Aqua Vitae (El legado secreto de Gaudí 1) XII
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Carrau va vestido con su mejor ropa para bajar a la ciudad.

Hacía días que la Pubilla no pasaba por la Torre Grossa, y Carrau ya desesperaba cuando lo encontró.

Quizá llevaba unos días allí escondido. ¿Y si no lo hubiese visto?

Pensó mientras cogía el pequeño papel de debajo de la piedra blanca de la higuera.

Su letra era muy bonita y el papel olía a ella, y le dio muchas vueltas a la frase en su cabeza, hasta que llegó el domingo, especialmente a la última palabra.

Quedamos este domingo en la Vila, en las Ferias de los Enamorados.

Deja el carro donde siempre y se dirige hacia la Rambla, que es donde estarán los tenderetes. La Vila está llena hasta los topes, mucho más que un sábado de mercado. ¡Casi como en la Fiesta Mayor!

Lleva un sencillo ramo de campo que ha hecho con algunas flores silvestres.

Los olores de las amapolas, las malvas y las margaritas, junto con el de las rosas que ha cogido de un rosal de la era, se mezclan armoniosamente y parecen darle fuerza para lo que ha decidido decirle cuando la vea.

Algunos, al cruzarse con él, lo miran y sonríen al verle el ramo y la cara que pone, que lo dice todo.

Al fin y al cabo, ha sido ella la que le envió la nota, la que ha escrito enamorados , con esa letra tan de escuela, y la que le dio el beso bajo la higuera.

Con todos estos pensamientos, llega bastante convencido a la Rambla y allí empieza a recorrer de arriba abajo los tenderetes con la esperanza de verla.

Cuando llega al final de la Rambla, mira hacia la Font dels Alls y la ve allí, justo al lado de la farola de la fuente, hablando con una amiga. Ella también lo ve y sonríe.

Lleva un vestido muy elegante de seda azul marino y falda amplia, que le queda muy bien. La mantilla blanca quizá la ha traído de Suiza, piensa Carrau. Lleva el cabello recogido y cuando se acerca puede ver la medallita de oro de la Virgen, con esa forma que tiene como de trencadís.

Ahora la amiga se ha marchado discretamente hacia uno de los tenderetes y aunque hay mucha gente, él solo tiene ojos para ella, radiante bajo el sol de la mañana.

Su perfume lo envuelve. Y ahora ella mira el ramo y sonríe de nuevo.

Él se lo da y cuando está a punto de hablar, de decirle todo lo que ha pensado, ve algo en sus ojos que no había visto nunca.

Los tiene un poco húmedos y entonces se da cuenta de que quizá ha estado llorando.

La amiga los observa a ambos desde uno de los tenderetes, con gesto entristecido.

¿Qué te sucede? Está a punto de preguntar Carrau, pero justo entonces el sonido de un potente automóvil parece ahogar sus palabras, antes de que pueda decirlas.

Se escucha el rugido que sube por la carretera de Sant Martí.

¡Es un Jaguar, es un Jaguar! Oye decir a los chiquillos que suben corriendo por delante del coche, que avanza poco a poco por culpa de la muchedumbre que hay en medio de la calle.

El coche llega resoplando con fuerza y se detiene delante de la Farmacia.

El revuelo en la calle es considerable. Niños y no tan niños se reúnen para admirar el vehículo, un Jaguar nuevecito.

Escucha que alguno de ellos dice, es el coche más rápido del mundo.

Y otro, ¡puede ir a doscientos por hora! ¡Es un XK120!

El conductor del automóvil se ha apeado y ahora habla con el boticario, que ha salido de la Farmacia.

Parece que se conocen, ya que se saludan efusivamente.

El conductor es un hombre de unos cuarenta años que va vestido con un traje muy elegante, de ciudad.

Mientras hablan, el coche sigue petardeando, pues lo ha dejado en marcha y se lo está enseñando al boticario, muy satisfecho.

Ella también ha mirado brevemente al coche y a su ocupante, pero ahora vuelve la vista a Carrau y le toma la mano. Entonces escucha cómo el conductor la llama. ¡A ella! Ella le estrecha la mano a Carrau con fuerza, como si no quisiera dejarlo escapar, y sus ojos parecen humedecerse un poco más.

Y sus labios, aquellos con los que le besó, allí entre el silencio de la viña, parecen separarse un poco para decirle algo.

Pero entonces, de repente, sus facciones se endurecen y se llenan de determinación y Carrau piensa que ella es otra.

Es tan bella como siempre, quizá incluso más, pero ahora la ve como lo que es.

La Pubilla de una de las bodegas más importantes del Penedès.

Y él es solo un simple rabassaire, dándole su ramo silvestre.

Y ella se vuelve y sin decir nada camina hacia el conductor, que también la mira.

Y en realidad Carrau ve que todo el mundo la contempla ahora con admiración y murmuran, es la Pubilla, es la hija del Amo, y qué ramo más bonito lleva, bonito como ella.

Y todos se apartan para dejarla pasar y se hace una especie de pasillo improvisado entre la Pubilla y el coche, donde la espera el conductor, que ahora ha sacado un habano y le ha ofrecido uno al farmacéutico, que le ha dicho que no con la cabeza, agradeciéndole el gesto, y entonces lo ha encendido y cuando ella llega donde está él, él ya está fumando el cigarro, satisfecho, y ahora le toma la mano y, en gesto caballeresco, la besa delicadamente.

Y Carrau oye a otro que dice, el Amo los ha prometido en matrimonio, y a otro, es muy rico, es de Barcelona, y una mujer, ¡mira qué buena pareja hacen!

Y seguidamente el conductor se despide efusivamente del boticario, le abre la puerta del descapotable a la Pubilla, que sube, con el ramo en las manos y entre las miradas de admiración de la concurrencia.

El hombre elegante también sube al coche y a continuación acelera el motor tres veces, Brum, brum, brum, como si fuera a levantar el vuelo, y la multitud deja escapar un ay de entusiasmo y parece incluso a punto de aplaudir.

Y entonces el gentío que ahora los rodea por completo se aparta un poco y el automóvil arranca lentamente hacia la carretera de Tarragona, llevándose a la Pubilla con él.

Y el mundo parece acabarse para Carrau, que los contempla petrificado desde la Font dels Alls, en esa soleada mañana de domingo de mayo, en las Ferias de los Enamorados.