedra que hay a la entrada del baluarte.
Una pequeña escalera, también revestida de mimbre, sube a la parte de arriba, y desde allí le llama con voz profunda el Capataz, que debe de haber oído sus pasos.
—Hier oben! ¡Aquí arriba!
Carrau sube por la pequeña escalera y se encuentra en un espacio todavía más reducido que la planta de abajo, también forrado de mimbre y de libros.
El gigante alemán está sentado delante de un escritorio, que debe de ser el del Amo y que parece pequeño en comparación.
Está concentrado, escribiendo con pluma, y a Carrau le llama mucho la atención la manera extraña de colocar la mano para escribir.
Entonces, de repente, le viene a la cabeza la imagen del maestro, atándole la mano detrás de la espalda.
¡Es por tu bien! Ya verás cómo la letra te sale mucho mejor.
Y el pequeño Carrau no entiende nada. Escribe a, e, i, o, u, pero parece que solo escriba garabatos.
Y la mano, a la espalda, se le empieza a dormir.
La sacude inquieto mientras intenta que la siguiente línea le salga mejor.
Pero para un zurdo, escribir con la derecha es muy difícil.
No todo el mundo sirve para los libros, le dice el maestro cuando ve la chapuza en el papel.
El mundo también necesita manos trabajadoras, y mientras lo dice le da un golpecito en la espalda.
Pero el caso es que Carrau es, con mucho, el que mejor lee de su clase.
¡Si no fuera porque se han empecinado en atarle la mano buena!
Y mientras el Capataz escribe con la siniestra, con aquella inclinación extraña, propia de un zurdo que escribe con pluma procurando no manchar, Carrau ve la nota a los pies del Vecino colgado, como si la tuviera delante:
«Me ha matado el Juego»
Las letras están inclinadas, como solo podría hacerlas un zurdo escribiendo con pluma. Y Carrau sabe con certeza que el Vecino, que en paz descanse, era diestro.