Aqua Vitae (El legado secreto de Gaudí 1) IX
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IX

Desde que conoció a Gaudí, hace ahora un año, el Gran se ha vuelto imprescindible en las obras del Templo.

Fue allí por primera vez con los carros que llevaban las piedras blancas de la Falconera.

Era su primer viaje a Barcelona. Recuerda que aquel día, Gaudí les explicó que los campanarios llegarían ya a los treinta metros de altura ese mismo año.

Y que el campanario de Bernabé, el primero que debían acabar, el del lado de mar, ¡había de llegar a los cien metros!

Bernabé, el que lo dio todo por la causa de Dios.

Dado que el Gran también sabía hacer pozos, Gaudí le pidió que ayudase en la construcción de un segundo pozo que estaban haciendo para abastecer de agua a las obras.

Así es como empieza a pasar más tiempo en Barcelona. Algunos días se queda a dormir en casa de uno de los poceros con el que se ha hecho amigo y que vive en el Poblet, el barrio que está al lado de los campos de trigo donde se está construyendo el Templo.

A menudo Gaudí llega al Templo con el Señor Matamala, que es el jefe de los escultores.

Su amigo le explicó que Matamala empezó como aprendiz de picapedrero en Manresa, y que allí conoció al Maestro Flotats, el gran escultor, y se convirtió en su aprendiz.

El Gran sueña con poder ser aprendiz del Señor Matamala algún día y, quizá, como él, estudiar escultura en la Escuela de la Llotja. Talento no le falta.

Por ese motivo, aquel día, cuando le llega la nota de Gaudí para que vaya sin falta a verlo a la calle de la Cendra, número 10, precisamente al taller del Señor Matamala, el Gran no puede contener los nervios.

En el número ocho está el taller de ebanistería del Maestro Puntí, que trabaja con Gaudí en los muebles y los forjados. La actividad en el taller se ve frenética desde la calle. Deben estar acabando alguna entrega.

En cambio, el taller del Señor Matamala está cerrado. El Gran, extrañado, llama a la puerta y le abre un aprendiz. Cuando dice que viene a ver a Gaudí, el muchacho le responde que está en el despacho del fondo, tratando asuntos de la Lliga.

El Gran no sabe de qué le habla, pero, con el sombrero en la mano por respeto, cruza el taller, hoy desierto, admirando algunas de las esculturas a medio hacer. El olor seco a piedra, tan familiar para él, lo invade y lo emociona mientras camina entre las piezas, que parecen tener vida propia.

Una puerta en la parte de atrás conduce a una estancia que deben de usar para llevar las cuentas, ya que en las estanterías hay gruesos volúmenes con los años marcados en los lomos y en la mesa hay muchas facturas y albaranes.

La puerta del despacho está cerrada y el Gran no se atreve a llamar, ya que dentro parece estar produciéndose una discusión acalorada.

Una de las voces, que el Gran no identifica, está diciendo ¿Y usted cree que podemos confiar en él?

¡Si casi no lo conoce! Y entonces el Gran, reteniendo sin querer el aliento, escucha la voz de Gaudí, firme como siempre.

Es buena persona, y además es de un pueblo donde nunca se les ocurrirá buscarlo.

No tenemos tiempo, Monseñor. Están ya demasiado cerca. Necesitamos a un Bernabé.

El corazón le late con fuerza al Gran cuando entra el aprendiz y, viéndolo allí quieto, esperando, se adelanta hacia la puerta del despacho y llama. Desde dentro se oye la voz de Gaudí que dice ¡Adelante!

El aprendiz abre la puerta. Dentro, el Gran puede ver a Gaudí sentado en una silla delante del escritorio, que debe de ser del Señor Matamala, y frente a él, detrás del escritorio, le sorprende ver a un sacerdote. Lleva gafas y debe de ser un poco mayor que Gaudí. Su rostro serio irradia autoridad.

—Yo ya me iba —dice el sacerdote levantándose. Lleva una faja morada sobre la sotana negra que le cubre hasta los pies y una gran cruz en el pecho. Se pone una capa negra sobre la sotana, un birrete morado en la cabeza y Gaudí, que también se ha levantado, le besa la mano cuando sale:

—Señor Obispo —le dice.

El obispo, que parece haber olvidado la discusión de antes de que los interrumpieran, toca afectuosamente el hombro de Gaudí.

—Dios nos proteja en esta empresa, Maestro Gaudí. Ahora todo está en vuestras manos.

Entonces se acerca al Gran y lo mira fijamente. Como Bernabé, musita el obispo como si hablase para sí mismo. Al Gran se le hace un nudo en la garganta y baja la mirada. El obispo le alarga la mano y el Gran también le besa el anillo de oro, como antes había hecho Gaudí.

Con esto, el obispo, acompañado por el aprendiz, los deja solos.

Gaudí ocupa ahora el sitio detrás del escritorio, donde estaba sentado el obispo. Y desde allí, le dice al Gran:

—Cierra la puerta, por favor. Y siéntate. Tengo que pedirte una cosa muy importante. Vital.