Aqua Vitae (El legado secreto de Gaudí 1) XI
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XI

Llegan por el camino de Sant Pere de Ribes. Vienen en una comitiva de tres tartanas tiradas por mulas y, además del zahorí, viajan con los zíngaros un curandero y una adivina. El resto son todos músicos.

Antes de ir al Pueblo han estado unas semanas acampados en las afueras de Sitges. El zahorí ha ayudado a abrir tres pozos en masías de la zona y su fama ha hecho que lo hayan llamado para ir a su siguiente destino.

Acampan en el Pueblo de Abajo y enseguida el campamento se llena de vecinos que van a verlos y de chiquillos que merodean alrededor. Como si se tratara de un circo.

Los músicos tocan canciones de su tierra, Hungría, alrededor del fuego que han encendido para calentarse.

Una cola de gente espera turno ante la tienda improvisada de la adivina, que tira las cartas y predice el futuro.

Las mujeres de los romaníes han subido a Cal Carnisser, en el Pueblo de Arriba, para comprar víveres.

El zahorí es un hombre de mediana edad que, como la mayoría de los zíngaros, lleva un pendiente y un grueso collar de oro colgado del cuello.

—Es todo lo que tengo —dice con una sonrisa inteligente a quien le pregunta.

El Gran ha bajado para hablar con él, pues quieren hacer un pozo para la casa y tienen que saber dónde cavarlo. Parece que este zahorí acertó en todos, allá abajo en Sitges.

—No hay que confundir la rabdomancia con la radiestesia —está explicando el zahorí a un corro de payeses del Pueblo que lo escuchan—. La rabdomancia se centra en encontrar aguas subterráneas —y mientras se lo explica les muestra la varita de avellano en forma de Y.

—En cambio, la radiestesia tiene una aplicación más amplia.

Yo domino las dos técnicas. En Barcelona, por ejemplo, ayudé a resolver un caso de asesinato con mi péndulo —y mientras dice esto, deja su varita en el suelo y se saca un péndulo del bolsillo.

El Gran se une al corro de gente, que mira fascinada al zahorí.

—Os lo mostraré —les dice el zahorí. Y entonces cierra los ojos y parece concentrarse profundamente. A su alrededor se hace el silencio, e incluso los músicos dejan de tocar.

Pasan unos segundos y cuando la gente ya empieza a removerse, impaciente, y los incrédulos a murmurar, el péndulo, como si estuviera gobernado por un hechizo, empieza a moverse.

El zahorí abre los ojos y da vueltas lentamente alrededor del corro de gente.

Algunos se apartan un poco cuando se les acerca.

El péndulo ahora da vueltas también en círculo, y las vueltas parecen más acusadas en una parte del corro que en la otra.

El Gran lo mira todo desde detrás. El zahorí se acerca entonces a aquella parte del corro y el péndulo continúa girando en círculos, cada vez más rápidos.

Ahora los que murmuraban han callado todos.

El zahorí mira fijamente al Gran, que sobresale por encima de los demás.

Se acerca con el péndulo girando y la gente se aparta a su paso, algunos de ellos algo asustados.

Así que el zahorí se planta delante del Gran, que lo mira con curiosidad.

Y en aquel momento, el péndulo se detiene y se inclina en la dirección del Gran.

Y se queda así, apuntando hacia él de un modo imposible.

El zahorí le dice, con la voz quebrada:

—¿Eres rabdomante?

Todos miran al Gran, que, sorprendido, no sabe qué decir.

—¡O eso, o estás en posesión de un objeto muy poderoso! —dice el zahorí, muy serio.

Y acto seguido, se echa a reír con fuerza y se guarda el péndulo en el bolsillo y dice con voz potente:

—Y esta ha sido la demostración, señoras y señores. —Y hace una ligera inclinación con la cabeza hacia el Gran.

La gente aplaude como si hubiera visto una función de las buenas, y todos respiran aliviados, porque la cosa daba un poco de miedo. Al zahorí solo le falta pasar el platillo.

Un rato más tarde, cuando la gente ha dejado solo al zahorí, el Gran se le acerca y le pide sus servicios.

—Quiero hacer un pozo en casa, en la zona del establo, y me gustaría saber si encontraremos agua.

Después de fijar el precio, el zahorí y el Gran se dirigen hacia el Pueblo de Arriba, donde está la casa del Gran.

Por el camino, el zahorí no puede quitarse de la cabeza el comportamiento de su péndulo.

—Es la primera vez que mi péndulo se comporta así —le dice—.

En el caso del asesinato en Barcelona, el péndulo giró más fuerte cuando nos acercamos con la policía al lugar donde sospechaban que habían enterrado el arma del crimen.

Pero nunca se había levantado de esta manera.

¿Seguro que no eres rabdomante? —le vuelve a preguntar.

—Soy picapedrero —le responde el Gran—, trabajo en las obras del Templo de la Sagrada Familia.

—¿Con el Maestro Gaudí? —pregunta el zahorí, admirado.

—Sí. Bueno, yo solo trabajo la piedra siguiendo las instrucciones precisas del Maestro.

