X
Viña de la Torre Grossa
A media mañana Carrau ya mira nervioso hacia los márgenes que hay más allá de la higuera. Desde hace una quincena, cada día, alrededor de aquella hora, se oye el galope del caballo negro y ella pasa a verlo. Cada día sin falta, salvo el domingo.
Y también hablan de cuando eran pequeños, y de cómo era el Pueblo entonces, antes de la guerra.
Y también de cómo una vez ella le dejó un mensaje bajo una piedra, y él le respondió con otro mensaje.
Y de cómo ella todavía guarda aquellas dos misivas, en una cajita que tiene en el tocador y que se llevó a Suiza.
Y que quizá podrían repetir eso de enviarse mensajes, usando la piedra grande bajo la higuera.
Y ella le habla también de sus sueños, y de cómo querría llevar la Bodega, en el futuro, con alguien que supiera mucho de viñas a su lado, para ayudarla. Y cuando dice esto, lo mira y sonríe, entornando sus ojos negros y sonrojándose un poco.
Los dos rabassaires los miran desde lejos y cuando ella se marcha sobre su corcel negro, y Carrau vuelve al trabajo, ellos le dicen, medio en broma, ¿Cómo ha ido el cortejo? Y él se pone colorado como un pimiento y les dice, ¡No hay tal cortejo! Pero su corazón se estremece con solo pensar en ella.
Y Peret le dice, ahora más serio, vigila, Carrau, que ella es la hija del Amo, y nosotros solo somos rabassaires. ¡No quieras alcanzar la luna! Y eso entristece a Carrau, porque sabe que su compañero tiene razón en lo que dice, ¡pero mira que es bella la luna!
Aquel día, ella pasa un poco más tarde, cuando Carrau piensa que ya no vendrá.
No viste la camisa blanca de cuello alto, sino una blusa también blanca que le descubre el cuello. Mientras están sentados a la sombra de la higuera, Carrau le pregunta por la cadenita con la medalla que la blusa deja entrever.
—Era de mi bisabuelo, el Conde Güell —dice ella, sosteniendo la medalla de oro entre los dedos.
Su voz tiene un tono nostálgico y sus ojos brillan con una intensidad especial. Carrau se acerca más, fascinado, y su mano, tosca de trabajar la tierra, acaricia el contorno irregular de la pieza, como un fragmento roto de un mosaico. En la medalla hay una imagen de la Virgen de Montserrat.
—Parece parte de algo más grande —murmura él.
—Quizá lo es —responde ella, con una sonrisa enigmática, pero de pronto su voz se apaga.
Entonces le coge la mano con una suavidad desconcertante, como si lo quisiera arrastrar a un mundo al que él no pertenece.
Y acercándose más a él, lo besa. Y cuando sus labios se tocan, el tiempo se detiene, y Carrau solo puede pensar que nunca había visto la luna tan cerca.