—La Fachada del Nacimiento es impresionante. Quien la ve una vez no la olvida jamás —apunta el zahorí, sonriendo.

En estas, llegan a la casa y entran en la parte del establo. Como siempre, el olor a mulo y a paja domina la estancia. El zahorí saca su varita de avellano y la sostiene con las dos manos por las puntas.

Camina lentamente con la varita en las manos, dando vueltas por el establo. El Gran lo observa con atención.

—Aparte de la varita, los rabdomantes tenemos una sensibilidad especial para captar la energía del agua.

Cuando llega a la parte trasera del establo, donde tienen al mulo, la varita empieza a vibrar ligeramente.

—¡Ten la bondad de sacar el mulo de aquí, amigo mío, que me tapa las energías! —le pide el zahorí, medio en broma.

El Gran tira del mulo y se lo lleva hacia el otro lado, atándolo a una argolla que hay clavada en la pared.

El zahorí camina ahora muy lentamente sobre la paja donde estaba el mulo. La varita vibra con más fuerza y de repente se inclina apuntando hacia abajo.

—¡Aquí hay agua! Y mucha. Será un pozo bien profundo, del que sacaréis agua fresca toda la vida.

Y lo mira satisfecho. El Gran asiente y le da las gracias.

Entonces el zahorí saca el mismo péndulo que antes.

—Si me permites —le dice—. Tengo curiosidad por ver si se repite lo que ha pasado en el Pueblo de Abajo.

El péndulo gira con fuerza sobre el lugar que el zahorí ha indicado como el mejor para el pozo. Sin embargo, cuando el zahorí se aparta de allí y se acerca a la puerta del establo, el péndulo empieza a girar todavía más rápidamente.

El zahorí parece desconcertado. Sale por la puerta del establo y pasa a la entrada, donde están las escaleras que suben a las habitaciones. El Gran lo sigue sin decir nada.

Cuando llega a las escaleras, el péndulo se detiene y esta vez apunta escaleras arriba.

—Esta energía es antigua, como si estuviese conectada con Dios mismo —dice el zahorí en voz baja, intrigado. Entonces sonríe y, como si no hubiese pasado nada, se guarda el péndulo en el bolsillo.

—Parece que lo que sea, lo guardas arriba, en las habitaciones.

Lo dice riendo a carcajadas, pero sus ojos lo traicionan, porque miran fijamente al Gran, que también mira hacia la escalera, sin decir nada.

Después el zahorí se dirige a la puerta que da a la calle y le dice al Gran, cuando este le ha pagado sus servicios:

—Para celebrar que tendrás un buen pozo, esta noche ven a nuestro campamento, y te invitaremos a cenar y a la fiesta.

—No soy mucho de fiesta, yo —dice el Gran, incómodo.

El zahorí hace un gesto con la mano e insiste.

—¡Si cambias de opinión, estás invitado!

Y con eso se marcha.

Cuando anochece, el campamento de los zíngaros se convierte en una pequeña fiesta mayor. Mucha gente del pueblo ha bajado y han montado una mesa alargada donde compartirán la cena con los romaníes.

—¡Te lo has pensado mejor y has venido! —le dice el zahorí sonriendo al Gran cuando lo ve llegar y le estrecha la mano como si se conocieran de toda la vida.

Se sientan juntos a la mesa y el zahorí le hace muchas preguntas sobre el Maestro Gaudí, y cómo es trabajar para él, y cuántos metros tendrá el campanario más alto.

El Gran se encuentra como en casa y cuando le ofrecen un poco de su aguardiente, lo prueba primero y después bebe con gusto.

—Nunca había probado una bebida tan buena —dice entre risas.

El zahorí asiente y, sonriendo, le sirve más.

Los zíngaros tocan la música de su país y se improvisa un baile en medio del campamento, junto al fuego.

El Gran despierta con un fuerte dolor de cabeza cuando ya hace rato que ha salido el sol. Está tumbado sobre la hierba en medio del campo, donde anoche estaba la mesa. Ahora, sin embargo, del campamento de los zíngaros solo quedan los restos del fuego.

Restregándose los ojos, emprende el camino de vuelta a su casa, en el Pueblo de Arriba.

Cuando ya está cerca de la casa, ve que la puerta está abierta. Corre para ver qué ha pasado y, cuando llega, se da cuenta de que la han forzado. Entra fuera de sí y sube las escaleras de dos en dos hasta llegar a la habitación donde tenía escondido lo que le confió el Maestro.

La habitación está toda revuelta y han abierto todos los cajones y han vaciado su contenido sobre la cama, incluso el de la ropa interior, donde pensaba que lo tendría a salvo.

¡Me echaron algo en la bebida! Desesperado, corre a avisar a los vecinos. ¡Le han robado lo que le confió el Maestro Gaudí!

Un par de vecinos que tienen caballos salen a buscar a los zíngaros, pero cuando los encuentran, por el camino de Vilanova, el zahorí ya no está con ellos.

El Gran nunca se recuperará de este golpe. El Maestro Gaudí hace de su caso un escarmiento y lo echan de las obras del Templo. También perderá el trabajo de picapedrero en la Falconera.